martes, 23 de junio de 2015

Visiones de James Tiptree

Después de practicarle la eutanasia a su marido, Alice B. Sheldon, que logró esconderse tras el pseudónimo literario de James Tiptree durante veinte años, se cubrió la cabeza con una toalla y se pegó un tiro. De pequeña, vivió en África y en la India; durante la Segunda Guerra Mundial salió de su casa un día y se alistó en el ejército; ocultó siempre su homosexualidad y canalizó sus sufrimientos, su tenebrosa depresión crónica a través de su obra, e hizo y deshizo en sus personajes lo que no pudo hacer y deshacer consigo misma. Todo en ella es fascinación, pero sería un error creer que todo en ella es fascinación por los hechos trágicos de su vida, que con tanto cuidado, por otra parte, biografió Julie Phillips en James Tiptree. The Double Life of Alice B. Sheldon; así que si digo, por tercera vez, que todo en ella es fascinación, es porque en sus cuentos vemos, expandida, toda la extrañeza del mundo, y todo el caos de la mente humana -la suya- convertido en espectáculo visual por una imaginación capaz de metabolizar sus propios dolores hasta convertirlos en unos hechos e imágenes mesmerizantes, de tan cienciaficcionescos.


Los temas que permean su obra son la sexualidad, la violencia, la soledad, el sufrimiento como constante desgarro vital, la conflictiva relación con el otro, la desesperanza y, en ocasiones, la esperanza y el amor. El feminismo constructivo y sano de “Las mujeres que los hombres no ven” o “Houston, Houston, me recibes?”, es un discurso que, cuando escribía camuflada por su pseudónimo, sorprendía gratamente a otras escritoras comprometidas como Joanna Russ. Por otra parte, la otredad, como he dicho, es en Tiptree una realidad conflictiva no porque sea vista como un peligro, sino por miedo a no ser aceptada por ella. Después de tanto rechazo, los personajes de Tiptree lo que necesitan es ser aceptados sin condición. A veces, la primera otredad, la que está en casa, es censuradora; el consecuente descubrimiento es que solo hay paz y amor en la lejana, pero más acogedora, otredad de las especies no humanas del firmamento. No es raro pues que su habilidad para meterse en mentes alienígenas, y describirnos desde su óptica, haya sido largamente elogiada. También ha sido capaz de atribuir rasgos y sentimientos humanos, gestos y necesidades humanas a un planeta entero, y la víctima (del cuento) ha sido (en este caso) una chica solitaria y desorientada. Por deformada que esté la realidad física, como en el ejemplo anterior, se reconoce siempre un sentimiento humano en sus cuentos, normalmente sufrido y desgarrador: el suyo propio.


La estructura de sus cuentos es a veces redonda, donde todo está medido y no queda ningún cabo suelto, como en “Her Smoke Rose up Forever”, a veces fallida, como en “Come Live With Me”, donde abandona el doble punto de vista narrativo que al principio del cuento se erigía en efectivo mecanismo literario, creando sinergias llenas de elipsis, en favor de un único, más flojo, punto de vista que debilita la estructura. En “Her Smoke Rose Up Forever” la estructura es clave para conseguir el efecto fascinador: retazos de horror cruzan la historia de la humanidad desde las cavernas prehistóricas hasta el futuro interestelar. Contundentes pinceladas entrelazadas, la transición de una a otra es natural, pese a los saltos espaciotemporales, y las vincula una realidad común a todos los tiempos: el horror. Es un cuento compacto, de arquitectura bien trabada, donde todas las piezas tienen su hueco independiente dentro de un marco general desesperanzado.

