lunes, 5 de diciembre de 2016

Oppressed by the figures of beauty

The Neon Demon me recuerda a Map to the Stars, Suspiria, Karate Kid y, sobre todo, Showgirls. No hay ninguna boutade en mis palabras, ni pretendo epatar a nadie con asociaciones ingeniosas, con referencias inesperadas. Todas esas películas, más Blade Runner, Mulholland Drive y cualquier libro de Bret Easton Ellis, me vienen a la cabeza después de ver la última película de Nicolas Winding Refn. Y las palabras de Leonard Cohen que utilizo como título describen muy bien el sentimiento central de la película. 

Con un despliegue visual deslumbrante, muy deudor del giallo italiano, y con una historia de cómo el entorno hostil, perverso, deglute sin piedad a la pieza inocente que llega nueva a formar parte, sin saberlo, de esa devoradora maquinaria capitalista, la película oscila entre lo admirable y lo fallido. El despliegue visual es obra de un estilista mayor, y la maquinaria que menciono es la obsesión lucrativa que rige los vesánicos códigos de conducta de esas altas esferas. 

Lo admirable está en la representación de la sordidez contemporánea y de la cultura de la inmediatez que la promueve, simbolizada aquí por el mundo de la moda y por todas las envidias, superficialidades y crueldades que se derivan de su imparable mecánica interna. Está en cómo usa la cámara para representar esa sordidez. La apertura de la película, con sus colores y su música, nos da el tono tanto de la historia como de la atmósfera del submundo de intereses equivocados en que se desarrolla. Aunque no arrasa con tus emociones como sí lo hace Map to the Stars, de Cronenberg, la película de Refn te sumerge en un entorno depredador: las arpías menos jóvenes se conjuran contra la aspirante a reina de la moda, y esa sordidez la vemos espejeada en un diseño de producción aséptico y de composición simétrica, como en Kubrick, en los colores chillones y fríos, en el brillo gélido como en Argento, en Bava o en Fulci. Es una película de planos cerrados, asfixiantes, y de lentos, uno diría que felinos, movimientos de cámara. La suma de todo ello es el acierto mayor de la película.

Otro de los aciertos de la película es lo que Quim Casas, en su crítica de El Periódico, ha llamado su "fractura con la realidad: un puma en la habitación de hotel o la joven que maquilla indistintamente modelos y cadáveres". Incidiendo más en ello, es decir, torciendo un poco más la realidad, podría haber eviscerado mejor -que no más- el horror de la competitividad homicida de esos mundos. La película hubiera podido ser más sugerente, más visualmente estimulante y más polisémica, virtudes todas de las que carece. 

Elle Fanning, como Elizabeth Berkeley en Showgirls, llega a Los Ángeles con la cabeza llena de pájaros, aunque con menos inocencia de lo que podríamos presuponer. Como Ralph Macchio en Karate Kid, tiene que cimentar los primeros pasos de su vocación en un entorno nuevo y hostil. Es huérfana, tres años más joven de lo que le conviene, se hospeda en un motel y acaba de conocer a un chico que la cuida, que le trae flores y se preocupa por ella. Las otras aspirantes, una de las cuales canta las glorias de la cirugía estética, de esa belleza a la carta de la que -cree- se beneficia, la acogen con frialdad, y pronto ve que nada es lo que parece. (Los espectadores sí vemos que todo es lo que parece). No hay un gran desarrollo de los personajes a partir de aquí. Es normal: esos tópicos los condenan de antemano. 

Lo fallido, lo cutre, está en la pobreza de sus metáforas. Pobreza que es doble: visual, por cutre, como la escena de necrofilia lésbica, y por poco sutil, como la escena en la que una modelo, después de ser destronada y humillada ante sus rivales, ante sus competidoras, se mira luego en el espejo, le arroja una papelera y lo destroza. Lo que veo en el espejo no me gusta, así que lo rompo; después, entra la protagonista, la joven promesa del mundo de la moda, y sin querer se corta con uno de los pedazos del espejo. Ojo: que en este mundo te puedes hacer daño, nos dicen. Pero ella, cuando desfila sobre esa pasarela onírica, en un plano cerrado pero infinito, besa a los espejos que la rodean. Le gusta lo que ve y lo que ve está multiplicado. Es todo tan simple que te desvía de los aciertos visuales de un director quizá menos elegante que James Wan en su representación del horror, pero más atrevido en sus temas, en sus historias y en la composición de los planos. 

