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No te esperes una mariposa


“Don’t expect a butterfly” – esta frase contundente, preciosa, la dice una de las tripulantes de la nave espacial en la película Forbidden World, de Allan Holzman. Se refiere al enigmático contenido de una crisálida –conocida por la tripulación como ‘Sujeto 20’- que tienen cuidadosamente guardada en una incubadora. No saben qué es. Tampoco saben cuándo nacerá lo que contiene. Por lo que puede llegar a ser, por su potencial maldad, la temen.
           
Si digo que la película está producida por Roger Corman muchos imaginarán el tipo de película que es. Alguien malintencionado dirá que es la versión cutre de Alien. Pero nada más lejos de la realidad. Sí, es una película de bajo presupuesto y, sí, como en la de Ridley Scott, hay un alienígena a bordo de la nave. Pero no es sólo eso.

Jorge Fernández Gonzalo ha escrito en su Filosofía zombi que “Todo remake plantea un efecto deconstructor”; que el ramake busca “establecer parámetros de diferencias, pautas de contraste, desvíos” y, sobre todo, que “comprende una reimaginación, no una reescritura”. Inevitablemente hemos acostumbrado nuestra mirada al cine de presupuesto, a los cánones de calidad que nos plantea, y hemos aceptado eso como lo único realmente válido. Por eso, cuando vemos Forbidden World hemos de reajustar la mirada, afinar nuestras expectativas para entender y asimilar plenamente la manera en que un clásico (en este caso Alien) se legitima como tal a través de unos códigos nuevos, a través de una reimaginación (caso que la película sea sólo un remake). O, simplemente, afinar nuestras expectativas ante algo diferente. El monstruo es menos sofisticado que el de Scott, cierto, pero no por ello la película es peor, ni su capacidad metafórica es menor.

Tendemos a denostar de antemano el cine de serie B porque nos parece cutre, malo. Pero nos parece cutre sólo en comparación al cine de grande presupuesto. Y comparamos porque leemos la serie B de la misma manera que leemos la serie A. Ahí está el error. No digo que seamos condescendientes o indulgentes con este tipo de cine. Digo que no podemos leerlo con las mismas gafas que utilizamos para leer la serie A. Siempre nos parecerá fallido, si lo hacemos. Hemos de encontrar otros códigos de lectura y de interpretación para aprender a valorar justamente estas películas. En muchas ocasiones sólo quieren ser películas de género, buenas películas de género sin mayores pretensiones (como Cabin Fever, de Eli Roth). En otras, esconden una gran película sin pulir. (Las de Sergio Corbucci son obras maestras sin pulir, por ejemplo).
            El valor del cine de Corman, ya sea el dirigido por él o el que lo tiene como simple productor (lo de simple es un decir), es su irreverencia. Ver una de sus películas es un acto irreverente, díscolo. Bueno, más que verlas, gustar de ellas. Voluntaria, deliberadamente cutre y cafre, con esos efectos especiales primitivos y sus argumentos delirantes, su cine se burla de la solemnidad de las grandes producciones de Hollywood, de todo el aura de prestigio que rodea a la industria y que nada tiene que ver con el cine.
            No esperemos encontrar mariposas en estas películas. Esperemos cosas amorfas, imperfectas y gratuitas. Es verdad que la interpretación, en muchos casos, roza lo imperdonable. Y qué. Eso no tiene por qué hundir la película. Aparte de los hallazgos y detalles puntuales y de las historias en sí –casi siempre cautivadoras-, lo importante de la serie B, su valor, es entender la película por lo que tiene de gesto. La serie B se desmarca conscientemente de una industria todopoderosa y parodia muchos de los lugares comunes en los que ésta cae, desacralizando así el imaginario que impone el cine de las grandes productoras, ya sea a través de un remake libre o ignorando por completo las líneas maestras que rigen un determinado género. (Como ejemplo de ambas cosas se me ocurre Braindead, de Peter Jackson, que está constantemente aludiendo a Psicosis, de Hitchcock, a la vez que transgrede a su antojo las convenciones del género o sub-género de los muertos vivientes). Por otra parte, Alien, que seguramente es una obra maestra, no es intocable en su género. Ello lo demostraron poco de después de su estreno, en 1982, Allan Holzman y Roger Corman.
            No mitifiquemos más de la cuenta. Conservemos los pies en el suelo. Hacerlo es fácil si vamos salpicando de serie B nuestro consumo de serie A (que por otra parte tantas joyas nos ha dado), habituándonos así a un cine artesanal fabricado sin arrogancia.

Hay grandes, grandes joyas en el cine de bajo presupuesto. Algunos títulos:

Gran duelo al amanecer, (Giancarlo Santi, 1972); Zombi 2, (Lucio Fulci, 1979);  Forbidden World, (Allan Holzman, 1982); Last House on the left, (Wes Craven, 1972); Voy, le mato y vuelvo (Enzo G. Castellari, 1967); Rolling Thunder (John Flynn, 1977); y casi todas las películas de Eloy de la Iglesia o Neil Marshall.  





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