Pero no solo el escenario es oscuro: el sufrimiento es el rasgo vital más enteramente constitutivo de sus personajes, el mal endémico, inseparable, de su ser. Sí, es el denominador común de sus personajes, el dolor. La raíz de ese dolor puede ser la cruel burla de sus semejantes, la locura como consecuencia de una violación (pienso en "Vuestras caras, oh mis hermanas, vuestras caras llenas de luz"), la incurable soledad, el mundo agresivo, la inconformidad radical con el presente o la incapacidad de amar. El ferviente deseo de ser feliz, la esperanza como clavo ardiendo, humanidad y otredad, sufrimiento y angustia amalgamados en el interior derruido de sus personajes.  Bien dibujados, la complejidad de sus personalidades, de sus sentimientos a veces contradictorios, a veces enfrentados o frustrados, como en la protagonista de "Backward, Turn Backward", perdura en nuestro recuerdo con la misma nitidez con la que perduran sus mundos violentados, sus civilizaciones alienígenas.


Robert Silverberg, autor de las ultra recomendables Muero por dentro y A través de un billón de años, compara a Tiptree con Hemingway. En ambos, dice en su prólogo a Mundos cálidos y otros, “prevalece (…) la masculinidad, la preocupación por el coraje, los valores absolutos, los misterios y pasiones de la vida y la muerte tal como se revelan en las pruebas físicas extremas, el dolor y la pérdida”. Estoy de acuerdo: es normal ver a sus personajes enfrentados a esas pruebas físicas extremas que menciona. Siempre condicionan, para mal, el futuro de sus vidas. Sobre la comparación hemingwayana, veo en Tiptree a un mejor, a un mucho mejor prosista que Hemingway. Además, dejó escrito Titpree un propósito que cumplió a rajatabla en todas las páginas de su obra y con el que yo diría no cumplió Hemingway: “Mi verdadera finalidad es no aburrir”.


A los novelistas de ciencia ficción de la llamada new wave suele atribuírsele un estilo más sofisticado que a los escritores de ciencia ficción de los años cincuenta para atrás. Así, y a diferencia de Hemingway, vemos en Tiptree una prosa que se va espesando a cada frase, una densa escritura de léxico exigente para el lector, barroca pero sin escatimar en pasajes de un lirismo desarmante y con un sentido del humor bien dosificado, algo no siempre fácil de conseguir. Basta fijarse en los títulos de sus cuentos para saber que estamos ante un oído delicado, atento a la eufonía de las palabras. Como también basta fijarse en sus diálogos para saber que estamos ante una autora que sabe hacer hablar a sus personajes tal como hablas tú o como hablo yo. 


También hay cuentos no cienciaficcionescos en su obra, como “Yanqui Doodle”, del póstumo Crown of Stars. Es un enloquecedor relato militar, de evolución perfecta: el protagonista, herido, se rehabilita en un hospital. Tiene que depurar su cuerpo de las drogas que el ejército, subrepticiamente, le ha ido administrando. Contra más depurado, más nítidos son los recuerdos de su papel en la guerra, y por ello más vivos sus horrores, más justificados sus remordimientos. Mejor no seguir con el resumen. Precursora, han dicho algunos, de lo cyberpunk, por cuentos como “The Girl Who Was Plugged In”, y coqueteadora, yo diría, con el terror, por “Morality Meat”, Tiptree es, sin embargo, pura ciencia ficción, y todo lo que hace es ciencia ficción, y es en esas deformaciones donde dejó diseminado su sufrimiento y sus contradicciones. Ya dije que eran extensiones de sí misma sus cuentos. Son a Sheldon lo que los poemas son a Dickinson. 

Aunque menos compactas que sus cuentos, de arquitectura algo más irregular, sus novelas han sido para mí hitos de lectura: Brightness Falls From the Air y Up The Walls of the World son espectáculos visuales, frutos de una imaginación colonizadora. El mapa de sus visiones estaría incompleto sin estas novelas. 

Sumado a ese mapa, este dato quizá contribuya a propagar el contagio titpreeano: hay en el blog de Fernández Balbuena una divertida, pertinente comparación de la vida y obra de Tiptree con la vida y obra de Cordwainer Smith. Ambos usaron pseudónimo; consagraron su talento al cuento y no a la novela; prefirieron escribir desde el semi anonimato y se han convertido, con el tiempo, en verdaderos autores de culto. Son genialidades siamesas. En "The Man Who Walked Home", de Ten Thousand Light-Years From Home, un hombre vuelve a casa caminando. Después de una hecatombe nuclear, un hombre, atrapado, como retenido en el tiempo y en el espacio, cargado de tesón y amor a los suyos, vuelve a casa. Caminando vuelve a casa. Veo que siete años de relecturas no han desgastado el brillo verdeazulado de sus páginas.  

lunes, 25 de mayo de 2015

Nuevos aforismos otra vez precipitados

René Laloux fue al color azul lo que James Cameron acabaría siendo al color azul: su más delicado entusiasta. 

