miércoles, 4 de marzo de 2015

Your ass used to be beautiful

Eso le dice Sam Jackson a Robert De Niro en Jackie Brown. Lo mismo le podríamos decir a Blog de Cine.

Para estar informado de las últimas novedades, para ver tráilers y avances, para descubrir filmografías semi-clandestinas, para saber qué opinan sobre la película que acabas de ver, para debatir con otros lectores y para cuestionar las impresiones propias y así ampliar el círculo de nuestro entendimiento, para incorporar herramientas antes no usadas a nuestra tarea de comentador de películas o textos, para obtener datos desconocidos, para conocer otras revistas o focos de reflexión sobre cine, para enfadarse un poquito o alegrarse otro poquito: para todo eso es útil frecuentar Blog de Cine.

De título poco esmerado, este blog colectivo hace tiempo que renquea. El núcleo duro lo conforman Alberto Abuín, Juan Luis Caviaro, Mikel Zorrilla y Pablo Muñoz. Lucía Ros se encarga de cine español y Sergio Benítez, que en su momento le dio un agradecido tratamiento de desfibrilación, ha vuelto hace poco después de un paréntesis. “Añorando estrenos” es el nombre que le dio Alberto Abuín a esa sección casi obligada que, fiel, puntual, aparece en las revistas de autoría compartida donde se rescatan títulos antiguos, directores desconocidos o filmografías injustamente infravaloradas. “Hay más cine ahí fuera”, título de resonancias noventeras y más concretamente mulderianas, es el generoso espacio dominical, compartido por todos los colaboradores, donde pasan lista a lo que se ha ido escribiendo sobre cine en otros paraderos de la red. Tiene también su particular apartado de necrológicas, y hacen encuestas para saber qué opinamos sus lectores sobre el sueldo milmillonario de Scarlett Johansson, o para que debatamos en la sección de comentarios sobre los intérpretes menos rentables del año en curso. Con esto, grosso modo, el esqueleto y la personalidad del blog ya están configurados. Lo que necesita ahora es un cambio.

Algunos participantes irascibles, algo explosivos, han atacado el carácter un poco tontorrón y sobre todo la intrascendencia absoluta de estas encuestas, y los autores del blog se defienden arguyendo que es información y que el blog está para reseñar pero también para difundir todo lo relacionado con el cine. De acuerdo: pero nada aportan estas encuestas, no tienen ninguna vocación crítica ni de difusión de conocimiento: son pura nada. Una tontería. (Se les nota en este sentido una actitud interrogante a Caviaro y a Zorrilla: ellos lideran este apartado). También es abusiva la multiplicada presencia de tráilers y teasers. No por el hecho en sí de colgarlos, sino porque suelen ir acompañados de un textito que nos incita a verlos y opinar, y nada más. Bien: sería recomendable un texto que cuestionase y que diseccionase lo visto en el tráiler. O que lo contextualizara de manera más o menos ilustrativa. Sí, nadie obliga a nadie a leer estas cosas, pero eso no es argumento para defender el vicio de colgar inanidades. Inanidades como la primera imagen de una película que saldrá de aquí tres años cuando se acabe la postproducción de la secuela que están ideando los seis guionistas de la precuela del clásico de turno de los años setenta. Estas pseudonoticias son a la crítica de cine lo que la prensa rosa a la prensa general. Se agradecería algo más de reflexión.

