miércoles, 28 de diciembre de 2011

Ahí, más abajo, casi oculta, hay luz

No recuerdo cómo descubrí estas películas: Alice, Sweet Alice y Let's Scare Jessica to Death.
(Dos de los mejores títulos que recuerdo, por otra parte). Son setenteras, retorcidas, poco conocidas, de directores de género no muy prolíficos. Enormes.
(Alfred Sole, 1976)

A grandes rasgos, la primera mezcla el sub-género slasher con el cine policial detectivesco, mientras que la segunda es una película de terror psicológico. Dirigida, la primera, con un estilazo que recuerda a Hitchcock y al primer Brian De Palma, nos despista con los giros característicos de toda trama detectivesca a la vez que nos aterra con la posibilidad de que a unas niñas les ocurra lo que les ocurre en el seno de una familia y una comunidad católicas. El feroz ataque a esta comunidad podría ser uno de los motivos por los que no es tan recordada; a diferencia de El exorcista, por ejemplo, donde no hay que olvidar que el héroe de la película, el padre Karras (Jason Miller), es un cura. Aquí, por el contrario, estamos ante una institución represora, castradora, que, aliada con la familia, juega con la mente de los niños. Ellos son las víctimas de una situación familiar dramática y de una Iglesia que anula su individualidad. Alfred Sole, director y co-guionista, señala al culpable. El miedo a la pérdida y la incapacidad de desprenderse de las ausencias; todo eso también está en Alice, Sweet Alice.

Algunos detalles recuerdan, en perspectiva, a Tarantino. Sobre todo una escena en que Alicia sube las escaleras, y nosotros sólo vemos, por el hueco entre los escalones, sus zapatitos de charol, de un blanco brillante, subiendo lentamente. (Esa obsesión del cine con los pies).

Y la fotografía. La fotografía aporta una cualidad plástica a la película. La textura de las imágenes está revestida de un brillo propio del plástico, enfatizado por la indumentaria del asesino en esta película: un chubasquero amarillo y una máscara. La luz incide en las cosas hasta que adquieren un aire de objeto plastificado, como si todo estuviera cubierto, velado por una capa de este material frío y artificial.

La música y las fortísimas lluvias y la vida de pueblo, y el retrato de la familia desestructurada y el final, magnífico, hacen que esta película sea una de las mejores de los años setenta, dentro y fuera de su género.

(John D. Hancock, 1971)
Let's Scare Jessica to Death me gustó un poco menos que la anterior, pero me sigue pareciendo una gran película de género. Si en el texto sobre Piraña decía que el cruce de registros era lo mejor que tenía, aquí digo lo mismo, pero con más motivo. Mezcla de cine de fantasmas, de terror psicológico, de cine de vampiros, de historias sobre la locura que nos hacen dudar de la realidad (como las novelas de Philip K. Dick), y la presencia de una extraña femme fatale, muy sui generis, aislado todo en una enorme y tétrica casa en el monte, hacen que la película sea tan aterradora como bonita. Lo peor, lo que nos asquea, como lo que dije sobre Flesh and Blood, es la terrible crueldad de los personajes. Una chica asustada, sola e indefensa en medio de la nada. Eso es esta película.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Las líneas paralelas se juntan en el infinito

Un verso de Luis Cernuda podría servir de epígrafe a gran parte de la poesía occidental de todos los tiempos: "Dame la guitarra para guardar las lágrimas". Así, aislado del poema, el verso puede parecer cursi (quién sabe). Pero no le hicieron falta más que esas pocas palabras para resumir a la perfección el motivo por el que tantos y tantas han escrito. Roger Wolfe dice algo parecido en un poema: "Si aceptáramos la posibilidad / de que alguien exclamara: / 'Dios mío, qué hecho polvo estoy' / sin mayores aspavientos (...) / sería preciso reescribir ese/ fraude inmortal que se ha dado en llamar / Literatura". Y Quevedo, en uno de sus mejores sonetos, dijo: "En los claustros del alma, la herida / yace callada". En el fondo de muchas obras comlpetas, la herida también yace callada. Aunque luego se cubra de rupturas.

Uno de los artículos que se publicaron cuando, hace nada, Nicanor Parra ganó el Premio Cervantes (qué alegría), era de Juan Gelman. Citaba una frase de Antonio Gamoneda que decía que hay dos tipos de poetas: los que viven para escribir y los que escriben para vivir. Dejando claro ya desde el principio que unos no son mejores que otros, Gelman ponía a Borges como ejemplo del primer grupo y a Parra del segundo. Me gustó. Y estoy de acuerdo. Y estoy de acuerdo en que unos no son mejores que otros. Pero, puestos a hacer divisiones, también podríamos, con el verso de Cernuda en mente, distinguir entre los poetas que escriben para guardar sus lágrimas, porque no les queda más remedio que escribir, que poetizar toda la mierda que llevan dentro, y los que escriben con la cabeza, pensando en el lenguaje, una soberbia poesía del intelecto, por así decir. Emily Dickinson, la número uno, es un claro ejemplo del primer grupo. Del segundo se me ocurren unos cuantos. Lo más importante, sin embargo, es que estos hacen una poesía del lenguaje, no carente de sentimiento, pero sí focalizada en la reflexión. Quieren pensar el lenguaje. El acto comunicativo. El poema. Perfecto. Pero ya nos sirve para distinguir dos tipos de poeta: los que priorizan la reflexión sobre su herramienta (el lenguaje), y los que usan esa herramienta para canalizar el lodo y, como he dicho antes, la mierda, y escribir para sobrevivir.

Claro que hay poetas que, en ocasiones, mezclan las cosas, como el Neruda de Residencia en la tierra. Tensa el lenguaje, lo llena de metáforas ilógicas e imágenes ilógicas, pero, antes que eso, se percibe una necesidad de guardar las lágrimas. En definitiva, hay poesías que manan de la herida que yace callada, y otras que manan de una profunda reflexión, siempre a priori. Quizá estoy hablando de lo mismo que Gamoneda y unos escriben para vivir y otros viven para escribir. Como cuando pensamos en Quevedo frente al Góngora de las Soledades.