lunes, 24 de febrero de 2014

El cine de los sábados

Un radiante amanecer; el sol parece que se esfuerza por desprenderse del mar, liberarse de él y seguir lentamente su ascenso habitual. Eso es lo que nos muestra la apertura, en plano fijo, de El último superviviente, de Geoff Murphy.

1985
            Al ver el inicio de esta película uno piensa que Danny Boyle la tuvo muy en mente al rodar 28 días después. E imagino que Alejandro Amenábar también la tuvo en mente al rodar Abre los ojos. Me refiero a rodar esas secuencias de una ciudad vacía. El protagonista de The Quiet Earth, su título original, no sabe muy bien por qué pero es, cree, el único superviviente de una catástrofe nuclear, por decir algo, y empieza a recorrer las calles de su ciudad neozelandesa hasta que se cerciora de que sí, parece ser que es el único con vida, el único que sigue respirando en esta ciudad de coches volcados, semáforos ignorados y pequeñas hogueras sin porqué. No tiene ninguna barrera limitadora. Así, con el creciente y comprensible desespero que le entra, la actitud del personaje recuerda poco a poco a la de Bill Murray en Groundhog Day. Actitud que se podría resumir así: si mis actos no tienen consecuencias, puedo hacer lo que quiera. Actitud descendiente directa de aquella lúcida frase que Dostoyevski puso en boca de uno de sus personajes en Los hermanos Karamazov: Si dios no existe, todo está permitido. Es decir: si no existe un medidor moral, una especie de termómetro donde se juzguen mis hechos, puedo hacer lo que quiera. Por ejemplo: en un momento que a la comunidad religiosa la habrá parecido la mar de mono, el protagonista entra en una iglesia, pregunta por dios, y, al ver que nadie contesta, amenaza con disparar “al chaval”, apuntando a un sangriento crucifijo, que acaba convertido en astillas.

            El personaje evoluciona. Aparte de hacer el loco tan libremente, empieza, como Tom Hanks en Náufrago, a crearse un público para poblar su atormentadora soledad. Figuras de cartón que en su mente se han convertido en súbditos de un imperio que solo él lidera. Hasta que, a la media hora de la película, conoce a la chica. A partir de aquí el personaje recupera la cordura (cordura que, por otra parte, jamás llegó a perder del todo). Él y la chica se hacen amigos, se apoyan y se llevan bien. Con el tiempo conocen a otro chico. Los tres se hacen amigos, hablan de sus cosas y se llevan bien. Descubren que el protagonista estaba metido en un proyecto secreto que, caso de funcionar, supondría un adelanto en la comunicación mundial (en el sentido de evitar, o prevenir, posibles agresiones militares). Satélites e investigaciones tan punteras como arriesgadas han acabado con la vida en la tierra, parece ser el caso. Hablando, de todos modos, descubren el vínculo que les une. Así como en el Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo, solo sobrevivieron los seres que, al extinguirse la vida, estaban bajo el agua, en The Quiet Earth -más tenebroso-, solo sobreviven los que, en ese punto exacto, estaban muriendo. Surgen algunas preguntas. Están realmente vivos? Han muerto y están en una dimensión paralela? Qué significan esos destellos cegadores? El final, representa que es la Tierra? Son los dos amigos, como dice el protagonista en un momento, producto de su imaginación, como el Quijote es producto de la mente de Sancho según el revolucionario cuento de Kafka? O bien: no será una tentación sentirse dios en una situación así?

            El último plano de la película es un eco del primero, tan igual y tan distinto que uno no entiende demasiado, pero se deja encantar por esa visión. Podemos especular sobre el significado de esa última imagen. Podemos debatir y llegar a conclusiones porque la película lo permite. Por otra parte, no me gusta decirlo porque parece que uno escriba sobre los demás con un aire de altiva condescendencia, pero la dirección es funcional. Geoff Murphy no quiere gustarse. Va al grano. Pero es eficiente. Tiene garra y nervio. No hay sutiles movimientos de cámara, ni la fotografía es particularmente destacable, pero la escenificación del vacío es algo más que meramente funcional.

            La hora y media de duración me ha dejado como a Antonio Martínez Sarrión en su poema “el cine de los sábados”: con los ojos ardiendo como faros. En los ochenta nacieron grandes películas cienciaficcionescas que han ido creciendo con las décadas, como Regreso al futuro, Blade Runner, E.T. (aunque no sea el santo más grande de mi devoción), Los inmortales, Terminator, Cocoon, Depredador, Critters, RoboCop. En un texto de hace tiempo dije que las grandes películas setenteras habían eclipsado a las grandes películas setenteras. Me plagiaré un poco y diré ahora que las grandes películas de ciencia ficción han eclipsado a las grandes películas de ciencia ficción.