Alberto Abuín lleva casi diez años escribiendo en Blog de Cine. De fuerte personalidad, atrevido y moderadamente provocador, tiene en su sección de rescates su mayor fuerte. Es un gesto arriesgado escribir sobre una película del año 41 de Delmer Daves que nadie ha visto, y él lo hace con total naturalidad, como si estuviese escribiendo sobre cualquier otra película de conocida trayectoria crítica. Gracias a él hemos visto películas que antes desconocíamos. Gracias a él hemos leído con otros ojos sobre directores que creíamos superados por el tiempo. (Inciso: la mejor crítica de Gravity es suya. Me encantó la lectura que hizo de la película, con una interpretación creativa que no me esperaba y que, desde entonces, domina mi recuerdo de la película). Y es valiente escribir sobre cine antiguo en un medio en el que el número de visitas o la cantidad de comentarios que genere tu entrada es la vara de medir el éxito. El éxito es un guarismo elevado. Y a Abuín le da igual. De todos modos, parece que escriba de prisa y corriendo, sin trabajar demasiado la escritura, la prosa, y aunque en muchos de sus textos encontremos ideas interesantes no es, en general, un crítico brillante, lo que se diría verdaderamente brillante. Sí tiene personalidad y es valiente, y al menos no incurre en la ya insoportable manía de colgar pequeñas noticias irrelevantes. Se ha especializado en necrológicas y ha escrito unos cuantos especiales sobre western o cine negro, siempre curiosos y agradables de leer.

Con Juan Luis Caviaro y Mikel Zorrilla la cosa es más delicada. Han caído en la más laxa autoexigencia (esto es, ausencia de la misma), y rara vez escriben una reseña y todavía más rara y única es la vez en que esta es interesante o aporta un punto de vista medianamente diferente. No digo que no sean capaces de escribirlas; digo que la relación reseña trabajada/texto irrelevante es de una descarada  desproporción en favor de lo olvidable. Tampoco usan el corrector ortográfico y también parece que escriban con prisa. La riqueza léxica de un Jordi Costa o la prosa, llena de meandros y recodos, de un José Luis Guarner, no les mejora como críticos, pero sí que los hace más poderosos y seductores y admirables. No pasa esto si hablamos de Zorrilla o Caviaro. Les sigo leyendo pero no hay nada nuevo nunca en nada de lo que dicen o hacen. Pareciera que han perdido la vocación. En su texto “Birdman y la crítica”, de dos párrafos, Caviaro hacía mención a la escena en la que Michael Keaton se acerca a la temida crítica de cine para desgranar una pequeña reflexión sobre el papel del crítico. Simplemente dice que sobran los críticos virulentos. Nada más. Pues vale.

Lo que estuvo claro es que la llegada salvadora de Sergio Benítez fue vista por todos como eso: lo que necesitaba, para reanimarse, un blog anémico y narcotizado. Benítez me gusta. Tiene un estilo algo recargado, y en ocasiones un poco solemne, como cuando emplea las fórmulas “el que esto suscribe” o “servidor”, pero me gusta. Además, pasa como con Vicente Luis Mora: lees sus textos y les ves a ellos trabajando duro para poder escribirlos. Aunque documentados a veces en exceso (se intuye el uso de la Wikipedia por la proliferación de datos tan exactos como innecesarios), sus textos son siempre una alegría por la mañana. Y se agradece (y admira) su decidida perseverancia. Su especial de cine cienciaficcionesco ha sido y sigue siendo un gratificante paseo por el género, como también lo fue, para mí, su especial sobre James Cameron o Robert Zemeckis.

Y con Pablo Muñoz llegamos al que para mí es el mejor crítico del blog. Además, me gustan sus gustos. A veces peca de rápido y de dar por sentadas ciertas cosas, y de no pasar el corrector, pero son pecadillos francamente disculpables. Estamos ante un autor que lleva muchos años escribiendo mucho sobre cine (y literatura), y ha demostrado tener un pensamiento sólido, original, y lo ha sabido expresar con una escritura refrescante. Y ha sabido ver con originalidad y, sobre todo, con argumentos, las gracias escondidas de películas que, de no ser por su visión de las cosas, no hubiera sabido ver. Menos prolífico que sus compañeros (aunque más que Lucía Ros), Pablo también trabaja sus textos y ha escrito algunos de los mejores artículos del blog. Cuando se lo propone, destaca.


