lunes, 17 de marzo de 2014

Hay alguien detrás de ti

Siempre hay un precursor agazapado ahí detrás. Y, si hablamos de cierto cine de ciencia ficción, tendremos que admitir que la precursora directa de Inteligencia Artificial, de The Cabin in the Woods, de Blade Runner, de Terminator, es Westworld, de Michael Crichton, traducida al castellano como Almas de metal.

Resumen: en un futuro cercano, por mil dólares al día, uno puede escoger sus vacaciones de ensueño en un poblado del oeste, en uno medieval, o en la antigua Roma. Legiones de robots antropomórficos y unos decorados fieles a la realidad te retrotraen al tiempo escogido, sumergiéndote en esa fantasía añorada, infantil, donde al fin puedes disparar al malo de la película sabiendo que, como en los sueños, pese a lo real de la situación, nadie va a morir ni habrá dolor. Los dos protagonistas escogen el poblado western, y, como niños, empiezan a dar rienda suelta a todas sus ilusiones. Así pues, ciencia ficción y western espléndidamente entrelazados, amalgamados como agua en el agua (Borges). Dirigida y escrita por Michael Crichton, la película abusa un poco de la cámara lenta, sobre todo al principio, cosa que da una sensación, por un lado, de mayor dramatismo en los duelos, aún a sabiendas de que son fingidos por el mismo sistema fictivo en que se articulan, y por otro lado dan una sensación de ligereza cómica, más concordante con el mismo sistema fictivo en que se articulan. Cuando las cosas se empiezan a torcer, cuando el robot, interpretado por Yul Brynner, sin motivo alguno, decide atacar a los protagonistas, contradiciendo la naturaleza inocentona del poblado, vemos la pesadilla surgiendo de dentro del sueño. El contraste de los ocres arenosos del oeste con el blanco impoluto de los diseñadores de robots, sitos en el subsuelo del poblado, crea una confrontación entre los dos mundos cuyo único nexo es la mirada inexpresiva, metálica y fría, de Yul Brynner. Es en esos ojos donde se da cita la contradicción moral de estas vacaciones de lujo.

La mirada subjetiva del robot, volcado en su misión de matar, nos hace ser la máquina que persigue las manchitas pixeladas que su ordenador de abordo le indica que son un ser humano. Somos la máquina rebelada.

Las vacaciones aburguesadas se les van de las manos. El formato televisivo que abre y cierra la película no es casual, ni inocente. Precursora directa de películas impresionantes, a día de hoy Westworld no ha perdido nada de lo que en su momento tuvo, y perdura como la excelente, firme película que es.
Bloody Mama, de Roger Corman, es una road movie dolorosa y triste. Como ya dije hace tiempo, hay libros que revientan el concepto tradicional de familia. En esta película cormaniana vemos también esa imparable putrefacción del núcleo familiar. La muerte de Robert De Niro es solo una de las tantas muertes que salpican el metraje de Mamá sangrienta. El largo y violento tiroteo final, con un montaje desgarrador y tomas fugaces impregnadas de rojo, es lo mejor, junto con la película The Terror, que he visto de Corman. Rodada como siempre con bajo presupuesto, la fotografía áspera le da un aire de dureza a las imágenes, de rugosidad a los colores, que liga bien con el desarrollo decadente de la película. No es solo un sinfín de robos y atracos, de chantajes y secuestros. No es solo tiroteos y clímax final. Es algo más que todo eso.