Por otra parte, que la maquilladora alterne su trabajo con las modelos con su trabajo, imagino que nocturno, maquillando cadáveres en una morgue, es tan poco casual como sutil. No hay sofisticación alguna en esa analogía. Tampoco la hay en la inesperada debilidad antropófaga de las jóvenes desplazadas, y menos aún en la escena del ojo como aperitivo. Si el neófito me desplaza, me lo como. Literalmente. Muy burdo. Como se ve, no hay una correlación artística entre la fuerza de su estilo y el significado de sus metáforas. 

También he estado pensando qué aporta, al conjunto de la obra, el personaje de Keanu Reeves, y no llego a ninguna conclusión. Se me ocurre que está ahí para reconocer los peligros del típico matón de barrio, que sin duda existen y sin duda acechan a cualquiera, pero como contrapunto menor del gran mal que asola a aquella juventud que tenga vocación de modelo o de estrella de cine, tanto da. Él representa el mal cotidiano, el que nos queda más cerca, y la industria representa ese mal intangible que pende sobre nosotros. Todo su papel es un subrayado más de la película. 

Así como Showgirls era ridícula y tenía unos diálogos y unas escenas bochornosas, The Neon Demon es (algo más) inteligente y contiene diálogos pausados, reflexivos, y alguna que otra intervención estelar. Muy bien. Pero la de Verhoeven iba mucho más lejos, era más exagerada, se tomaba menos en serio a sí misma, y la sordidez de ese mundo quedaba grabada en la mente con mayor fiereza que en la última película de Refn, que, aunque no lo parezca, me ha gustado. Estoy de acuerdo con ella y tiene algunos momentos impactantes, un despliegue visual muy audaz, con el contraste continuo entre los fondos, los colores y la composición tan fría, pero se ve lastrada por una imaginería metafóricamente muy pobre, muy pedestre y empobrecedora. Imagino que ante un público muy crítico defendería sus audaces aciertos visuales, pero ante uno que se rindiera ante sus imágenes, destacaría sus torpezas, su continua incursión en lo explícito, en lo nada sutil (empezando por el propio título de la película). Pero ante la página en blanco y pese a que le concedo todos sus aciertos, digo ahora que The Neon Demon es una Karate Kid con final trunco, una Showgirls con las cejas enarcadas. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

A Handful of Rain

1) Vamos a ver: ¿a qué te refieres cuando hablas del sentido de lo maravilloso? Muy sencillo. Imaginemos un universo muy posterior al de Star Trek, Star Wars, Dune, Fundación o al de la saga de Los señores de la Instrumentalidad. Imaginemos cómo sería la humanidad tantos miles de milenios después de esos futuros concebidos por la ciencia ficción más colorida. Imaginemos, ahora, cómo sería ese universo millones de años, muchos millones de años después de esos miles de años que sucedieron a Star Wars y compañía. Pues bien, en ese futuro se sitúa La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke. El imaginario de Star Wars sería el pasado remoto, desenfocado, de esta novela, como para nosotros lo son esas primitivas bacterias marinas que originaron la vida en la Tierra. Clarke representa ese futuro humano como si fuera alienígena. Ya escribió, en 1953, El fin de la infancia, una de las novelas más tristes del siglo XX, con una invasión alienígena, muy a nuestro pesar, constructiva y necesaria. Muy a nuestro pesar, insisto. Y en Cánticos de la lejana Tierra describió el funeral más bonito que recuerde haber leído (sin que, todo hay que decirlo, recuerde haber leído muchos más), en los arrecifes de su amada Sri Lanka: un personaje asciende, incinerado, a las estrellas. Por segunda vez. En La ciudad y las estrellas, con ese futuro inconcebiblemente alejado de nosotros, los humanos alzan la vista y en el cielo nocturno ya no hay luna, la luna cayó hace tiempo pulverizada hasta la inexistencia. Eso es el sentido de lo maravilloso: la fascinación que nos provoca lo extraño; un concepto delicado por lo que tiene, inevitablemente, de subjetivo, de relativo a los gustos de cada uno. Este párrafo se puede escribir, como ejemplo de lo que es ese sentido de lo maravilloso de la ciencia ficción, con Clarke en mente, como acabo de hacer. También con todos los demás autores del género. (Casi todos). 

