domingo, 22 de abril de 2012

Reseña tardía de una ópera prima

Con los años, muchos poetas reniegan de su primer libro. Borges decía que, cuando empezamos a escribir, tendemos a ser barrocos porque somos tímidos. A Borges le pasó. Si leemos ahora El tamaño de mi esperanza veremos a un Borges barroco y pesado, opuesto a lo que sería después. Es un problema, o una realidad, que no afectará a Rafael Banegas Cordero, cuando, de aquí a un tiempo, aparezca el segundo, el tercer, el cuarto libro de poemas. El primero, Inciertas conclusiones, no cae en los manierismos barroquizantes que denunciaba Borges. Los poemas de este libro traslucen una tenaz confianza en la sencillez.
            El título es lo primero a destacar. Entre otras cosas porque, ¿qué es un libro de poemas sino una colección de inciertas conclusiones? Encontramos, acto seguido, y como puerta de acceso al libro, un verso de Lorca: “Toma este vals que se muere en mis brazos”.
            La suma de ambas cosas (título y epígrafe), nos advierte, ya antes de empezar, que la voz del autor está lejos del carácter sentencioso, solemne, que pueden tener algunos de sus poemas. Es decir, aunque surja lo solemne y lo sentencioso, Rafael Banegas sabe que no posee la ‘verdad’ sobre nada. Su voz es una voz que cuestiona las cosas de su entorno. Sus poemas, el resultado del trabajo, de un lenguaje trabajado.
            Algunas de las claves del libro nos las da el poeta Enrique Gracia Trinidad en el prólogo, en la certera, iluminadora lectura que hizo de estas inciertas conclusiones. Destaca el gusto del autor por “la palabra clara y precisa”. Banegas Cordero ha ido depurando el lenguaje, quemando imperfecciones –la expresión es de Vázquez Montalbán- hasta conseguir que el poema sea cristalino. Ya no escribe al “claro de la luna”. Para qué. Sin “adornos innecesarios” y “alejada de alambicadas introspecciones” es la poesía de Rafael Banegas. Todo está medido en este libro, y lo que no es necesario, estrictamente necesario para el poema, aquí, sencillamente, no cabe.
            Intimista, personal, en la primera parte del libro nos habla un yo introspectivo. En la segunda ese yo desaparece en favor de una voz plural, inidentificable, consciente de cuanto la rodea. Así, la voz de la primera parte en la segunda se diluye, donde la protagonista es la otredad.  
            Por otra parte, el dominio del poema breve, incluso del poema monoversal, queda patente en algunas páginas: “Sé ciprés replantado en una escuela”. Tanto se habla del ego de los poetas que supongo que no es muy habitual hablar de la generosidad de un libro; poemas a sus amigos, homenajes literarios (Leopoldo María Panero), el canto a la clase obrera o lo significativos que son título y epígrafe, como decía al principio, nos muestran a un poeta alejado de cualquier autoritarismo o soberbia. Un gesto de generosidad del poeta para con nosotros. Un gesto contenido en el título, la ofrenda del epígrafe y en el carácter abierto, accesible de sus poemas. Es de agradecer.
            Merecen a mi juicio mención especial los poemas “La herencia del padre”, cuyo misterio prefiero no desvelar ni estropear en esta reseña, y uno breve que, este sí, paso a copiar: “Cuando la cita pesa demasiado, / ya no queda lugar para el poema”. Pareciera que no habla sólo de poesía.
            Así, libre de ataduras, libre de lo que Antonio J. Rodríguez llamó la “estética de la hipercita”, fluye la poesía de Rafael Banegas Cordero en su primer libro, clara y rotunda, con una frágil firmeza, dejándonos a la expectativa de lo que vaya publicando con los años.
            Sabe que no hay verdad absoluta en sus conclusiones. Se cuestiona a sí mismo. El título –Inciertas conclusiones- pende sobre los poemas como una advertencia. Aquí no hay nada definitivo: “yo que sabía mi nombre, de pronto, lo desconozco”.