lunes, 29 de agosto de 2011

Posdata a la entrada anterior

Leer una bitácora de principio a fin te enseña dos cosas. Primera: que tiene mucho de obra en curso o en marcha (lo que los yankees llaman work in progress). Va cogiendo forma con cada texto, con la intervención ajena, con los debates que se generan en el libre espacio de los comentarios (que a veces son, por otra parte, más interesantes y estimulantes que el texto que los origina). Entre autor y público se va creando, poco a poco, una obra viva, amorfa y plural que va creciendo y cargándose de sentido con cada nueva entrada. Casi podemos decir en ese sentido que lo mejor que le puede ocurrir a una bitácora es que se desmadre. Que enloquezca. Que no tenga límites en cuanto a contenido. Que lo abarque todo. Así, se convierte en un cuerpo de textos heterogéneo, rico e irregular; en una obra colectiva que no es sino el reflejo significativo del cambiante estado de ánimo de su autor, de la evolución de sus intereses, de la fidelidad de sus lectores.

Segunda cosa: el género literario al que más se parece un blog es el diario personal.

Y otra cosa más. Existe una suerte de debate sobre la longitud que deberían tener los textos en internet. Mucha gente añade imágenes estratégicamente situadas entre ciertos párrafos, creando la ilusión de estar ante un texto más corto de lo que realmente es, para que el lector o la lectora no se aburra. Sin embargo, creo que, si la intención es no aburrir, el añadir imágenes no es la solución adecuada. Hay que seducir al lector. Y hay que hacerlo mediante la escritura. Hay que trabajar la prosa; trabajarla a fondo hasta conseguir que el lector no pueda escapar. El correr de las palabras tiene que ser suficiente para mantener atento e interesado al lector. Las imágenes son un remedio ilusorio.

sábado, 27 de agosto de 2011

Los veinte primeros textos

Como ya dije, las entradas, en su mayoría, pecan de excesivamente cortas. Y las ideas podrían estar mejor desarrolladas. Lo dije en la "Antología de opiniones sobre el blog".

He releído el blog del primer al último texto y no he percibido ningún cambio significativo. He visto que me precipito un poco a la hora de colgar los textos; he visto que si los dejase reposar unos días más podría quemar algunas de sus imperfecciones y colgar versiones más elaboradas. También he visto que el blog es un formato que te lo permite todo. Tienes toda la libertad del mundo para escribir lo que quieras, como quieras, cuando quieras. Esa es a la vez su ventaja y su desventaja. El contrapunto a tanta libertad es un problema que surge no del formato sino de uno mismo: el nivel de autoexigencia decrece, decrece, se vuelve laxo y, en poco tiempo, desaparece. Es fácil caer en esas cosas. También he visto que no he sido consecuente con una de las entradas. (Aunque tampoco hay que dramatizar). Hace meses escribí el que me parece es el texto más breve del blog, donde denunciaba lo absurdo que es utilizar las palabras "film", "link" o "mail" cuando en castellano ya existen palabras que designan esas realidades. No he dejado de referirme a ésto, sea lo que sea, como "blog", cuando, siendo consecuente con lo dije en aquel momento, podría perfectamente utilizar la palabra bitácora. Palabra de origen marítimo o marinero.

Algunos de los textos que más me gustan son la reseña de James Ellroy, los apuntes sobre Oficio de tinieblas 5, de Cela, el párrafo sobre las marcas, y tres más.

El más flojo es el texto sobre Brando y Sinatra. Ya advierto, desde el mismo título, que "es la entrada chorra del mes", pero no es suficiente. El problema de esa entrada es su existencia. Pero no la borro porque ya me gusta que Queridos Amigos sea una colección de textos con altibajos. Con sus inconsistencias y sus incongruencias. Está bien que así sea.

Poco después de la muerte de Sábato murió Jorge Semprún. Pensé en escribir algo sobre él, como ya hice con Gonzalo Rojas y con Sábato, pero no quise que la bitácora pareciese, aunque solo fuera por unas semanas, la sección de necrológicas de cualquier diario.

Cada vez me siento más cómodo escribiendo aquí, pero sé que aún me quedan unos meses para acostumbrarme del todo a escribir tanto textos cortos como largos. Tienen que ser textos redondos. Redondos en el sentido de que sean pertinentes, que digan algo -lo que sea- pero algo razonado y argumentado y bien escrito y bien estructurado. Esa es la mayor carencia de este blog esta bitácora.

jueves, 25 de agosto de 2011

No te esperes una mariposa


“Don’t expect a butterfly” – esta frase contundente, preciosa, la dice una de las tripulantes de la nave espacial en la película Forbidden World, de Allan Holzman. Se refiere al enigmático contenido de una crisálida –conocida por la tripulación como ‘Sujeto 20’- que tienen cuidadosamente guardada en una incubadora. No saben qué es. Tampoco saben cuándo nacerá lo que contiene. Por lo que puede llegar a ser, por su potencial maldad, la temen.
           
