miércoles, 9 de abril de 2014

Si no te hubieras encantado ni perdido ante el espejo

Sobre Mazurca para dos muertos no me atrevo a escribir. San Camilo, 1936 es una novela-mosaico ambientada en la histeria electrizante de los días inmediatamente anteriores a la guerra civil sobre la que tampoco quiero escribir. Sobre la quinta novela de Camilo José Cela -difícil esquivar la rima- sí que quiero decir algunas cosas.

En las páginas previas a la novela, Cela nos advierte que en Mrs Caldwell habla con su hijo ha ensayado la segunda persona; el libro es un monólogo interior disfrazado de cartas destinadas al hijo de la señora Caldwell, muerto en el mar Egeo. Como monólogo interior está lejos de la plasticidad gráfica del monólogo de Carmen en Cinco horas con Mario. Tenemos soledad y aburrimiento y un profundo echar de menos, taimada locura e inclinaciones levemente incestuosas, pero estamos lejos de la introspección humana de la novela de Miguel Delibes.

En cambio, parece el autor más preocupado, más centrado, más obcecado y juvenilmente entusiasmado con la idea de refinar su prosa que en la tarea –más compleja- de transmitir la pena mutiladora de las ausencias de Mrs. Caldwell. Esto, que podría haber sido un gran libro, convirtiéndose en metáfora del duelo global que sufría entonces este país –está escrita entre 1947 y 1952-, que podría haber reflejado la sensibilidad humillada de tanta gente, se queda, al final, en simple ejercicio de estilo. No transmite un sentimiento ni una idiosincrasia humanas verdaderamente reconocibles. Y el progresivo derrumbamiento de la madre nos llega solo tenuemente, muy quedamente. Tenemos, eso sí, cantidad de perlas de prosa embellecida:


1)      Sueño, apaciblemente, con la idea de que este tiempo se prolongue, de que este tiempo dure y se eternice como mis mejores y más puros sentimientos hacia ti.


2)      La soledad, hijo mío, no es buena madera para poder pasar las yemas de los dedos sobre la huella de tu nombre, Eliacim.

3)    Pero el rescoldo de la chimenea, Eliacim, es algo que hemos de conformarnos con mirarlo fijamente, a veces casi a traición, para que pueda ir entregándonos, poco a poco, ese hijo ardiendo que todas las madres perdimos, quién sabe si para que nos sintamos avergonzadas de seguir viviendo, avergonzadas de seguir escuchando el atormentador latido de nuestro corazón.
 

Cela, vemos, quiere gustarse, quiere lucirse y se olvida que entre manos podría haber tenido una gran novela en lugar de su propio ego (consentido). Y digo gran novela no solo porque podría haberse erigido en metáfora del sentir herido de todo un país, sino por haberlo hecho con un monólogo interior femenino, fragmentado en más de 200 cartas breves. Algo inusual en la literatura española de posguerra. Huelga decir que, pese a lo dicho, Caldwell es una lectura entretenida y esas perlas de antes, incontables a lo largo de las menos de 200 páginas del libro, agrandan poco a poco el tamaño de nuestra admiración celiana. Que esto es cierto, al menos en mi caso, lo demuestra el hecho de que, hace pocas frases, haya dicho lo de la pena mutiladora de sus ausencias en lugar de, por ejemplo, el dolor por la muerte del hijo. Pasa como con Neruda: uno tiende, al leerlos, a la imitación involuntaria de su estilo. (Vemos que Harold Bloom dio en el clavo con su teoría de la angustia de las influencias. Por otra parte, el final encadena una serie de explosiones visuales -las fantásticas alucinaciones de la madre- que se cuentan entre lo más delirante, en el mejor sentido de la palabra, de cuanto ha escrito su autor). 


Por cierto: en esta novela tenemos una perla precursora de las descripciones del orvallo gallego que felizmente abundan en Mazurca para dos muertos: "La lluvia cae pertinaz sobre los cristales, hijo mío". Décadas más tarde sublimaría Cela las descripciones del caer murmurador de la lluvia en los cristales de las aldeas gallegas.

miércoles, 2 de abril de 2014

Unas bravas, por favor

Así como el nombre del actor Sharlto Copley es risueño y enternecedor, el de Carlos Vermut, director, guionista y productor de Diamond Flash es paladeable y veraniego y nos hace el favor de recordarnos lo bien que se está en una terraza soleada, en compañías agradables, con tiempo por delante y sin ninguna prisa. Es de agradecer, la verdad. 


