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Los cuentos pulp de Robert Sheckley

Estamos ante un caudal de cuentos cortantes. Cuentos sin pulir, arenosos, recién excavados de una tierra húmeda y cienciaficcionesca (y por tanto verdosa y palpitante), una tierra trufada de insectos alienígenas que han parido cuentos escritos en un inglés rápido, duro, pero cuidado para que fluya diáfano hasta nuestros oídos. Cuentos bravucones y desacomplejados, extravertidos y descarados. Estamos ante unos cuentos desafiantes.

La espora que, paciente, viaja por el espacio exterior hasta dejarse seducir por los dulces aromas de la Tierra, para desesperación de la humanidad. Los ejércitos que se enfrentan suicidándose. Unas máquinas voladoras programadas para evitar asesinatos no se convierten, contra todo pronóstico, en el baluarte de la paz que tenían que haber sido. La voz descorporeizada que oye un tipo en su cabeza, y cómo a partir de ahí se desmorona todo. Son cuentos que tienen los pies anclados en la tierra.  

Los de Robert Sheckley son cuentos alejados de prestigiosas sofisticaciones literarias. La carga cienciaficcionesca estalla en nuestra cara, imprevisible e indisimulada, en las primeras frases de cada cuento. Una bofetada explosiva. No hay complejas teorías filosóficas ni ingenuas predicciones sobre el futuro de la tecnología, tampoco hay múltiples capas de lectura ni cruce de voces narrativas ni narradores infidentes, no hay posmodernidades: aquí hay el incorregible asalto de lo cienciaficcionesco en nuestra cotidianeidad lectora o, por decirlo como Harold Bloom en Cómo leer y por qué, en nuestra paranoia lectora. Una aturdidora carga cienciaficcionesca nos espera en cada cuento. Una carga que es un asombro luminoso en medio de nuestras lecturas rutinarias y funcionales. Robert Sheckley descubrió con maestría el placer de lo cienciaficcionesco por lo puramente cienciaficcionesco.

La desconcertante llegada a nuestro planeta de un alienígena dotado del don del camuflaje. O los persuasivos talentos de la telepatía interrracial. O la soledad de un hombre y su robot en un planeta pelado. O dos viajeros perdidos en un planeta extraño, recubierto de afilados picos de montaña, de cumbres no edificables, en busca de alimento. Son estas las cosas que brotan despojadas en sus cuentos. 

Parece que nos diga, desde su década de los años cincuenta, que no necesitamos nada más que nuestras pequeñas cositas cienciaficcionescas para cuestionarnos o criticarnos. Si le añadimos genio y talento visionario, como hicieron otros autores como Samuel R. Delany o Philip K. Dick, tenemos en lo cienciaficcionesco una maravilla extrema, sí. Pero no tenemos que ir tan lejos para encontrar toda la gama de colores que nos ofrece el género; en la (aparente) sencillez de Sheckley tenemos todo lo que necesitamos, aunque algunos cuentos tengan un final demasiado abrupto. Una ciencia ficción agresiva que te coge desprevenido y te encanta con pocas armas, con sus pocas pero imbatibles armas. 


Ahí tenemos, parafraseando a Whitman, el vasto panorama de sus visiones. En Robert Sheckley tenemos a un autor que no escribe cuentos ni literatura, sino asombros que se agigantan con el tiempo.

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