viernes, 13 de enero de 2017

Precuelas: el debate

Para contestar la pregunta de ¿qué nos ofrece Rogue One?, antes hay que contestar otra pregunta, más importante aún, que es: ¿qué hace una precuela? 

Las precuelas, algunas de ellas excelentes, como El origen del planeta de los simios, o las entrecuelas, por así decir, compactas y entretenidas, como Rogue One, son un tipo de película muy particular: son la pieza que faltaba para acabar el puzle. (Lo que no parecen entender es que ese puzle ya está acabado. Digamos mejor que son las instrucciones para montar ese puzle). Cuando una narración se quiere épica, se quiere totalizadora y completista, hay que dejarlo todo explicado: esa parece ser la consigna. Si cada obra tiene un radio de acción, las precuelas se sitúan fuera de ese radio, creyendo, imagino, que nos llevarán de la mano hasta la puerta de entrada de la obra principal. Estas películas son todas innecesarias, claro que sí. Pero dejado al margen, este detalle alberga otros detalles menos evidentes que desvirtúan de antemano el mismo concepto de precuela, que lo relegan –salvo algunas excepciones- a un segundo plano de la creatividad, un poco como si fueran el producto de una creatividad convaleciente. De qué, no lo sé, pero convaleciente. Cuando veo una precuela que me gusta, pienso: puestos a hacer una precuela, que se haga así. Mal inicio de frase. Los logros de la película no tendrían que venir precedidos de ese matiz.

Se podrá decir lo mismo de las secuelas; que alargan una historia ya terminada. (La mayoría, al menos). Pero una cosa es estirar el relato hacia adelante, y otra estirarlo hacia atrás. Si una película empieza en un punto determinado, puede evolucionar sin trabas, la historia primigenia puede ir matizándose y espesándose. En cambio, orquestar una historia previa para entender los orígenes de una trilogía cerrada, o de una película cerrada, es autolimitar un proyecto artístico. Las precuelas están enfocadas, encaminadas y teledirigidas hacia un punto específico, cosa que coarta sus posibilidades artísticas, argumentales, temáticas o expresivas. Todo está condicionado.

Vayamos al grano: Ángel Fernández-Santos, en su voluminoso recopilatorio de críticas y ensayos sobre cine llamado La mirada encendida, dice algo que, años después, en un librito de Cercas, aparecería reformulado bajo el nuevo nombre de ‘punto ciego’. Me refiero a su metáfora de la ‘pantalla interior’. La define, en la página 44, así: “Se dice que el mejor cine (…) es, paradójicamente, el que ocurre no en la pantalla exterior sino en la pantalla interior instalada en la imaginación del espectador”. Gracias a las elipsis, el espectador tiene que “rellenar ese hueco o vacío de acción por su propia cuenta, en su recóndita pantalla interior”. El punto ciego de Cercas es la traslación literaria de esta metáfora.

Por eso las precuelas están, o parecen estar, condenadas de antemano. Porque no apelan al lector creativo. Estas películas contienen en sí mismas su propio fracaso artístico, porque donde antes había una elipsis incitadora, ahora hay una precuela. Son películas invasivas, que no quieren o no se atreven a dejar ningún cabo suelto. Colonizan, imperialistas, la imaginación de los espectadores, limitando la capacidad expresiva tanto del público como de la propia película. Aniquilan la posibilidad de que el espectador recree en su mente –en su pantalla interior- las subhistorias que se ramifican del tronco principal de la narración, los pespuntes que la película madre deja sueltos para que el público pueda completar la historia como quiera. Lo que está fuera del radio de acción que mencionaba antes pertenece al público, y las precuelas, con su fijación por explicarlo todo, no nos dejan crear. Las precuelas son el enemigo del público.  

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Mis 20 películas de 2016

La única precaución que hay que tomar es esta: no hay ningún orden de preferencia ni de nada parecido. 

1) Elle (Paul Verhoeven). El holandés ha parido una de las películas más excéntricas de su carrera. Que no es decir poco. Impresionante película que entre otras muchas cosas es... contranavideña. 

2) El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra). Heredera de Aguirre, la cólera de Dios y de Apocalypse Now, la película es arriesgada, es políglota, tiene varios planos narrativos, y un final extraño. Es una obra fuera de lo común. 

3) Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen). ¿La mejor película española de asesinos en serie?

4) Tarde para la ira (Raúl Arévalo). ¿La mejor 'vengeance movie' española?