Útil para muchas cosas, Blog de Cine, de título que no siempre cumple lo que promete, es muchas cosas, pero necesita un revulsivo. Hay que abandonar ya la costumbre de colgar noticias y encuestas y teasers de la última película de Channing Tatum. O hacerlo pero acompañarlo con un poco de esfuerzo. Y si buscamos el origen de su merecido desprestigio actual (solo hay que leer los comentarios de casi cada entrada), lo encontraremos anclado en la desidia de algunos de sus autores.

jueves, 8 de enero de 2015

Raymond Carver entra, nos empuja, y se va

Lo peor de todo es que parece que no pase nada. En el primer cuento de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, parece que no vaya a pasar nada, que nada sobresalga ni tenga casi consistencia de realidad. Un gordo, una mole de carnes oceánicas entra en un restaurante a comer. A arrasar. Habla de sí  mismo en plural: "Verás, llegamos con apetito". Al llegar a casa, la narradora, que es la camarera atónita, se lo cuenta a un amigo. Y solo le cuenta eso. Que una inmensa, pero enternecedora, bola de sebo, ha entrado, blanda y expansiva, en su restaurante. Con hambre atrasada. Dice la narradora que sus dedos son "largos, gruesos, cremosos". Que resopla cuando habla. Vemos que todo en este tipo es esfuerzo. Es poco lo que cuenta: un tipo gordo ha entrado a comer y ha pedido la cantidad que le es connatural. Pero es algo más. La rareza nos pone en nuestro sitio. Cómo reaccionamos ante esa morbidez, ante esas carnes que se mueven lentas y fofas como si fueran magma. Las juzgamos con severidad porque no son tersas y normales sino blandas y fofas como si fueran magma. La extrañeza irrumpe con fuerza en nuestra cotidianeidad. La clave del cuento es que nos zarandea. En una realidad anodina, llega algo distinto y nos descoloca. Nos cambia en medio de nuestra grisura. Ahí es nada.  

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Ellos también tropiezan

En la contraportada de Contacto, la primera novela de Dennis Cooper, se previene: “es una obra deliberadamente perturbadora y sin duda ofenderá a muchos lectores”. Me pareció, cuando lo leí, un aviso adecuado para cualquier libro de Bret Easton Ellis o William Burroughs, pero no conocía al autor, y la crítica me animó a comprarlo. Estuve de acuerdo con el (se llama así, no me lo invento) Toronto’s Gay Paper, ya que parecía un híbrido entre Menos que cero y Yonqui. También como la de Easton Ellis, God Jr., la última novela de Cooper, significa un giro brusco, un cambio inesperado en su obra. Ya no abundan las frases cortas, la escritura rápida y fría, los personajes perdidos en la droga, la inconsciente violencia de los jóvenes.  
            La novela gira en torno a la muerte de Tommy, el protagonista e hijo del narrador, que aparece sólo en boca de los personajes. De él conocemos sus tres pasiones inamovibles: los canutos, un videojuego cuyo nombre no se especifica, y Cristina Ricci. El sentimiento de culpa que Jim, el padre, sobrelleva como puede, le mueve a cumplir el inquietante deseo de construir un edificio que Tommy dibujaba obsesivamente, como Richard Dreyfuss y su montaña en Encuentros en la tercera fase. Una construcción caótica, inverosímil, hace dudar a los padres, y atribuyen la extraña invención a uno de los viajes alucinados del hijo levemente drogadicto. Gracias a Mia, la novia de Tommy, averiguan que se trata del plagio de una imagen de su videojuego favorito. No logran entender. ¿Qué hay en el edificio? Con la ayuda de un intérprete del “más allá”, los padres contactan con su hijo, y descifran algunas de las “señales” que dejó antes de morir, y así tratan de entender a Tommy.
            La tercera parte del libro se centra en el padre como jugador, como protagonista literal del juego que cautivó a su hijo. El narrador se convierte en “nosotros”, es decir, en Jim y el oso que dirige en pantalla desde el mando a distancia. Describe el pequeño y colorido paisaje infantil de un juego que mide la vida del oso en colmenas. El juego le sirve de vehículo hacia el mundo familiar que ignoró en vida. Conoce a su hijo a través de un videojuego.
            Aunque me guste Dennis Cooper, no consigue, para mí, crear un personaje creíble. Me cuesta creerme la sinceridad de frases como “Quería que la muerte de Tommy durara para siempre”. Sin pretender desvelar ningún secreto para los lectores, Jim fuma canutos constantemente, y desprende indiferencia cuando asegura que siente culpa y dolor. La gestión de su dolor no es creíble. Y el final, como el de esta nota, tiene fisuras. 