A veces creo que el verso más cursi que he leído es "Ahora necesito más que nunca / mirar al cielo", de Claudio Rodríguez. Otras, que es "Me siento arrebatado por las letras", de Rafael Alberti. Me parece que son de una cursilería intercambiable. 

Lo subnormal es en Manuel Vázquez Montalbán lo que lo Mostrenco es en Jordi Costa y lo que lo Afterpop es en Eloy Fernández Porta. Siguiendo por esta línea asociativa podemos añadir que las Radicalidades son al Gimferrer ensayista lo que las Singularidades son al Vicente Luis Mora ensayista, pero todo de un modo más high brow.

En La canción del mar, película de animación impregnada de folclore irlandés y dirigida por Tomm Moore, vemos, en el hermano mayor de la familia, al personaje mejor construido en mucho tiempo. No sabría precisar cuánto. Una gran película. De todos modos, no es, me temo, una película veraniega que transcurre en alta mar. Le faltan algunos requisitos.

Vamos a matar, compañeros es una película de Corbucci que también se conoce como Los compañeros. El primer título es mejor porque es más explicativo. Estamos ante una gran buddy movie protagonizada por Franco Nero y Tomas Milian que es, también y con la misma intensidad, una gran feel good movie.

Suena desagradable o en exceso condescendiente pero la diferencia que hay entre fray Luis de León y san Juan de la Cruz es la diferencia que hay entre un gran poeta y un genio. 

En su Teoría de la literatura de ciencia ficción. Poética y retórica de lo prospectivo, dice Fernando Ángel Moreno que "La función de la ciencia en la literatura de ciencia ficción es poética". Estoy de acuerdo y con eso en mente tendríamos que leer las novelas más impregnadas de datos científicos, las novelas más hard.

El mejor libro de Agustín Fernández Mallo es El hacedor (de Borges). Remake.

Antonio Orihuela es un poeta menor.

Si en una película vemos, en lugar de un avión cruzando el cielo, la palabra avión cruzando el cielo, ¿cambia algo sustancialmente?

La ciencia ficción es verdeazulada.

Me debatí durante días sobre si era o no lícito escribir un texto contra Blog de Cine y veo ahora que nos aqueja un mal común: ¡el de escribir cada vez menos!

Los libros que no he escrito, de George Steiner, es un conjunto de ensayos breves que, en realidad, fueron concebidos para ser grandes libros. Estos aforismos también podrían haber sido textos largos, independientes, y se han quedado en estos abortos textuales. Lúgubre pero cierto. 

El verso digresivo de Aullido o Kaddish se llama versículo libérrimo. Sin embargo, el verso ginsbergiano que más a menudo me viene a la cabeza es: "the heartbroken salesman lights another cigarrette". 

De nuevo digo que es muy importante saber parar a tiempo.

jueves, 14 de mayo de 2015

Ray Harryhausen en los tiempos de la Tercera Dimensión

Después de Avatar y de Prometheus, de Origen, Interstellar y de El amanecer del planeta de los simios, después de tantas películas en las que dominan los efectos especiales, es un descanso para los ojos volver a las películas en las que intervino Ray Harryhausen.

La delicada artesanía de su animación 3D, verdaderamente 3D, cautiva por encima de lo que consiguen los medios actuales. Estoy viendo que no será fácil demostrar esto.

