jueves, 17 de julio de 2014

Cavilaciones infructuosas sobre un verso antiguo

"Crida lo sol, plorant amb cabells negres". Hace años descubrí este verso en El caminant i el mur, de Salvador Espriu; lo utilizaba como epígrafe a uno de sus poemas. Al principio lo leí de corrido, sin darle mucha importancia, como quitándome de encima unas palabras que estorbaban la poesía que de verdad quería leer, como si fueran molestas, entorpecedoras migas de pan en la mesa. Releyendo el libro caí en que no lo entendía y en que la imagen era ilógica, que desafiaba las convenciones habituales de la poesía sacra, que era una estridente rareza y que, de hecho, el autor no me sonaba de nada. Este verso trasciende las fronteras de lo racional, de lo concreto; es un verso metafísico, radicalmente innovador. Así, si me hubieran dicho que es de Dylan Thomas, me lo hubiera creído; como también hubiera aceptado sin pestañear la autoría de Éluard o Aleixandre o cualquier otro autor proclive a la imagen ilógica, a la imagen que cuestiona el hacer rectilíneo de nuestra racionalidad. La imagen un poco grotesca, patética y desgarrada, parece más propia del siglo XX, sí. Pero es de Joan Roís de Corella, poeta valenciano del siglo XV. Ahí es nada.

Siglo XV
El poema se titula: “Oració a la sacratíssima verge Maria, tenint el seu fill déu Jesús en la falda, davallat de la creu”. (Muy cortito, como vemos). El poeta se dirige a María. Se hace eco de su dolor. Se entrecruzan dos voces: la de Corella y la de la madre. Él se dirige a ella y ella a su hijo.  Ella le pide que, así como le cobijó, maternal, en su vientre, sea ahora él el que la acoja a ella en su tumba. Mientras tanto Corella dice que chilla (o grita) el sol con los cabellos negros y todos los cielos lloran igual que llora la madre. Qué quiere decir, exactamente? El autor, así, hace extensivo el dolor de la virgen María a toda la esfera terrestre, al mismísimo sol que nos da vida. Lo sitúa en otro plano de existencia. El centro emanador de tanta vida se conduele y expande esa desgarradora visión, humanizándose al llorar con sus metafóricos cabellos negros, como una madre. Así nada sobre el planeta queda exento de esa muerte, del conocimiento culpable de esa muerte.  Si el sol nos da la vida en la Tierra; es entonces metáfora directa de la madre? Por qué tiene cabellos negros? A qué se refiere? La muerte del hijo es tan poderosa que hasta una estrella se hace eco de esa herida? Ve Roís de Corella que es tanto el dolor que nada quedará libre de él, ni de la culpa, y por eso está todo teñido para siempre de esa sangre? (Es algo parecido a lo que dice Neruda siglos después en su poema “Tierras ofendidas”: Nada, ni la victoria / borrará el agujero / terrible de la sangre: / nada, ni el mar, ni el paso / de arena y tiempo, ni el geranio / ardiendo / sobre la sepultura).

En uno de sus textos en prosa, titulado “Tragèdia de Caldesa explicant un cas atzarós que li esdevingué amb una dama”, repite la metáfora. Habla del sol y de que no veremos más sobre la tierra “els seus cabells daurats”. Nos vamos acercando a una explicación. Sus rayos vivificadores son como una larga cabellera dorada, como una imparable trenza de Rapunzel. Así, el sol que chilla y llora en el poema anterior está de luto. Ha perdido la lozanía de su juventud y llora a gritos sumido en la negrura. Es decir: Corella ve en el sol el reflejo de su sentir. Espejea los vaivenes de su sufrimiento. Pero por qué asocia el sol con el sentir humano?  Que chille el sol con cabellos negros, si estos son metáfora del duelo, como hemos visto, es muy bonito y por sí solo justifica toda la poesía del autor. Pero que dé un paso más y convierta al sol en el eco o, más que en el eco, en el centro mismo de todo nuestro sufrimiento dota al verso de un carácter metafísico, como he dicho, precursor de corrientes literarias del futuro, y de un poder de sugestión llevado al extremo. Aquí el dolor humano es trascendido y todo lo vivo se conduele de nuestra miseria. Roís de Corella consiguió un verso que traspasa cualquier frontera imaginable, un verso que atraviesa el umbral de nuestra pobre humanidad, llega a la realidad inconcreta, intangible, incognoscible de cuanto nos rodea, lo enlaza al núcleo generador de vida en la tierra, que es el sol, nos une a ese plano de existencia y planta ahí el secreto de nuestro dolor. Pesan sobre todo lo vivo nuestros errores.