(Texto encontrado en un archivo que creía perdido. Se publicó en la revista Praga).

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Otra película contranavideña y una sorpresa

Shelley Winters, en ¿Quién mató a tía Roo?, está loca. De remate. Sola en una habitación atestada de muñecos inquietantes, le canta, en tono bajo y suave, a lo que ella cree que es su hija. Con parsimonia, la cámara se acerca para mostrarnos un cuerpo amorosamente arropado en la cuna, pero momificado. Así empieza esta película de Curtis Harrington.

Antigua estrella de cabaret, los restos sonámbulos de la Winters a los que asistimos se deben a su viudedad y, por lo que vemos en sus alucinaciones, a la muerte accidental de su hija. La otra cara de la moneda es una señora –una señorona-, que, familiar, maternal, acoge en su casa a los niños de un orfanato cercano todos los años por Navidad. La película es una reimaginación de Hansel y Gretel, y se centra en dos hermanos, un niño y una niña, algo díscolos (en opinión, claro, de la directora del orfanato, que es una señora horrible acuciada por su soledad y por su propia amargura). De hecho, llegan a la mansión de la Winters escondidos en un carruaje, pues no habían sido seleccionados por el monstruíto de su directora por no ser tan dóciles como su inseguridad laboral requería. Cuando Winters ve a la niña, ve a su hija. Juegan, sobre todo el hermano mayor, con esa ventaja para aprovecharse de su bondad. Si ya conocemos el clásico de los hermanos Grimm sabemos más o menos cómo crece la historia, salvo por el final. El chocante final.
1971

La decoración interior de la mansión es un cúmulo grotesco de muñecos, de fotografías, de antiguos vestidos de gala, de trofeos, de los restos de un reconocimiento público ahora extinto. Shelley Winters niega la realidad de su presente y sigue instalada en su pasado, donde aún es madre. Conocemos no a Winters sino al resultado de una Winters que ha sufrido lo indecible. La decadencia y la sordidez están presentes en todos los planos de la película. Así, consigue Harrington que la Nochebuena y la Navidad sean festejos irónicos, de una realidad deseufemizada. La aspereza de los colores, la fotografía oscura y la cantidad de objetos desolados, como esos muñecos intimidantes, recuerda a películas como La huella, de Mankiewicz, o a otra también posterior, algo posterior, como Trampa de turistas, de David Schmoeller. Aquí lo contranavideño y la decadencia se dan la mano entre la locura y la soledad.

En cambio, la novela corta All seated on the Ground, de la estupenda Connie Willis, es un alegre canto navideño, lleno de música (literalmente) y de esos motivos navideños, blancos, verdes y rojos, que todos conocemos. El caso es que, como tantas otras veces, unos alienígenas llegan a la tierra. Estos, de todos modos, son aniñados y bastante monos y llegan a finales de diciembre. Pero no hay manera de comunicarse con ellos. Meg, la reportera protagonista de la historia, investiga la naturaleza de estos alienígenas, que se están quietos, estatuarios y silentes, durante semanas, en medio de un concurrido centro comercial. Lo único que consigue arrancarles un mínimo espasmo es el hilo musical del centro, que, como es natural, emite villancicos sin parar. Quizá hubiera sido mejor un final algo más desarrollado, pero nos deja un regusto sano de festividades bien entendidas.
La portada es el horror


El habitual sentido del humor de Connie Willis, su fresco y simpático humor, y su prosa clara convierten el relato en una delicia para estas fechas. En un catálogo minucioso de canciones navideñas. De las páginas de este libro se desprenden unas agradables músicas, abetos decorados, copos de nieve cayendo blandos, gruesos calcetines de lana colgando de la repisa de una chimenea encendida, ramitas de muérdago en toda su cualidad acogedora, y no pasa nada si leemos el libro después de ver una de esas películas contranavideñas que a veces comento, para así intercambiar impresiones con la otredad. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

