domingo, 21 de abril de 2013

La ciencia ficción es poesía

Solo son pinceladas. Son ideas que parpadean un momento. Sus autores no se explayan en ellas, no tiran de ningún hilo. Las siembran, y ya está.


En La dama muerta de Clown Town, de Cordwainer Smith: “Soy una máquina, pero fui una persona, hace mucho, mucho tiempo”. El caso es este: el alarmante talento de una mujer visionaria, migrado a los programas y circuitos de una máquina para conservarlo eternamente, para que siga orientando a las generaciones del futuro. Toda la  personalidad de esa mujer preservada en una mente robótica. Ese es el caso.


Idea fascinadora, nos sume en una atmósfera de hermética, impermeable soledad. Nos hace pensar en el tedio de la inmortalidad. En la nostalgia de un tiempo sin duda mejor (por más cálido y, literalmente, humano). En la claustrofobia de estar vivo, plenamente consciente, en un espacio limitado y limitador (como quien se consume en un trabajo ingrato), sin poder disfrutar de nada. Nos hace pensar en lo odioso que es el talento (si te esclaviza, o si te esclavizan por él). Y hace verdaderas las palabras de Arthur Rimbaud: “La verdadera vida está ausente”. Esta máquina que es una mujer que es una máquina, es una pieza más del engranaje que, totalitario, domina el mundo de Cordwainer Smith. Exactamente no sabemos qué es ella. Porque si bien no es una máquina propiamente dicha, puesto que tiene recuerdos de su pasado humano, tampoco es un humano propiamente dicho, puesto que por sus venas (que ahora son cables) no hay sangre sino flujo de información. La Instrumentalidad (organización todopoderosa que rige la expansión de los seres humanos por el universo en el mundo imaginado por Cordwainer Smith), legó una difícil paradoja. Sería mejor hacer un quiebro y decir que, ni máquina ni mujer: estamos ante un triste oráculo que quiere morir. (Suena cursi pero es cierto).

En Dawn, de Octavia Butler: un cuerpo humano (que no un ser humano), resucitado por alienígenas más inteligentes que nosotros. Saber que tu cuerpo será la carcasa habitada, en algún momento del futuro, en un par o tres de milenios, por una consciencia ajena, por un ser nuevo que nada sabrá de ti ni de tus recuerdos. Será idéntico, pero vivirá, pensará, creerá y sufrirá de otra manera, ignorante de que esos pies hollaron, milenos atrás, las tierras de otro planeta; que esas manos acariciaron otras pieles de otras maneras; que esos ojos se encantaron con otros paisajes (y lloraron por otros motivos). Es un préstamo en el tiempo, podríamos decir. Morir sabiendo que tu cuerpo volverá a pasearse por algún recóndito lugar del universo, adaptado a las exigencias de su nuevo entorno, y no poder evitar preguntarse si no quedará algo de tu personalidad, de alguna manera, fijado, impreso en la memoria del cuerpo, y será transmitido a la nueva inteligencia que lo habite.
 

En Galactic Pot-Healer, de Philip K. Dick: presenciar tu propio cadáver en descomposición, en el cenagoso lecho de un océano muerto, en un planeta que nada tiene que ver con la Tierra. El protagonista de la novela se sumerge voluntariamente en el agua en busca de reliquias de cerámica (ese es su oficio). Flotando fantasmagórico en medio de esas aguas, ah, el desdoblamiento definitivo. Idea enloquecedora: dialogar con los restos putrefactos de tu cuerpo futuro, sin saber cómo llegó ahí, por qué murió, cómo murió, por qué y cómo se comunica contigo. Saber que en algún momento, en algún recodo del tiempo, tu cuerpo estará para siempre anclado en ese mar muerto (literalmente), de un planeta lejano, inhóspito. Y la imagen de peces muertos entrando y saliendo de las cuencas vaciadas de tu rostro, al azar de la corriente. Y sin embargo volver a la superficie y seguir viviendo sabedor de que no se puede hacer nada contra estas cosas.