Nombre ineludible del cine de los años 50 y 60, Harryhausen, como nos recuerda el crítico John Kenneth Muir en su blog, fue guionista, director, productor y un destacado maestro -él dice genio-, de los efectos especiales, e inspiración directa de autores como Spielberg, Cameron, Sam Raimi o John Landis. (Veo injusto, pues, que no salga jamás mencionado este decisivo, puntero orfebre de la animación stop motion en ese monumento que es la Historia del cine, de Román Gubern, como, por cierto y por otra parte, tampoco lo hace Roger Corman. ¿Por qué no los incluiste, Román Gubern?)

Hace un millón de años, la Furia de Titanes original, Jasón y los Argonautas, El viaje fantástico de Simbad o sus cortometrajes de los años cuarenta, donde adapta relatos infantiles, son solo parte del legado de este maestrogenio. Su corto de 1949 La Caperucita Roja es, o parece, un puente entre los dibujos animados y el cine de imagen real. Un punto intermedio entre esas dos distintas, pero complementarias, sintaxis del cine. Si antes he dicho 3D, es porque vemos, como en este corto, la sobresaliente figura animada sobre fondo plano, vitaminizando, podríamos decir, el conjunto de la imagen, dotando de fisicidad al plano.

Sus efectos especiales interactúan con el plano, se mueven en la composición del plano con un estilo de marionetas populares que remite directamente a nuestra infancia: sus figuras animadas son como los juguetes de plástico con los que jugábamos cuando éramos niños. Estamos ante una animación artesanal, encantadora, que nos sume en un mundo a veces tenebroso, a veces fantástico, pero como proveniente de un humilde taller de madera perdido en un claro del bosque. Es un tipo de animación que está más cerca del teatro que del cine, más cerca de nuestras manos que de la tecnología avanzada.

En ¡Vida mostrenca!. Contracultura en el infierno posmoderno, Jordi Costa dice que la concepción que tiene Harryhausen de los efectos especiales "aún mantiene una relación estrecha con el gesto del actor". Los movimientos articulados, "toscos, primitivos, pero inolvidables", como dice Costa, confieren a sus figuras una personalidad más humana. Una personalidad cálida, cercana, acogedora, acentuada por los colores pastel y los movimientos pausados, como de mimo, y por la iluminación, generalmente pálida o débil, que le sienta bien a nuestra mirada, una mirada adulterada, alelada y adulterada por esa cultura de la inmediatez que produce películas que son el equivalente del burdo ruido como El Hobbit o Señales del futuro, 2012 o la nefanda El destino de Júpiter, por citar solo algunas.

Los abrumadores efectos especiales de estas películas resultan invasivos y fagocitan la película entera hasta el punto de que no vemos nada más. Su brillo es cegador. También efímero y hueco. En ese sentido, nos alejan de la propia película; debatimos Avatar o la tenemos en cuenta solo por sus efectos especiales azulados, olvidándonos de todo lo demás. Los efectos especiales de ahora nos arrastran a mundos o realidades tan extraños, y lo hacen de manera que parezca tan real, que, en ocasiones, consiguen el efecto contrario al deseado al hacer que nos sintamos lejos de eso tan extraño o raro que hemos visto en pantalla. En cambio, los de Harryhausen, por fantásticos que sean, crean un vínculo con el espectador más inclusivo y familiar. Hay una afinidad mayor. Ejemplo claro es el corto anterior sobre la Caperucita roja: crea un lazo directo con nuestro propio recuerdo del clásico infantil, y los gestos y los movimientos de la criatura ligan a la perfección con el tono del cuento. Como contrapunto ridículo que nos aleja de su propia propuesta propongo los patines voladores que lleva Channing Tatum en la ya mencionada última película de Andy y Lana Wachowski. Lamentables.

Estos efectos especiales son como los espectáculos piromusicales a los que asistimos sin saber muy bien qué significan ni por qué se celebran.

Y sí, Avatar y compañía están muy bien, pero detrás de esa conspicua animación hay decenas de cabezas pensantes; en cambio, detrás de la vivificadora stop motion, detrás de las criaturas aladas de Hace un millón de años, está solo la cabeza danzarina de Ray Harryhausen, poblada de meticulosas fantasías animadas.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Your ass used to be beautiful

Eso le dice Sam Jackson a Robert De Niro en Jackie Brown. Lo mismo le podríamos decir a Blog de Cine.

