domingo, 27 de mayo de 2012

Dos películas de Michael Anderson

1) La fuga de Logan. La mencioné, en el texto que escribí sobre Vanishing Point, como una de las grandes películas olvidadas de los años 70. No es la mejor película de ciencia ficción, ni, seguramente, la mejor de su director, pero lo inusual de su mensaje, el raro gesto de los protagonistas al final de la película, la convierten, en mi opinión, en una obra singular. Ese diseño de producción setentero, por otra parte, le da, a día de hoy, un aire retro, una cualidad artesanal en vías de extinción.

Estamos en un futuro dominado por el Estado. Como colectivo, el ser humano es nada. Está desidentificado por los poderes del Estado. Viven presos (pero sin sospechar que están presos), en un complejo urbanístico, substituto menor del mundo, con sus jerarquías, sus normas, sus responsabilidades, su ocio. Sus habitantes creen que morir a los treinta años es lo normal. Hasta tal punto llega el poder del Estado. Es, pues, una dura crítica a la pulsión coercitiva de las instituciones oficiales. A su vez, es un canto al hombre común y a la mujer común. A la valentía como motor vital.

Resumiendo, la pareja protagonista escapa del Estado-prisión, descubriendo un mundo expandido que creían inexistente. Llegan a la ciudad de Washington D.C., que está despoblada de vida humana, recubierta de vegetación. Ahí, extramuros de la prisión, sobrevive un viejo en su particular cúpula de la soledad y el dolor. Una cúpula que se ve alegremente rasgada por la llegada de la pareja de fugitivos. El encuentro en realidad es una manera de volver a nacer; ese encuentro supone un cuestionamiento radical de la concepción de la vida y el mundo que tenían antes los protagonistas. Como si abriesen los ojos más allá de una fe limitadora. Ahora saben. Y deciden. El gesto sorprendente es que vuelven. Cuando creen que han descubierto una vida nueva, en lugar de, egoístas, seguir adelante, vuelven atrás a liberar a sus antiguos compañeros (de celda) para que compartan con ellos la felicidad de su descubrimiento. 




2) Más oscura que Tiburón, Orca, la ballena asesina es una película dura y triste. Al contrario que en la anterior, Anderson ataca aquí al individuo, al egoísmo del hombre común que olvida que comparte el planeta con otros seres; otros seres, como las ballenas, harto más majestuosos y libres que nosotros. Empieza la película con una declaración de principios: la orca mata a un gran tiburón blanco. Es decir, Tiburón es una cosa, nosotros otra. (El discurso metacinematográfico es anecdótico, de todos modos, y acaba ahí).

El argumento es sencillo: Richard Harris mata a una orca hembra. Cuando la izan al barco, cae muerto el feto que llevaba dentro. Viscoso, cae sobre la cubierta el cuerpecillo ante los ojos del padre, testigo directo, que decide vengarse, seguir al barco hasta hundirlo en la miseria. Al final, la ballena conduce a un monomaníaco Richard Harris al helor de las aguas del norte. Sabe que ahí el hombre juega en desventaja. Que el hombre es un ser minúsculo e indefenso es un hecho que se desprende con naturalidad de las imágenes del último tramo de la película. Esas tomas de los exteriores inhóspitos enfatizan el desequilibrio entre el hombre y la naturaleza.

Ver las películas en ese orden es ponerse triste. Cuando creíamos, en la primera película, que el ser humano ya era libre de las ataduras del Estado, vemos en la segunda que hay unas ataduras, consustanciales al ser humano, de las que jamás podrá librarse. Richard Harris enloquece él solo. La crueldad mana del fondo de sí mismo. No hay Estado alguno que criticar aquí.

Vemos así las películas, y no sabemos si existe la esperanza de mejora.

viernes, 25 de mayo de 2012

Ladies & Gentlemen... Ms. Dolly Parton

Hay canciones, como hay películas y poemas, que no pierden la frescura de la novedad por veces que las escuches. No hay manera de agotarlas.
En un capítulo de Padre de familia, Stewie reta a Brian a enumerar no sé si veinte o treinta canciones cuyo título sea un nombre de mujer. El perro acepta y, sin inmutarse, muy rápido, acaba la lista.

Después de esta escena no es difícil que nos entren ganas de hacer lo mismo y enumerar todas las canciones que conozcamos con nombre de mujer. Una de ellas, "Jolene", de Dolly Parton, es de las que, como decía al principio, no pierden la frescura de la novedad. Quizá la más famosa de sus canciones es "I Will Always Love you"; canción que, muchos años después, frente a un público masivo, Whitney Houston habría de llevar a límites insospechados de sofisticación y delicadeza. Sin embargo Parton, también conocida como la Reina del Country, escribió "Jolene", mucho menos conocida, pero de una inesperada carga conmovedora. 

En la canción pide que la tal Jolene no le robe el novio. Que ante su belleza aplastante ella nada puede hacer. Que tenga piedad por ella y le deje estar con el hombre al que quiere. Que Jolene, con toda la hermosura del mundo a cuestas, podrá conseguir siempre al hombre que desee, pero ella, incapacitada para esa clase de competiciones, sólo tiene a uno, a éste. Que por favor. Que no lo haga. Que no.

Vemos en toda su crudeza lo que hace el desamparo. El miedo ése tan comprensible y extendido a que venga otra persona y nos robe lo que amamos. El miedo a entrar en lo que podríamos llamar la inmensa cúpula de la soledad y el dolor. La cantante, consciente de sus limitaciones, se sitúa en un plano de inferioridad con respecto a la rival. Le pide clemencia. Le pide que entienda que ella está inerme ante su figura encantadora. Que está debilitada. Y la verdad terrible de estas cosas: Mi felicidad depende de ti. ¡Ah! Estar a la merced de tus verdugos. De eso está hablando (o cantando) Dolly Parton. Es el canto de alguien indefenso y acobardado por la presencia de un rival amenazante. De un rival que acecha el amor de una vida. Esta canción nace del tan comprensible miedo a la pérdida.

