miércoles, 30 de julio de 2014

La familia, destruida (Parte 2)

El veinticinco de octubre de 2011 subí un texto al blog llamado "La familia, destruida". Esta es la segunda parte de ese texto, del que se podrían escribir un sinfín de secuelas, claro. En aquel texto hablaba de un cuento muy corto de Raymond Carver y de la colorida serie Futurama. Esta secuela va de películas de robos y atracos.

Hay películas de atracos como Testigo silencioso, de desarrollo imprevisible; o como Drive, que cambia o afina el lenguaje visual dominante en estas películas; o como Reservoir dogs, que, como dije, es una película de atracos sin atraco; o como Atraco perfecto, que es redonda (porque es de Kubrick); o como Tarde de perros, de Sidney Lumet, donde al fin entendemos qué es lo que puede inducirnos a atracar un banco; o como nuestra La estanquera de Vallecas, que al atraco hay que añadirle los toquecitos reanimadores de la comedia y a una Maribel Verdú no excesivamente vestida. Por ello, gracias, Eloy de la Iglesia.

Todas estas tienen sus cositas destacables, sus aportaciones diferenciadoras. La última de Lumet, Antes que el diablo sepa que has muerto, como película de atracos, está bien. Muy bien. Tiene saltos en el tiempo que narran desde distintos puntos de vista la evolución del atraco, para que todo encaje como armónicas piezas de puzzle, la dirección es enérgica, vibrante, y la sobria puesta en escena coadyuva a resaltar uno de los mayores talentos de Lumet: la dirección de sus actores y actrices. No en vano viene, o vino hace ya unas cuantas décadas, de la televisión y del teatro. Philip Seymour Hoffman y Ethan Hawke se salen, y el peso de la película lo sobrellevan ellos, en sus hombros. Paulatinamente trepidante, como thriller.
La proposición

Pero donde verdaderamente destaca, donde esta película pega un puñetazo rabioso en la mesa y lo rompe todo sin importarle nada, es en la arrasadora vivisección que hace del núcleo familiar. Al principio, claro, puede no parecerlo. Puede parecer que estamos ante un Lumet que siente nostalgia por el cine de los setenta. Pero poco a poco vemos cómo crece la película hasta convertirse en algo mucho más atroz que un simple y muy manido drama familiar, hasta que vemos lo escalofriantes que son las migajas intrascendentes a las que queda reducido el núcleo familiar que, por otra parte y ya hacia el final, vemos que nunca, en ningún momento, fue idílico, modélico, ni remotamente feliz. Ahí es donde está el triunfo doloroso de esta película.

En el punto de mira de esta película no está la joyería sino nuestra idea romántica de la familia. 

sábado, 26 de julio de 2014

En algún punto entre Cela y Delibes

Así como Miguel Delibes goza de un reconocimiento unánime, fervoroso, por haber creado infinidad de personajes creíbles y crepitantes, como don Cipriano Salcedo, como Carmen, como el Nini, a Camilo José Cela, en cambio, suele negársele ese mérito y también el de saber sostener argumentos compactos a lo largo de sus novelas.

Cuando escribe, Cela tiende, como ya dije en mis apuntes sobre la señora Caldwell, a perderse por los muy transitados cerros de Úbeda. Tiende a ensimismarse en su escritura fastuosa, dejando de lado los matices y las pequeñas contradicciones que conforman la personalidad de sus personajes, cosa que nunca deja de lado, por otra parte, Delibes.