Para estar informado de las últimas novedades, para ver tráilers y avances, para descubrir filmografías semi-clandestinas, para saber qué opinan sobre la película que acabas de ver, para debatir con otros lectores y para cuestionar las impresiones propias y así ampliar el círculo de nuestro entendimiento, para incorporar herramientas antes no usadas a nuestra tarea de comentador de películas o textos, para obtener datos desconocidos, para conocer otras revistas o focos de reflexión sobre cine, para enfadarse un poquito o alegrarse otro poquito: para todo eso es útil frecuentar Blog de Cine.

De título poco esmerado, este blog colectivo hace tiempo que renquea. El núcleo duro lo conforman Alberto Abuín, Juan Luis Caviaro, Mikel Zorrilla y Pablo Muñoz. Lucía Ros se encarga de cine español y Sergio Benítez, que en su momento le dio un agradecido tratamiento de desfibrilación, ha vuelto hace poco después de un paréntesis. “Añorando estrenos” es el nombre que le dio Alberto Abuín a esa sección casi obligada que, fiel, puntual, aparece en las revistas de autoría compartida donde se rescatan títulos antiguos, directores desconocidos o filmografías injustamente infravaloradas. “Hay más cine ahí fuera”, título de resonancias noventeras y más concretamente mulderianas, es el generoso espacio dominical, compartido por todos los colaboradores, donde pasan lista a lo que se ha ido escribiendo sobre cine en otros paraderos de la red. Tiene también su particular apartado de necrológicas, y hacen encuestas para saber qué opinamos sus lectores sobre el sueldo milmillonario de Scarlett Johansson, o para que debatamos en la sección de comentarios sobre los intérpretes menos rentables del año en curso. Con esto, grosso modo, el esqueleto y la personalidad del blog ya están configurados. Lo que necesita ahora es un cambio.

Algunos participantes irascibles, algo explosivos, han atacado el carácter un poco tontorrón y sobre todo la intrascendencia absoluta de estas encuestas, y los autores del blog se defienden arguyendo que es información y que el blog está para reseñar pero también para difundir todo lo relacionado con el cine. De acuerdo: pero nada aportan estas encuestas, no tienen ninguna vocación crítica ni de difusión de conocimiento: son pura nada. Una tontería. (Se les nota en este sentido una actitud interrogante a Caviaro y a Zorrilla: ellos lideran este apartado). También es abusiva la multiplicada presencia de tráilers y teasers. No por el hecho en sí de colgarlos, sino porque suelen ir acompañados de un textito que nos incita a verlos y opinar, y nada más. Bien: sería recomendable un texto que cuestionase y que diseccionase lo visto en el tráiler. O que lo contextualizara de manera más o menos ilustrativa. Sí, nadie obliga a nadie a leer estas cosas, pero eso no es argumento para defender el vicio de colgar inanidades. Inanidades como la primera imagen de una película que saldrá de aquí tres años cuando se acabe la postproducción de la secuela que están ideando los seis guionistas de la precuela del clásico de turno de los años setenta. Estas pseudonoticias son a la crítica de cine lo que la prensa rosa a la prensa general. Se agradecería algo más de reflexión.

Alberto Abuín lleva casi diez años escribiendo en Blog de Cine. De fuerte personalidad, atrevido y moderadamente provocador, tiene en su sección de rescates su mayor fuerte. Es un gesto arriesgado escribir sobre una película del año 41 de Delmer Daves que nadie ha visto, y él lo hace con total naturalidad, como si estuviese escribiendo sobre cualquier otra película de conocida trayectoria crítica. Gracias a él hemos visto películas que antes desconocíamos. Gracias a él hemos leído con otros ojos sobre directores que creíamos superados por el tiempo. (Inciso: la mejor crítica de Gravity es suya. Me encantó la lectura que hizo de la película, con una interpretación creativa que no me esperaba y que, desde entonces, domina mi recuerdo de la película). Y es valiente escribir sobre cine antiguo en un medio en el que el número de visitas o la cantidad de comentarios que genere tu entrada es la vara de medir el éxito. El éxito es un guarismo elevado. Y a Abuín le da igual. De todos modos, parece que escriba de prisa y corriendo, sin trabajar demasiado la escritura, la prosa, y aunque en muchos de sus textos encontremos ideas interesantes no es, en general, un crítico brillante, lo que se diría verdaderamente brillante. Sí tiene personalidad y es valiente, y al menos no incurre en la ya insoportable manía de colgar pequeñas noticias irrelevantes. Se ha especializado en necrológicas y ha escrito unos cuantos especiales sobre western o cine negro, siempre curiosos y agradables de leer.

