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Reinterpretemos, por qué no

En el último de sus Nueve ensayos dantescos, Borges escribió: “sospecho que Dante edificó el mejor libro que la literatura ha alcanzado para intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz”. En el poema, “una sonrisa y una voz, que él sabe perdidas, son lo fundamental”. Es decir, como en vida fue imposible, Dante, para encontrar algo de consuelo, escribió un poema donde se juntaba felizmente con Beatriz; ése es, según la lectura sentimental que hace Borges de la Divina Comedia, el propósito último del poeta. Borges considera que lo demás, todo lo demás, para Dante, son intercalaciones. Lo que está haciendo es plantearnos que leamos el vasto poema dantesco como el mejor poema de amor jamás escrito.

Siguiendo su ejemplo, podemos leer otras obras o a otros autores en clave sentimental. Ya lo hizo Bolaño en Entre paréntesis con el Quijote. Dijo en el “Discurso de Caracas”: “…recuerdo aquella página del Quijote en donde se discute los méritos de la milicia y la poesía, (…) y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia”. Para Bolaño, se puede percibir en esas páginas “un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud”.  Visto así, todo el libro está lleno de intercalaciones, digresiones, historias y sub-historias que no son sino un pretexto para poder escribir esas páginas (las que realmente le importaban), en donde ensalza su juventud, y todo aquello que perdió en su juventud. Ambos autores crearon la realidad que necesitaban. El primero vio su amor cumplido; el segundo hizo ganar a su juventud y homenajeó a sus pérdidas.

La verdad es que no podemos saber qué quisieron decir, íntimamente, estos autores con sus libros, pero nada nos impide hacer una lectura más emotiva que racional. Y seguramente habrán otras interpretaciones más interesantes, de carácter estrictamente intelectual (no quiero pensar lo que diría Martí de Riquer si leyera esto), pero ¿por qué no leer así, de vez en cuando, los libros más famosos?

Cosa que nos lleva a lo siguiente

Entre otros encantos, la lectura sentimental nos permite ampliar el significado de lo que entendemos por kafkiano o dantesco. Manuel Vázquez Montalbán, en una entrevista televisada, definió lo kafkiano como una situación cargada de absurdo. Y en El escriba sentado escribió que “lo kafkiano nominó el horror a la vez abstracto y concreto de nuestro tiempo: la posibilidad de que extrañas fuerzas internas y externas nos llevan a la desidentificación”. Harold Bloom, por su parte, escribió en El canon occidental que, “ciertamente, kafkiano ha adquirido un significado siniestro para muchos de entre nosotros”.

De todos modos, la mejor advertencia para entrar en Kafka, a mi juicio, la dio Albert Camus en el último capítulo de El mito de Sísifo, donde sugiere que lo más indicado es “empezar la obra sin ideas preconcebidas”, y que “sería un error quererlo interpretar todo en Kafka”. En realidad, me parece un acercamiento adecuado, éste que propone Camus, para la obra de cualquier escritor (o creador). Estoy de acuerdo con las interpretaciones anteriores, pero sólo en parte. Sí, cierto, el absurdo y lo siniestro son dos constantes en la obra de Kafka; también, kafkiano es el ser que, por diferente, es despreciado y castigado con cualquiera de las formas de la incomunicación (como ocurre en La metamorfosis o en la Carta al padre). En cambio, en el cuento “Una cruza” vemos una atmósfera parecida a las amables fábulas de Esopo, por ejemplo, y no a la de los mundos habituales de Franz Kafka.

El protagonista del relato recibe en herencia un animal mitad gato, mitad cordero, pero, contra todo pronóstico, asimila la extrañeza de este regalo con orgullo porque es “todo un espectáculo para los niños”, que, fascinados, no sienten asco, miedo o rechazo como por otra parte sí sentía la familia Samsa cuando Gregor, tras pasar, como sabemos, una noche intranquila, se despertó convertido en, bueno... aquello. Aunque, tal vez, la mejor prueba de que estamos ante el contrario exacto de lo que comúnmente entendemos por kafkiano no sea la cálida acogida del animal por parte de los niños, sino la actitud de quien posee este animal indescifrable al considerar que “esta parte de la herencia es algo como para lucir”. Es decir, no sólo no se castiga la extrañeza, sino que se ve como algo por lo que sentirse orgulloso. Lo que, en otros relatos del mismo autor, desgasta emocionalmente al personaje hasta anularlo por completo, y provoca repulsión a terceros, curiosea aquí a los niños. Lo kafkiano ya no tiene nada de siniestro en “Una cruza”. Ya no es imposible la verdadera comunicación con el otro, como sí ocurre en otros cuentos como “Jinete en un balde” o “Una confusión cotidiana”. La rareza o la extrañeza del otro se asimila aquí sin mayor problema. Ahora es Kafka el que crea la realidad que necesita.