Antes de empezar quiero decir que esta película es de las mejores que visto en este siglo XXI. Si alguien preguntase cómo es la puesta en escena de Diamond Flash, la respuesta correcta sería: vaciada, una puesta en escena vaciada, en las antípodas de la puesta en escena habitual del cine de superhéroes, tan proclive a la pirotecnia multicolor del CGI (o Computer Generated Imagery). Mejor así. Mantiene a la película con los pies en el suelo. Por otra parte, la elocuencia narrativa de sus fuera de campos es fruto del talento de su autor y de su formación en el mundo del cómic. En el cómic tenemos la viñeta, cuyo correlato en Diamond (o en cualquier otra película) sería el plano fijo, y el fuera de campo, lo elidido, que es lo que le interesa a Vermut, sería lo que ocurre en ese espacio infinitesimal que hay entre viñeta y viñeta y cuyos secretos se desarrollan únicamente en la mente del lector o espectador creativo. Este diálogo entre el plano fijo y el fuera de campo crea continuas sinergias narrativas, no novedosas pero sí impropias o inhabituales en el cine de género, que nos obliga a ver la película una y otra vez. Carlos Vermut espera de nosotros que completemos su obra. Dos de los mejores ejemplos de esto que digo son: la escena en la que una niña lee un cómic en una habitación de hospital donde, fuera de campo, yace la madre, y la escena en que, también en plano fijo, vemos una mano delicada pintando delicadamente una figurita con un pincel, mientras ordena por teléfono cosas escalofriantes y alejadas de la armonía relajadora que vemos en pantalla.
2011

            Y en qué se parece a Pulp Fiction? La mejor película de Tarantino se recrea en los huecos de su historia de gangsters. Le importa más, como ya hizo en Reservoir Dogs, lo que rodea a la acción que la acción en sí. La periferia que el centro. Vermut también lo prefiere así. No sabemos por qué es importante ese famoso maletín, pero acompañamos a Travolta y a Sam Jackson en todos los momentos de su búsqueda, sobre todo en los menos importantes, y nos encantamos con sus (poéticas) conversaciones triviales. Y Reservoir es una película de atracos sin atracos. Y Diamond Flash es una película de superhéroes donde solo se percibe la silueta de sus acciones. También flota ante nosotros al ver Diamond Flash el recuerdo de Unbreakable, de Night Shyamalan, donde la figura superheroica y su trasfondo está revestida de un lenguaje nuevo, atípico, que contradice los postulados, bastante férreos, de la conducta habitual del superhéroe, de sus poderes incontestables. Insisto en que es Diamond una película sutil y elíptica que exige revisionados. Y la interpretación de esas actrices desconocidas, toda una lección. Varias críticas hacen mención a los diálogos. Se quejan de que son demasiado largos. Yo no lo he visto así. He visto que el lenguaje que manejaban sus personajes era fluido y en mis oídos todo entraba con facilidad y naturalidad. A esto contribuye la ya mentada interpretación visceral del reparto.

Resumen: desaparece una niña. Una mujer maltratada se encandila con la visión del enmascarado Diamond Flash, que aparece salvador y misterioso ante sus retinas asustadas. Una pareja de lesbianas. Una torturadora. (Esto no es pereza, es que son retazos). Una hermana que droga a su hermano por motivos oscuros pero justificados. La película es un mosaico. Un fresco. Pespuntes de historias hilvanadas con laxitud. Temas como el maltrato, la tortura, la pedofilia o el amor se esbozan aquí con pinceladas diminutas pero reveladoras. Son insinuaciones. Una película que ataca al espectador con su velada crudeza a la vez que deconstruye los lugares comunes, los inamovibles tópicos del universo superheroico. Algunas críticas –he leído muchas, la verdad-, han afirmado con pedantería que esta película es excelente, algo impresionante, incluso fuera de lo común, pero que tiene sus fallos y sus errores. Espero poder ver esos fallos y errores algún día. De momento, iré y volveré de su mundo intentando percibir cosas que ahora se me escapan. Y en el caos subjetivo de mis preferencias, tengo claro que Diamond Flash está por encima de esa otra gran película que es Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo. Que no es decir poco.