sábado, 1 de septiembre de 2012

Un poquito de pasta al pesto

El spaghetti western es un género propenso a la excelencia. Osado empezar así un texto, sí, pero si pronunciamos el nombre de Sergio Leone podremos afirmar lo anterior sin miedo a hacer el ridículo. Y si añadimos, al de Leone, los nombres de Sergio Corbucci, Giancarlo Santi, Giulio Petroni, Tonino Valerii, Romero Marchent o Sergio Sollima podremos afirmar con más fuerza aún que el spaghetti, ahora sí, es un género propenso a la excelencia.


Nace deslumbrante y tremendo (por decirlo con palabras de Whitman), a principios de los sesenta y se extiende hasta finales de los setenta. Los héroes que pululan por las llanuras violentas y esquemáticas del género son, en general, forajidos o mercenarios, no se afeitan, son feos, están sucios y se llaman Django, Keoma, Sartana, Trinidad o simplemente no tienen nombre. Los actores están lejos del prestigio de John Wayne o James Stewart; se llaman Lee Van Cleef, Franco Nero, Terence Hill, Gianni Garko, Giuliano Gemma, etcétera.


Es un magma cultural. Un magma que se ha enfrentado a sus precursores a sabiendas de que John Ford, Delmer Daves y compañía son lo que, en la jerga propia de la crítica literaria, y más en concreto en la de Harold Bloom, llamaríamos ‘poetas fuertes’. Han leído bien a sus precursores y no se han dejado anular por el peso abrumador, aplastante de sus influencias. La ansiedad de la influencia está bien digerida y asimilada por los maestros del sub-género. Esa ansiedad, dice Bloom, es “el resultado de un acto complejo de malinterpretación fuerte”; y esa malinterpretación se deriva de una profunda lectura “idiosincrásica y ambivalente” de los precursores. Así hicieron Leone y Corbucci y los demás. Películas como Mi nombre es ninguno o la primera escena de Voy, le mato y vuelvo demuestran las intenciones nada inocentes de estos directores que, conscientes de lo que hacían, cogieron al western clásico, lo apearon del tren y tomaron su asiento. 
            De todos modos, como en todo ámbito, si bajamos, curiosos, a las catacumbas del sub-género, veremos, antorcha en mano, que ahí abajo hay de todo. Desde películas lentas pero sólidas, con un personaje central fuerte, como Buen funeral amigos, paga Sartana, de Anthony Ascott, hasta el equivalente cinematográfico a un buen montón de humeante estiércol como El Kárate, el colt y el impostor, dirigida por Antonio Margheriti y protagonizada por el legendario pero inexpresivo Lee Van Cleef (como inexpresivos son también Stallone, Bronson o, aunque en menor medida, Eastwood). A Lee Van Cleef, sin embargo, le venían como anillo al dedo los papeles que interpretaba: personajes graníticos, de mirada férrea y carcomidos hasta el fondo por el odio o la venganza. Tipos que en definitiva no iban de pueblo en pueblo celebrando la vida a base de brincos y entonando felices y despreocupadas melodías como en Siete novias para siete hermanos. No. Eran tipos duros que querían matar. Alejado de su (único) registro, en esta película vemos la peor interpretación del actor.
           
No obstante, Spinoza dijo: “…no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos”. Invierte el orden natural (presuponemos), de las cosas. Es decir: primero se da el hecho irracional, subjetivo, de que algo nos guste o no, y luego la racionalización o argumentación crítica de por qué ese algo nos ha gustado o no y la consiguiente consideración de si es bueno o no. Sería estupendo que sólo gustáramos de lo excelente. Y nos gusta. Pero a veces nos gustan las cositas imperfectas (ya sea por sus imperfecciones o porque son imperfecciones que no necesariamente hunden el conjunto de la obra). Claro que Spinoza no se refiere al arte, pero esta frase ha alumbrado, desde que la leí, mi manera de entender y valorar la cultura. Así, puedo contradecir, pues, el juicio que acabo de hacer sobre la película de Margheriti. Me ha gustado y por eso es buena. No. A ver: es floja. La dirección es torpe y descuidada. Pero a mi juicio hay tres elementos que la hacen salvable: el Reverendo; la evolución de la amistad entre Lee Van Cleef y Lo Lieh (co-protagonista de la película); y la presencia de lugares comunes de géneros a priori antagónicos como son el spaghetti, la comedia y el cine de artes marciales.
            El marco histórico, geográfico y estético es del spaghetti; Lo Lieh y sus acrobacias provienen del cine de artes marciales; y el humor (muy cuestionable, en ocasiones), viene de donde viene. El argumento es sencillo: el resumen del resumen sería: Lee Van Cleef y Lo Lieh van en busca de un tesoro que el tío de éste escondió antes de morir. Precavido, el tío le dejó cuatro pistas a su sobrino para que pudiera seguir, el día que fuera necesario, su particular camino de baldosas amarillas, por así decir, hasta el tesoro familiar. Las pistas –atención- están tatuadas en los nalgatorios –en los soberanos culos-, de cuatro mujeres del pueblo. De lo que se deduce que: reunidas las pistas, hallado el tesoro. Ése es el punto de partida.