Si digo que la película está producida por Roger Corman muchos imaginarán el tipo de película que es. Alguien malintencionado dirá que es la versión cutre de Alien. Pero nada más lejos de la realidad. Sí, es una película de bajo presupuesto y, sí, como en la de Ridley Scott, hay un alienígena a bordo de la nave. Pero no es sólo eso.

Jorge Fernández Gonzalo ha escrito en su Filosofía zombi que “Todo remake plantea un efecto deconstructor”; que el ramake busca “establecer parámetros de diferencias, pautas de contraste, desvíos” y, sobre todo, que “comprende una reimaginación, no una reescritura”. Inevitablemente hemos acostumbrado nuestra mirada al cine de presupuesto, a los cánones de calidad que nos plantea, y hemos aceptado eso como lo único realmente válido. Por eso, cuando vemos Forbidden World hemos de reajustar la mirada, afinar nuestras expectativas para entender y asimilar plenamente la manera en que un clásico (en este caso Alien) se legitima como tal a través de unos códigos nuevos, a través de una reimaginación (caso que la película sea sólo un remake). O, simplemente, afinar nuestras expectativas ante algo diferente. El monstruo es menos sofisticado que el de Scott, cierto, pero no por ello la película es peor, ni su capacidad metafórica es menor.

Tendemos a denostar de antemano el cine de serie B porque nos parece cutre, malo. Pero nos parece cutre sólo en comparación al cine de grande presupuesto. Y comparamos porque leemos la serie B de la misma manera que leemos la serie A. Ahí está el error. No digo que seamos condescendientes o indulgentes con este tipo de cine. Digo que no podemos leerlo con las mismas gafas que utilizamos para leer la serie A. Siempre nos parecerá fallido, si lo hacemos. Hemos de encontrar otros códigos de lectura y de interpretación para aprender a valorar justamente estas películas. En muchas ocasiones sólo quieren ser películas de género, buenas películas de género sin mayores pretensiones (como Cabin Fever, de Eli Roth). En otras, esconden una gran película sin pulir. (Las de Sergio Corbucci son obras maestras sin pulir, por ejemplo).
            El valor del cine de Corman, ya sea el dirigido por él o el que lo tiene como simple productor (lo de simple es un decir), es su irreverencia. Ver una de sus películas es un acto irreverente, díscolo. Bueno, más que verlas, gustar de ellas. Voluntaria, deliberadamente cutre y cafre, con esos efectos especiales primitivos y sus argumentos delirantes, su cine se burla de la solemnidad de las grandes producciones de Hollywood, de todo el aura de prestigio que rodea a la industria y que nada tiene que ver con el cine.
            No esperemos encontrar mariposas en estas películas. Esperemos cosas amorfas, imperfectas y gratuitas. Es verdad que la interpretación, en muchos casos, roza lo imperdonable. Y qué. Eso no tiene por qué hundir la película. Aparte de los hallazgos y detalles puntuales y de las historias en sí –casi siempre cautivadoras-, lo importante de la serie B, su valor, es entender la película por lo que tiene de gesto. La serie B se desmarca conscientemente de una industria todopoderosa y parodia muchos de los lugares comunes en los que ésta cae, desacralizando así el imaginario que impone el cine de las grandes productoras, ya sea a través de un remake libre o ignorando por completo las líneas maestras que rigen un determinado género. (Como ejemplo de ambas cosas se me ocurre Braindead, de Peter Jackson, que está constantemente aludiendo a Psicosis, de Hitchcock, a la vez que transgrede a su antojo las convenciones del género o sub-género de los muertos vivientes). Por otra parte, Alien, que seguramente es una obra maestra, no es intocable en su género. Ello lo demostraron poco de después de su estreno, en 1982, Allan Holzman y Roger Corman.
            No mitifiquemos más de la cuenta. Conservemos los pies en el suelo. Hacerlo es fácil si vamos salpicando de serie B nuestro consumo de serie A (que por otra parte tantas joyas nos ha dado), habituándonos así a un cine artesanal fabricado sin arrogancia.

Hay grandes, grandes joyas en el cine de bajo presupuesto. Algunos títulos:

Gran duelo al amanecer, (Giancarlo Santi, 1972); Zombi 2, (Lucio Fulci, 1979);  Forbidden World, (Allan Holzman, 1982); Last House on the left, (Wes Craven, 1972); Voy, le mato y vuelvo (Enzo G. Castellari, 1967); Rolling Thunder (John Flynn, 1977); y casi todas las películas de Eloy de la Iglesia o Neil Marshall.  





domingo, 14 de agosto de 2011

Apuntes sobre un libro no particularmente fácil

No es, Oficio de tinieblas 5, el libro más conocido de Camilo José Cela. El éxito, tanto de crítica como de público, que tuvieron La familia de Pascual Duarte y La colmena, sumado a la dificultad intrínseca de la novela y a su complejidad formal, explican, en parte, que sea tan poco conocida entre el público mayoritario.

