miércoles, 14 de noviembre de 2012

Entre amigos

The Iron Butterfly, el grupo de música rock de finales de los sesenta, tiene un nombre que podríamos adjudicarle cariñosamente al gran poeta Jorge Riechmann: él es la mariposa de hierro de nuestra poesía. Libro a libro lo vamos viendo: ha fundido poesía y ética en una voz personal e inquebrantable. Ese es el material del que están hechos sus libros.
            En ocasiones, sin embargo, la ética desplaza la poesía de la que sabemos, por otra parte, que es perfectamente capaz. En Poemas lisiados, su último libro publicado por La Oveja Roja, encontramos lo que ya vimos en El común de los mortales: a un poeta que cede demasiado terreno, a veces, a la ética. Gesto necesario, bienintencionado y refrescante, pero pernicioso para la poesía si no se mantiene el equilibrio. Si es, pues, irregular, lo digo por dos motivos: primero porque el regusto a poema demasiado simple, fácil (que no sencillo), empieza a no ser raro en su obra, y, segundo, porque leer su último libro es como reencontrarse con un viejo amigo (que no tiene nada realmente nuevo que contarte). Los que gustamos de su poesía sabemos lo que encontraremos; volveremos, una vez más, a leer al poeta que tanto nos gusta, pero ya sin la sorpresa de las primeras veces (en mi caso, El día que dejé de leer EL PAÍS y Muro sin inscripciones), y sin la admiración que nos despertó la singularidad de obras como Rengo Wrongo (de los mejores poemarios del siglo XXI), o Conversaciones entre alquimistas.



Vicente Luis Mora dejó escritas sobre Riechmann algunas cosas con las que siempre estoy de acuerdo: “La radicalidad de su planteamiento sólo es parangonable con su exigencia estética”, o “no sacrifica la estética por la ética”. Y así es. Pero, de todos modos, en algunas páginas de sus dos últimos libros no podemos afirmar lo anterior.  Algunos poemas nos dejan un regusto amargo: sabemos que el autor está dotado de un hondo calado poético capaz de abrir nuestros ojos, de hacer temblar nuestra emoción. Entonces, algunos poemas que no quiero citar están bien pero ya los hemos visto. Y los hemos visto sanos y fuertes en otras ocasiones. Hablo de algo parecido a lo que le pasa al (ya insalvable) Leopoldo María Panero.

Los poemas más cortos de este nuevo libro contienen más cantidad de poesía que los largos (que siguen siendo cortos). Lejos de las metáforas ilógicas, Riechmann escribe siempre con los pies en el suelo. La segunda parte de Poemas lisiados trata sobre el amor. Un amor siempre presente en su poesía: el amor por el ser humano y por el planeta en que surgió.

Como digo, que haya en este libro una carga ética intachable (al menos desde una perspectiva izquierdista y ecologista, como es el caso), no quita que la carga literaria se vea inevitablemente trastocada en algunos poemas. Que esos poemas –que prefiero no citar- estén llenos de razón y de un sentido común precioso y necesario, es una cosa; que funcionen como poesía es otra. Por muy de acuerdo que estemos con los poemas riechmannianos no podemos eludir una realidad: en sus últimos libros hay –me jode decirlo- goteras. ¿Por qué? Porque, como ya he dicho, aunque estemos de acuerdo con él, ya no hay nada nuevo en muchos casos (los hondos haikús de este libro tampoco son novedad), y porque a veces sus poemas se convierten en meros enunciados. No basta con estar de acuerdo con la voz de un gran poeta. Repito: me fastidia decir cosas parcialmente negativas de uno de los mejores poetas de este siglo XXI, pero me ha sorprendido leer tantas (no sé si siete u ocho) reseñas completamente elogiosas, que no tienen en cuenta el ritmo puntualmente bajo de algunos poemas donde la exigencia estética ha descendido. Sé que hay muchos poetas que no varían nada o casi nada de un libro a otro y sin embargo son excelentes, como Roger Wolfe o David González o Marcos Canteli, donde la variedad es menor que en Jesús Aguado, por ejemplo, que nos sorprende siempre con nuevos y luminosos quiebros en su voz, pero si no se mantiene el nivel de excelencia del que un autor es capaz, si “cedemos a la pereza” creativa (entrecomillo la frase porque es de Riechmann), entraremos de lleno en la dejadez. (Nadie mantiene siempre el mismo nivel de excelencia, claro; imagino que es prácticamente imposible ser regular en eso, pero me refiero a que, cuando se repite, de manera simplona, el poema informativo o de simple contraposición maniquea de dos realidades, el gesto del lector suele ser encogerse de hombros. Mala señal).