La tercera y última película de este texto misceláneo (misceláneo como una ensaladita de pasta), no es Capricornio 1, ni Saturno 3, ni Matadero 5, sino Europa 1. Rodada como falso documental, la película nos muestra a un grupo de astronautas en dirección a Europa, una de las lunas heladas de Júpiter, con el objetivo de analizar el hielo de la superficie en busca de algún rastro indicador de vida bacteriológica. El predominio del plano medio confiere a la película un aire de cercanía documental, casi televisiva. Estamos en el interior de la nave compartiendo sus temores y su asombro. El director, Sebastián Cordero, le ha querido dar un aire de verosimilitud total y de cercanía al rodar la película desde las cámaras interiores de la nave. Así, percibimos la tensión de la Misión de Control en la Tierra, al perder la señal y recibir las imágenes entrecortadas, y nos relega al estatus de voyeur. Es cierto que la cámara en mano o el recurso narrativo del metraje encontrado no es nuevo, pero, como digo, aporta aquí una cualidad fílmica de inclusión en la historia, como si fuéramos partícipes culpables de la misión, que no se dan en otros casos. Bien aprendida la lección de Spielberg en Tiburón y la de Ridley Scott en Alien, la sorpresa final es que lo que aparece está insinuado y jamás veremos nada más específico que unas pocas imágenes temblorosas. Creo que le hacemos un flaco favor si la comparamos, como han hecho algunos, con Moon, de Duncan Jones. Esta es mejor y se aleja más de sus precursores que Moon, donde vemos que 2001, más que agazapada ahí detrás, está cómodamente sentada en el comedor. El elevado detallismo de los interiores de la nave y la nave en sí, con su (soportable) claustrofobia, sumado al muy conseguido terreno lunar, dan un aire de credibilidad superior a la media.

Posdata: uno de los actores de esta película es el protagonista de Distrito 9, que también salía en la fallida Elysium, ambas de Neil Blomkamp, y que tiene un nombre risueño y enternecedor: Sharlto Copley.

jueves, 6 de marzo de 2014

Una casa de hojas poco antes del vendaval

Diez años tardó Mark Z. Danielewski en escribir La casa de hojas, y se nota.

Resumen: Johnny Truant se encuentra un manuscrito, amorfo y caótico, escrito por un tal Zampanò. El texto es una exégesis erudita sobre un documental dirigido por Will Navidson, padre de familia, acerca de la peculiar anomalía que descubre en su casa: es más grande por dentro que por fuera. Ya desde el principio nos dicen que The Navidson Record, el documental, no existe. Todo es un poco raro, vemos.

            La paradoja afecta a todos. Como dice Zampanò: la paradoja son dos verdades irreconciliables. Dos realidades contrapuestas, enfrentadas, “que ni la mente ni el cuerpo pueden aceptar”. Desquiciador. No es lo mismo pensar la paradoja que vivirla.  El lento deterioro del núcleo familiar está registrado por las cámaras de Navidson. Truant, el que encuentra el texto, se dedica a anotar a pie de página sus impresiones sobre el texto. Se trata de largas digresiones autobiográficas, peregrinas y caprichosas, que normalmente nada o muy poco tienen que ver con el texto.

            Ya tenemos dos hilos narrativos. El texto de Zampanò sobre el documental, y las impresiones de Johnny Truant sobre el texto que Zampanò escribe sobre el documental que no existe. Vemos que Borges está por todas partes.

            El personaje principal del libro es la casa y su misterio. La mencionada incongruencia espacial se agranda. Descubren pasadizos oscuros e incoloros que se bifurcan y puertas y escalinatas que no llevan a ninguna parte y que no tiene ningún sentido que existan en el interior de una casa que no es tan grande como para albergarlas y todo ello empeorado por un gruñido que viene del abismo interior y crece en su imaginación sin que puedan darle el más mínimo atisbo de significado. En esos pasillos enloquecedores veremos muerte y locura y el precio que pagarán los Navidson será el de la lenta desaparición del núcleo familiar. Navidson se obsesiona. Pero no es la primera vez. Años atrás, ganó el Pulitzer por una foto que hizo de una niña a punto de morir de inanición. El dilema moral de esta foto le persigue, nos dice Zampanò, como el albatros perseguía al marinero de Coleridge. Otras investigadoras creen que es más acertada la comparación con la Beatriz de Dante, dado que sus susurros le atraen a la casa una y otra vez. La casa es el horror que, con su misterio, ejerce de imán para Navidson. Ya han dicho muchos reseñistas que el paralelo directo es Moby Dick, en tanto que la casa es un símbolo vacío de significado. Al no explicar nada, el miedo y las preguntas se expanden en nosotros. También hay que reconocer el paralelo con el viaje de Marlow al fondo del horror en El corazón de las tinieblas, algo que, hasta donde yo sé, solo ha hecho Jordi Carrión en su texto del Culturas de La Vanguardia.