No tengo muy claro si he entendido el verso. Pero el haberlo retenido durante años en la cabeza, y el impacto de su rareza, hacen que la experiencia estética que supone su lectura se acerque a lo que solo el puñado de verdaderamente grandes pueden conseguir. 

viernes, 11 de julio de 2014

Secuelas: el debate

Compruebo alarmado que no es un rumor, que no es una falsa noticia murmuradora, que no es un cotilleo jugoso nacido en Hollywood y propagado, con interés, por los medios, y compruebo que no es un cuchicheo inconsistente, que no es habladuría barata ni pura cháchara, que no es una leyenda urbana curiosa y fruto de mentes desocupadas, que no estamos ante ese simple ejercicio que llamamos hablar por hablar, que no es, tampoco, una cortina de humo tras la cual se esconden ideas renovadoras y fundacionales de una nueva sensibilidad, que no es, qué duda cabe, mentira, y que tampoco es, solo faltaría, falso, y veo que no, no es otro bulo más ni el cebo seductor de las noticias del día de los Santos Inocentes, cuando siempre picamos, y tampoco es, porque verdaderamente no lo es, un chisme entre cinéfilos aburridos por la cartelera veraniega ni una inocente fantasía entretenedora, y entiendo por fin que no es un tópico recurrente ni un lugar común fácilmente soslayable, no; esta vez va en serio: están preparando Gremlins 3 y Los Goonies 2


Me pregunto por qué, la verdad. ¿A quién le parece que esto sea buena idea? 

Sería divertido proponer una larga lista de secuelas innecesarias. No sé: Regreso al futuro 4. Nos perdimos otra vez?  La princesa prometida 2. Y vino el retoño? Apocalypse Now 2. Estoy como un cencerro?

Un poco de esfuerzo, por favor. No es tan difícil. 

jueves, 3 de julio de 2014

Cinco lecturas de amor

La mejor prosa de Vázquez Montalbán está entre las páginas de El pianista. En orden cronológico inverso, la novela abarca tres generaciones sesgadas por la guerra y sus consecuencias. El amor perdura. La decadencia física no puede con el amor. Con tesón, con calurosa y cándida fidelidad resiste el amor de los protagonistas a las agresiones de su tiempo, a sus decepciones, a sus fracasos, a sus traiciones de sí mismos.

En Matadero cinco dejó Vonnegut claro que si no te gusta esta realidad, invéntate otra que te plazca más y sé feliz en ella. Pilgrim, heroico protagonista de la novela, se va muy lejos de casa para por fin encontrarse con el amor de su vida, Montana Wildhack, que será a también feliz por primera vez y por amor. 

Harold Bloom dijo que Moby Dick no es una novela sino un poema épico en prosa. Cinco horas con Mario es un poema de amor en prosa, pues. Cuando al final del monólogo de Carmen entendemos el porqué de todas sus quejas, el sentimiento de culpa por haber torcido un poco la fidelidad de su amor por Mario, sabemos que estamos ante un caso de amor herido, que solo un amor verdadero puede sentir tal cantidad de culpa. 

La casa de Bernarda Alba, por supuesto, tiene que estar aquí. El amor que lo es todo. En este caso un contramor asesino. "Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura". Los personajes de Lorca arrojados a las inclemencias del amor. Pero como también dice Lorca: Lo triste también es bonito. 