5) Los odiosos ocho (Quentin Tarantino). ¿La mejor...? Es broma. Espero que algún día le den el Nobel de Literatura a Tarantino. Sus guiones son obra de un gran escritor. 

6) El hijo de Saúl (László Nemes). Impactante película con planos cerrados a cal y canto. No estoy de acuerdo con ella, pero su hechura es propia de un maestro. Seguramente la mejor ópera prima del año.

7) Spotlight (Thomas McCarthy). Con esta sí que estoy de acuerdo, con su salvaje alegato anticlerical, con su retrato del lado oscuro de Boston. 

8) Calle Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg). Me interesa menos el debate sobre si es o no es una secuela de Monstruoso que el personaje de John Goodman. Una maravilla medio cienciaficcionesca medio de terror. 

9) Bone Tomahawk (S. Craig Zahler). Un poquito de Holocausto Caníbal y de Centauros del desierto. Esto es terror y gore y western y, en definitiva, muy recomendable. Uno de los finales más visualmente repugnantes -en el buen sentido- que yo haya visto. 

10) España en dos trincheras: La Guerra Civil en color (Francesc Escribano y Luis Carrizo). Al ver, en esta película, el metraje de la Guerra Civil a todo color, se recortan décadas de distancia respecto a esa barbarie. Escalofriante. Me imagino a los autores como si fueran dos iluminadores medievales, dos pacientes escribanos de la imagen.

11) El destierro (Arturo Ruiz Serrano). Atípica película sobre la Guerra Civil con unos exteriores nevados que se contraponen al interior de una caseta de vigilancia. El protagonista no es republicano. Impresionante. 

12) Expediente Warren 2 (James Wan). James Wan ha dignificado el cine de terror paranormal. Sabes que verás todos los lugares comunes que ya has visto en este tipo de películas desde los setenta, y aún así te maravilla.

13) Demolición (Jean-Marc Vallée). Junto con James Wan y Denis Villeneuve, Vallée es el gran descubrimiento del año. Brutal. 

14) High-Rise (Ben Wheatley). No es que sea la única película claustrofóbica de mi listita, pero sí, seguramente, la que más. 

15) Toro (Kike Maíllo). El protagonista es carismático y tiene garra y realidad. Una película rápida y desacomplejada. Estas películas son necesarias en el canon thrilleriano español.

16) Hello, My Name is Doris (Michael Showalter). Qué frescura de película. Qué simpatía y qué alegría. Cuánta dulzura desprende esta película sobre un amor inesperado. Una de las más bonitas del año.

17) Midnight Special (Jeff Nichols). Ciencia ficción rural. Una lírica road movie. Lírica y contenida. Triste y emotiva. Nichols es uno de los grandes talentos de su generación.

18) Infierno Azul (Jaume Collet-Serra). Comparable a The Reef o a Open Water, la película veraniega que transcurre en alta mar que ocupa este lugar en mi lista es atrevida, pese al final, y visualmente audaz. Hay que verla. Sobre todo en invierno. 

19) La juventud (Paolo Sorrentino). Vuelve el director a arrastrarnos a su particular manera de entender el arte, como ya hizo en La grande bellezza, y vuelve a emocionar y a orquestar una película impecable.

20) La llegada (Denis Villeneuve). Me parece que me gustó más le película que el cuento (de Ted Chiang). No todo el mundo se atreve a toserle a 2001.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Solo las ruinas

Es una alegría descubrir que Gigamesh publica ahora una nueva traducción de ese rompehielos de la ciencia ficción que fue Earth Abides, de George R. Stewart. Rafael Marín tiene toda la razón al escribir, en el prólogo, que La tierra permanece es “una de las grandes novelas del género y, además, una de las grandes novelas americanas de la posguerra”. Tal cual. La novela, ya en 1949, sentó las bases de la literatura postapocalíptica y fundó toda una estética del derrumbe de la civilización y de la supervivencia que se iría extendiendo, libro a libro, película a película, en las décadas siguientes. 

Novela seminal, La tierra permanece aglutina los miedos arraigados en la consciencia colectiva después de la Segunda Guerra Mundial, e inaugura, como decía antes, un subgénero capital de la ciencia ficción: el relato postapocalíptico. La bomba atómica dio sentido las fantasías sobre el fin del mundo, y en la novela asistimos a su puesta en escena, a lo que le esperaba a la humanidad si se cumplían esos miedos. Está narrada con una melancolía muy equilibrada: percibimos la pena por lo perdido (que es todo) antes que un odio por el causante de esas pérdidas. La lectura, por ejemplo, se ve como la herramienta cultural que reconfigurará la mentalidad humana, que hará germinar una vez más el genio humano. 