            Cela mismo nos explica cómo hemos de leer su libro en un epígrafe memorable: “naturalmente, esto no es una novela sino la purga de mi corazón”. No hay historia alguna, no hay un hilo narrativo coherente, no hay un argumento identificable: en Oficio de tinieblas 5 lo único que hay es caos, cosas inconexas, dispersión, vaguedades, digresiones constantes, pensamientos, conclusiones y silogismos mayormente absurdos; hay, también, retazos de historias, personajes recurrentes (pero no por ello menos enigmáticos), citas en latín, personajes históricos, poetas muertos, letanías salvíficas, fogonazos de imágenes más o menos ilógicas y situaciones y acontecimientos más o menos verosímiles. 

            La total ausencia de puntuación y de mayúsculas acentúa la dificultad del libro, forzándote a un ritmo de lectura vertiginoso, contraproducente para una lectura atenta, cabal, de la novela. Además, al estar estructurada en lo que Cela llama “mónadas”, a las que podríamos también llamar, y sin ningún problema, versículos, hace que la prosodia de esta novela se acerque más a la poesía, que sea más propia de la poesía que de la narrativa.

            ¿Qué sostiene, pues, a este libro? El uso que hace Cela del lenguaje. Estridente, frenética y desbordante, la escritura te supera como lector: acaba contigo. El autor entiende que para purgar su corazón precisa de una escritura salvaje e ilimitada. Para decir lo que tiene que decir no puede ceder a una escritura encorsetada, convencionalmente, por la puntuación. Cela rompe con todo eso. Con mucho acierto, Vicente Luis Mora la llamó, hace años, en su blog, “Hiperexpresividad agresiva”.

Sin embargo, por mucho que destaque el uso del lenguaje, ello no quita que el contenido, aunque fracturado e inconexo, descentrado y caótico, sea, también, potente, crítico: la sexualidad, la religión, las supersticiones o los prejuicios quedan duramente retratados. Algunos fragmentos que subrayé:

diles con un hilo de voz que se abracen las unas a las otras igual que las temerosas almas que pueblan el infierno


o:

los funcionarios con sus hazañas caballerescas y magníficas suelen ser unos pobres títeres inseguros como aves de corral y de vuelo dubitativo como el de las aves de corral

o:


la novia de tuprimo a nadie oculta que en su pecho no duerme la vocación de mujer casada


Toda la novela es así. En poco más de 250 páginas encontramos todo un mundo fragmentado en una prosa asilvestrada, compleja, fascinante.

martes, 9 de agosto de 2011

Antología de opiniones sobre el blog

Han pasado ya unos meses desde que abrí el blog. Algunas críticas y opiniones que he recibido:

Marc García me dijo que el blog "está bien"; Unai Velasco me dijo que el blog "está bien" y que "algunas ideas" también "están bien"; Daniel García Ramos me dijo que el blog "está bien" y que el nuevo título tenía un airecillo irreverente que a su vez también está "bien"; la encantadora Mirna Bley me dijo que el blog "está bien" y "bien escrito"; Carolina Lara me dijo que se "había reído" con la entrada sobre Marlon Brando y Frank Sinatra; Gema Toledano me dijo que "está bien escrito" pero que el fondo, esas estanterías llenas de libros, "es soso y aburrido"; Ainhoa Rebolledo, nuestra Ava Gardner particular, me dijo que el blog era "una mierda"; el poeta Rafael Banegas fue más gráfico y me dijo que el blog era no "una mierda" sino una "puta mierda"; Víctor Manuel Martínez García me dijo que el blog le parecía "muy correcto" y que la prosa "fluía bien".

Esas son las opiniones que recuerdo. Agradezco la sinceridad de todas ellas.

Personalmente, creo que las entradas pecan de excesivamente cortas. Algunas ideas están bien, (por qué no admitirlo), pero estarían mejor si las desarrollara un poco más. Tendré que trabajar en ello.

jueves, 4 de agosto de 2011

No exactamente como yo creía

Hace unos días escribí un texto sobre una escena de Hasta que llegó su hora. Hace aún menos días volví a ver la película en La Sexta 3 y me di cuenta que estaba equivocado. Leone no se aleja progresivamente de Claudia Cardinale hasta que funde a negro. Al contrario, cuando se tumba en la cama, en la soledad de su cama, el director se acerca progresivamente, de arriba a abajo, hasta que toca o casi toca la tela semi-transparente que une las patas de la misma. De todos modos, el gesto es parecido. No nos presenta un primer plano de su rostro desencajado. Interpone una tela, un filtro, para que ella conserve su intimidad. Entendemos que ella sufre, pero no vemos cómo sufre. Como si la protegiese de nuestra mirada depredadora.


Es un gesto bonito por parte del director. En fin, eso es todo.