Así, aunque (a mi juicio) Riechmann no es tan potente en este libro como lo es en otros, basta leer poemas como el que empieza “En mis manos / apenas un leve rastro de tu aroma”, o la mayoría de los haikús, o el que empieza con la imagen de un avión pudriéndose en el frío lecho del Atlántico (que nos trae rápidamente a la cabeza el verso de Hart Crane: “El fondo del mar es cruel”). Si alguien ahí fuera no ha leído sus mejores libros, que imagine lo que es que a cada página le asalten perlas como estas. O como otras que no olvido como “los ya vacunados contra el papanatismo”, o la petición “sembrad jardines”, o la confesión: “Hay demasiado de mí en estos poemas”. No se olvidan estos versos.
            Bueno. Stanley Donen dijo que hacer cine está bien incluso cuando está mal. Y Bolaño dijo de Philip K. Dick que hasta cuando era malo, era bueno. Podríamos fundir las frases anteriores con la mariposa de hierro Jorge Riechmann en mente.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El tipo uniformado dijo chop chop chop

Uno de los antecedentes cinematográficos, por así decir, del Coronel de las SS Hans Landa (interpretado por Christoph Waltz en Malditos bastardos), está escondidito en El pasaje, película del año 79 dirigida por J. Lee Thompson. El nazi precursor –el nazi Padre, podríamos decir- es un furioso capitán de las SS. Va en busca de un profesor (James Mason) y su familia, miembros de la Resistencia francesa. La intención es matarlos porque él es nazi, un buen nazi, y eso es lo mejor que hacen los nazis: matar. La única desventaja que tiene con respecto al nazi de Tarantino es que su objetivo, sus víctimas, cuentan con la ayuda de un guía vasco (Anthony Quinn), para escapar hábilmente por los Pirineos. La otra desventaja es que no es tan sagaz como Landa.

El nazi de Lee Thompson está interpretado por Malcolm McDowell. Por La naranja mecánica y Calígula sabemos que se mete con toda naturalidad en los personajes más desequilibrados e histriónicos. Con El pasaje corroboramos, una vez más, la capacidad que tiene el actor para transmitir locura y violencia con su mirada y sus gestos, con su tono de voz. Poseedor de una crueldad ilimitada, el personaje de McDowell hace honor a su bello uniforme y elimina todo lo que se interpone entre él y sus víctimas. Nada teme. Menos metódico y riguroso en su búsqueda que el Coronel Landa, menos intelectual, podríamos decir, se deja llevar por su instinto perruno para olfatear el rastro de sus víctimas (de ahí que llegue a esas dosis espantosas de crueldad en los interrogatorios). Pienso en la escena de la tortura en la cocina, en el interrogatorio al mostachudo gitano del pueblo, en la firmeza de su pulso al disparar por la espalda a un compañero de uniforme.

Lee Thompson tiene un talento especial para las escenas de tortura. En esa escena, la de la tortura en la cocina, vemos al nazi en todo su esplendor, regodeándose y regocijándose ante su víctima. Divirtiéndose como un niño. Tiene el control total. Domina la situación y hace lo que le place. Ha establecido, pues, la jerarquía necesaria entre dueño y esclavo; jerarquía que le permite bromear y fantasear con recetas culinarias mientras tortura psicológicamente al prisionero. Es el amo absoluto. La tortura física vendrá después. Las honduras de su crueldad: a eso se enfrentan el médico, su familia y el guía. No al frío ni al hambre de la soledad entre montañas.