Con Juan Luis Caviaro y Mikel Zorrilla la cosa es más delicada. Han caído en la más laxa autoexigencia (esto es, ausencia de la misma), y rara vez escriben una reseña y todavía más rara y única es la vez en que esta es interesante o aporta un punto de vista medianamente diferente. No digo que no sean capaces de escribirlas; digo que la relación reseña trabajada/texto irrelevante es de una descarada  desproporción en favor de lo olvidable. Tampoco usan el corrector ortográfico y también parece que escriban con prisa. La riqueza léxica de un Jordi Costa o la prosa, llena de meandros y recodos, de un José Luis Guarner, no les mejora como críticos, pero sí que los hace más compactos y seductores y admirables. No pasa esto si hablamos de Zorrilla o Caviaro. Les sigo leyendo pero no hay nada nuevo nunca en nada de lo que dicen o hacen. Pareciera que han perdido la vocación. En su texto “Birdman y la crítica”, de dos párrafos, Caviaro hacía mención a la escena en la que Michael Keaton se acerca a la temida crítica de cine para desgranar una pequeña reflexión sobre el papel del crítico. Simplemente dice que sobran los críticos virulentos. Nada más. Pues vale.

Lo que estuvo claro es que la llegada salvadora de Sergio Benítez fue vista por todos como eso: lo que necesitaba, para reanimarse, un blog anémico y narcotizado. Benítez me gusta. Tiene un estilo algo recargado, y en ocasiones un poco solemne, como cuando emplea las fórmulas “el que esto suscribe” o “servidor”, pero me gusta. Además, pasa como con Vicente Luis Mora: lees sus textos y les ves a ellos trabajando duro para poder escribirlos. Aunque documentados a veces en exceso (se intuye el uso de la Wikipedia por la proliferación de datos tan exactos como innecesarios), sus textos son siempre una alegría por la mañana. Y se agradece (y admira) su decidida perseverancia. Su especial de cine cienciaficcionesco ha sido y sigue siendo un gratificante paseo por el género, como también lo fue, para mí, su especial sobre James Cameron o Robert Zemeckis.

Y con Pablo Muñoz llegamos al que para mí es el mejor crítico del blog. Además, me gustan sus gustos. A veces peca de rápido y de dar por sentadas ciertas cosas, y de no pasar el corrector, pero son pecadillos francamente disculpables. Estamos ante un autor que lleva muchos años escribiendo mucho sobre cine (y literatura), y ha demostrado tener un pensamiento sólido, original, y lo ha sabido expresar con una escritura refrescante. Y ha sabido ver con originalidad y, sobre todo, con argumentos, las gracias escondidas de películas que, de no ser por su visión de las cosas, no hubiera sabido ver. Menos prolífico que sus compañeros (aunque más que Lucía Ros), Pablo también trabaja sus textos y ha escrito algunos de los mejores artículos del blog. Cuando se lo propone, destaca.


