sábado, 30 de marzo de 2013

Primero, Fante

Recupero otro texto perdido. Ocasionalmente cursi y demasiado corta, la reseña de la novela de John Fante salió en Praga. Me quedé en la superficie de las cosas, incapacitado para bucear un poco más hondo. Ahí va.


Pero quién es John Fante, quién lee a John Fante, de dónde sale este individuo. Típicas preguntas, me imagino, del mainstream literario hasta que la muerte y Charles Bukowski redescubrieron su obra a principios de los ochenta. Dijo su nombre tímidamente escribiendo guiones en Hollywood, con lo que logró sobrevivir algún tiempo en la oscura Los Ángeles. Pregúntale al polvo, de 1939, es su libro más aplaudido, el segundo de la tetralogía protagonizada por su alter ego Arturo Bandini.
            El protagonista huye de su pequeño pueblo, Boulder, en Colorado, para llegar a Los Ángeles con la intención de forjarse un futuro como escritor. Un miedo enraizado le impide iniciar una relación. Y, habiendo crecido en la América rural, en una familia de inmigrantes italianos, de devotos creyentes católicos, la iglesia también es parte fundamental de su nueva vida, donde la frontera entre el pecado y la virtud es débil, casi invisible. Con todo este bagaje y una desvencijada habitación de hotel, Bandini lucha por su futuro, por sí mismo, durante toda la novela.
            Fante se escribe contradictoriamente. Logra hacernos sentir admiración y simpatía por un personaje a veces soberbio, a veces racista. Un ejemplo: Bandini se enamora de Camila, una camarera mexicana. Y tan pronto se siente atraído por ella como rechazado, hasta el punto de pedirle: “Las sandalias que calzas, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una hispana asquerosa y grasienta?”. Pero que nadie se asuste, una vez calmado y en frío, recuerda sus un-american raíces, su apellido italiano, y se arrepiente: “cuando te llamo hispana y aceitosa no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho”. Arturo Bandini es soberbio, despectivo, rudo, inconsciente, a veces incluso racista e intolerante. Sí. Pero por la rabia alimentada por su total ineptitud con las mujeres, por su escaso éxito como escritor, por su pequeña infancia catalogada de “espaguetini” y “macarroni”. Su frustración provoca esas actitudes, no su aparente falta de humanidad. La soberbia del personaje también está justificada, y no resulta agresiva. Al contrario, nace de su inocencia de veinte años, y de la ilusión de ver su primer relato publicado.  
Con el tiempo, la obra de Fante ha sido tildada de “precursora del realismo sucio”. Bukowski, alumno aventajado, reconoce en el prólogo a esta edición sus deudas, la “influencia vitalicia” que tuvo en sus propios libros. Ante unas descripciones de Los Ángeles comparables a las de Raymond Chandler, una prosa rica, y un poderoso personaje como alter ego, Bukowski se reduce a eso, a alumno aventajado. Y si tuviera que escoger, antes Fante que Bukowski.

domingo, 10 de marzo de 2013

En la mochila tengo libros y lápices para mañana

Jordi Carrión ha dicho, hace poco, en una entrevista, que “La literatura tiene que decirle al lector cosas que no había pensado y que en algunos casos son incómodas, son dolorosas”. Esos mismos deberes se le pueden imponer al crítico (de cualquier disciplina). Un crítico tiene que intentar hacer lecturas nuevas, proponer nuevos ángulos desde los que leer obras antiguas, desocultar los aspectos más espinosos de un libro o una película, llegar a fondo y conseguir que quien lea vea algo que, para él o para ella, antes, simplemente, no estaba ahí. No hablo de forzar la  realidad de una obra para que case con los argumentos propios, para que sostenga y justifique nuestra lectura, ni hablo de interpretar gratuitamente lo que queremos ver, sino de intentar que la personalidad de nuestra lectura aflore en el texto. Hablo de ver una película y loarla o hundirla, argumentos mediante, con independencia de lo que, en masa, se diga al respecto. Hablo de leer un libro y eviscerarlo, argumentos mediante y conscientes de lo que voces más capaces que la nuestra han dicho, pero, otra vez, con independencia de lo que en masa se diga. En el amplio abanico de lecturas que nos puede ofrecer una obra, no podemos quedarnos en el margen. Tenemos que explorar lo que lejano se esconde, y sacarlo a la luz. Que al leer una reseña resuenen frases como "No lo había visto así", o, "Es verdad, no se me había ocurrido". Eso es lo que hay que despertar en la mente lectora. Tenemos que tocar todos los palos. Si no, siempre estaremos destacando más o menos lo mismo. Qué innecesaria sería así la labor (ya de por sí secundaria) del crítico literario, del periodista cultural.

Como posdata, dos cosas: lo que digo puede parecer obvio, sí. Pero no es infrecuente leer la misma reseña, conclusión arriba, conclusión abajo, firmada por cuatro o cinco autores diferentes. Segundo: está claro que no siempre se puede hacer una lectura más o menos creativa o diferenciada del resto de opiniones.