lunes, 16 de septiembre de 2013

Frederik Pohl desconfiaba del vacío del Universo

Pórtico es una de las principales novelas de ciencia ficción publicadas en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Escrita con sentido del humor (algo infrecuente en los setenta), con un dominio de la elipsis superior al de Asimov, y con un hábil cruce de registros (cuando intercala anuncios, con la prosa cambiada, adaptando un lenguaje distinto al del narrador), la novela es fascinante y funciona a la perfección en varios niveles. Uno de los principales, para mí, es la creación de un pueblo alienígena, los Heeches (mejor pueblo que raza), del que solo se conocen las ruinas de su civilización, de su inteligencia (por decirlo con un verso de Gil de Biedma), esparcidas sin orden ni concierto por las estrellas. Fascinada, la humanidad financia viajes para tratar de descubrir lo que sea sobre ese pueblo misterioso, sobre el enigma de su desaparición. Los contados hallazgos que van surgiendo acrecientan el interés por los Heeches. Pohl nos va dejando pequeñas migas para fascinarnos con cuentagotas.
La esquela de El País es de Christopher Priest, escritor inglés, autor de la formidable Indoctrinario. Por lo visto, Pohl escribía un blog, The Way the Future Blogs, desde donde, con su sentido del humor habitual, criticaba el panorama internacional. La última entrada es del dos de septiembre. El día en que murió.
Ojalá algún día lleguemos a acercarnos al futuro que imaginó en una de las secuelas de Pórtico, donde los órganos vitales, cualquiera de ellos (cerebro incluido), podían ser fácilmente trasplantados.

lunes, 9 de septiembre de 2013

No distingo al hombre de la máquina


Debajo de Terminator parece que se escondan estos versos de Roberto Juarroz: “El futuro no existe, / sin embargo cambia”. Planteándonos un futuro en el que las máquinas dominan el planeta y exterminan a los humanos, James Cameron consiguió sacudirse de encima el suspenso crítico que supuso Piraña 2, y, de paso, legó al cine una de las más desoladoras y oscuras películas de ciencia ficción de todos los tiempos. El prólogo ya nos lo advierte: estamos a las puertas de un futuro aterrador, y nosotros somos los únicos culpables. Sergio Benítez dijo en Blog de Cine que Cameron, con esta película, alejaba al género de las aventuras espaciales de George Lucas y su lúdica Guerra de las Galaxias, acercándolo a tonalidades más graves y reflexivas, pero creo que ese paso ya lo había dado antes Ridley Scott con sus dos insoslayables aportaciones al género (Alien y Bladerunner).


Breve resumen. En Los Ángeles aparecen, en 1984, dos tíos en pelotas (Arnold Schwarzenegger y Michael Biehn). Buscan a Sarah Connor (Linda Hamilton). Uno la quiere matar. El otro no. ¿Por qué es Hamilton un bien tan preciado? Porque dará a luz a John Connor, futuro salvador de la humanidad que sobrevive en las ruinas del mundo post-apocalíptico, arrasado, del que provienen los viajeros del tiempo. Las máquinas, creadas por nosotros, quieren más. Desarrollan una inteligencia independiente, autónoma, y quieren más. Aquí hay que añadir un detalle. Biehn viaja al pasado por amor. La única cosa bonita que posee en el futuro es una foto de Sarah Connor. De tanto admirarla, de tanto encantarse con esa foto en los subsuelos infectos de esa Los Ángeles futurista, se enamora de la mujer (o de su idea de la mujer), de su mirada perdida. Esto recuerda mucho a una de las más bonitas novelas del género: En algún lugar del tiempo, de Richard Matheson. No sé si es un guiño, pero definitivamente lo parece.