La purga de Javier Cercas

Cuando estalló el caso Enric Marco, es decir, cuando al fin se supo que jamás había estado preso en un campo de concentración, la reacción global, instintiva, fue la de la decepción. Una decepción indignada. Marco, hábil manipulador necesitado de afecto, había logrado engañar a todo el mundo con su falsa vivencia heroica de los campos nazis hasta el punto de presidir la Amical de Mauthausen. Ante la tesitura de entenderle o juzgarle, todos en su momento optamos por la segunda. Pasados casi diez años, Javier Cercas, con paciencia, con espíritu conciliador (y métodos detectivescos), ha ido indagando en el personaje hasta llegar a esclarecer los puntos opacos, falseados, de su autoproclamada vida de película. La actitud de Cercas frente al personaje, transigente y predispuesta a la autocrítica, evoluciona a lo largo de El impostor. (Al fin y al cabo, nosotros también nos construimos un personaje público. Menos sofisticado, menos acaparador, menos interesado y menos grave que el de Enric Marco, pero igualmente ficticio y tergiversador. Las redes sociales fomentan esas sutiles distorsiones de la realidad).

Cercas ya lo dice en el artículo que publicó en El País Semanal: en su libro hay biografía, autobiografía, ensayo, historia, crónica, tempo thrilleriano y, en el fondo de estas capas, una pregunta. Como también la había en el fondo de Soldados de Salamina o Anatomía de un instante. Y el intento de resolverla es lo que mueve todo el engranaje narrativo. Es pues una novela que se inserta en el modelo de Cervantes: la inmensa caja donde todo cabe. Tenemos reflexión sobre el maridaje entre ficción y realidad, sobre la llamada novela sin ficción que es El impostor y que también era Anatomía, sobre la memoria colectiva, sobre la historia, tenemos crónica y ensayo, conjeturas y certezas. Todo cabe en esta novela sin ficción. Con ella, Cercas ya lleva escritos dos o tres de los mejores libros del siglo XXI. Ahí es nada.

Fascinado por el personaje público, Cercas lleva a cabo una labor de documentación y de investigación impresionante. Como ya hizo en Anatomía, arranca esas capas de falsedades arraigadas hasta llegar a la verdad, vergonzosa y anodina. Enfrentarse a la verdad es cosa jodida. Como dijo Emily Dickinson: “Not “Revelation”– ‘tis– that waits, But our unfurnished eyes.” Lo que nos espera no es la Revelación, sino nuestros ojos despojados. Eso es: enfrentarse a nuestros ojos que, desvestidos, nos escrutan. En el caso de Marco: los valores que quiso encarnar, la vida ejemplar, heroica que con todo rigor (de novelista) se inventó para sí mismo.
2014

Llega Cercas a comparar a Marco con Don Quijote. Exacto: en Marco coexisten Alonso Quijano –del que abjura- y el heroico y legendario Don Quijote de la Mancha, que en este caso es el mítico e indomable antifascista Enric Marco. Cercas se acerca a su personaje –esquivo como pocos- desde todos los ángulos posibles. Desconcertado, sufre toda una serie de reacciones ante un personaje que “es todo ficción”. Un personaje al que “sus mentiras quizá le salvaron” de la “mediocre y vergonzante realidad”. Lo que quiere Cercas es conocer al empequeñecido Alonso Quijano que se agazapa tras ese Don Quijote magnífico. Tampoco soslaya el importante papel de la prensa, que no indagó o no quiso indagar en su momento en el pasado de Marco porque ya le interesaba un personaje público de tal magnitud, de tal resonancia épica.