Este punto quinto tampoco es un libro sino un recuento encendido y sin pensarlo mucho de otras lecturas de amor que bien podrían ganar el primer premio en cualquier lista de lecturas de amor. El secreto del orfebre, de Elia Barceló, es una novela muy corta de amor y viajes en el tiempo. Una estructura circular que encierra el infinito. Ya mencioné también la novela En algún lugar del tiempo, que leí en un viaje a Roma, que, como la anterior, es una historia de amor en el tiempo. La mente de Richard Matheson, el autor, ideó la que es en mi opinión la más creíble, factible y plausible manera de viajar en el tiempo, basada en la memoria. Un cuento de Tiptree, donde el largo desconsuelo es recompensado con un amor alienígena muy feo y a muchos años luz de la Tierra pero que es mío y me corresponde y me hace feliz por primera vez. Y la poesía de amor de Neruda y de Anne Sexton, de Carlos Drummond de Andrade y de Miguel Hernández y Roberto Juarroz, todas ellas abrasivas lecturas de amor. Hace tiempo que leí estas cosas. Puede que mi recuerdo haya modificado algunos pasajes, algunos detalles, pero yo diría que aún brillan por la noche estos poemas de amor.

viernes, 13 de junio de 2014

Cinco lecturas perturbadoras

Con Plop uno acaba asqueado hasta la náusea. Con un lenguaje violentado, seco y cortante, Rafael Pinedo crea los restos de un mundo decadente donde no queda la más mínima brizna de calor humano. Un microcosmos animalizado regido únicamente por los instintos más primitivos y salvajes, más crueles y fomentadores de un transcurrir y un acontecer tan alejado de la vida normal que pareciera que estamos ante unas imágenes escritas con una prosa transida por el horror del infierno. Con Subte y Frío siguió Pinedo el camino que abrió con Plop.  

American Psycho contiene las descripciones más escalofriantes que yo haya leído. Recuerdo una en la que Bateman derretía los ojos de una de sus víctimas con un Zippo. De las más amables, por cierto. La imaginería enfermiza del libro es suficiente para que uno tenga, literalmente, largas pesadillas y se pregunte cómo puede tener uno el talento y la capacidad que tiene Ellis para escribir tan bien. Es aconsejable leer la novela con una de esas bolsitas enceradas que dan en los aviones para contener, limpias y ordenadas, las sacudidas volcánicas de nuestros vómitos. 

Si estás triste no leas a Kafka. La metamorfosis. Cuando la manzana se le queda pegada al cuerpo oímos cómo se quiebra el corazón de Samsa y con el suyo el nuestro. De lo que es capaz la familia uno lo sabe, si no lo sabe ya, por este relato. Cómo uno llega a encogerse hasta desaparecer en la nada triste, agredido por el odio de sus mayores. Enloquecedora atmósfera familiar no muy diferente de la que vemos en sus diarios. 

My Dark Places. Toda la tristeza y el miedo, el desamparo y el terrible desconsuelo del James Ellroy niño empapan todas las páginas de este testimonio entristecedor. Perturba la realidad a la que nos empuja el libro. 

El quinto no es un libro sino una recopilación apresurada de fragmentos perturbadores. Del aullante Infierno de Dante. De la descripción de la tortura en El hereje de Miguel Delibes. De algunos cuentos de James Tiptree o de Cordwainer Smith, donde la violencia es espeluznante en su contexto cienciaficcionesco y fuera de él es simplemente literatura magistral. De algunos fragmentos de El largo viaje de Jorge Semprún, donde la realidad atroz de su cautiverio está puntuada por escasos momentos de una ira que de nada sirvió. Perturba saber que esa maldad no es imaginada. Algunos poemas de Rimbaud, de Lautreamont, de Leopoldo María Panero, de Pizarnik, son perturbadores hasta decir basta.