2) A los inmovilistas escandalizados por la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan les preguntaría si no les falta acusarle de intrusismo laboral. De entre todos los argumentos que esgrime esa cohorte de esnobs letraheridos, mi favorito es el que asegura que sus letras están pensadas para ser cantadas, no leídas, y que por tanto no son literatura. Que pierden su poeticidad al ser leídas. Bien. ¿Y las obras de teatro? La puesta en escena es parte consustancial del teatro en la misma medida en que la música es parte consustancial de las letras –de la poesía- de un cantautor. Desligar la puesta en escena nunca ha supuesto una merma en el prestigio del teatro cuando, al leerlo en libro, se pierde lo mismo que se pierde al leer las letras de una canción sin el acompañamiento de la música. Sin embargo, a nadie se le ocurriría decir que un dramaturgo no se merece un premio o es un literato menor si accedemos a su obra solo a través de la lectura. Si le quitamos la música a Dylan, ya no es un poeta. Si le quitamos la puesta en escena a, digamos, García Lorca, sigue siendo un soberbio dramaturgo. Es curioso.  

3) ¿Que no sabes lo que es el machismo? No te preocupes. Hazte con una copia del Diario de un noctámbulo, de Francisco Umbral, y lo verás en todo su esplendor ibérico. Te quedará claro.

4) Volviendo al Nobel, entendería que se lo hubieran dado en su momento a Arthur C. Clarke. Es un gran, gran escritor. Dotado de un humanismo militante y de un beligerante ateísmo, sus obras están impregnadas de unas cualidades muy valoradas por el comité de selección. Clarke se documentaba a fondo, estructuraba sus libros con rigor, cuidaba la escritura, orquestaba mundos extraños con una idiosincrasia propia muy coherente, muy bien articulada, y en cada novela era trazable una lógica crítica, cuestionadora, constructiva, fruto de su inteligencia y de haber seguido los pasos adecuados para entrar a formar parte del canon definitivo de la literatura. La poética de Clarke se reforzaba en cada libro. La imaginación de Clarke era también, como la de Tiptree, colonizadora y multicolor. Y el Nobel hubiera sido un gesto de reconocimiento a todo un género que, desde sus madrigueras, iba legando grandes piezas de literatura (altamente premiable). Asumiendo a un Clarke al que por otra parte sí hicieron Sir, el Nobel se hubiera oxigenado, dejándose permear por otras formas literarias menos visibles. Ahora bien, ¿y si se lo hubieran dado al menos perfecto, menos académico, pero más radical y heterodoxo, Philip K. Dick? Dick no impregna sus obras de conocimientos científicos como hace Clarke, ni estructura sus novelas con la arquitectura rígida de Clarke, ni mide su prosa con la delicadeza con la que lo hace Clarke. Pero su cosmovisión es tan cuestionadora, tan excéntrica, tan brillante y tan personal, tan inclasificable y tan fascinadora, y sus argumentos son tan esencialmente cienciaficcionescos, que el gesto hubiera honrado al comité del Nobel tanto como al propio escritor. Y si digo esencialmente  es porque él no añade un simple disfraz de ciencia ficción a la realidad, como lo sería, por ejemplo, escoger la dicotomía humano/robot para hablar de xenofobia en lugar de la  más familiar y extendida humano/humano. No: el puro corazón de las novelas y cuentos de Dick es  lo que es cienciaficcionesco. Es su concepción misma de la realidad la que es cienciaficcionesca. Hubiera sido un doble reconocimiento: por un lado hubieran premiado a un escritor de género, y por otro a un escritor que, además de serlo, era marginal, imperfecto y visceral. Hubieran demostrado una justa y admirable amplitud de miras y hubiera resemantizado al Nobel, ese gesto.  

martes, 4 de octubre de 2016

Hipotética lista de lecturas para primero o segundo de carrera

Para primero o segundo de Humanidades, se entiende. Puede sonar pretencioso, soberbio, prepotente, altanero, altivo; puede, también, ser una idea, esta de enumerar lecturas para un público universitario, propia de un engreído, de un ególatra o, simplemente, de un chulo barato. Pero al leer estos libros pensé que hubieran ido bien para formarse como lector en esos años. También para cuestionar aquellas primeras convicciones culturales.