Por otra parte, el texto está salpicado de breves fragmentos en cursiva que actúan como las incursiones de un narrador externo, ajeno al narrador en tercera persona que despliega la historia común de Isherwood, el protagonista, y la Tribu, los personajes que se le van añadiendo, y que funcionan como un alejamiento momentáneo de la historia, para que cojamos perspectiva.

Describe el narrador los efectos que tiene lo que él llama el Gran Desastre, la epidemia que arrasa con la humanidad, en la gente normal. (Más adelante volveré sobre este punto). Pronto aprendemos que, en la taxonómica nomenclatura del narrador, la Segunda Muerte es el estado aletargado en el que quedan todos aquellos que, físicamente, han sobrevivido a la aniquilación de la vida humana en la Tierra, pero que no han sabido sobreponerse, que no han sido lo suficientemente fuertes como para rehacer sus vidas en ese nuevo marco de hostilidad definitiva. Cómo deambulan, asilvestrados y desprotegidos, los restos solitarios de una civilización que ya no existe es algo que va aprendiendo el protagonista, Isherwood Washington, que, con unas torpes dotes sociales y muy enfocado a sus pasiones culturales, ha perdido menos, con el vaciado del mundo, que sus semejantes más sociables. Ya percibimos su carácter retraído en las primeras, espléndidas, páginas: está aislado en una solitaria cabaña en medio del bosque, preparando su tesis, por lo que tarda días en descubrir que el mundo que él conocía, pero en el que no se movía con naturalidad, se ha ido a pique. 

Sobrepuesto, viaja desde San Francisco hasta Nueva York para descubrir que también Manhattan es un páramo silencioso. Sus descripciones de la que es, seguramente, la mejor ciudad del mundo, son fascinantes. El contraste entre la imagen vertiginosa y parpadeante que tenemos de Nueva York y las calles agrietadas y vacías resulta paradójico y tremendamente efectivo: es más impactante ver una Nueva York abandonada que una pedanía abandonada. Años después de esta novela, el escritor Walter Tevis explotaría, en su obra maestra Mockingbird, todas las posibilidades que la pincelada neoyorquina de Stewart sugería. (La traducción literal del título como El pájaro burlón es uno de esos deslices inexplicables en que a veces incurre el mundo editorial. Mockingbird es ruiseñor; si descompones la palabra, es, efectivamente, pájaro burlón).

Cuando, después de su viaje por Estados Unidos, el protagonista vuelve a casa, acaba conociendo a Emma, o Em, con la que acabarían formando lo que ellos llaman La Tribu. Se forma un núcleo, una tentativa de civilización. Quiere el protagonista transmitir sus conocimientos de aritmética, de geografía, su amor por la lectura y por la música para que no se pierda el lado bueno de las cosas, podríamos decir, y para contribuir a sofisticar las mentes de los nacidos después del desastre. En este sentido su tenaz confianza en la lectura como herramienta de educación es clave a lo largo del libro. Otro detalle clave, uno que Jean Pierre Andrevon acabaría, como Tevis, exprimiendo al máximo en su novela Mundo Desierto, es que, lo he mencionado antes, no vemos protagonistas expertos en literatura, ni a ingenieros ni a médicos en acción ni grandes y apasionados amores brotando libres sin las constricciones de la sociedad. No. Vemos a gente normal hundidos en una situación límite. Vemos cómo sobrevive la gente normal, sin muchos recursos, o sin muchas luces, como suele decir el narrador, en un mundo asolado que pediría mentes de genio para reestructurarse. No se le puede acusar de racista al narrador, pero sí, por algunos detalles, de clasista. La culturización de una persona es lo que mide, cree, su capacidad para sobrevivir, dando paso a una gradación entre supervivientes muy poco constructiva. Para el protagonista solo los más inteligentes deberían sobrevivir, cuando, a la vista está, la mayoría de los vivos es gente normal y corriente. Dijo Vicente Luis Mora, en un lejano texto de su blog, que el protagonista “sólo puede contemplar nuevas generaciones de hombres caracterizados por su brutalidad y su primitivismo, auténticos salvajes, pero innegablemente aptos para sobrevivir en la realidad postsocial que la novela retrata”. Esa realidad postsocial que menciona Mora será la base del mundo futuro, pese a quien le pese. El protagonista, que tanto cree en la cultura humana, acaba aprendiendo que no será H. G. Wells precisamente lo que les sacará adelante. Se resigna, con el tiempo, y un escepticismo tristón acaba adueñándose de él. 