No obstante, lo cierto es que, presos de un ataque de pesimismo incontrolado, o por mera costumbre -no lo sé- tendemos a asociar los adjetivos derivados de los nombres de estos autores (Kafka y Dante) a situaciones y geografías exclusivamente pesadillescas. Al hacerlo, estamos interpretando sus obras de manera parcial, olvidándonos de otras posibilidades de interpretación y significación que igualmente proponen. Claro que hay situaciones dantescas y kafkianas (lamentablemente), en el sentido al que estamos acostumbrados. Lo que quiero decir es que nadie duda que esos epítetos sean negativos (cuando, como digo, no tienen por qué serlo) y hemos encaminado nuestra lectura de sus textos para que siempre sea así. Parece que ya le hayamos adjudicado un significado definitivo a palabras como kafkiano o dantesco, cuando, realmente, contienen otras lecturas tan sugerentes y estimulantes como las que ya conocemos.

Según Borges, “la más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables”. Sin duda esa es una de sus virtudes. De lo que no estoy tan seguro es de que sea “la más indiscutible”. Como se ve en el cuento anterior, lo kafkiano significa también lo contrario de todas esas lecturas, así como lo dantesco, como dijo Ernesto Cardenal en unos versos de su poema Cántico Cósmico, significa tanto lo infernal como lo paradisíaco: 
Ojos aquellos que volver a ver
sería como que la luz volviera para atrás.
Junto en mi canto triste astrofísica y amor.
Ojos color de oro eran los de Mireya.
Mireya mi amor de infancia en las playas de Poneloya.
Fue mi Beatriz. De ojos dantescos
que no sólo es lo dantesco un bombardeo, un terremoto.
Dantesco es también el Paraíso.
Y mi Mireya, dantesca.

En la complejidad y la vastedad de la Divina Comedia encontramos una descripción temible del Infierno, pero también de la cara más amable del Paraíso y de la vaguedad del Purgatorio. Sobreponerse a lo que convencionalmente se entiende por estos términos es un gesto que corresponde al lector porque, como dice Cardenal en otro poema, Versos del pluriverso, “Mi decisión de cómo observar un electrón / cambia al electrón”. Así, la imagen de un autor cambia dependiendo de qué aspecto de su obra resaltemos.

Hablo de un proceso similar a la reflexión que hace Borges sobre la influencia literaria en “Kafka y sus precursores”, uno de los mejores ensayos de uno de sus mejores libros de ensayo: Otras inquisiciones. “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores”, dice Borges. Parafraseándolo, quedaría en “El hecho es que cada lector crea al autor”. Es nuestra lectura la que hace de Dante y de Kafka dos grandes poetas de la barbarie.

Sin embargo, después de una lectura sentimental como la que describía al principio, podemos multiplicar los significados que nos ofrecen los términos ‘kafkiano’ y ‘dantesco’, porque ese abanico de posibilidades ya está en sus obras, y la aparente contradicción que hay en describir algo agradable con el adjetivo kafkiano o dantesco se desdibuja en el momento en que esa contradicción ya está presente en sus escritos.

Como hicieron Borges y Bolaño, que releyeron a Dante y a Cervantes bajo una nueva luz, una luz poco conocida pero que estaba ahí. Centrarse, como ellos, en los lugares más recónditos de la obra de un autor no nos garantiza una lectura cabal. Pero obviar esos lugares tampoco.

Entiendo que un cuento de dos páginas no cambiará nuestra visión de Kafka. El hecho es que al menos una pequeña parcela de su obra trataba la extrañeza con dulzura, y eso, a mi modo de ver, es tan ‘kafkiano’ como la absurda detención de Josef K. en El proceso.  Inevitablemente reducimos la capacidad que tienen estos autores para definir el mundo, o nuestro tiempo, al emparentarlos a un solo registro. “Cuando en parte era otro del que soy”, dijo Petrarca. Eso mismo podrían decir –si realmente pudiesen decir- Dante y Kafka al ver sus nombres asociados a lo que normalmente los asociamos. También hay situaciones más amables que esperan que digamos de ellas, con toda la razón, que son dantescas, kafkianas. O quizás, posiblemente, la definición de estos adjetivos quede “en el otro lado del conocimiento”, como dice W. S. Merwin en uno de los poemas de su último libro, y no logremos nunca definirlos en su totalidad.

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