Pero Cercas también tiene tiempo para sí mismo. En la imaginaria conversación que mantiene con Marco en la novela, Cercas se autoinmola. Escrita con un lenguaje al rojo vivo, se acusa de las mismas deshonestidades, de las mismas miserias que acusa a Marco, de haberse aprovechado o, como mínimo, de haberse visto beneficiado por el auge, a principios del siglo XXI, de la llamada memoria histórica. Como si Cercas admitiese o confesase en este capítulo la convicción de que el éxito unánime de Soldados se debiese más al momento de ebullición social que pasaba por entonces el país por la memoria histórica que al propio mérito literario de la novela. De ser, a su manera, un impostor. También confiesa un oscuro caso relacionado con una pitonisa gerundense que se identificó con la pitonisa que aparecía como pareja del narrador en la novela. Ganó el juicio, nos dice. Llevaba cosas enquistadas dentro Javier Cercas y las ha expulsado en esta conversación fantaseada, donde Marco le acusa de hacer lo mismo que él. Como si interiorizara lo que dijo el poeta norteamericano Jim Carroll en un duro verso de Void of Course: “And I’ve done everything I’m accusing you of".  

Quién sabe si ha incluido esta ficticia diatriba contra sí mismo para encarar sus remordimientos, para reconocer que, en tanto que escritor, también es un inventor de sí  mismo, un Enric Marco socialmente aceptado; o quién sabe si la ha incluido solo para ahuyentar la perversa sombra de Marco; o para, anticipándose, no ser comparado con él. Con este capítulo expone Cercas sus debilidades con toda valentía. Esta parte, para decirlo con palabras de Cela, es la purga de su corazón. La valiente y bonita purga de su corazón.

Entrar a saco en la vida de Enric Marco no está exento de riesgos: existe la tentación de juzgarlo con dureza y sin matices, cabe también la posibilidad de descubrir que uno se reviste de capas falsarias no muy diferentes a las que revistieron durante tanto tiempo a Marco. Descubrir o interpretar que el éxito de uno se debe a una compleja red de mentiras o medio verdades es descubrir que Enric Marco no es un genio de la mentira, sino alguien muy parecido a nosotros. Yo no diría que todos somos Enric Marco, pero sí diría que todos podemos llegar a ser Enric Marco. Qué hubiéramos hecho nosotros en sus mismas circunstancias históricas, políticas, sociales y personales? Ni idea.

Primo Levi dice en Si esto es un hombre que tratar de entender la barbarie es de algún  modo justificarla. Cercas no está de acuerdo. Yo tampoco. Entenderla es el primer paso para evitarla en el futuro. Y Cercas no busca la respuesta definitiva porque sabe que no existe, pero trata de entender lo que condujo a un hombre a mentir con tanto descaro y con consecuencias tan heridoras para tantas sensibilidades. Por qué haría algo así?

Para terminar, un apunte. Leyendo el libro he tenido presente en cada página el ejemplo de Jorge Semprún. Cercas se mueve como narrador de una manera muy sempruniana. Son narradores muy autoconscientes. La memoria y la historia colectiva están muy presentes en Semprún y en Cercas, aunque la estructura de sus libros sea distinta. Y la memoria individual en Semprún se funde, quizá a su pesar, con el horror colectivo del siglo XX; y Cercas, aunque no sea él quien encarne ese horror, escribe sobre personajes que sí lo han vivido en primera persona (o, como Marco, dicen haberlo vivido en primera persona). Ambos incorporan el pasado histórico al presente. En ambos, el pasado es el presente (Cercas lo argumenta bien en uno de sus excursos sobre el libro). También es difícil olvidarse de Semprún porque Semprún fue todo lo que no fue Marco. 

Lo veo así: Jorge Semprún y Enric Marco: anverso y reverso de una misma épica. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Los cuentos pulp de Robert Sheckley

Estamos ante un caudal de cuentos cortantes. Cuentos sin pulir, arenosos, recién excavados de una tierra húmeda y cienciaficcionesca (y por tanto verdosa y palpitante), una tierra trufada de insectos alienígenas que han parido cuentos escritos en un inglés rápido, duro, pero cuidado para que fluya diáfano hasta nuestros oídos. Cuentos bravucones y desacomplejados, extravertidos y descarados. Estamos ante unos cuentos desafiantes.