Pese a lo mencionado por Sergio Benítez, el mérito de Cameron hay que buscarlo en otra parte. Sí, al contrario que en La guerra de las galaxias, el tono es frío, opaco, desolador, pero eso no es novedad. Ya lo habíamos visto en Rescate en Nueva York, de Carpenter. Cameron supo aunar la crítica social, el amor (siempre presente en su obra, cosa no siempre acertada), la creación de un mundo visual hasta entonces difícil de concebir (lo suficientemente alejado de la visión bladerunneriana de la ciudad como para no ser mera copia), un Schwarzenegger mitad hombre, mitad máquina, un presente oscuro, húmedo, y unos flashforwards prometedores de un futuro enfermo, y todo con un ritmo trepidante muy en la línea del mejor cine de acción de los ochenta. Ese es el aporte de Cameron, yo creo. Sin embargo, respecto a la inclusión de Terminator en la nómina de mejores películas de acción de los años ochenta, David Seed, en su librito Science Fiction. A very short introduction, dice que la película “rompe el molde de las películas de acción al mostrar la derrota de la máquina a manos de la pretendida víctima femenina”. Un giro gratificante. Asimismo, Cameron puede ser frenético pero no descuida el detalle. El montaje de algunas escenas rompe el ritmo y la personalidad habitual del cine de acción, como cuando en uno de los flashforwards vemos cómo burbujea, en llamas, la famosa foto de Sarah Connor, y la cámara se acerca hasta que ya solo vemos sus restos carbonizados, y luego funde a la cara de Linda Hamilton en el presente, agranda el plano, y la vemos en brazos de Michael Biehn. Una maravilla de montaje.


O la escena del motel. Vemos que el soldado es vulnerable frente a una mujer. Con, casi por primera vez, una luz tenue, cálida (frente a la oscuridad azulada, brumosa, de buena parte del metraje), la pareja habla, fabrica explosivos, especula sobre su futuro inmediato. Pero cuando Hamilton coge las riendas de la situación, ve que el soldado no ha tenido tiempo de amar a nadie, de hacer el amor con nadie, de besar ni ser besado en ese futuro triste y mortecino. Respecto al personaje de Hamilton, siempre es estimulante que la salvadora sea una chica. Pero cuando esa chica es una camarera que no tiene ni idea de nada, resulta mucho más estimulante. Siempre me pareció un acierto de guión. Ese azar alivia un poco el tono mesiánico, algo molesto, que adquieren algunos discursos a favor de John Connor de Michael Biehn.

Por otra parte, cómo domina Cameron el tempo. Vemos a Linda Hamilton hablando con su madre por teléfono. La vemos a ella. Vemos que, ante la comprensible insistencia de su madre, cede y le dice dónde está. Luego, vemos una puerta destrozada, muebles volcados, una mano enorme al teléfono, y la terrorífica incongruencia de ver que la dulce voz de su madre sale del Terminator. Sabe Cameron cuándo tiene que frenar, dilatando el tiempo. Con un montaje y un lento movimiento de cámara nos explica hasta qué punto es sofisticada esta máquina de matar.

Montaje, fotografía e interpretaciones excelentes (aunque a mi juicio le sobren gritos a Biehn al principio de la película), y una música ya tan reconocible como la de Tiburón, las trilogías de Indiana Jones o Regreso al Futuro, y esa puesta en escena ya icónica, han contribuido a forjar un imaginario único alrededor de esas máquinas, de ese año 2029 en el que el ser humano ya casi no existe. También, claro, los efectos especiales, que han envejecido algo peor que los de The Abyss, por ejemplo, pero que, lejos de ser eso un lastre, consiguen que perdure la sensación de angustia al ver cómo la máquina, escalpelo en mano, se arranca un ojo, deshumanizándose. Así aporta Cameron su versión futurista de algunas escalofriantes escenas de ojos como la famosa de El perro andaluz de Buñuel o la escena de la desgarradora astilla en el ojo de Zombi 2, de Lucio Fulci.                        


Tanto el prólogo de la película como su epílogo son piezas brillantes de narrativa contenida. Agrandan la obra, le quitan límites. El prólogo es el futuro. El epílogo es el pasado. Un pasado que tiene por delante un mundo que ya hemos visto en el prólogo y en las pesadillas de Michael Biehn. Poderosas imágenes para enmarcar una de las mejores películas de los años ochenta, y quizá la mejor película de James Cameron.