Son lecturas que se meten por debajo de la piel, larvándonos lacerantes la cabeza. Es más fácil conseguir eso en cine. Transmitir perturbación requiere un dominio del lenguaje y de la tensión narrativa al alcance de muy pocos.  

sábado, 7 de junio de 2014

Sobre una novela corta

Creo que la novela Ojos que no ven de José Ángel González Sainz haría las delicias de un Isaac Rosa o de un Menéndez Salmón por cuanto el tema principal, o el que yo destaco como tema principal, es el mal. Un mal arraigado. Un mal político y de estado. Una maldad que, nos dice el narrador, es hija de la imbecilidad: “…tanta imbecilidad, que es lo primero que es la maldad, pura imbecilidad de idiota de remate”. El narrador enlaza muy sutilmente la violencia estúpida de los crímenes franquistas con la también estupidizada violencia etarra. Todas manan de nuestra misma ceguera imbécil. Vemos una revisión histórica de la presencia cíclica de ese mal entre nosotros. 

Entrelazada con el argumento brota una reflexión sobre el lenguaje que ya encontramos en Primo Levi o en Jorge Semprún: la dificultad que tenemos de expresar, palabras mediante, lo que ocurre a nuestro alrededor, a nosotros mismos. Cómo el lenguaje nos acerca y nos aleja de esa espantosa y cercana realidad. Cito: “el autor material del asesinato, y lo decía no sólo como si dijera las palabras sino igual que si se hubiera metido por ellas para haber estado en lo que ellas decían”. El lenguaje puede ser pues el vehículo que nos lleve a una realidad ajena, cargada de horror, que canalice nuestra impotencia hasta situarla en otra realidad donde al fin pueda ser testigo fidedigno de unos hechos alejados. Pero está también la imposibilidad de decir nada ante el horror en sí, el bloqueo mental del que ni una sola palabra puede sacarnos, del hermético espanto que nos sella en el silencio más absoluto y cargado de sinrazón.

También acepta la lectura simbólica el camino que recorre una y otra vez el protagonista, sus idas y venidas, la contraposición de lo urbano con lo rural, la presencia de amenazadoras aves carroñeras en el transcurrir diario de la vida de pueblo.

Resumen: Felipe Díaz y su familia emigran a una ciudad guipuzcoana para buscar trabajo (estamos a finales de los setenta, se entiende). Con el tiempo, se separa de su mujer y vuelve al pueblo. Su hijo mayor se tuerce. Le corroe el odio contrapaterno hasta que un día lee el padre en el periódico la noticia que no podía ser, al fin y al cabo, ninguna sorpresa. Su hijo es acusado de asesinato.

Y cuando Felipe, el padre, se culpa y se sabe solo ante el desastre, se inquiere por lo que podría haber hecho y no hizo, por todo lo que podría haberle dicho a su hijo para rectificar su transcurrir perverso, se encuentra ante un sinfín de posibilidades censuradoras, de opciones que podrían haber enderezado el camino equivocado del hijo de haberlas sabido ver a tiempo. Pero, y aquí viene la maestría de González Sainz, en lugar de recriminar con dureza algo que al principio de ninguna manera podría prever, entiende que tendría que haber hablado con su hijo en un tono conciliador, “más comprensivo, más en su lugar, tratando de razonar con él y de ver las cosas desde su punto de vista, de ver lo que él podía ver”. He marcado en cursiva algo que me ha recordado una cosa que dijo Ernesto Sábato en la entrevista que le hizo, hace ya tiempo, Joaquín Soler Serrano. Dijo que sí, que Samuel Beckett está muy bien y que “ha escrito obras hermosas”, pero que no es tan grande como todo el mundo dice precisamente por no haber sabido ver todo el espectro de la conducta humana, todas las caras esquivas del ser humano y por tanto por haberse centrado solo en su lado oscuro y por tanto por haber minimizado nuestra naturaleza. Ese gesto lo aleja de los grandes de verdad, dice Sábato. El narrador de González Sainz, en boca de su protagonista, sabe que para acercarse a los misterios de nuestras decisiones, uno debe mirar de frente lo que el otro ve, alejarse de uno mismo y abrazar la otredad.