CT o Cultura de la Transición (Random House Mondadori, Varios Autores). La crítica central del libro puede sorprender más o menos, puede parecer más o menos superficial, más o menos esclarecedora, pero sin duda, para esos años en los que empiezas a leer suplementos culturales, blogs o escuchas, permeable, a tus amigos, el libro puede ser un estímulo. Puede hacer que al alumno se le despierten las preguntas, que surja su escepticismo. Que vea que, en general, aunque le falten algunos años para recabar sus propios argumentos sobre el tema y poder posicionarse, siempre se agazapa algo detrás de la cultura oficial. Que esté escrito por varios autores también da una amplitud de miras muy conveniente para esos años de formación.

Zona de obras (Círculo de Tiza, Leila Guerriero). Ya escribí un texto sobre el libro. Pero con el corpus estudiantil en mente, la miscelánea obra de Guerriero tiene en su frescura y en su dinamismo, en su contagiosa voluntad de escribir y en sus opiniones, un campo de pruebas en el que un aspirante a crítico o a periodista cultural podrá encontrar argumentos sobre los que posicionarse, y empezar así a construir su propia visión de la cultura, su manera de aproximarse a ella y entenderla. ¿Coincidimos con la actitud de Guerriero ante el oficio?

Mientras escribo (Random House Mondadori, Stephen King). Este libro podría ser una lectura compartida por un curso de escritura creativa (curso que evitaremos a toda costa), y por los integrantes de primero y segundo de Humanidades. ¿Por qué? No tanto para que vean cuál es el proceso de escritura de King, ni la forja autobiográfica de su vocación, ni para que se comparen ni para que se animen a seguir su ejemplo. No. Sino para que opinen. Para que asimilen una experiencia ajena y se posicionen sobre ella. Para que fuercen un poco las entendederas hasta llegar a una opinión argumentada sobre cualquier parte del libro. ¿Qué nos parece el proceso de reescritura de King? ¿Qué opinamos de su fusilamiento a los adverbios? ¿A qué conclusión llegamos después de leer sus opiniones sobre la lectura? ¿Es útil este libro? Da igual la respuesta a estas preguntas. Lo importante es aprender a afilar el argumentario.

Otras inquisiciones (Alianza Editorial, Jorge Luis Borges). Para que uno entre en contacto con la prosa, uno diría que sagrada, de Jorge Luis Borges. Ese es un buen primer motivo para leer este libro. Otro puede ser que, a los dieciocho o diecinueve años, uno puede pensar que tiene un cúmulo de lecturas considerable, y entrar en el laberíntico bagaje cultural de Borges puede ayudar a relativizar el suyo propio, a ponerlo en su sitio. No es que sea crucial, pero es un ejercicio de humildad recomendable. Para ver cómo razona Borges, lo libre que es como escritor (hace lo que quiere), para que veamos que la brillantez, la pura excelencia en la crítica o en la no ficción no es, aunque lo pudiera parecer, y aunque a veces sea, pesada o aburrida: para todo eso va bien entrar en este libro. Se entienda más o menos tras una primera lectura, siempre quedará alguna reflexión de Borges para el futuro.

Entre paréntesis (Editorial Anagrama, Roberto Bolaño). Quizá el mejor motivo para leer esta miscelánea caja de música es la cantidad de potenciales lecturas que podemos extraer de ella. Las reseñas emotivas de Bolaño son, o suelen ser, infalibles. Más si tienes algo menos de veinte años. Así que este libro te puede llevar a leer más libros. Ameno, el libro puede ser un flujo de motivación constante, y el alumno puede hundirse en la personalidad de Bolaño. ¿Cómo es Bolaño como crítico? ¿Qué papel juega la ironía en su quehacer como crítico? ¿Funciona?

La desfachatez intelectual (Los libros de la Catarata, Ignacio Sánchez-Cuenca). ¿Cómo? ¿Pero si ya el subtítulo nos dice que es un ensayo sobre política? Claro. Sobre cómo escriben los intelectuales y los escritores sobre política. Sobre las herramientas que tienen, sobre su actitud, sobre sus reflexiones, sobre las conclusiones a las que llegan, sobre su invasiva presencia en los medios. El libro es una lección maestra de lectura crítica. Sánchez-Cuenca, y con él nosotros, ve más allá de lo expuesto en la prensa. Deconstruye el aparataje vistoso de la intelectualidad más renombrada, dejándolos en evidencia con datos y argumentos, con citas extensas y notas al pie. Es un perfecto ejemplo de lo que significa ser un lector crítico. En este mismo sentido y como festival de lectura crítica y mordaz que es, sería coherente incluir Los demonios familiares de Franco, de Vázquez Montalbán. Vemos en estos libros un despliegue de crítica, de incisión en la mirada, que el alumno de primero o segundo debería incorporar a sus costumbres lectoras.