Yo, la verdad, no sé si esto es cursi o no, pero no logro cansarme de la canción. De lo inusual de su mensaje. De lo natural que es su miedo y su plegaria. Claro que sí.

(El alienígena Roger, de la serie American Dad, canta el principio de esta canción, en un capítulo, como forma de autoestímulo. Él es así).

lunes, 14 de mayo de 2012

Por qué el anterior es un texto menor

Entre otras cosas, porque se queda a medias. Está como suspenso en un lugar indeterminado, entre la seriedad y la ironía, pero sin ser del todo ninguna de las dos. Se escribe desde la seriedad o desde la ironía (esta última siempre es más poderosa y heridora), pero no picoteando de una y de otra sin acabar de posicionarse. Critico la idiosincrasia de los personajes y la horrible prosa del escritor, pero ya está. Hay citas aún más ilustrativas al respecto que las dos que incluyo. Además, no resumo el argumento. No aporto tantos datos como debería para justificar que el único placer que podemos obtener de la lectura de Eldorado es el de la burla. No comparo (aunque tampoco es necesario), el libro con otros libros parecidos. (Cosa que hubiese sido útil: por contraste veríamos cómo y hasta qué punto flojea la novela). Me quedo, otra vez, a medias. La frase "Es todo muy ridículo", en el contexto en que la uso, es también muy ridícula.

Otro detalle cuestionable es el hecho de escribir un texto con el único objetivo de criticar (negativamente) a un escritor. (Que es lo que hice). Por mucho que se trate del mismísimo Sánchez Dragó, escribir con esa intención carece de toda ética. Bueno, quizá no carece de toda ética, pero tampoco transpira una actitud demasiado constructiva.

El final abrupto no ayuda a mejorar el texto. Acaba tan de repente que las pocas ideas que hubiesen podido arraigar en la mente lectora quedan diluidas por la incoherencia interna del texto.

sábado, 12 de mayo de 2012

El verano no se lo merece

¿Por qué un texto sobre Fernando Sánchez Dragó? No hay un gran motivo, la verdad. Siempre me ha parecido un personaje curioso. Cae mal pero nadie lo ha leído. Es criticado pero nadie lo ha leído. Esto se debe, seguramente, a que él mismo se ha encargado de convertirse en un showman televisivo. Un showman televisivo y tendencioso, tergiversador de la realidad, que no deja escapar la más mínima oportunidad para hablar bien de sí mismo en su propio programa de entrevistas, invadiendo el espacio del entrevistado, y promotor de lo que el crítico Ferran Monegal ha llamado, desde hace años, "sifón", es decir, la nada; una nada molesta y agresiva en su forma, pero nada al fin y al cabo. Esta faceta de su personaje ha eclipsado al escritor y ensayista, y lo que percibimos de él, la opinión que tenemos de él, se debe principalmente a lo que de él vemos en la tele. No a su obra. Yo mismo, por ejemplo, empecé a frecuentarlo cuando presentaba Negro sobre blanco. Recuerdo la entrevista que le hizo a González Ledesma, para mí la mejor, y la que, con el tiempo, se ha convertido, gracias a Youtube, en un pequeño gran éxito: la entrevista a Alejandro Jodorowski. Por fin, después de leer Eldorado, puedo decir algo sobre él.

A ver, sobre esta novela... El único placer que podemos obtener de su lectura es el de la burla. La voz y la actitud del narrador provocan unos incontenibles ataques de hilaridad. Ejemplos:

"Ya en su borde [el de la playa] salté, hice una pirueta en el aire y de una sola zambullida me bebí el Mediterráneo. Me apoderé de la antigüedad de su fábula.Me convertí en sangre de su sangre. Viví la evolución de lo creado. Toqué el venero del ser. Reconstruí la Historia".

(Hay otros ejemplos aún mejores).

Otro (un diálogo con su novia de verano):

"-Sí. Y te amo. ¿Lo notas?
-Lo noto. ¿Estás algo trompa? A lo mejor confundes la borrachera con el vacío.
-Es posible. Soy un idiota. Pero eso sí: de Dostoyevski".

Madre mía.

Tres temas o ejes vertebran la conducta del narrador y su amigo, Julio: el alcohol, las mujeres y la despreocupación propia de la adolescencia. La visión romántica de la juventud y la despreocupación idealizada de la vida se suman a la arrogancia y al machismo de su actitud. En ocasiones, cuando describe -mal- las escenas de sexo, habla de "portarse como un hombre" y de que la "impudicia es natural en la mujer". Y no hay rasgo alguno de ironía en estos pasajes. Dragó no quiere denunciar una concepción retrógrada del mundo. Simplemente es así. El narrador no duda nunca de nada. El texto no nos ofrece argumento alguno para que deduzcamos que si sus personajes son así es porque quiere criticar o parodiar o cuestionar esas actitudes. Al contrario: se vanaglorian de ello.  

Sus descripciones, por otra parte, no crean imágenes nítidas en nuestra mente. Contradictoriamente, se ven menguadas por el abuso innecesario de adjetivos. El barroquismo cansa y acaba siendo contraproducente. Salpicado de referencias veladas pero fáciles de identificar, el texto quiere ser una celebración de la vida y de tópicos peligrosos como el carpe diem. De ahí la cursilería de muchas escenas y diálogos. Es todo muy ridículo.

Creía que Eldorado tendría algún tipo de relación con la ciudad mítica que encandiló a Lope de Aguirre. En la novela de Dragó Eldorado es un bar donde les fían en verano. Eso es todo.