La espora que, paciente, viaja por el espacio exterior hasta dejarse seducir por los dulces aromas de la Tierra, para desesperación de la humanidad. Los ejércitos que se enfrentan suicidándose. Unas máquinas voladoras programadas para evitar asesinatos no se convierten, contra todo pronóstico, en el baluarte de la paz que tenían que haber sido. La voz descorporeizada que oye un tipo en su cabeza, y cómo a partir de ahí se desmorona todo. Son cuentos que tienen los pies anclados en la tierra.  

Los de Robert Sheckley son cuentos alejados de prestigiosas sofisticaciones literarias. La carga cienciaficcionesca estalla en nuestra cara, imprevisible e indisimulada, en las primeras frases de cada cuento. Una bofetada explosiva. No hay complejas teorías filosóficas ni ingenuas predicciones sobre el futuro de la tecnología, tampoco hay múltiples capas de lectura ni cruce de voces narrativas ni narradores infidentes, no hay posmodernidades: aquí hay el incorregible asalto de lo cienciaficcionesco en nuestra cotidianeidad lectora o, por decirlo como Harold Bloom en Cómo leer y por qué, en nuestra paranoia lectora. Una aturdidora carga cienciaficcionesca nos espera en cada cuento. Una carga que es un asombro luminoso en medio de nuestras lecturas rutinarias y funcionales. Robert Sheckley descubrió con maestría el placer de lo cienciaficcionesco por lo puramente cienciaficcionesco.

La desconcertante llegada a nuestro planeta de un alienígena dotado del don del camuflaje. O los persuasivos talentos de la telepatía interrracial. O la soledad de un hombre y su robot en un planeta pelado. O dos viajeros perdidos en un planeta extraño, recubierto de afilados picos de montaña, de cumbres no edificables, en busca de alimento. Son estas las cosas que brotan despojadas en sus cuentos. 

Parece que nos diga, desde su década de los años cincuenta, que no necesitamos nada más que nuestras pequeñas cositas cienciaficcionescas para cuestionarnos o criticarnos. Si le añadimos genio y talento visionario, como hicieron otros autores como Samuel R. Delany o Philip K. Dick, tenemos en lo cienciaficcionesco una maravilla extrema, sí. Pero no tenemos que ir tan lejos para encontrar toda la gama de colores que nos ofrece el género; en la (aparente) sencillez de Sheckley tenemos todo lo que necesitamos, aunque algunos cuentos tengan un final demasiado abrupto. Una ciencia ficción agresiva que te coge desprevenido y te encanta con pocas armas, con sus pocas pero imbatibles armas. 


Ahí tenemos, parafraseando a Whitman, el vasto panorama de sus visiones. En Robert Sheckley tenemos a un autor que no escribe cuentos ni literatura, sino asombros que se agigantan con el tiempo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Elogio de la creatividad

Si dijera que es una lectura trepidante, un libro que es puro gancho y valentía, un volumen lleno de sorpresas, muchos pensarían que hablo de un thriller o de una novela negra, pero eso es lo que es, entre otras cosas, el reciente Zona de obras, de Leila Guerriero. Me gustan los libros recopilatorios, los libros misceláneos, porque te ayudan a entender mejor el articulismo o el ensayismo de un autor, le dan una unidad muy reveladora, una estructura a su pensamiento. Guerriero ha recopilado sus crónicas, sus artículos, algunas conferencias y las ha reunido bajo este título de zona de obras para que veamos la urdimbre del periodismo, para que mejor veamos qué le pasa por la mente a alguien que ejerce de periodista.