La mala puta. Réquiem por la literatura española (Editorial Sloper, Miguel Dalmau y Román Piña). Libro delicado. Si me parece recomendable es porque a nadie le deja indiferente el tono del libro. No digo sus conclusiones, sus reflexiones ni sus motivaciones, sino el casi luciferino rencor que transmite. ¿Está bien argumentado? ¿Tiene sentido lo que dicen los autores? ¿Qué nos parece el discurso del libro? ¿El tono de Piña es comparable al de Dalmau? En paralelo, o como lectura complementaria, propondría Trayecto, de Ignacio Echevarría. ¿Ayuda, esta recopilación de lecturas críticas, a forjarse una idea de la literatura española de finales del siglo XX? ¿Podemos hacernos una idea de la poética de Echevarría, de su idiosincrasia como crítico? ¿Sus textos, subsumidos en ese todo, revelan un pensamiento crítico identificable? ¿Nos ha dado alguna herramienta? ¿El tono ha menguado, en alguna ocasión, la calidad de sus razonamientos?

El intelectual melancólico (Editorial Anagrama, Jordi Gracia). Gracia va bien para los alumnos universitarios. Quizá es mejor dejar esta lectura para finales de segundo año, cuando el desánimo pueda haber hecho alguna mella en la vocación escrituraria de los alumnos. Entrará Jordi Gracia con su maquinaria pesada y reanimará al decaído. ¿Es ingenua la actitud de Gracia? ¿Tiene razón? Si la tiene, ¿la tiene por los argumentos que expone? ¿O se pueden añadir más?

No importan estos libros. Pueden ser otros tantos. O tantísimos otros. Lo que importa es la reacción que despierten. Que desentumezcan la capacidad crítica de los lectores, que no los deje indiferentes. Lo que importa es que los estudiantes tengan una opinión bien estructurada sobre el libro, que puedan defenderla críticamente ante otras lecturas opuestas. Que el alumno o la alumna encuentren su propia opinión, su propio criterio lector, y sepan apuntalarlo con argumentos razonados, sensatos y creativos.  Que después de estas (u otras) lecturas sepan leer más allá del texto impreso. 

sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Puede una reseña ser una obra maestra?

Puede que los conceptos de reseña y de obra maestra estén contrapuestos en un escenario que jamás los verá conciliarse. El tempo pausado, como de lenta gestación, junto con el toque de azar que requiere la obra maestra, es incompatible con la urgencia y la brevedad a las que se debe la reseña, generalmente maniatada por los exigentes plazos de entrega de la actualidad cultural. Pero se pueden dar algunas excepciones. Cuando una reseña nos enseña lo que antes no sabíamos, cuando nos hace entender lo que antes no entendíamos, cuando modifica o afina nuestra lectura o cuando cambia, por completo y con argumentos, nuestra percepción de una obra, cuando todo eso ocurre, pueden, sí, darse algunas excepciones.

Se me ocurren dos que son un puro escándalo.