Cierto. Lo que pasa es que la prosa celiana es en sí misma un género literario. Casi, me atrevería a decir, una obra maestra. Tan sofisticada es su escritura, tan rica y emocionante, que puede permitirse el lujo de escribir un libro como Garito de hospicianos, que es una miscelánea recopilación de artículos absurdos. De chorradas, básicamente. Pero ahí está la clave, o una de las claves, de Cela: es capaz de mantener el pulso a esa retahíla de inanidades con la simple fuerza de su escritura. No es que sea un mero ejercicio de estilo: es que su estilo, como digo, es en sí mismo un género literario de altura, lo que ansiosos buscamos cuando abrimos uno de sus libros. Que sus argumentos se bifurquen, que se subdividan, que procreen, que se ramifiquen, que de ellos nazcan subhistorias y no lleguen jamás a concretarse en algo más o menos visible o identificable, no es óbice para negar su talento o su capacidad como narrador. Su manera de novelar, de los años sesenta en adelante, se aparta conscientemente de la narrativa convencional. (Nuestro día a día también está lleno de pespuntes, al fin y al cabo). Sus novelas son torrentes de una escritura desbocada que todo lo arrastra. El cauce del argumento se ve desbordado y el caos escriturario nos acaba venciendo. Eso y su escritura algo arrogante, irónica, mordaz e incontenible es lo que hay que buscar entre sus páginas.

Quizá Delibes haya creado los personajes mejores de la narrativa española del siglo XX. No me parece exagerado decir esto. Y su prosa, el fluir de sus palabras es tan poderoso, tan irresistible, que uno puede leer páginas y páginas sobre cinegética a pesar de no tener el más mínimo conocimiento sobre el tema ni, lo que es más grave, el más mínimo interés. Nada tiene que envidiar Delibes a Cela. Pero, respecto a los frecuentes ataques contracelianos por no saber, supuestamente, crear personajes, nos basta fijarnos en su propia obra para ver que esto no es así. Cierto: en Mazurca para dos muertos, en Cristo vs. Arizona, en La cruz de san Andrés, en Oficio de tinieblas 5, en San Camilo, 1936 no vemos un elenco nutritivo de personajes orgánicos, como sí vemos, ya digo, en Delibes. Pero no lo vemos no porque Cela sea incapaz de escribirlos sino porque no le interesa. Está más centrado en otras cosas. Para ver que Cela es capaz de crear personajes solo tenemos que volver a leer La familia de Pascual Duarte, La colmena o, incluso, y ahora me explico, su Viaje a la Alcarria.

En su periplo andariego por tierras manchegas, por así decir, Cela crea un personaje simpático, accesible, despreocupado y abierto a la novedad y a la sorpresa: él mismo. Narra en tercera persona los vaivenes de su viaje, abstrayéndose de sus propias experiencias. Así seguimos, desde una óptica lejana, distanciada, todos sus pasos y todos sus descubrimientos. Como si una cámara siguiera su largo recorrido y con ella nosotros. Le vemos interactuar con las gentes anónimas del camino. Le vemos contento, agradecido, sorprendido, molesto, cansado, descansado, ilusionado, hambriento o saciado. Asistimos, en definitiva, a lo que siente alguien cuando está de viaje. Y tan de cerca asistimos a ello que pareciera que lo estamos haciendo juntos, ese viaje. El único reproche que se le puede hacer al libro es uno que también se le puede hacer al exitoso 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. A saber: que ofrece una mirada blanda y enternecedora de un país y de un pueblo en pleno desgarro por la posguerra (la civil en el caso de Cela, y la mundial en el caso de Hanff). Deciden obviar esa parte de la realidad. Pero si de personajes hablamos, creo que, aparte de los dos libros citados, Pascual Duarte y La colmena, su Viaje a la Alcarria es un sólido argumento para desactivar las graciosas campañas de furia contraceliana.


jueves, 17 de julio de 2014

Cavilaciones infructuosas sobre un verso antiguo

"Crida lo sol, plorant amb cabells negres". Hace años descubrí este verso en El caminant i el mur, de Salvador Espriu; lo utilizaba como epígrafe a uno de sus poemas. Al principio lo leí de corrido, sin darle mucha importancia, como quitándome de encima unas palabras que estorbaban la poesía que de verdad quería leer, como si fueran molestas, entorpecedoras migas de pan en la mesa. Releyendo el libro caí en que no lo entendía y en que la imagen era ilógica, que desafiaba las convenciones habituales de la poesía sacra, que era una estridente rareza y que, de hecho, el autor no me sonaba de nada. Este verso trasciende las fronteras de lo racional, de lo concreto; es un verso metafísico, radicalmente innovador. Así, si me hubieran dicho que es de Dylan Thomas, me lo hubiera creído; como también hubiera aceptado sin pestañear la autoría de Éluard o de Aleixandre o de cualquier otro autor proclive a la imagen ilógica, a la imagen que cuestiona el hacer rectilíneo de nuestra racionalidad. La imagen un poco grotesca, patética y desgarrada, parece más propia del siglo XX, sí. Pero es de Joan Roís de Corella, poeta valenciano del siglo XV. Ahí es nada.