La comedia es la aportación más debilitadora de la película. En una ocasión vemos a Lee Van Cleef parodiando el acento chino, en una escena lamentable que no tiene gracia y que molesta (o entristece) a los entusiastas del actor. En otra, le vemos balbuceante y patoso por el alcohol (en una pésima interpretación). Tanto el actor como el director parecen conformarse con esas chapuzas. En otra ocasión vemos en un plano fijo a Van Cleef hablando con Lo Lieh, pero éste está fuera de plano. No percibimos complejas intenciones artísticas en este detalle. ¿Cómo lo sabemos? Porque uno de los caballos, ignorante, dada su naturaleza animal, de estar protagonizando una película, decide revolcarse y refocilarse en las aguas estancas y presumiblemente frescas del río, a su aire, robándole todo el protagonismo a la conversación que por otra parte, como digo, está teniendo lugar tan sólo parcialmente dentro de plano. Es involuntariamente gracioso. Otro ejemplo de la dirección diríase impaciente o poco esmerada de Margheriti está en la escena de la lucha final. Lo Lieh, desafiando las duras leyes de la gravedad, salta, hacia atrás y de abajo a arriba, un muro de unos tres metros. Rebobinando la cinta consiguieron el efecto saltarín. Un poco chusco, la verdad. Pero mejor parar aquí los dardos.


En una entrevista dijo Tarantino que la gracia del cine de serie B es que logra cautivarte. Antes de que uno se dé cuenta, ya está inmerso en la película. Claro que eso depende de la sensibilidad de cada uno, de sus afinidades y sus gustos, pero sin duda es el caso, pese a lo dicho hasta ahora, de El kárate, el colt y el impostor. A medida que avanza la historia nos sentimos cada vez más cómplices de los protagonistas, gratamente seducidos por la creciente intriga de saber a dónde les llevará el hilo de sus aventuras.
            Vamos a los elementos salvadores. El personaje mejor dibujado de la película es el perverso reverendo que persigue a la pareja de amigos. Vocifera citas aleccionadoras de la Biblia con la intención de imprimir una moralidad edificante a sus convecinos. Acto seguido, mata a las lúbricas, salaces prostitutas del saloon. Creíble, representa a la perfección lo que Edward Said, en Humanismo y crítica democrática, llamó “todo lo intolerantemente inhumano e insosteniblemente obcecado que se puede llegar a ser”. Además, enloquecido, obseso, se pasea por el pueblo con una iglesia móvil arrastrada por media docena de caballos. Cristalino ejemplo, pues, del inflexible fanatismo religioso occidental.
            Otro elemento salvador es la amistad, como decía, de Van Cleef y Lo Lieh. La veloz evolución del odio a la amistad es inverosímil, pero bueno, lo inverosímil también asoma las patitas por los pequeños intersticios de nuestro día a día. De trasfondos y educaciones opuestas, se complementan unidos, al principio, por el deseo compartido de encontrar el tesoro, pero acaban por superar sus intereses individuales unidos, al final, por la inesperada y honesta amistad que crece entre ellos. (Al fin y al cabo, “Relación es la verdadera sustancia del ser”, dijo Ernesto Cardenal en un poema).
            El último elemento salvador es más delicado. El cruce de registros en sí mismo no es nada. Es cierto que las escenas de lucha son poco convincentes. Y que hay momentos en que el humor asquea. Y que no es el mejor ejemplo de spaghetti western, pero creo que hilvana bien los registros particulares de cada género. La transición de un género a otro, de los tópicos de uno a los tópicos del otro no es la cosa más fluida del mundo, ni más natural, pero no vemos que hayan escenas enteras metidas con calzador. Las patadas de Lo Lieh tienen sentido. No es que le veamos aprovechando su talento de luchador para apagar velitas. Irregular y en general mala, el gesto de aunar voces tan diferentes en una película es, o para mí es, cautivador y digno de elogio.


Conclu: Los dos primeros elementos salvadores tienen consistencia suficiente para hacer de chaleco salvavidas. El tercero quizá no.


Conclu de la conclu: Con esta película parto de la base de que me ha gustado. Desde ese a priori, he reunido argumentos para poder defender su valía y justificar el hecho subjetivo e irracional de que me haya gustado (aunque en el fondo la juzgue mala). Spinoza dice que lo que nos gusta es bueno. Aplicado al arte, el argumento admite discusión: de haber seguido esa máxima, tendría que haber obviado los descosidos de la película y haberme centrado únicamente en lo que estoy llamando sus elementos salvadores. ¿Puede la crítica, pues, ser el arma que utilizamos para defender, argumentos mediante, aquello que nos gusta aunque nos parezca malo? ¿Está bien que la entendamos así? Porque, si somos incisivos e imparciales, ¿no tendríamos que pulverizar las obras menores o muy menores que nos gusten? ¿O es lícito utilizar la crítica, como he hecho hoy, para intentar aislar, entre la maraña de desperfectos, ese ‘algo’ que nos cautiva de una obra, aun admitiendo sus fallos, sólo porque queramos blindar esa obra ante otras críticas más objetivas y heridoras? En este caso estamos ante una crítica subjetivista y parcial, ¿pero será válida si asume esos preceptos como sus principales vías rectoras? ¿Ante una mala obra, no debería primar la evidencia de su poquedad antes que los intentos del crítico por salvarla? Muy posiblemente. Pero tampoco veo crimen alguno en el hecho de aislar, como he dicho, de entre la maraña de desperfectos, ese 'algo' que nos cautiva de una obra con el fin de salvarla del naufragio.