La reseña de John Kenneth Muir sobre Star Trek. En la oscuridad, de J. J. Abrams, es uno de estos ejemplos. No soy un gran conocedor de la mitología trekkie, ni un espectador potencial de una de las sagas más longevas del cine y la televisión, así que vi una película que era puro escaparatismo. Con una vasta legión de admiradores ya rendidos de antemano, la película jugaba sus cartas sabiendo que la mitología creada por Gene Roddenberry ya había allanado el terreno y que solo tenía que volver a ese universo con una historia nueva, más o menos nueva, convenientemente aderezada con la tecnología más avanzada del momento para satisfacer a unos entusiastas previamente convencidos. La vi con eso en mente. Pero la reseña de Muir me hizo leerla en clave post 11-S, y entonces ya era otra cosa. (Igual, por otra parte, que No habrá paz para los malvados, que crece si la leemos en clave post 11-M). ¿Es esto suficiente para considerarla una obra maestra? No. La reseña lo que hace es ir a fondo; coge una película a priori poco exigente, y, poco a poco, va desgranando lúcidamente los elementos constitutivos más inteligentes, los que hacen de esta película una pieza brillante de ciencia ficción crítica, demostrando que su lectura, aparte de plausible, dignifica la película. En una palabra: la redefine. Demuestra, como los grandes ensayistas, que todo lo que dice está fundado, razonado, que se ha documentado y que es un profundo conocedor de la materia estudiada, y que ha eviscerado los elementos más esquivos y recónditos de una película que juega a esconderlos, o que no quiere explicitarlos. Ese texto ha reconfigurado por completo mi interpretación de la obra. La lectura heterodoxa e iluminadora que hace Muir es creativa, y está apuntalada por tantos argumentos que resulta difícil no rendirse ante ella. No ha descrito lo que vemos, sino lo que no vemos. Ahí es nada.

Abigail Nussbaum, crítica israelí experta en ciencia ficción (quien, por cierto, escribe en inglés y no en hebreo, así que la podemos leer en versión original), reseñó la novela Embassytown, de China Miéville, dedicándole unos párrafos que desentrañaban sus mimbres más ocultos. Compleja, ambiciosa, atrevida e inteligente, la novela merece muchas palabras de sincera admiración. Escrita en un inglés denso, labrado, la novela crea un mundo alienígena imaginativo, un pueblo alienígena sofisticado, y logra una simbiosis creíble y muy original entre este pueblo y el humano, que aquí, como en El libro de las cosas nunca vistas, de Michel Faber, hace las veces de invasor. La constante reflexión sobre el lenguaje es de una originalidad pasmosa: el pueblo alienígena convierte a uno de los personajes humanos en símil. La convierten en una figura literaria. Así, tal cual. Es ciencia ficción reflexiva y lúdica a la vez. Un libro bífido, una obra maestra, pensé. Hasta que leí la reseña de Nussbaum. Había caído en algunas cosas que ella critica, pero fue al verlas articuladas ahí en su blog cuando vi que tenían de lastre mucho más de lo que yo había querido admitir. Pensaba que eran los fallitos menores que, comprensiblemente, suelen aparecer en las obras mayores, oceánicas, que pretenden abarcarlo todo. Pongo un ejemplo: el final se puede entender como una especie de fin que justifica los medios. Eso creí yo, más o menos, al terminar la novela. Pero no sabía muy bien qué pensar ni qué decir. Nussbaum supo escribir, con argumentos demoledores, lo que me estaba costando pensar. Que ese hecho, en realidad, desautoriza buena parte de la novela. Ella, inclemente, expone lo que considera los otros fallos del libro, siempre con argumentos, con una mirada penetrante y sorprendente y consiguiendo, con ello, desocultar los aspectos menos visibles de una novela muy compleja. Toda la urdimbre oculta de la novela queda expuesta en la reseña. Aparte de inteligencia, detrás de la reseña hay valentía y honestidad intelectual. Cuando un crítico escribe un texto así, si la reseña llega a estas honduras, es que ha dado un paso más que el autor. Y Embassytown sigue, en mi opinión y pese a los fallos evidenciados por Nussbaum y con los que no estoy cien por cien de acuerdo, siendo uno de los libros más impactantes que haya dado la ciencia ficción en este siglo XXI. Sin duda, pero después de la reseña no podemos consagrarle el nombre de obra maestra. Ya no. Como Muir, nos ha descrito no lo que vemos todos, sino lo que no vemos. 

Así pues,
...

¿Han trascendido estas reseñas las fronteras que les son consustanciales? ¿Han mutado y se han convertido en reseñas maestras, por así decir? ¿Cuántas más podríamos añadir? No muchas, la verdad. Yo propondría el conjunto de los Nueve ensayos dantescos, de Borges, sobre la Divina Comedia; la reseña de Juan Francisco Ferré sobre Splice, que se puede encontrar en Así en el cine como en la vida; la reseña que escribió Juan Nuño sobre Platoon, encontrable en 200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine; y algunas reseñas de Vicente Luis Mora sobre la literatura española de principios de siglo también cabrían en este espacio.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los precursores tienen la palabra