En The Evil that Men Do -(mal) traducida al castellano como Justicia Salvaje-, Thompson abre la película con la escena de la tortura. Ahí, a diferencia del nazi McDowell, el torturador no está solo. Delante de él están sentados sus alumnos. Los pequeños aprendices de torturador. Vemos las dos caras de la misma moneda. En la primera escena la tortura es una diversión macabra y privada; una manera de sacar información, sí, pero solo hasta que la información se obtiene: después, que veamos al nazi cortando dedos humanos, con un enorme cuchillo de cocina, mientras canturrea chop chop chop, quiere decir que aquí lo que pasa es que las fronteras entre lo racional y lo irracional se han desdibujado para siempre. Es la violencia por la violencia. Como sabe que puede, lo hace.

En la otra escena, en cambio, no desaparece lo racional. Se delimita todo muy bien. Hay un profesor y unos alumnos. Un método y un rigor. Un propósito. Hay una lógica del horror en esa escena; no así en la de El pasaje, que no tiene lógica: tiene sólo crueldad y ensañamiento. Tiene locura. Son dos lecturas de la tortura, de la maldad humana, diferentes pero complementarias.

Mientras tanto, el médico y su familia, guiados por Anthony Quinn, avanzan como pueden por los pasos entre montañas. Tienen frío, hambre. Tienen miedo. La frontera –que es donde tienen que llegar- está cerca pero más lo está el nazi.

Es un relato de odio y supervivencia, de terrores e injusticia, de cobardía y coraje; un relato inmerso en unos exteriores parecidos a los de Cut Throats Nine, película conocida por muchos como el western más gore de la historia. Rodadas, ambas, en el Pirineo aragonés, ofrecen un paisaje gélido y agresivo para el hombre que no hace sino menguar la fuerza y el tesón de los personajes, y agudizar su instinto de supervivencia. Es decir: como ocurre en tantas otras películas, el paisaje es aquí un personaje más. Pero esta vez es ambiguo. En otras palabras: letal y salvador a la vez.

El único aspecto renqueante de El pasaje es la escasa iluminación. Tan débil que a veces cuesta distinguir la expresión facial de un actor. Como contrapunto, el uso excelente de la música. El director no ha querido utilizarla únicamente como realce en las escenas más emocionantes, o para sacarnos la lágrima fácil (no tiene vocación de película lacrimógena), sino para crear una atmósfera más rica y llena de significado que si no la hubiera añadido.

Para terminar, una advertencia. En Filmaffinity encontramos una crítica de esta película. Una crítica corta (como las entendederas de su autor o autora), que es mejor no leer. El porqué de esto no es complicado. Dice el texto que el final es alucinógeno y delirante (todo en el mal sentido, claro). Lo que no parece advertir es que si es así es por una cuestión de orden fisiológico: la falta de sangre hace delirar al nazi. Nada de cutrerío. Esas imágenes son como son, borrosas y confusas, rodadas cámara en mano, porque el director nos hace ver y sentir la realidad de esa situación desde el punto de vista del capitán moribundo de las SS. Pero eso no lo dice el texto de Filmaffinity. Dice otras cosas: por lo visto, los personajes sufren una evolución inverosímil. Sin embargo, inverosímiles son las conclusiones a las que llega el mentado texto, no los personajes de la película. Porque uno de sus ataques es Quinn, el guía vasco. Pero si empieza la película siendo un pastor de ovejas para acabarla siendo un intrépido guía salvador, no debe extrañarnos. Acaba de sobrevivir a una guerra civil devastadora. Normal que no se arrugue ante las armas. Normal que tome partido por la Resistencia. Normal que sepa cómo se mata a un hombre que les quiere matar. Él no es el simple pastor de ovejas que nos pinta la reseña; es, como digo, alguien que ha sobrevivido a una guerra civil. En fin. Un texto, este de Filmaffinity, a evitar a toda costa. Porque no argumenta nada de lo que sostiene, ni parece haberse parado un momento a pensar el porqué de las escenas que critica.