miércoles, 28 de mayo de 2014

Apuntes sobre Javier Calvo

Si ponemos sobre la mesa muestras anónimas de escritura de diez autores españoles nacidos en la década de los setenta, la prosa más fácil de identificar sería, para mí, la de Javier Calvo. Su ritmo acelerado, estilemas y sentido del humor, su frialdad pero también su calidez, su precisión léxica y su llamativa ausencia de comas, su variedad de registros, sus, en definitiva, pequeñas cositas identificativas se erguirían como luminiscentes señales de tráfico que, alarmantes, nos indicarían, de entre todas las muestras y sin duda alguna, cuál es la de Javier Calvo.

A diferencia de lo que ocurre con otros autores, no asistimos a un despliegue interminable de vocabulario desconocido: a Javier Calvo le bastan unas pocas, precisas y divertidas palabras para crear sus mundos. (De todos modos, en El sueño y el mito, colección de ensayos que acaba de publicar Aristas Martínez, vemos un alarde impresionante de vocabulario especializado, alejado del repertorio acotado de su narrativa, que contradice lo que acabo de decir). Tan identificativo es su estilo que se podría escribir sin darse cuenta a la manera de Javier Calvo. Pese a lo dicho, en ocasiones abusa de algunas fórmulas (como la pronominal –el mismo o -la misma), algo que ya destacó algún crítico (Ricardo Senabre), o, al menos en Mundo maravilloso, abusa por ejemplo del adverbio ‘inverosímilmente’, por cuanto todo es o todo parece ser 'inverosímilmente grande'. Insignificantes deslices aparte, pocas escrituras tienen una personalidad tan visible y vivaz como la suya.

¿Sus narradores? Unos prendas. Socarrones, nos presentan a sus personajes con sorna, con una tendencia a la burla hiriente. Un manto de ironía deformadora cubre a sus personajes. Sus defectos quedan siempre potenciados y sus conductas suelen ser las de esas personas que cruelmente llamamos pringaos o primos. Los narradores de Javier Calvo tienden (por suerte para nosotros) a la deformación caricaturesca, a veces grotesca, de los rasgos y las personalidades de sus personajes. Tiende el autor a crear personajes excéntricos, adorables en su pringadez, y tiene un talento inigualado, una sensibilidad especial para los personajes infantiles (un poco como Salinger), recreando la lógica infantil con todos sus recovecos. Pienso en el joven Álex Jardí del cuento “Crystal Palace”, de Los ríos perdidos de Londres, que más tarde reaparece puntualmente en Mundo maravilloso. O en la enigmática Valentina Parini también de Mundo maravilloso. O en algunos personajes de los cuentos de Risas enlatadas. O en el grupito de niños de Corona de flores. Nos lanza continuos asideros con esa retahíla de gestos idiosincrásicos para que podamos agarrar a sus personajes, tenerlos cerca y cobijarlos a todo color en nuestra memoria lectora.

El narrador de Javier Calvo es observador, siempre atento al detalle, al matiz diferenciador que profundiza el dibujo de sus personajes, sofisticando así, como no lo hacen los otros escritores de su generación, el cuadro general de sus historias. Conforma ese mosaico de manías y particularidades que solemos llamar personalidad. Con unas descripciones influidas por el cine, lo que en otros autores quedaría omitido por intrascendente o irrelevante, en Javier Calvo adquiere la cualidad de decisivo. Que un personaje fume de una manera o de otra, se siente de una manera o de otra o las expresiones faciales que inconsciente haga mientras dibuja, es algo que marca la diferencia en los narradores de JC; ayuda a que los conozcamos más y mejor, pero no solo eso: pareciera que hace tantos años que los conocemos que ya nos hacen partícipes de su comportamiento privado y de sus manías únicas y sin porqué. No hace falta imaginarlos porque los estamos viendo. Esa tenaz inclinación por el pequeño detalle hace que los sintamos más cercanos. Que se nos abran (como un libro). Que nos sintamos morbosos voyeurs por un día.

Con humor negro y un saber hacer impresionante, anticipándose desactiva o desarticula los estereotipos, los lugares comunes y los tópicos más manidos. Al mencionar un gesto o una actitud prefabricada por el imaginario colectivo, los señala irónicamente, dotándolos de un nuevo significado. Sus narradores dejan un reguero de convenciones evisceradas. Javier Calvo, como Whitman, siempre va un paso adelante, y nos espera.

martes, 6 de mayo de 2014

La educación es sentimental o no es

Está claro: hay películas que nos marcan más que otras. El recuerdo de estas películas perdura en nosotros con una longeva perseverancia, decidida e imparable, y no existe el revisionado que avinagre ese recuerdo. También está claro que nada tiene que ver la calidad artística de estas películas con el hueco que, privilegiadas, ocupan en nuestra memoria. La edad a la que uno deja de asumir el impacto del cine con esa candidez depende de cada uno (esto también está claro). Podemos leer el conjunto de películas que hendieron -podríamos decir- nuestra personalidad lectora, como una carta de presentación, como el lugar de donde venimos, como un trasfondo de afectos sin porqué (cursi pero cierto). En mi caso, de la lista que viene a continuación, la película a la que más tardíamente llegué fue El desencanto, con quince años. Cumpliré veintiocho este verano.


Sin orden ni concierto, ahí va el sendero de películas que no sé por qué asocio siempre con lo que, cursimente, podríamos llamar mi identidad. 

La trilogía de Regreso al futuro. No puedo decir nada sobre estas películas emocionantes, llenas de amor y de motorizados viajes en el tiempo. Son películas-felicidad. La trilogía de Indiana Jones. Encadenadas set pieces de aventuras fantásticas, a veces un poco nazis, con un personaje inspirado en el intrépido explorador (real) Percy Harrison Fawcett, sobre el que David Grann escribió una excelente biografía. Fawcett desapareció buscando una ciudad construida con ese metal precioso que no es la serenidad sino el oro, en el Amazonas, igual que hiciera el loco Aguirre siglos atrás. Las dos primeras películas de Terminator también están siempre presentes en mi cabeza. Ese futuro húmedo, oscuro, esa humanidad deslucida y en peligro. Esas máquinas humanas. De John Ford admiro El hombre que mató a Liberty Valance y El sargento negro por encima de cualquier otra cosa que haya salido de su talento expansivo. Por Único testigo lo que siento es: fanatismo descerebrado. Y Siete novias para siete hermanos, con sus bailes y sus canciones ya clásicas, con su violencia sincopada. Sonrío sin querer al pensar en esta película. Los pájaros es un grato regalo de Alfred Hitchcock. Ojalá todas las pesadillas estuvieran edificadas con ese poderío imaginativo. Con Tiburón nació ese concepto de las películas veraniegas que transcurren en alta mar. Ahí es nada. American Graffiti es la mejor película de Lucas y decir esto no es una coqueta boutade provocadora. La princesa prometida, aunque sorprenda, está aquí presente por tantas cosas y por su concepto del amor verdadero, que nunca olvido. El nombre de la rosa y su biblioteca con Borges incluido. Y Primera sangre, Apocalypse Now y Platoon y El cazador, todas con su sitio en mis fantasías bélicas. Y El desencanto, de Jaime Chávarri, que no sé si la he visto treinta o treinta y cinco veces, cincuenta o cincuenta y cinco, como también he perdido la cuenta de todas las demás, de todas las piezas de este emocionado trasfondo de afectos sin porqué (cursi otra vez pero también cierto).

No envejecerán estos entusiasmos. Yo soy estas películas.