El ser humano se enfrenta a un mal insospechado en Phase IV: las hormigas. La composición geométrica de Saul Bass, el director, y los colores psicodélicos y los estridentes efectos de sonido, consiguen, a la vez, una obra espectacular y un incisivo análisis de la ambición humana. Preguntarse por cómo estos insectos han podido representar una amenaza real para los humanos es muy lícito: liberadas de la atrofia intelectual que les representa hibernar, puede avanzar su evolución sin trabas hacia unas cotas de sofisticación superior a la humana. En Ciudad, triste libro de Clifford D. Simak publicado en 1952, es decir, 22 años antes que la película de Bass, ya asistimos a esa misma emancipación de las hormigas y a todo lo que ello conlleva. Cuando se liberan del impedimento evolutivo que implica la hibernación, ellas, las hormigas, en la novela de Simak, en la emotiva y desgarrada novela de Simak, también dan un paso adelante con respecto a la humanidad. El mismo caso con la misma explicación. Vaya por dios. 

Eon, de Greg Bear. ¿Qué pasa con Eon, de Greg Bear. Esto pasa: "El asteroide era más largo por dentro que por fuera." El asteroide de la novela es más largo por dentro que por fuera, esto nos queda claro. Y no se queda ahí la cosa: el asteroide está lleno de túneles y ciudades interiores abandonadas y los científicos -todos muy inteligentes- no saben qué pensar, ni qué hacer, ante esa incomprensible paradoja del espacio. ¿Existe, en la narrativa americana más o menos reciente, una anomalía física parecida? ¿Puede ser que nos recuerde un poquito a lo que hizo Mark Z. Danielewski en La casa de hojas? ¿Que nos recuerde un poco, así como de pasada? ¿De refilón? ¿Algún eco? ¿Nada, alguna cosita de nada? ¿Tiene elementos parecidos o parecidos o parecidos? ¿Alguna inofensiva nadería? ¿Aunque sea alguna palabrita menor? ¿Detalles? ¿Detallitos? Detallirrititos? ¿No? ¿Nadie? Bueno. Greg Bear antecede en quince años a Danielewski con una novela que, si no fuera por el largo tramo de guerra, podría considerarse de las mejores de los años ochenta. Casi nada. 

jueves, 18 de agosto de 2016

El crítico, incomodado, no supo qué decir

No siempre es fácil posicionarse sobre algunos temas. El convincente crítico John Kenneth Muir dice de El ciempiés humano que es, básicamente, una muy buena película. El problema, dice, es que “no sabe cuál es su valor social ni su propósito”. Sin haber escrito aún una reseña completa de la película, explica que, de hacerlo algún día, iría más o menos así: “La película está extraordinariamente bien hecha… pero, ¿para qué?” Entiendo su postura. El ciempiés humano, de Tom Six, está increíblemente bien compuesta, fotografiada en un blanco y negro muy sugerente, y transmite la sinrazón y la barbarie humanas de una manera verdaderamente singular. Cada movimiento de cámara es inquietante. El Bárbaro, llamémosle así, de la película, está caracterizado casi como un oficial de las SS, y por tanto se puede entender “como una alegoría de la brutalidad de los nazis”, como dice Muir, pero visto así queda demasiado esquemático. Se puede hacer esa lectura, de todos modos, y, si agrandamos el foco, se puede entender como una alegoría de la brutalidad de cualquier estructura de poder hacia la base endeble de la que se nutre, y entonces ya le encontramos el valor social, yo creo, aunque sea algo simple. La cuestión es que el horror está ahí y cuesta descifrarlo.

