viernes, 17 de agosto de 2012

Alguien que escribe es un funambulista

Hace tiempo escribí esto en una de las primeras entradas del blog:

si la intención es no aburrir, el añadir imágenes [a un texto] no es la solución adecuada. Hay que seducir al lector. Y hay que hacerlo mediante la escritura. Hay que trabajar la prosa; trabajarla a fondo hasta que el lector no pueda escapar. El correr de las palabras tiene que ser suficiente para mantener atento e interesado al lector.

Escribir es avanzar por una cuerda suspendida en el vacío. A ambos lados de esta cuerda levitan dos polos tentadores. Esta dualidad hace que el movimiento de la escritura en ocasiones no sea recto sino que oscile, o en mi caso oscile, entre los dos polos, debilitando la personalidad de la escritura (si es que la tiene) con esa indecisión. A veces he cedido a los peligros encantadores de un polo, y a veces a los del otro. En cualquier caso, no he conseguido avanzar sino que me he caído.

El polo A consiste -en mi caso- en una escritura plagada de adjetivos y adverbios. Dicha sobreabundancia tiene una explicación (pelín vergonzosa): el razonamiento es que contra más adjetivos y adverbios, más color. Soy partidario, como dice el parrafito en cursiva de hace unos instantes, del color y de no aburrir a nadie. También soy partidario de trabajar bien el lenguaje. Pero he confundido una cosa con otra. He creído que una escritura rica y viva es igual a la presencia chillona, conspicua, llamativa de adjetivos y adverbios. Presencia que por sí misma no garantiza nada (acabamos de ver un triple ejemplo). En muchos casos, en muchos de los textos que he escrito, ha perjudicado su valor global. ¿Por qué? Porque no los he utilizado cuando eran necesarios sino como capricho. Para encandilar. He creído que sin el color del adjetivo ni el matiz del adverbio mis textos perderían, y se convertirían en artefactos endebles. Leer a Rafael Pinedo o a Juan Rulfo, por ejemplo, nos enseña que despojar nuestra prosa de adjetivos es el fruto de un trabajo de exfoliación radical del lenguaje, y que no hay menos color ni fragancia en ese gesto.

El temible polo B es la tendencia, la molesta tendencia que he desarrollado, con el tiempo, a escribir frases largas en las que, como puede empezar a ocurrir a partir de ahora mismo, un lector normal pierde el referente original, el referente primero, y se aleja asustado y desorientado por no entender el significado de estas frases serpenteantes que podrían haber acabado hace mucho -como ésta, que podría haber acabado después de "frases largas" y que hace ya un buen rato que no aporta nada útil y que lo único que hace es contribuir a lo que normalmente llamamos, con acierto, "marear la perdiz"-, que dicen poco y que, en general, podrían decir más con menos palabras y menos cláusulas fastuosas y confusas (absolutamente innecesaria para la frase el contenido entre guiones, pero un poco sí para ilustrar lo que denuncio), y podrían aburrir menos y rezumar un aroma de humildad en lugar de tanta y tan ofensiva soberbia, que siempre o casi siempre se esconde en los recovecos más recónditos de este tipo de frases tan horribles.


(Perdón por lo que acabo de hacer).


La manía de la frase larga puede molestar menos. No pasa nada, creemos, si nos perdemos un poco mientras la frase sea bonita. Al fin y al cabo, la puedo releer. Pero no estoy de acuerdo. Creo que si abrazamos con fuerza cualquiera de los dos polos, la prosa perderá su vocación de abrazo y se convertirá en un empujón callejero. Un poco cutre, esto, pero no por ello menos cierto.

Hemos de mantener el equilibrio para poder avanzar.

El esfuerzo de la reescritura es la barra que sostiene el funambulista para no caer hacia los lados.  

sábado, 4 de agosto de 2012

Interrogantes sin solución posible

Como en Rolling Thunder, como en Foxy Brown, como en Death Rides a Horse, la historia en Cambalache gira en torno a una venganza. El caso es que asesinan a Robert De Niro por grabar una cinta comprometedora; cuando se entera su hermano, sale implacable de caza.


Todos sus movimientos supuran obsesión vengadora. Como desconfía de la policía, una policía corrupta e intimidante, hace las veces de detective privado; y como en las mejores novelas negras, debe reconstruir el caso de fin a principio, interrogando al pequeño círculo que rodeó a su hermano, hasta conseguir no el dinero por un trabajo bien hecho, sino la oscura satisfacción de la venganza cumplida.



El hermano sale de la cárcel diez años después del asesinato de De Niro. Ya llevaba, no obstante, dos años preso cuando mataron a su hermano (aunque no sabemos por qué). Por su carácter y por la condena tan larga podemos deducir que lo llevaron preso por asesinato o robo a mano armada. Pero sólo son conjeturas. Ese interrogante que nos abren en la mente no tiene respuesta. Por tanto es ilimitado y podemos recrear en nuestra imaginación de espectador (creativo) la posibilidad de que los hermanos vengan de una familia desestructurada y herida por la pobreza (hay referencias directas a la madre pero no al padre); de que el hermano mayor se sacrificase y llevase una vida dura y sufridora -como la madre-, mientras que el menor ceñía su vida a los estudios y al buen hacer.

Sin embargo, este desequilibrio no crea rivalidades u odios; el hermano, después de pasar una eternidad memorizando los barrotes de su celda, sale con una única obsesión: vengarse. Y se venga por su hermano y por su madre para enderezar algo que jamás debió torcerse, arrastrando un granítico sentimiento de culpa. Y se venga con toda la carga de ambigüedad moral que ello conlleva: por un lado está bien porque su hermano fue asesinado y en eso hay un cierto punto de justicia moral y heroísmo; pero, por otro, lo que quiere es matar. 

Son huecos que nosotros podemos llenar con nuestras suposiciones. Lo que está claro es que los bajos fondos, lo que se suele entender por bajos fondos, no residen en la familia de De Niro, sino en las altas esferas culturales de la ciudad. 

Otro interrogante que flota escurridizo en nuestra mente es el pasado de la chica. En su papel de investigador, el hermano mayor conoce a una chica que había estado con De Niro en una relación informal. Una chica que, diez años después de su asesinato, sigue dejando flores, cada martes puntual por la mañana, en la tumba del que había sido sólo su ligue. De inclinaciones saludablemente salaces, ella había actuado en alguna película pornográfica de De Niro. Ese es el rastro que sigue el hermano. Cuando al fin se conocen, la chica ayuda al hermano con una fidelidad inexplicable, con un entusiasmo de amor que sólo se entiende por una vida perdida por la agresión y el desamparo. Como pasa con Cristina Ricci en la excelsa Buffalo '66, lo ignoramos todo de ella y no podemos saber por qué sigue dejando tristes y poéticas flores en la tumba de un ligue, por qué ayuda al hermano -quebrantando gravemente la ley-, por un caso de hace demasiado tiempo, y por qué siendo tan joven y guapa vive sola y sin nadie a quien acudir.

Son vacíos argumentales. Estimulantes vacíos argumentales.

Y todo esto es mejor que el discurso metacinematográfico (superficial) de la película; mejor que los saltos temporales que construyen la historia; mejor que el ritmo progresivamente tenso; y mejor aún que la conmovedora escena final (con la insospechada muerte del hermano vengador) y algunos planos fijos -como el de la terraza y la sombrilla-, que parecen rendidos homenajes a la luz del verano. ¡Y será cursi decirlo pero esos interrogantes crecen libres en nuestra mente como las flores en primavera!