jueves, 10 de octubre de 2013

El libro dijo: Estoy aquí.


Narrada en tercera persona, la novela Modern Baptists empieza, como esta nota, in media res. Estructurada con una personalidad más convencional que posmoderna, conocemos a los personajes por cómo interactúan entre ellos, por sus decisiones y por sus diálogos, y no por la inmersión omnisciente del narrador. Todo fluye con credibilidad. La prosa es ágil y hay una pátina de oralidad en su escritura que la hace muy accesible, muy grata de leer y muy creíble. James Wilcox, el autor, tiene un oído especial para el habla de las gentes del sur. En una ocasión, cuando Pickens, el protagonista, le escribe una carta a su padre, adapta los típicos errores sintácticos de alguien que no sabe escribir. Ello ayuda a sumergirnos en un microcosmos sureño y popular. La carga oral de su escritura y la psicología que infunde a sus personajes contribuye con fuerza a dibujar ese panorama, a cincelar las idiosincrasias de sus personajes. Todos los personajes están dibujados o perfilados con una fuerte carga psicológica; aquí vemos personajes con contradicciones y complejidades dignas de un autor que sabe lo que hace, y que domina y entiende la esquiva naturaleza humana.


Resumen: F. X., el hermano de Pickens, se instala con él al salir de la cárcel. Vienen de una familia desestructurada y se llevan mal. F.X. es atlético y popular; Pickens es circunspecto y canijo. Se pelean por una mujer. Pickens mantiene a su hermano. Pierde su trabajo. Se busca otro. F. X. sigue viviendo de su hermano. Y todo esto en un ambiente encapsulado, asfixiante.  


El ambiente de trabajo en la tienda donde Pickens está empleado, sus modestas obligaciones y las modestas vivencias que en ella ocurren, recuerda, en perspectiva, al ambiente de las tiendas retratado en películas como El cazador (Michael Cimino), Silent Night, Deadly Night (Chuck Selliers) o Clerks (Kevin Smith). Que el de Modern Baptists es un narrador atento al detalle lo sabemos bien pronto. Wilcox es un autor tremendamente dotado de una capacidad de análisis de la realidad cotidiana. (Sin que ello lo emparente con los narradores del llamado realismo sucio).

Uno de los recursos narrativos que mejor domina Wilcox es la elipsis. Es el de esta novela un narrador que va al grano, como cumpliendo el precepto vonnegutiano de “Just give me the bare bones of your story”. Corta en seco lo que, en autores como Franzen o Foster Wallace, serían largas digresiones. No se trata, pues, de las elipsis de Isaac Asimov, que incluyen centurias de acción sobreentendida, sino de breves elipsis que aceleran la narración, que evitan los meandros y que, también, dejan sobreentendido lo no dicho, o, simplemente, prefieren no tirar de hilos que otros autores, como digo, sí tirarían.

No es El ruido y la furia, de Faulkner, ni se acerca al sur lúgubre y gótico de los relatos de Carson McCullers: al contrario, Wilcox huye de la solemnidad y hace una lectura crítica pero afectuosa del Sur. Una lectura profundamente irónica. Los Baptistas modernos desconocen las enseñanzas de su credo. Y viven o sobreviven como cualquier otro ser. Así, el baptista moderno se erige en símbolo del hombre contemporáneo: alguien escéptico y esencialmente desencantado. Han perdido la fe porque el mundo que les rodea no es acorde a lo que se dice en el interior de la iglesia, e intuyen que la Biblia fomenta lecturas literales que son estrictamente absurdas. El peligro es evidente: hacer una interpretación literal de un texto metafórico. Este libro es la mirada afectuosa e irónica del autor sobre los pobres diablos (todos nosotros) que intentan sobrevivir y que no han tenido oportunidades y que no tienen cultura (porque no han tenido la oportunidad de tenerla) y que, básicamente, se llaman baptistas por una tradición familiar de la que ya no les queda sino el nombre. Los baptistas modernos no van a la iglesia porque cuando, por algún extraño motivo, deciden ir, se dan cuenta de que cuestionan su credo. Y de que no se identifican con él.

En la segunda parte de la novela se bifurca la historia. Las líneas argumentales (la nueva y la que ya conocemos), avanzan en paralelo en un engranaje que no deja piezas sueltas. Con naturalidad se entrecruzan las líneas. En la segunda parte es cuando Pickens decide fundar una iglesia; se hace extensiva, está visión de la religiosidad laxa, a su visión del sur (la del narrador).

En esta parte también vemos una escena que se desarrolla progresivamente hasta convertirse en comedia de enredo. Los sesgos vienen derivados de falsas acusaciones, conclusiones precipitadas, personajes que no se escuchan y de un caos generalizado que acaba derivando en una situación de divertido absurdo. El sentido del humor en la novela es omnipresente. Sin embargo, éste se debe más a la fresca oralidad de la escritura, y a que el autor consigue dar voz a personajes casi al límite (un primo al límite puede ser gracioso).

Creo que el final es uno de los grandes aciertos de la novela. A medio camino entre el final abierto y el cerrado conclusivo, la novela aporta una brisa de esperanza al protagonista (perdón por la cursilería). Todo, de nuevo, con el comedimiento y el sentido común que a lo largo de la novela han propiciado el aire de credibilidad general incluso en los momentos más rocambolescos.

Sin ser una obra maestra, la novela es una lectura agradabilísima y muy bien escrita. Un poco por debajo de John Kennedy Toole, quizá, pero su lectura del Sur resulta estimulante (por inesperada). No hace un juicio de valor: simplemente retrata con afecto el Sur que ve y que mejor conoce.

El hecho de que sea una buena novela (que lo es), que esté bien escrita (que lo está), que sus personajes tengan un aura de credibilidad total (que la tienen), que tenga sus puntos cómicos (que los tiene), y que esté avalada por gente como Harold Bloom, hará que la novela, de antemano, tenga un público potencial más amplio que cualquier otra (yo diría). Además, la relectura del Sur, como digo, es nueva, y los narradores sureños no son desconocidos para el público lector español. Pide a gritos una traducción.