Con Marc García, en relación a la escena del ahorcamiento en Los Odiosos Ocho, hablamos largo y tendido sobre estos temas, sin llegar, diría, a ninguna conclusión que pudiera considerarse satisfactoria, así que los dos, creo, entendemos la actitud de Muir. Nuestro entendimiento racional de la barbarie se suspende ante estas películas, porque no hay una reflexión sobre el dolor o sobre el mal que apuntale su presencia. O no a primera vista, al menos. Pero ese vacío ya es en sí mismo una declaración de intenciones: el director Tom Six ha fabricado no un espejo deformante, sino un espejo con el que agredir al espectador. Entiendo lo que dice Muir, pero la película ya cumple un objetivo: problematizar la recepción del espectador. Si excluimos la lectura que he mencionado, la de ser una alegoría de las estructuras de poder, la representación del horror no está como pretexto de una crítica social mayor, y por tanto no sabemos muy bien por dónde cogerla, cómo asumirla ni cómo interpretarla, así que solo nos quedan las preguntas. ¿Por qué nos muestra algo tan macabro, tan degenerado? ¿Se sustenta sobre algún discurso? ¿O es, por el contrario, algo gratuito? Muir se queja de que pareciera que la intención sea solo “pervertir al público”. Y yo me pregunto: bueno, ¿y qué? Ya va bien que nos incomoden, que sacudan nuestro esquema moral básico, que nos enseñen ese espejo que quiere ser una agresión. Ya va bien que nuestra percepción de una obra no encaje cómodamente con los planteamientos de la obra. Esa intención de pervertir al público consigue deseufemizar nuestra mirada. Poca broma.  

Otra cosa es lo que le pasa con el horror a Roger Ebert, El Sobrevalorado. En la introducción a su libro Las peores películas de la historia, dice que solo otorga la más baja calificación a las películas que él cree inmorales. Al contrario que Muir, Ebert las rechaza de plano. No estoy muy seguro de que sea un criterio correcto, ni siquiera de que sea una valoración artística o estética. No, en absoluto, lo es de orden moral, y ahí entra en juego la sensibilidad de cada uno, la diferenciación racional que cada uno hace del bien y del mal. Escribe Ebert que “el mal puede ganar en la ficción” … “pero prefiero que los artistas expresen una actitud hacia ese mal”. Expresarlo crudamente ya es una actitud hacia ese mal. Lo está despojando de un aparato teórico, crítico, lo está despojando de toda reflexión. Está ahí, en estado puro, para que nosotros lo asumamos (o no). ¿Y a qué conclusión llega el artista, en este caso? A ninguna, probablemente. Como cuando Vonnegut dice, en el prólogo a Matadero 5, que no hay nada inteligente que decir sobre una guerra.  

En una de las reseñas clon de su página web, Ebert, a propósito de La hija del General, de Simon West, vuelve sobre lo mismo, aunque le añade algún matiz. Se pregunta, sobre la muerte de la chica, si "¿los detalles tenían que ser tan gráficos? ¿Teníamos que quedarnos con la imagen de una chica aterrorizada? ¿Dudaron los cineastas a la hora de enseñarnos planos de ella siendo estrangulada? ¿Es que no pueden dejarle nada a la imaginación?". La última pregunta es la única que vale la pena, en mi opinión. La única por la que aceptaría las críticas a la explicitud de unas imágenes que, por otra parte, ni son tan explícitas ni son tan violentas como apunta el aureolado sentido de la moralidad de Roger Ebert.  

La actitud de Muir es más inteligente: admite que no sabe lo que pensar, reconociendo, con humildad, que puede que haya algo en la película que se le esté escapando. La de Ebert es una actitud deshonesta (por elusiva e irresponsable). También es infantil e inmadura, cobarde por no atreverse a pensar la película, o por no admitir su bloqueo intelectual ante la película, y en el fondo es contemporizadora.


Ignacio Sánchez-Cuenca no escribe sobre cine en La desfachatez intelectual, pero una de sus reflexiones le va de perlas a este texto: en la página 109 dice que "la aproximación moral no nos ayuda ni a entender el terrorismo ni a diseñar una estrategia con la que combatirlo". Parafraseada, quedaría en "la aproximación moral no nos ayuda a entender estas películas ni a diseñar una lectura crítica que las analice". Esquivar tu responsabilidad como crítico profesional, tampoco.

No hay que censurar al artista cuando golpea por golpear. Ojo, nos está diciendo, que nosotros somos capaces de eso que ves en pantalla. Solo un espectador o un lector abierto sacará los frutos de esa lectura, alejándose de esa otra lectura complaciente, ebertiana, que rechaza el mal porque es más cómodo hacerlo así. Como digo, no creo que la actitud del crítico deba ser la de despachar una película porque esta tal vez apele a una incómoda realidad de nuestros instintos. Mejor, como hace Muir, admitir que no se sabe qué decir.

O, mejor aún, se puede recordar a Tarantino cuando dijo que había que quitar la moral de la ecuación en cine. O retroceder unos siglos hasta el gran epigramista Catulo, que dijo que el poeta debe ser casto, pero no sus poemas.