Para acrecentar el misterio atávico que envuelve la casa, leemos que en el siglo XVII tres cazadores perdidos en medio del bosque, justo donde siglos después se edificaría la casa, sufriendo por el frío y el hambre, encuentran al fin cobijo en unas misteriosas escaleras. The Blair Witch Project es La tribu de los Brady al lado de esto.   

Johnny Truant. El comentador del comentador del documental inexistente. La experiencia de la lectura le ha vencido. En progresiva decadencia, vemos cómo pierde su trabajo (de aprendiz de tatuador) por la obsesión monomaníaca que siente por el texto. Leer mata. Al final, en el que para mí es el mejor apéndice, leemos todas las cartas que su madre le envió desde su solitaria reclusión en el manicomio. Parecido al largo poema autobiográfico de Allen Ginsberg llamado Kaddish, el conjunto de cartas nos enseña a una madre sufridora, inteligente, políglota, culta, frágil, apasionada y llena de soledad, que abnegadamente, que insistentemente, que fielmente escribe cartas para el único hijo de sus ojos y de sus amores. En medio de la locura, escribir cartas para el hijo y leer las cartas del hijo es lo único que tiene. El trasfondo familiar de Truant es quebradizo e invernal. Como el manuscrito que encuentra.

            Hay que mencionar la disposición del texto sobre la página: es de una audacia fuera de lo común. Podemos hablar de una cosificación de la lectura, de una fisicidad de la lectura por ese recurso visual, tan comentado, parecido al caligrama, a raíz del cual el autor pretende establecer una correlación directa entre lo descrito –un laberinto- y el hecho de leer sobre un laberinto. Pero esto no mejora sustancialmente el libro; sería exactamente lo mismo si lo hubiera escrito todo en un formato convencional, pero contribuye a que ahondemos en su oscuridad. Te acerca al miedo de los personajes. El lector se pierde entre las notas a pie de página, desorientadoras y fatigadoras en su voluntad, uno diría que whitmaniana, de catalogarlo todo, igual que los personajes en el laberinto.

             Fascinante lectura. Creo, de todos modos, que no se puede comparar a Navidson con Ahab. Sí, ambos están obsesionados con algo enorme, aterrador, que es tanto un peligro como un símbolo. Pero Ahab es un personaje más misterioso y está mejor dibujado que Navidson. El esfuerzo de Danielewski  por conseguir la credibilidad de voces tan distintas como la de Zampanò, Truant o la madre de Truant es admirable, más que el dibujo que hace de Navidson, y por eso estamos ante un libro menos centrado en el dibujo de sus personajes que en la creación de un símbolo resbaladizo, de una atmósfera y de un cruce de lenguajes. Danielewski ha escrito el vacío en una novela polifónica.

También quiero subrayar la lectura paródica que ofrece la novela. Las referencias y la cantidad de textos consultados, las notas al pie de página, las aclaraciones y la bibliografía son una burla del libro académico plagado de citas y notas al pie, desde donde el autor declama la verdad o lo que parece ser la verdad. (Siempre que pienso en este tipo de libro me viene a la cabeza el recuerdo de After Babel, de George Steiner).

Como posdata, debo decir que he leído la novela en inglés. Sé que la traducción de Javier Calvo y la maquetación de Robert-Juan Cantavella han quedado perfectas. El mismo autor dijo que la mejor edición de su libro era la castellana. Calvo dijo en su blog que traducir House of  Leaves había sido una experiencia divertida. De haber tenido que asumir esa responsabilidad, yo escogería, seguramente, otro adjetivo.