Proclive, como Javier Marías, a la frase larga, la prosa de González Sainz fluye con nitidez y precisión. Con un poder imantador que no es habitual. Lo diré sin más: escribe una de las prosas más bonitas que conozco. Y es esta una novela redonda y brutal.  

miércoles, 28 de mayo de 2014

Apuntes sobre Javier Calvo

Si ponemos sobre la mesa muestras anónimas de escritura de diez, de quince autores españoles nacidos en la década de los setenta, la prosa más fácil de identificar sería, para mí, la de Javier Calvo. Su ritmo acelerado, estilemas y sentido del humor, su frialdad pero también su calidez, su precisión léxica y su llamativa ausencia de comas, su variedad de registros, sus, en definitiva, pequeñas cositas identificativas se erguirían como escandalosas, luminiscentes señales de tráfico que, alarmantes, nos indicarían, de entre todas las muestras y sin duda alguna, cuál es la de Javier Calvo.

A diferencia de lo que ocurre con otros autores, no asistimos a un despliegue interminable de vocabulario desconocido: a Javier Calvo le bastan unas pocas, precisas y divertidas palabras para crear sus mundos. (De todos modos, en El sueño y el mito, colección de ensayos que acaba de publicar Aristas Martínez, vemos un alarde impresionante de vocabulario especializado, alejado del repertorio acotado de su narrativa, que contradice lo que acabo de decir). Tan identificativo es su estilo que se podría escribir sin darse cuenta a la manera de Javier Calvo. Pese a lo dicho, en ocasiones abusa de algunas fórmulas (como la pronominal –el mismo o -la misma), algo que ya destacó algún crítico (Ricardo Senabre), o, al menos en Mundo maravilloso, abusa por ejemplo del adverbio ‘inverosímilmente’, por cuanto todo es o todo parece ser inverosímilmente grande. Insignificantes deslices aparte, pocas escrituras tienen una personalidad tan visible y tan viva como la suya.


Sus narradores. Socarrones, nos presentan a sus personajes con sorna, con una tendencia a la burla hiriente. Un manto de ironía deformadora cubre a sus personajes. Sus defectos quedan siempre subrayados y sus conductas suelen ser las de esas personas que cruelmente, que abusonamente llamamos pringaos o primos. Los narradores de Javier Calvo tienden (por suerte para nosotros)  a la deformación caricaturesca, a veces grotesca, de los rasgos y las actitudes de sus personajes. Tiende el autor a crear personajes excéntricos, adorables en su pringadez, y tiene un talento inigualado, una sensibilidad especial para los personajes infantiles (un poco como Salinger), recreando la lógica infantil con todos sus recovecos, sus meandros. Pienso en el joven Álex Jardí del cuento “Crystal Palace”, de Los ríos perdidos de Londres, que más tarde aparece brevemente en Mundo maravilloso. O en la enigmática Valentina Parini también de Mundo maravilloso. O en algunos personajes de los cuentos de Risas enlatadas. O en el grupito de niños de Corona de flores. Nos lanza continuos y vivaces asideros con esa retahíla de gestos idiosincrásicos, para que podamos agarrar a sus personajes, tenerlos cerca y cobijarlos a todo color en nuestra memoria lectora.

El narrador de Javier Calvo es observador, siempre atento al detalle, al matiz diferenciador que profundiza el dibujo de sus personajes, sofisticando así, como no lo hacen los otros escritores de su generación, el cuadro general de sus historias. Conforma ese mosaico de manías y particularidades que solemos llamar personalidad. Con unas descripciones influidas por el cine, lo audiovisual, lo que en otros autores quedaría omitido por intrascendente o irrelevante, en Javier Calvo adquiere la cualidad de decisivo. Que un personaje fume de una manera o de otra, se siente de una manera o de otra o las expresiones faciales que inconsciente haga mientras dibuja, es algo que marca la diferencia en los narradores de JC; ayuda a que los conozcamos más y mejor, pero no solo eso: pareciera que hace tantos años que los conocemos que ya nos hacen partícipes de su comportamiento privado y de sus manías únicas y sin porqué. No hace falta imaginarlos porque los estamos viendo. Esa tenaz inclinación por el pequeño detalle hace que los sintamos más cercanos. Que se nos abran (como un libro). Que nos sintamos morbosos voyeurs por un día.