La novela tiene en el martillo un símbolo claro: el pasado, la civilización, la creatividad y la inteligencia humanas, pero también su pragmatismo y su desgarrador sentido de la supervivencia, se condensan en el quilo ochocientos gramos del martillo que, desde antes del desastre, acompaña siempre al protagonista. Los personajes nuevos veneran al martillo como si fuera un objeto sagrado. Esta mistificación, irracional y supersticiosa, queda clara en la página 216: teme no poder frenar este tipo de pensamientos mágicos. Que surjan es motivo de desprecio intelectual para Isherwood.

El protagonista está muy bien dibujado, con todas sus contradicciones, con sus sentimientos oscuros y poco representativos de la bondad humana que él querría reinstaurar. Se queja a menudo de ser el único que piensa, de ser el único que contribuye a un resurgir de la cultura en lugar de limitarse a sobrevivir, como hacen, en su opinión, los demás integrantes de la autodenominada Tribu. Y tiende, pot ello, al pensamiento recurrente, circular, obsesivo, sin poder hacer nada para evitarlo. Estamos ante un obseso del estudio, ante alguien que, nos dice el narrador, es más feliz en su nuevo entorno calcinado. En un escenario irreal te plantea el narrador un conflicto emocional muy real: la oposición evidente entre los deseos civilizadores de uno y la desgana conformista del resto de la tribu. Muchas novelas postapocalípticas o distópicas se esfuerzan por crear un mundo deshumanizado, un imaginario desolador, pero no un elenco de personajes tan bien definidos, tan representativos de la, a veces, vergonzosa naturaleza humana. Stewart tocó todos los palos. 

La tercera persona, a lo largo y ancho de este libro, ayuda especialmente a tensar el ritmo y las expectativas: si leemos una novela postapocalíptica narrada en primera persona, sabremos que el protagonista sobrevive. Stewart escogió con buen criterio la tercera persona. 

Como detalle, confieso que esta novela tiene una de esas frases tan impopulares con las que uno, a veces, conviene: “¡La inteligencia de los perros está sobrevalorada!”. Es así. Con diálogos, como el de la página 117, entre Isherwood y Em, que dicen lo que realmente quieren decir por debajo de lo que efectivamente dicen, demuestra el autor un hábil manejo de las hablas de la gente normal, de cómo hablamos todos cuando estamos en casa. Domina el juego de velar y desvelar, de ocultar y de enseñar, que convierte al diálogo en un artefacto sutil: esos sobreentendidos solo pueden darse entre dos personas que se conocen a fondo. El crítico de ciencia ficción Manuel Rodríguez Yagüe escribió hace poco una crítica de esta novela. Le salió mejor que a mí, y profundizó más que yo. Estas cosas también hay que admitirlas. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Oppressed by the figures of beauty

The Neon Demon me recuerda a Map to the Stars, Suspiria, Karate Kid y, sobre todo, Showgirls. No hay ninguna boutade en mis palabras, ni pretendo epatar a nadie con asociaciones ingeniosas, con referencias inesperadas. Todas esas películas, más Blade Runner, Mulholland Drive y cualquier libro de Bret Easton Ellis, me vienen a la cabeza después de ver la última película de Nicolas Winding Refn. Y las palabras de Leonard Cohen que utilizo como título describen muy bien el sentimiento central de la película. 

Con un despliegue visual deslumbrante, muy deudor del giallo italiano, y con una historia de cómo el entorno hostil deglute sin piedad a la pieza inocente que llega nueva a formar parte, sin saberlo, de esa devoradora maquinaria capitalista, la película oscila entre lo admirable y lo fallido. El despliegue visual es obra de un estilista mayor, y la maquinaria que menciono es la obsesión lucrativa que rige los vesánicos códigos de conducta de esas altas esferas. 

Lo admirable de la película está en la representación de la sordidez contemporánea y de la cultura de la inmediatez que la promueve, simbolizada aquí por el mundo de la moda y por todas las envidias, superficialidades y crueldades que se derivan de su imparable mecánica interna. Está en cómo usa la cámara para representar esa sordidez. La apertura de la película, con sus colores y su música, nos da el tono tanto de la historia como de la atmósfera del submundo de intereses equivocados en que se desarrolla. Aunque no arrasa con tus emociones como sí lo hace Map to the Stars, de Cronenberg, la película de Refn te sumerge en un entorno depredador: las arpías menos jóvenes se conjuran contra la aspirante a reina de la moda, y esa sordidez la vemos espejeada en un diseño de producción aséptico y de composición simétrica, como en Kubrick, en los colores chillones y fríos, en el brillo gélido como en Argento, en Bava o en Fulci. Es una película de planos cerrados, asfixiantes, y de lentos, uno diría que felinos, movimientos de cámara. La suma de todo ello es el acierto mayor de la película.