Útil para muchas cosas, Blog de Cine, de título que no siempre cumple lo que promete, es muchas cosas, pero necesita un revulsivo. Hay que abandonar ya la costumbre de colgar noticias y encuestas y teasers de la última película de Channing Tatum. O hacerlo pero acompañarlo con un poco de esfuerzo. Y si buscamos el origen de su merecido desprestigio actual (solo hay que leer los comentarios de casi cada entrada), lo encontraremos anclado en la desidia de algunos de sus autores.

jueves, 8 de enero de 2015

Raymond Carver entra, nos empuja, y se va

Lo peor de todo es que parece que no pase nada. En el primer cuento de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, parece que no vaya a pasar nada, que nada sobresalga ni tenga casi consistencia de realidad. Un gordo, una mole de carnes oceánicas entra en un restaurante a comer. A arrasar. Habla de sí  mismo en plural: "Verás, llegamos con apetito". Al llegar a casa, la narradora, que es la camarera atónita, se lo cuenta a un amigo. Y solo le cuenta eso. Que una inmensa, pero enternecedora, bola de sebo, ha entrado, blanda y expansiva, en su restaurante. Con hambre atrasada. Dice la narradora que sus dedos son "largos, gruesos, cremosos". Que resopla cuando habla. Vemos que todo en este tipo es esfuerzo. Es poco lo que cuenta: un tipo gordo ha entrado a comer y ha pedido la cantidad que le es connatural. Pero es algo más. La rareza nos pone en nuestro sitio. Cómo reaccionamos ante esa morbidez, ante esas carnes que se mueven lentas y fofas como si fueran magma. Las juzgamos con severidad porque no son tersas y normales sino blandas y fofas como si fueran magma. La extrañeza irrumpe con fuerza en nuestra cotidianeidad. La clave del cuento es que nos zarandea. En una realidad anodina, llega algo distinto y nos descoloca. Nos cambia en medio de nuestra grisura. Ahí es nada.  

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Ellos también tropiezan

En la contraportada de Contacto, la primera novela de Dennis Cooper, se previene: “es una obra deliberadamente perturbadora y sin duda ofenderá a muchos lectores”. Me pareció, cuando lo leí, un aviso adecuado para cualquier libro de Bret Easton Ellis o William Burroughs, pero no conocía al autor, y la crítica me animó a comprarlo. Estuve de acuerdo con el (se llama así, no me lo invento) Toronto’s Gay Paper, ya que parecía un híbrido entre Menos que cero y Yonqui. También como la de Easton Ellis, God Jr., la última novela de Cooper, significa un giro brusco, un cambio inesperado en su obra. Ya no abundan las frases cortas, la escritura rápida y fría, los personajes perdidos en la droga, la inconsciente violencia de los jóvenes.  
            La novela gira en torno a la muerte de Tommy, el protagonista e hijo del narrador, que aparece sólo en boca de los personajes. De él conocemos sus tres pasiones inamovibles: los canutos, un videojuego cuyo nombre no se especifica, y Cristina Ricci. El sentimiento de culpa que Jim, el padre, sobrelleva como puede, le mueve a cumplir el inquietante deseo de construir un edificio que Tommy dibujaba obsesivamente, como Richard Dreyfuss y su montaña en Encuentros en la tercera fase. Una construcción caótica, inverosímil, hace dudar a los padres, y atribuyen la extraña invención a uno de los viajes alucinados del hijo levemente drogadicto. Gracias a Mia, la novia de Tommy, averiguan que se trata del plagio de una imagen de su videojuego favorito. No logran entender. ¿Qué hay en el edificio? Con la ayuda de un intérprete del “más allá”, los padres contactan con su hijo, y descifran algunas de las “señales” que dejó antes de morir, y así tratan de entender a Tommy.
            La tercera parte del libro se centra en el padre como jugador, como protagonista literal del juego que cautivó a su hijo. El narrador se convierte en “nosotros”, es decir, en Jim y el oso que dirige en pantalla desde el mando a distancia. Describe el pequeño y colorido paisaje infantil de un juego que mide la vida del oso en colmenas. El juego le sirve de vehículo hacia el mundo familiar que ignoró en vida. Conoce a su hijo a través de un videojuego.
            Aunque me guste Dennis Cooper, no consigue, para mí, crear un personaje creíble. Me cuesta creerme la sinceridad de frases como “Quería que la muerte de Tommy durara para siempre”. Sin pretender desvelar ningún secreto para los lectores, Jim fuma canutos constantemente, y desprende indiferencia cuando asegura que siente culpa y dolor. La gestión de su dolor no es creíble. Y el final, como el de esta nota, tiene fisuras. 