Defensora a ultranza del periodismo como género literario, como expresión artística, Guerriero aboga también por el trabajo del lenguaje, por el nutrirse de todas las artes narrativas, por leer mucha poesía y por ver todas las películas que podamos para completar un bagaje que, de lo contrario, quedaría, por cojo, rezagado. Partidaria del tesón y del trabajo, de la curiosidad infinita y de tener despierta la mirada, Leila Guerriero nos está diciendo que no cedamos, que nos carguemos de perseverancia, que no nos amedrentemos ante las negativas o las dificultades impuestas por el editor de turno, que, en definitiva, partamos siempre de lo que podría también calificarse como sentido común. Ella dice que el periodista ha de ser un “gran arquitecto de la prosa”, y estoy de acuerdo; esa autoexigencia no está solo reservada para los novelistas. Tenemos que imponernos el mismo reto. Es autora también de una frase que me ha encantado leer, porque convengo con ella y porque pensaba que nadie más pensaría lo mismo: “Viajo para leer”. Claro que sí.
2014

Leyendo el libro, he tenido la sensación constante de estar ante una de esas lecturas que deberían ser obligatorias. Como lo de obligatorias suena horrible, creo que es mejor decir que estamos ante uno de esos libros que a toda persona interesada, por el motivo que sea, por la rama que sea, en periodismo, le recomendaría leer con fervor. Disquisiciones sobre la escritura. Sobre la actitud. Sobre el oficio. Sobre la lectura. Sobre el tono adecuado de un texto. Sobre el clima y el suspense que se tiene que crear también en periodismo. También hay alguna ocasional confesión de medianoche. Como en su texto sobre África, cuando, hablando de sí misma, dice que viene de una estirpe de frustrados viajeros que no vieron ni pisaron jamás las tierras de África, y que su padre tiene “la belleza de un diablo, y su carácter”. 

Uno de los textos que más me han interesado es el que se titula “Periodismo cultural, o los calcetines del pianista”. Rápido sentencia: el periodismo cultural no existe. No existe porque lo que sí existe es el tesón, la perseverancia, la actitud, las poderosas ganas de escribir sobre lo que a uno le interesa. Aunque cueste. Da igual que sea sobre la obra de un novelista desconocido o sobre la crisis económica. Eso es periodismo. Otra cosa dice: que un buen periodista, cultural o no, puede “escribir sobre cualquier cosa”. Entiendo que se refiere a la actitud. Al método de trabajo que te lleva a escribir, si uno sabe hacer bien las cosas, sobre cualquier tema, por lejano que nos quede. Aquí no sé si estoy de acuerdo. Yo creo que es más honesto escribir sobre lo que uno sabe o mejor conoce. Yo no me atrevería a escribir sobre cualquier cosa. Menos si hay prisa de por medio. Guerriero diría aquí que me falta arrojo, imagino. Pero yo contestaría, con ingenuidad, que es más honesto, para mí, hablar de un director de cine que conozco que sobre la exposición de arte que no he visto, que jamás iría a ver. Me puedo documentar sobre un tema que desconozco, y puedo escribir un texto más o menos interesante, pero podré afilar más las palabras si conozco el material que describen. Porque me gustará más escribir sobre ello. Lo haré con mayor interés. Ya no se trata de poder escribir o no, sino de escribir mejor. La desmotivación es un factor a tener en cuenta, también.

También dice algo con lo que estoy de acuerdo y que es puro estímulo creativo para el periodista: que se pueden adoptar formas narrativas complejas para escribir un ensayo, una crónica, una crítica. El “stream of consciousness”, por decir uno. (El ejemplo lo pongo yo). Y me pregunto si podría alguna vez escribir sobre algo Sergio Leone o sobre Philip K. Dick adoptando esa manera de narrar. Jordi Costa ya dio ese paso en su aportación al libro colectivo CT o la Cultura de la Transición

En uno de los textos critica la actitud apocalíptica, melancólica, de muchos periodistas sobre su profesión. Consideran que está senil perdida, y que qué lástima, pero suerte que no me tocó vivir su muerte. Ella condena esta actitud como ya hizo Jordi Gracia, aunque con menos extensión y menos argumentos, claro, en ·El intelectual melancólico.

Leila Guerriero defiende el género por el que se mueve con la misma frescura que el pez en el agua. Con frescura, con un optimismo motivador y contagiante. Con sentido común.