Otro de los aciertos de la película es lo que Quim Casas, en su crítica de El Periódico, ha llamado su "fractura con la realidad: un puma en la habitación de hotel o la joven que maquilla indistintamente modelos y cadáveres". Incidiendo más en ello, es decir, torciendo un poco más la realidad, podría haber eviscerado mejor -que no más- el horror de la competitividad homicida de esos mundos. La película hubiera podido ser más sugerente, más visualmente estimulante y más polisémica, virtudes todas de las que carece. 

Elle Fanning, como Elizabeth Berkeley en Showgirls, llega a Los Ángeles con la cabeza llena de pájaros, aunque con menos inocencia de lo que podríamos presuponer. Como Ralph Macchio en Karate Kid, tiene que cimentar los primeros pasos de su vocación en un entorno nuevo y hostil. Es huérfana, tres años más joven de lo que le conviene, se hospeda en un motel y acaba de conocer a un chico que la cuida, que le trae flores y se preocupa por ella. Las otras aspirantes, una de las cuales canta las glorias de la cirugía estética, de esa belleza a la carta de la que -cree- se beneficia, la acogen con frialdad, y pronto ve que nada es lo que parece. (Los espectadores sí vemos que todo es lo que parece). No hay un gran desarrollo de los personajes a partir de aquí. Es normal: esos tópicos los condenan de antemano. 

Lo fallido, lo cutre, está en la pobreza de sus metáforas. Pobreza que es doble: visual, por cutre, como la escena de la necrofilia lésbica, y por poco sutil, como la escena en la que una modelo, después de ser destronada y humillada ante sus rivales, ante sus competidoras, se mira luego en el espejo, le arroja una papelera y lo destroza. Lo que veo en el espejo no me gusta, así que lo rompo; después, entra la protagonista, la joven promesa del mundo de la moda, y sin querer se corta con uno de los pedazos del espejo. Ojo: que en este mundo te puedes hacer daño, nos dicen. Pero ella, cuando desfila sobre esa pasarela onírica, en un plano cerrado pero infinito, besa a los espejos que la rodean. Le gusta lo que ve y lo que ve está multiplicado. Es todo tan simple que te desvía de los aciertos visuales de un director quizá menos elegante que James Wan en su representación del horror, pero más atrevido en sus temas y en sus historias. 

Por otra parte, que la maquilladora alterne su trabajo con las modelos con su trabajo, imagino que nocturno, maquillando cadáveres en una morgue, es tan poco casual como sutil. No hay sofisticación alguna en esa analogía. Tampoco la hay en la inesperada debilidad antropófaga de las jóvenes desplazadas, y menos aún en la escena del ojo como aperitivo. Si el neófito me desplaza, me lo como. Literalmente. Muy burdo. Como se ve, no hay una correlación artística entre la fuerza de su estilo y el significado de sus metáforas. 

También he estado pensando qué aporta, al conjunto de la obra, el personaje de Keanu Reeves, y no llego a ninguna conclusión. Se me ocurre que está ahí para reconocer los peligros del típico matón de barrio, que sin duda existen y sin duda acechan a cualquiera, pero como contrapunto menor del gran mal que asola a toda aquella juventud que tenga vocación de modelo o de estrella de cine, tanto da. Él representa el mal cotidiano, el que nos queda más cerca, y la industria representa ese mal intangible que pende sobre nosotros. Todo su papel es un subrayado más de la película. 

Así como Showgirls era ridícula y tenía unos diálogos y unas escenas bochornosas, The Neon Demon es (algo más) inteligente y contiene diálogos pausados, reflexivos, y alguna que otra intervención estelar. Muy bien. Pero la de Verhoeven iba mucho más lejos, era más exagerada, se tomaba menos en serio a sí misma, y la sordidez de ese mundo quedaba grabada en la mente con mayor fiereza que en la última película de Refn, que, aunque no lo parezca, me ha gustado. Estoy de acuerdo con ella y tiene algunos momentos impactantes, un despliegue visual muy audaz, con el contraste continuo entre los fondos, los colores y la composición tan fría, pero se ve lastrada por una imaginería metafóricamente muy pobre, muy pedestre y empobrecedora. Imagino que ante un público muy crítico defendería sus audaces aciertos visuales, pero ante uno que se rindiera ante sus imágenes, destacaría sus torpezas, su continua incursión en lo explícito, en lo nada sutil (empezando por el propio título de la película). Pero ante la página en blanco y pese a que le concedo todos sus aciertos, digo ahora que The Neon Demon es una Karate Kid con final trunco, una Showgirls con las cejas enarcadas. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