Siglo XV
El poema se titula: “Oració a la sacratíssima verge Maria, tenint el seu fill déu Jesús en la falda, davallat de la creu”. (Muy cortito, vemos). El poeta se dirige a María. Se hace eco de su dolor. Se entrecruzan dos voces: la de Corella y la de la madre. Él se dirige a ella y ella a su hijo.  Ella le pide que, así como le cobijó, maternal, en su vientre, sea ahora él el que la acoja a ella en su tumba. Mientras tanto Corella dice que chilla (o grita) el sol con los cabellos negros y todos los cielos lloran igual que llora la madre. Qué quiere decir, exactamente? El autor, así, hace extensivo el dolor de la virgen María a toda la esfera terrestre, al mismísimo sol que nos da vida. Lo sitúa en otro plano de existencia. El centro emanador de tanta vida se conduele y expande esa desgarradora visión, humanizándose al llorar con sus metafóricos cabellos negros, como una madre. Así nada sobre el planeta queda exento de esa muerte, del conocimiento culpable de esa muerte.  Si el sol nos da la vida en la Tierra; es entonces metáfora directa de la madre? Por qué tiene cabellos negros? A qué se refiere? La muerte del hijo es tan poderosa que hasta una estrella se hace eco de esa herida? Ve Roís de Corella que es tanto el dolor que nada quedará libre de él, ni de la culpa, y por eso está todo teñido para siempre de esa sangre? (Es algo parecido a lo que dice Neruda siglos después en su poema “Tierras ofendidas”: Nada, ni la victoria / borrará el agujero / terrible de la sangre: / nada, ni el mar, ni el paso / de arena y tiempo, ni el geranio / ardiendo / sobre la sepultura).

En uno de sus textos en prosa, titulado “Tragèdia de Caldesa explicant un cas atzarós que li esdevingué amb una dama”, repite la metáfora. Habla del sol y de que no veremos más sobre la tierra “els seus cabells daurats”. Nos vamos acercando a una explicación. Sus rayos vivificadores son como una larga cabellera dorada, como una imparable trenza de Rapunzel. Así, el sol que chilla y llora en el poema anterior está de luto. Ha perdido la lozanía de su juventud y llora a gritos sumido en la negrura. Es decir: Corella ve en el sol el reflejo de su sentir. Espejea los vaivenes de su sufrimiento. Pero por qué asocia el sol al sentir humano?  Que chille el sol con cabellos negros, si estos son metáfora del duelo, como hemos visto, es muy bonito y por sí solo justifica toda la poesía del autor. Pero que dé un paso más y convierta al sol en el eco o, más que en el eco, en el centro mismo de todo nuestro sufrimiento dota al verso de un carácter metafísico, como he dicho, precursor de corrientes literarias del futuro, y de un poder de sugestión llevado al extremo. Aquí el dolor humano es trascendido y todo lo vivo se conduele de nuestra miseria. Roís de Corella consiguió un verso que traspasa cualquier frontera imaginable, un verso que atraviesa el umbral de nuestra pobre humanidad, llega a la realidad inconcreta, intangible, incognoscible de cuanto nos rodea, lo enlaza al núcleo generador de vida en la tierra, que es el sol, nos une a ese plano de existencia y planta ahí el secreto de nuestro dolor. Pesan sobre todo lo vivo nuestros errores.