(Texto encontrado en un archivo que creía perdido. Se publicó en la revista Praga).

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Otra película contranavideña y una sorpresa

Shelley Winters, en ¿Quién mató a tía Roo?, está loca. De remate. Sola en una habitación atestada de muñecos inquietantes, le canta, en tono bajo y suave, a lo que ella cree que es su hija. Con parsimonia, la cámara se acerca para mostrarnos un cuerpo amorosamente arropado en la cuna, pero momificado. Así empieza esta película de Curtis Harrington.

Antigua estrella de cabaret, los restos sonámbulos de la Winters a los que asistimos se deben a su viudedad y, por lo que vemos en sus alucinaciones, a la muerte accidental de su hija. La otra cara de la moneda es una señora –una señorona-, que, familiar, maternal, acoge en su casa a los niños de un orfanato cercano todos los años por Navidad. La película es una reimaginación de Hansel y Gretel: se centra en dos hermanos, un niño y una niña, algo díscolos (en opinión, claro, de la directora del orfanato, que es una señora horrible acuciada por su soledad y por su propia amargura). De hecho, llegan a la mansión de la Winters escondidos en un carruaje, pues no habían sido seleccionados por el monstruíto de su directora por no ser tan dóciles como su inseguridad laboral requería. Cuando Winters ve a la niña, ve a su hija. Juegan, sobre todo el hermano mayor, con esa ventaja para aprovecharse de su bondad. Si ya conocemos el clásico de los hermanos Grimm sabemos más o menos cómo crece la historia, salvo por el final. El chocante final.
1971

La decoración interior de la mansión es un cúmulo grotesco de muñecos, de fotografías, de antiguos vestidos de gala, de trofeos, de los restos de un reconocimiento público ahora extinto. Shelley Winters niega la realidad de su presente y sigue instalada en su pasado, donde aún es madre. Conocemos no a Winters sino al resultado de una Winters que ha sufrido lo indecible. La decadencia y la sordidez están presentes en todos los planos de la película. Así, consigue Harrington que la Nochebuena y la Navidad sean festejos irónicos, de una realidad deseufemizada. La aspereza de los colores, la fotografía oscura y la cantidad de objetos desolados, como esos muñecos intimidantes, recuerda a películas como La huella, de Mankiewicz, o a otra también posterior, algo posterior, como Trampa de turistas, de David Schmoeller. Aquí lo contranavideño y la decadencia se dan la mano entre la locura y la soledad.

En cambio, la novela corta All seated on the Ground, de la estupenda Connie Willis, es un alegre canto navideño, lleno de música (literalmente) y de esos motivos navideños, blancos, verdes y rojos, que todos conocemos. El caso es que, como tantas otras veces, unos alienígenas llegan a la tierra. Estos, de todos modos, son aniñados y bastante monos y llegan a finales de diciembre. Pero no hay manera de comunicarse con ellos. Meg, la reportera protagonista de la historia, investiga la naturaleza de estos alienígenas, que se están quietos, estatuarios y silentes, durante semanas, en medio de un concurrido centro comercial. Lo único que consigue arrancarles un mínimo espasmo es el hilo musical del centro, que, como es natural, emite villancicos sin parar. Quizá hubiera sido mejor un final algo más desarrollado, pero nos deja un regusto sano de festividades bien entendidas.
La portada es el horror


El habitual sentido del humor de Connie Willis, su fresco y simpático humor, y su prosa clara convierten el relato en una delicia para estas fechas. En un catálogo minucioso de canciones navideñas. De las páginas de este libro se desprenden unas agradables músicas, abetos decorados, copos de nieve cayendo blandos, gruesos calcetines de lana colgando de la repisa de una chimenea encendida, ramitas de muérdago en toda su cualidad acogedora, y no pasa nada si leemos el libro después de ver una de esas películas contranavideñas que a veces comento, para así intercambiar impresiones con la otredad.