Posdata curiosa: Geoff Murphy, el director, se convirtió en ayudante de dirección de su compatriota Peter Jackson para la trilogía de El señor de los anillos. Espero que su nombre se recuerde por lo que hizo en los ochenta y no por ayudar a Jackson a cargarse su propia obra.

martes, 18 de febrero de 2014

Relectura de Soldados de Salamina

Leí Soldados de Salamina hace once años. El que considero que es el segundo mejor libro de Javier Cercas tenía cosas que no supe ver.

En la primera parte vemos a un narrador dubitativo, balbuceante; es el suyo un palpar a ciegas, un narrador que, como dice Octavio Paz en “Piedra de sol”, prosigue sin cuerpo, busca a tientas. Ha abandonado su carrera de escritor; está medio emparejado con una estrafalaria (pero entrañable) pitonisa local después de que su mujer le haya abandonado; su padre ha muerto y delante de él solo hay indecisión y proyectos poco alentadores. Tiene ideas. Pero no muy buenas. Conoce gente por azar que se convierte en acicate para su talento. Pero todo en él es duda y, en el fondo, miedo. Su impulso creador es el reflejo de su vida.
            La primera parte de Soldados de Salamina es, pues, el proceso de escritura con todos los quebraderos de cabeza que comporta. Sus inseguridades son más fuertes que su vocación. Estamos ante el escritor primerizo. Cede.

Con portada de Robert Capa, el Grande
En la segunda, en cambio, su voz es un torrente de decisión. La voz del narrador se arrecia, tiene un rumbo fijo y unas directrices que le llevan, con una escritura vertiginosa, a contar la biografía pintoresca de Sánchez Mazas –padre de Rafael Sánchez Ferlosio. Lo que ya estaba implícito en la primera parte queda aquí explícitamente detallado al milímetro. Una breve, pero completa, biografía intercalada. Los datos que nos ofrece no son estrictamente necesarios para el lector, pero el capítulo (o parte) fluye como una novela (intercalada) de aventuras, en medio de lo que él insiste en llamar relato real. La gracia de esta segunda parte está en lo maravillosamente innecesaria que es. Como digo, la información, aunque bien estructurada y fruto evidente de muchas horas de trabajo, ya la conocíamos por las tentativas narradoras del primer capítulo. Ahora, en cambio, la vemos expandida. Y narrada con convicción y firmeza. La historia de los amigos del bosque, del fusilamiento fallido, de su peripecia por los bosques fríos de Catalunya; todo esto ya está en la primera parte. Lo que añade Cercas aquí es el detalle y la biografía. Adendas innecesarias que funcionan como la inclusión amistosa de un género en otro, como complemento trepidante.
Es el resultado del esfuerzo anterior, la maduración del escritor. Ya no hay caos. Ya no es el proceso de escritura sino la escritura lograda. Ha encontrado lo que tenía que decir. Y el entusiasmo por lo que está contando se percibe en cada frase. La velocidad de su escritura aumenta en cada frase. Su convicción y su compromiso con lo narrado quedan claros en cada frase. Que es capaz de escribir una historia redonda lo vemos también muy claro en cada frase.

A estas alturas del libro solo falta una pieza por conocer: la identidad del soldado que no mató al falangista. Veo en la tercera y última parte del libro el contrapunto sentimental, ya puramente fictivo, de la segunda. Miralles, el fascinador soldado perdido en un asilo francés, cautiva por su historia. Así como en la segunda parte todo era, como he dicho, fruto de una farragosa tarea de documentación, en la tercera todo es fruto de la imaginación libre del autor. Es más: reconstruye una historia (lejana) que le cuenta Bolaño. Los datos objetivos, contrastados, de la segunda, son aquí retazos de algo que le ha contado alguien. En este sentido funciona como un díptico: la biografía real frente a la biografía inventada, ambas a manos de un autor que ya sabe que lo es. Ya es otro escritor. Otra faceta del mismo escritor. Otra cara del poliedro. Se convierte aquí en un narrador puro y decidido.


Vemos al escritor que se infravalora. Al que sabe que es capaz de narrar una historia sin vacilar. Al que sabe imaginar una historia y narrarla sin vacilar. Los tres escritores, mezclando idiosincrasias y métodos de trabajo, mezclando ficción, historia y autoficción (tenía que nombrarla), logran un libro que, entre otras cosas, es también una escuela de escritura.