domingo, 29 de enero de 2012

Certeras visiones de la vida

Empiezas a ver la película e imaginas que lo que te espera es aventuras cándidas, mucho sol y aprendizajes edificantes. La empiezas a ver y piensas, incluso, que es el primer western al que podría aplicársele el calificativo de cursi. No sé, piensas. Piensas: ¿Qué está pasando aquí? Además -te dices-, uno de los protagonistas es Lee Marvin. Y cursi y Lee Marvin han sido desde siempre conceptos netamente antagónicos. La película avanza y pasan cosas. Vale, ahora sí.

1974

Richard Fleischer en The Spikes Gang nos depara una sorpresa. (En castellano se tradujo como Tres forajidos y un pistolero). Tres jóvenes amigos, inocentes y algo ingenuos, toman una decisión: huir, cada uno por sus motivos, de sus hogares (inhóspitos). El catalizador del viaje es Lee Marvin, que despierta en ellos las ganas de conocer mundo. Marvin llega al pueblo herido de bala. Los jóvenes amigos lo esconden en el granero de uno de ellos, lo cuidan y le salvan la vida. Queda eternamente agradecido, y promete ayudarles si alguna vez se cruzan sus caminos. Quedan fascinados por esa vida errante y aventurera.

Cuando huyen, todo es felicidad e ilusión. Pero pasan los días y el hambre aprieta, la suciedad se enquista, el insomnio aparece. Hasta que se encuentran a Marvin. Ahora es él el que ayuda. Les compra ropa limpia, les invita a comer, les paga una habitación. Marvin se va. Y ellos necesitan dinero. Y, torpes e ingenuos, roban un banco. Y ese es el primero de la serie de errores fatales que cometen. Una muerte lleva a otra y a otra y a otra. Sin maldad alguna se han caído al fondo del horror. Odiados y perseguidos por todos, hasta Lee Marvin, el antes admirado Marvin, los traiciona. Por dinero. El final es el contrario exacto del inicio. Acaba la película y queda en ti un poso de tristeza y desesperanza.

Dos detallitos:

A) El viaje es entendido en esta película como un rito de paso. Como lo que necesitan los jóvenes amigos para dejar de ser unos críos. Han pasado de ser niños obedientes y maltratados a ser unos violentos forajidos irredentos. Y esa conversión la han hecho a lo largo del viaje. En casa hubieran sido siempre lo mismo. El viaje cambia su actitud ante la vida y ante los otros, y cambia la visión que de ellos tienen los demás, y son aceptados por la sociedad. Aceptados como algo negativo y peligroso pero con la entidad y con el prestigio suficiente para formar parte de la sociedad. Aunque sea como sus presas.

B) La mitificación cegadora del héroe se desmorona por completo. La sustituye el odio (también cegador) y la rabia.

En general, y siendo, como es, un western, la película también podría clasificarse sin problemas como 'road movie' y película de aventuras. Tiene mucho de eso. (También es verdad que toda 'road movie' es una película de aventuras). Sin ser Fleischer un gran director, ni estar muy bien dirigida, al menos en la medida en que lo puedo ver o creo que lo puedo ver, la película está rodada con solvencia y buen pulso. (Con solvencia y buen pulso son los lugares comunes más extendidos de la crítica de cine. También los más irritantes y frustrantes de leer. Perdón). Con solvencia significa que es digna, que sin ser ninguna maravilla, está bien. Consigue lo que pretende y no aburre. Con buen pulso significa que no tiene altibajos. Que el final o el inicio no es marcadamente mejor o peor que el resto, etc.

Esta película: cómo nos zarandea de una emoción a otra; cómo nos baja los pies al suelo, rápidamente; y qué visión de la naturaleza humana más cruda y sombría y certera.

sábado, 14 de enero de 2012

Un hermoso vaivén

Cuando, en La Odisea, Poseidón le pregunta a Polifemo: ¿¡Quién te ha cegado!?, éste responde: Nadie. Ulises, el muy zorro, le había dicho que así se llamaba.
De Homero tomaron el título de la película Mi nombre es... Ninguno, de Tonino Valerii. El protagonista se hace llamar así porque prefiere la calma del anonimato y pasar inadvertido entre los peligros del salvaje oeste.

La película es en primer lugar un acto de amor al género. Los personajes, en el cementerio, leen sobre una lápida el nombre de Sam Peckinpah; en otro momento citan a un tal Valance; el saloon se llama Cheyenne; el protagonista es Henry Fonda; el enemigo es un grupo de 150 jinetes enfurecidos llamados The Wild Bunch (alarma Peckinpah sonando otra vez); y la primera escena es un homenaje directo a Once Upon a Time in the West, de Sergio Leone, quien, por otra parte, produce la película. (La escena recuerda tanto a su propio cine que hay quien cree que la rodó él mismo).

Fonda simboliza el western clásico y Terence Hill el spaghetti, el relevo. Sin embargo, no quiere ser borrón y cuenta nueva, sino continuación, acto de reverencia y gratitud. Es toda una declaración de principios. De hecho, la película es, única y exclusivamente, eso: metacine puro y duro. No en el sentido de películas que narran el modo de hacer películas, que narran la narración, sino de película que es consciente de estar posicionándose en una tradición, del lugar que ocupa, de su vocación de vínculo.

Hill recibe el encargo de matar a Fonda; pero Fonda es su héroe, su ídolo, y, aunque quiere asumir su categoría, se ve incapaz de matarlo. De hecho, lo que realmente quiere es conseguir que su ídolo quede registrado para siempre en los libros de Historia. El argumento, por usar una expresión de Borges, es deliberadamente baladí. De todos modos, se engrandece cuando pensamos que Fonda no es Fonda sino todo un género, asentado y famoso, y Hill no es Hill sino la relectura creativa de ese género, que lo lee con venero. El discurso final de Fonda, a bordo de un barco, enfundado en un tabardo (qué bonitos son los tabardos), es inequívoco: le dice a Hill que le queda un duro camino, ahora que el oeste se acaba -estamos en el año 1899- y a él, que ha vivido el esplendor de esa época, le toca marcharse. Que ya está. (Y todo esto recortado contra una puesta de sol, preciosa como Debbie Harry).

Por un lado tenemos la admiración, el amor del nuevo, que le impide acabar con su predecesor, y por otro tenemos la aceptación del predecesor que, gustoso, cede el sitio. Vemos pues en esta película el vaivén natural del avance de las artes. No tiene argumento la película. La película no nos está contando nada interesante. Su hechura es algo secundario. Está analizando lo que ha ocurrido con todo un género, prefigurando lo que vendrá después y construyendo un discurso consciente de sí mismo y liberador. Liberador porque admite el cambio. Porque en resumen nos dice: vuestro turno acabó. Ahora nos toca a nosotros. Pero bien. Tenemos que recoger una tradición y continuarla. Con gratitud.