No tengo muy claro si he entendido el verso. Pero el haberlo retenido durante años en la cabeza, y el impacto de su rareza, hacen que la experiencia estética que supone su lectura se acerque a lo que solo el puñado de verdaderamente grandes pueden conseguir. 

viernes, 11 de julio de 2014

Secuelas: el debate

Compruebo alarmado que no es un rumor, que no es una falsa noticia murmuradora, que no es un cotilleo jugoso nacido en Hollywood y propagado, con interés, por los medios, y compruebo que no es un cuchicheo inconsistente, que no es habladuría barata ni pura cháchara, que no es una leyenda urbana curiosa y fruto de mentes desocupadas, que no estamos ante ese simple ejercicio que llamamos hablar por hablar, que no es, tampoco, una cortina de humo tras la cual se esconden ideas renovadoras y fundacionales de una nueva sensibilidad, que no es, qué duda cabe, mentira, y que tampoco es, solo faltaría, falso, y veo que no, no es otro bulo más ni el cebo seductor de las noticias del día de los Santos Inocentes, cuando siempre picamos, y tampoco es, porque verdaderamente no lo es, un chisme entre cinéfilos aburridos por la cartelera veraniega ni una inocente fantasía entretenedora, y entiendo por fin que no es un tópico recurrente ni un lugar común fácilmente soslayable, no; esta vez va en serio: están preparando Gremlins 3 y Los Goonies 2


Me pregunto por qué, la verdad. ¿A quién le parece que esto sea buena idea? 

Sería divertido proponer una larga lista de secuelas innecesarias. No sé: Regreso al futuro 4. Nos perdimos otra vez?  La princesa prometida 2. Y vino el retoño? Apocalypse Now 2. Estoy como un cencerro?

Un poco de esfuerzo, por favor. No es tan difícil. 

jueves, 3 de julio de 2014

Cinco lecturas de amor

La mejor prosa de Vázquez Montalbán está entre las páginas de El pianista. En orden cronológico inverso, la novela abarca tres generaciones sesgadas por la guerra. El amor perdura. La decadencia física no puede con el amor. Con tesón, con calurosa y cándida fidelidad resiste el amor de los protagonistas a las agresiones de su tiempo, a sus decepciones, a sus fracasos, a sus traiciones de sí mismos.

En Matadero cinco dejó Vonnegut claro que si no te gusta esta realidad, invéntate otra que te plazca más y sé feliz en ella. Pilgrim, heroico protagonista de la novela, se va muy lejos de casa para por fin encontrarse con el amor de su vida, Montana Wildhack, que será también feliz por primera vez y por amor. 

Harold Bloom dijo que Moby Dick no es una novela sino un poema épico en prosa. Así que Cinco horas con Mario es un poema de amor en prosa. Cuando al final del monólogo de Carmen entendemos el porqué de todas sus quejas, el sentimiento de culpa por haber torcido un poco la fidelidad de su amor por Mario, sabemos que estamos ante un caso de amor herido, que solo un amor verdadero puede sentir tal cantidad de culpa. 

La casa de Bernarda Alba, por supuesto, tiene que estar aquí. El amor que lo es todo. En este caso un contramor asesino. "Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura". Los personajes de Lorca arrojados a las inclemencias del amor. Pero como también dice Lorca: Lo triste también es bonito. 

Este punto quinto tampoco es un libro sino un recuento encendido y sin pensarlo mucho de otras lecturas de amor que bien podrían ganar el primer premio en cualquier lista de lecturas de amor. El secreto del orfebre, de Elia Barceló, es una novela muy corta de amor y viajes en el tiempo. Una estructura circular que encierra el infinito. Ya mencioné también la novela En algún lugar del tiempo, que leí en un viaje a Roma, que, como la anterior, es una historia de amor en el tiempo. La mente de Richard Matheson, el autor, ideó la que es en mi opinión la más creíble, factible y plausible manera de viajar en el tiempo, basada en la memoria. Un cuento de Tiptree, donde el desconsuelo es recompensado con un amor alienígena muy feo y a muchos años luz de la Tierra pero que es mío y me corresponde y me hace feliz por primera vez. Y la poesía de amor de Neruda y de Anne Sexton, de Carlos Drummond de Andrade, de Miguel Hernández y Roberto Juarroz, todas ellas abrasivas lecturas de amor. Hace tiempo que leí estas cosas. Puede que mi recuerdo haya modificado algunos pasajes, algunos detalles, pero yo diría que aún brillan por la noche estos poemas de amor.