A Handful of Rain

1) Vamos a ver: ¿a qué te refieres cuando hablas del sentido de lo maravilloso? Muy sencillo. Imaginemos un universo muy posterior al de Star Trek, Star Wars, Dune, Fundación o al de la saga de Los señores de la Instrumentalidad. Imaginemos cómo sería la humanidad tantos miles de milenios después de esos futuros concebidos por la ciencia ficción más colorida. Imaginemos, ahora, cómo sería ese universo millones de años, muchos millones de años después de esos miles de años que sucedieron a Star Wars y compañía. Pues bien, en ese futuro se sitúa La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke. El imaginario de Star Wars sería el pasado remoto, desenfocado, de esta novela, como para nosotros lo son esas primitivas bacterias marinas que originaron la vida en la Tierra. Clarke representa ese futuro humano como si fuera alienígena. Ya escribió, en 1953, El fin de la infancia, una de las novelas más tristes del siglo XX, con una invasión alienígena, muy a nuestro pesar, constructiva y necesaria. Muy a nuestro pesar, insisto. Y en Cánticos de la lejana Tierra describió el funeral más bonito que recuerde haber leído (sin que, todo hay que decirlo, recuerde haber leído muchos más), en los arrecifes de su amada Sri Lanka: un personaje asciende, incinerado, a las estrellas. Por segunda vez. En La ciudad y las estrellas, con ese futuro inconcebiblemente alejado de nosotros, los humanos alzan la vista y en el cielo nocturno ya no hay luna, la luna cayó hace tiempo pulverizada hasta la inexistencia. Eso es el sentido de lo maravilloso: la fascinación que nos provoca lo extraño; un concepto delicado por lo que tiene, inevitablemente, de subjetivo, de relativo a los gustos de cada uno. Este párrafo se puede escribir, como ejemplo de lo que es ese sentido de lo maravilloso de la ciencia ficción, con Clarke en mente, como acabo de hacer. También con todos los demás autores del género. (Casi todos). 

2) A los inmovilistas escandalizados por la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan les preguntaría si no les falta acusarle de intrusismo laboral. De entre todos los argumentos que esgrime esa cohorte de esnobs letraheridos, mi favorito es el que asegura que sus letras están pensadas para ser cantadas, no leídas, y que por tanto no son literatura. Que pierden su poeticidad al ser leídas. Bien. ¿Y las obras de teatro? La puesta en escena es parte consustancial del teatro en la misma medida en que la música es parte consustancial de las letras –de la poesía- de un cantautor. El teatro leído nunca ha supuesto una merma en el prestigio de nadie pese a que, al leerlo en libro, se pierde lo mismo que se pierde al leer las letras de una canción sin el acompañamiento de la música. Sin embargo, a nadie se le ocurriría decir que un dramaturgo no se merece un premio o es un literato menor si accedemos a su obra solo a través de la lectura. Si le quitamos la música a Dylan, ya no es un poeta. Si le quitamos la puesta en escena a, digamos, García Lorca, sigue siendo un soberbio dramaturgo. Es curioso.  

3) ¿Que no sabes lo que es el machismo? No te preocupes. Hazte con una copia del Diario de un noctámbulo, de Francisco Umbral, y lo verás en todo su esplendor ibérico. Te quedará claro.