Con humor negro y un saber hacer impresionante, desactiva o desarticula los estereotipos, los lugares comunes y los tópicos más manidos. Al mencionar un gesto o una actitud prefabricada por el imaginario colectivo, explotados por la industria del entretenimiento, los señala irónicamente, dotándolos de un nuevo significado. Sus narradores dejan un reguero de convenciones evisceradas. Javier Calvo, como Whitman, siempre va un paso adelante, y nos espera.

martes, 6 de mayo de 2014

La educación es sentimental o no es

Está claro: hay películas que nos marcan más que otras. El recuerdo de estas películas perdura en nosotros con una longeva perseverancia, decidida e imparable, y no existe el revisionado que avinagre ese recuerdo, esa feliz presencia aventajada que ostentan en nuestra educación. También está claro que nada tiene que ver la calidad artística de estas películas con el hueco que, privilegiadas, ocupan en nuestra memoria, en nuestra educación. La edad a la que uno deja de asumir el impacto del cine con esa candidez depende de cada uno (esto también está claro). Podemos leer el conjunto de películas que hendieron -podríamos decir- nuestra personalidad lectora, como una carta de presentación, como el lugar de donde venimos, como un trasfondo de afectos sin porqué (cursi pero cierto). En mi caso, de la lista que viene a continuación, la película a la que más tardíamente llegué fue El desencanto, con quince años. Cumpliré veintiocho este verano.


Sin orden ni concierto, ahí va el sendero de películas que no sé por qué asocio siempre con lo que, cursimente, podríamos llamar mi identidad. 

La trilogía de Regreso al futuro. No puedo decir nada sobre estas películas emocionantes, llenas de amor y de motorizados viajes en el tiempo. Son películas-felicidad. La trilogía de Indiana Jones. Encadenadas set pieces de aventuras fantásticas, a veces un poco nazis, con un personaje inspirado en el intrépido explorador (real) Percy Harrison Fawcett, sobre el que David Grann escribió una excelente biografía. Fawcett desapareció buscando una ciudad construida con ese metal precioso que no es la serenidad sino el oro, en el Amazonas, igual que hiciera el loco Aguirre siglos atrás. Las dos primeras películas de Terminator también están siempre presentes en mi cabeza. Ese futuro húmedo, oscuro, esa humanidad deslucida y en peligro. Esas máquinas humanas. De John Ford admiro El hombre que mató a Liberty Valance y El sargento negro por encima de cualquier otra cosa que haya salido de su talento expansivo. Por Único testigo lo que siento es: fanatismo descerebrado. Y Siete novias para siete hermanos, con sus bailes y sus canciones ya clásicas, con su violencia sincopada. Sonrío sin querer al pensar en esta película. Los pájaros es un grato regalo de Alfred Hitchcock. Ojalá todas las pesadillas estuvieran edificadas con ese poderío imaginativo. Con Tiburón nació ese concepto de las películas veraniegas que transcurren en alta mar. Ahí es nada. American Graffiti es la mejor película de Lucas y decir esto no es una coqueta boutade provocadora. La princesa prometida, aunque sorprenda, está aquí presente por tantas cosas y por su concepto del amor verdadero, que nunca olvido. Y Primera sangre, Apocalypse Now y Platoon y El cazador, todas con su hueco irredento en mis fantasías bélicas. Y El desencanto, de Jaime Chávarri, que no sé si la he visto treinta o treinta y cinco veces, cincuenta o cincuenta y cinco, como también he perdido la cuenta de todas las demás, de todas las piezas de este emocionado trasfondo de afectos sin porqué (cursi otra vez pero también cierto).

No envejecerán estos entusiasmos. Yo soy estas películas.