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Dune

Espero que no se malinterprete lo que voy a decir, pero Dune no parece una novela de ciencia ficción. Los elementos cienciaficcionescos están ahí, sin duda, pero como en La carretera, de Cormac McCarthy, o Plop, de Rafael Pinedo, no son lo suficientemente constitutivos del texto como para pertenecer al género de manera cabal. Me explico. La ciencia ficción deforma la realidad para cuestionarla o criticarla. El espacio y el tiempo están agredidos y dados vuelta para que entendamos nuestra realidad o, en el caso fascinante de Philip K. Dick, la cuestionemos. Lo único que tienen de cienciaficcionesco las novelas de Pinedo y McCarthy es el paisaje indigente, muerto. Pero ya está. La mirada es realista. Narran el mundo (o su mundo) desde una perspectiva realista. Lo mismo ocurre en Dune.

Arrakis es un planeta tan lejano que el autor, con buen criterio, no se molesta en explicarnos exactamente a cuánto está de nosotros. El futuro remotísimo tampoco está detallado. En lugar de fechas tenemos vagos destellos de un pasado donde los humanos surcaban el universo en busca de estrellas. Su pasado es nuestro futuro, aún lejano. Detalles como los escudos o ciertas habilidades cognoscitivas de los personajes son propias del género, como lo que comentaba antes, pero viven en un mundo feudal, en una sociedad piramidal, hiperjerarquizada, donde el Duque está por encima de todos y es obedecido con fidelidad. Hay un heredero al trono. No hay siervos pero sí hay una población, los Fremen, nativos de Arrakis, que son explotados por los Harkonnen. La vida palaciega de los personajes recuerda más a la versión que hizo John Steinbeck de Los hechos del Rey Arturo que a las novelas de ciencia ficción. Amoríos, traiciones, celos y otras manifestaciones de la vida de palacio abundan en Dune. Esos son los elementos constitutivos, realmente idiosincrásicos, del texto. Casi como si estuviéramos leyendo una novela histórico-fantástica en lugar de una futurista.

Sé que, en algunos ambientes, debe sonar a sacrilegio la comparación entre Steinbeck y Dune, pero otro aspecto que recuerda al Arturo de Steinbeck, o a cualquier otra historia ambientada en mundos medievalizantes, como La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin, es la cantidad de personajes. Docenas y docenas de personajes se pasean por las páginas de este libro. Algunos secundarios, memorables.

Memorables como Jessica, la madre de Paul Atreides, viuda del Duque Leto Atreides. Eterna secundaria, ella tiene, en realidad, más talento que el Duque, y una inteligencia afilada que sirve de ejemplo para su hijo. La sensatez y el sentido común, la calma y la perspicacia controlan todas sus palabras, sus pensamientos, sus actos. Esconde un poder que la hace fascinante porque conocemos sus pensamientos sobre los demás, siempre acertados, y su entendimiento aventajado de los hechos de la vida.

Sin lugar a dudas es una novela épica. Hay historias e historias y subhistorias y subhistorias. Hay, también, una fuerte carga de crítica social que se manifiesta, sobre todo, en el hecho de que el bien más preciado no sea el petróleo sino el agua. La épica está también en todos los temas tratados a fondo: fidelidad, valentía, cobardía, amor, muerte, soledad, miedo, intereses, poder, religión, ecología, heroísmo, traición, reencuentros inesperados. Todo metido en una trama de tintes legendarios, donde los personajes son conscientes del momento histórico que viven.

(De momento, la ciencia ficción en Dune brilla más por su ausencia que por, digamos, los rayos láser o las simpáticas cabezas oviformes de nuestros queridos alienígenas).

No he resumido el argumento de la novela. Cierto. No tiene mucho secreto. Sin embargo, el final, por una parte, es un fárrago de estrategia militar, con diálogos amenazantes, arrogantes y muy de macho bravucón, pero por otro lado es un final emocionante, bonito, cuyo último párrafo es un ejemplo perfecto del carácter humilde, pero decisivo y heroico, de Jessica. Un canto a la mujer.

Sobre el autor... No es un gran estilista. No es Steinbeck, aunque, por la larguísima y atormentada saga familiar, recuerde un poco a East of Eden. Rica en diálogos, Dune se aparta un poco de la narración típicamente cienciaficcionesca: estas novelas suelen ser ricas en descripciones (el autor ha de dibujar el mundo futurista, ha de dejar clara en la mente del lector la deformación a que somete nuestra realidad). Esas descripciones pueden darse también mediante diálogo. (Diálogos que describan ciertas características de la realidad alterada). Pero en Dune lo que hace Frank Herbert es usar el diálogo para profundizar en los personajes. Gracias a la cursiva (ese recurso sencillo) tenemos acceso a los pensamientos íntimos, a veces inconfesables, de los personajes, haciendo que nuestro conocimiento de ellos sea mucho más preciso. Son breves retazos de monólogo interior donde el narrador omnisciente descansa un momento y da pie a que conozcamos el interior de los personajes. No será un gran estilista, porque verdaderamente no lo es, pero sabe usar el diálogo y tiene el don de la narrativa.

Ofrezco unos datos sobre el no estilismo del autor que no tienen por qué ser significativos: primer dato: en las 570 páginas que tiene la novela he subrayado 5 líneas (que no frases); segundo dato: mientras leía Dune he intercalado otras lecturas (Resurrección y Calor, de Manuel Vilas; la Poesía inédita, de Quevedo; El arte de narrar, de Juan José Saer; El inquilino, de Javier Cercas, y un puñado de cuentos de Juan Carlos Onetti). Ya digo: no sé muy bien cómo interpretar estos datos.

En los años ochenta David Lynch hizo con esta novela lo que Elia Kazan con Al este del Edén: dejar de lado gran parte del libro. Empequeñeció la historia, cosa que no hizo Kazan, y el resultado fue francamente desastroso. De todos modos, a los que no nos gustó la película nos gusta el libro.

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