4) Volviendo al Nobel, entendería que se lo hubieran dado en su momento a Arthur C. Clarke. Es un gran, gran escritor. Dotado de un humanismo militante y de un beligerante ateísmo, sus obras están impregnadas de unas cualidades muy valoradas por el comité de selección. Clarke se documentaba a fondo, estructuraba sus libros con rigor, cuidaba la escritura, orquestaba mundos extraños con una idiosincrasia propia muy coherente, muy bien articulada, y en cada novela era trazable una lógica crítica, cuestionadora, constructiva, fruto de su inteligencia y de haber seguido los pasos adecuados para entrar a formar parte del canon definitivo de la literatura. La poética de Clarke se reforzaba en cada libro. La imaginación de Clarke era también, como la de Tiptree, colonizadora y multicolor. Y el Nobel hubiera sido un gesto de reconocimiento a todo un género que, desde sus madrigueras, iba legando grandes piezas de literatura (altamente premiable). Asumiendo a un Clarke al que por otra parte sí hicieron Sir, el Nobel se hubiera oxigenado, dejándose permear por otras formas literarias menos visibles. Ahora bien, ¿y si se lo hubieran dado al menos perfecto, menos académico, pero más radical y heterodoxo, Philip K. Dick? Dick no impregna sus obras de conocimientos científicos como hace Clarke, ni estructura sus novelas con la arquitectura rígida de Clarke, ni mide su prosa con la delicadeza con la que lo hace Clarke. Pero su cosmovisión es tan cuestionadora, tan excéntrica, tan brillante y tan personal, tan inclasificable y tan fascinadora, y sus argumentos son tan esencialmente cienciaficcionescos, que el gesto hubiera honrado al comité del Nobel tanto como al propio escritor. Y si digo esencialmente  es porque él no añade un simple disfraz de ciencia ficción a la realidad, como sería, por ejemplo, escoger la dicotomía humano/robot para hablar de xenofobia entre humanos. No: el puro corazón de las novelas y cuentos de Dick es  lo que es cienciaficcionesco. Es su concepción misma de la realidad la que es cienciaficcionesca. Hubiera sido un doble reconocimiento: por un lado hubieran premiado a un escritor de género, y por otro a un escritor que, además de serlo, era marginal, imperfecto y visceral. Hubieran demostrado una justa y admirable amplitud de miras y hubiera resemantizado al Nobel, ese gesto.  

martes, 4 de octubre de 2016

Hipotética lista de lecturas para primero o segundo de carrera

Para primero o segundo de Humanidades, se entiende. Puede sonar pretencioso, soberbio, prepotente, altanero, altivo; puede, también, ser una idea, esta de enumerar lecturas para un público universitario, propia de un engreído, de un ególatra o, simplemente, de un chulo barato. Pero al leer estos libros pensé que hubieran ido bien para formarse como lector en esos años. También para cuestionar aquellas primeras convicciones culturales.

CT o Cultura de la Transición (Random House Mondadori, Varios Autores). La crítica central del libro puede sorprender más o menos, puede parecer más o menos superficial, más o menos esclarecedora, pero sin duda, para esos años en los que empiezas a leer suplementos culturales, blogs o escuchas, permeable, a tus amigos, el libro puede ser un estímulo. Puede hacer que al alumno se le despierten las preguntas, que surja su escepticismo. Que vea que, en general, aunque le falten algunos años para recabar sus propios argumentos sobre el tema y poder posicionarse, siempre se agazapa algo detrás de la cultura oficial. Que esté escrito por varios autores también da una amplitud de miras muy conveniente para esos años de formación.

Zona de obras (Círculo de Tiza, Leila Guerriero). Ya escribí un texto sobre el libro. Pero con el corpus estudiantil en mente, la miscelánea obra de Guerriero tiene en su frescura y en su dinamismo, en su contagiosa voluntad de escribir y en sus opiniones, un campo de pruebas en el que un aspirante a crítico o a periodista cultural podrá encontrar argumentos sobre los que posicionarse, y empezar así a construir su propia visión de la cultura, su manera de aproximarse a ella y entenderla. ¿Coincidimos con la actitud de Guerriero ante el oficio?

Mientras escribo (Random House Mondadori, Stephen King). Este libro podría ser una lectura compartida por un curso de escritura creativa (curso que evitaremos a toda costa), y por los integrantes de primero y segundo de Humanidades. ¿Por qué? No tanto para que vean cuál es el proceso de escritura de King, ni la forja autobiográfica de su vocación, ni para que se comparen ni para que se animen a seguir su ejemplo. No. Sino para que opinen. Para que asimilen una experiencia ajena y se posicionen sobre ella. Para que fuercen un poco las entendederas hasta llegar a una opinión argumentada sobre cualquier parte del libro. ¿Qué nos parece el proceso de reescritura de King? ¿Qué opinamos de su fusilamiento a los adverbios? ¿A qué conclusión llegamos después de leer sus opiniones sobre la lectura? ¿Es útil este libro? Da igual la respuesta a estas preguntas. Lo importante es aprender a afilar el argumentario.

Otras inquisiciones (Alianza Editorial, Jorge Luis Borges). Para que uno entre en contacto con la prosa, uno diría que sagrada, de Jorge Luis Borges. Ese es un buen primer motivo para leer este libro. Otro puede ser que, a los dieciocho o diecinueve años, uno puede pensar que tiene un cúmulo de lecturas considerable, y entrar en el laberíntico bagaje cultural de Borges puede ayudar a relativizar el suyo propio, a ponerlo en su sitio. No es que sea crucial, pero es un ejercicio de humildad recomendable. Para ver cómo razona Borges, lo libre que es como escritor (hace lo que quiere), para que veamos que la brillantez, la pura excelencia en la crítica o en la no ficción no es, aunque lo pudiera parecer, y aunque a veces sea, pesada o aburrida: para todo eso va bien entrar en este libro. Se entienda más o menos tras una primera lectura, siempre quedará alguna reflexión de Borges para el futuro.

Entre paréntesis (Editorial Anagrama, Roberto Bolaño). Quizá el mejor motivo para leer esta miscelánea caja de música es la cantidad de potenciales lecturas que podemos extraer de ella. Las reseñas emotivas de Bolaño son, o suelen ser, infalibles. Más si tienes algo menos de veinte años. Así que este libro te puede llevar a leer más libros. Ameno, el libro puede ser un flujo de motivación constante, y el alumno puede hundirse en la personalidad de Bolaño. ¿Cómo es Bolaño como crítico? ¿Qué papel juega la ironía en su quehacer como crítico? ¿Funciona?

La desfachatez intelectual (Los libros de la Catarata, Ignacio Sánchez-Cuenca). ¿Cómo? ¿Pero si ya el subtítulo nos dice que es un ensayo sobre política? Claro. Sobre cómo escriben los intelectuales y los escritores sobre política. Sobre las herramientas que tienen, sobre su actitud, sobre sus reflexiones, sobre las conclusiones a las que llegan, sobre su invasiva presencia en los medios. El libro es una lección maestra de lectura crítica. Sánchez-Cuenca, y con él nosotros, ve más allá de lo expuesto en la prensa. Deconstruye el aparataje vistoso de la intelectualidad más renombrada, dejándolos en evidencia con datos y argumentos, con citas extensas y notas al pie. Es un perfecto ejemplo de lo que significa ser un lector crítico. En este mismo sentido y como festival de lectura crítica y mordaz que es, sería coherente incluir Los demonios familiares de Franco, de Vázquez Montalbán. Vemos en estos libros un despliegue de crítica, de incisión en la mirada, que el alumno de primero o segundo debería incorporar a sus costumbres lectoras.

La mala puta. Réquiem por la literatura española (Editorial Sloper, Miguel Dalmau y Román Piña). Libro delicado. Si me parece recomendable es porque a nadie le deja indiferente el tono del libro. No digo sus conclusiones, sus reflexiones ni sus motivaciones, sino el casi luciferino rencor que transmite. ¿Está bien argumentado? ¿Tiene sentido lo que dicen los autores? ¿Qué nos parece el discurso del libro? ¿El tono de Piña es comparable al de Dalmau? En paralelo, o como lectura complementaria, propondría Trayecto, de Ignacio Echevarría. ¿Ayuda, esta recopilación de lecturas críticas, a forjarse una idea de la literatura española de finales del siglo XX? ¿Podemos hacernos una idea de la poética de Echevarría, de su idiosincrasia como crítico? ¿Sus textos, subsumidos en ese todo, revelan un pensamiento crítico identificable? ¿Nos ha dado alguna herramienta? ¿El tono ha menguado, en alguna ocasión, la calidad de sus razonamientos?

El intelectual melancólico (Editorial Anagrama, Jordi Gracia). Gracia va bien para los alumnos universitarios. Quizá es mejor dejar esta lectura para finales de segundo año, cuando el desánimo pueda haber hecho alguna mella en la vocación escrituraria de los alumnos. Entrará Jordi Gracia con su maquinaria pesada y reanimará al decaído. ¿Es ingenua la actitud de Gracia? ¿Tiene razón? Si la tiene, ¿la tiene por los argumentos que expone? ¿O se pueden añadir más?

No importan estos libros. Pueden ser otros tantos. O tantísimos otros. Lo que importa es la reacción que despierten. Que desentumezcan la capacidad crítica de los lectores, que no los deje indiferentes. Lo que importa es que los estudiantes tengan una opinión bien estructurada sobre el libro, que puedan defenderla críticamente ante otras lecturas opuestas. Que el alumno o la alumna encuentren su propia opinión, su propio criterio lector, y sepan apuntalarlo con argumentos razonados, sensatos y creativos.  Que después de estas (u otras) lecturas sepan leer más allá del texto impreso.