sábado, 20 de septiembre de 2014

Algunas películas conservan la luz del verano

Doblaremos la esquina y ahí estará, agazapado, esperándonos, el otoño. El muy mamoncín. Así que nada mejor para despedirnos del verano que comentar dos necesarias películas veraniegas que transcurren en alta mar: Blue Water, White Death y Open Water.

Spielberg vio la primera y se quedó prendado. Dirigida por Peter Gimbel y James Lipscomb, se trata de un atrevido documental sobre el gran tiburón blanco. De todos modos, como pasa con los documentales de Werner Herzog, se aleja del marchamo cientificista del género y se adentra en la imagen estilizada, en el intento de plasmar la belleza del mar y la de estos animales nadando libres en ese mar que les pertenece. Y no solo estamos ante unos delicados cineastas, estamos también ante unos narradores que han sabido contar con nervio la evolución de su viaje, los altibajos naturales de su aventura. (El metraje real de Tiburón, por cierto, en el que vemos a un tiburón real, es de los creadores de esta película).

Lo único malo de la película es que no tiene un fin concreto. El objetivo es grabar tiburones blancos, por primera vez, fuera de las jaulas. Pero eso es un mérito al valor, un elogio a la valentía de los cineastas, y no un mérito artístico. Así que podríamos decir que, pese a lo excelente de su hechura, le falta un objetivo más definido e interesante.

Las imágenes nocturnas son impresionantes, con ese baile de luces entre la oscuridad de la noche y los fogonazos de las linternas que le confieren un aire como de confesión. Un intercambio de colores en medio de la nada. Y las largas tomas sub-acuáticas nos sumergen en otro mundo con sus suaves movimientos de cámara, con las que consiguieron unas imágenes que ahora ya son parte de nuestro imaginario: las de un gran tiburón blanco en su hábitat natural. Precursora evidente de Tiburón, también lo es, aunque de manera algo menos evidente, de Life Aquatic, de Wes Anderson. 

Dato curioso: estamos en el año 71 y, en general, se sabe menos de los tiburones blancos que ahora. Para atraerlos, pues, los cineastas siguen a barcos balleneros con la esperanza de que los cadáveres flotantes de las ballenas –los llenan de aire para que floten- hagan de sabroso cebo para los tiburones. El ballenero al que siguen, el ballenero al que se acercan, el barco ballenero que mata e insufla aire al cuerpo inerte de un precioso cachalote, lleva la bandera española ondeando en el costado.

  
Open Water, de Chris Kentis, es una verdadera gran película veraniega que transcurre en alta mar. Un matrimonio se va de vacaciones a hacer submarinismo. En su primera inmersión, se quedan rezagados bajo el mar, y, cuando suben a la superficie, se dan cuenta de que han sido olvidados. No hay nada a su alrededor salvo el agua y un horizonte lejano y después más agua.

La cámara bambolea a nivel de mar, flota por encima de la superficie como nuestras cabezas, potenciando así la sensación de asfixia. Domina la estética naturalista conseguida con pocos medios: la película está grabada con cámaras caseras. Y el montaje está tan bien hecho que pareciera que los tiburones han entendido lo que se espera de ellos en cada escena.

El final es todo menos complaciente: se aleja el director de las imposiciones edulcorantes de Hollywood. No están solos como en 127 horas, Buried, Locke o Náufrago, cierto, se tienen el uno a la otra, pero eso le otorga otro sesgo especial a la película: las tensiones que surgen entre la pareja. Vemos todo el espectro de sus discusiones desplegado en un microcosmos que mezcla la soledad, el peligro de muerte real, y el olvido.

Ya tienen miedo cuando les pica una medusa translúcida, ondulante, así que las primeras aletas en rasgar la superficie suponen un salto cualitativo en el horror. Los tiburones merodean a su alrededor, hambrientos y calculadores.  Hasta que llegamos a los últimos minutos de la película, que te cortan la respiración. Una película arriesgada que supera sus ambiciones, que apela a un miedo atávico y muy sencillo: el de estar solos e inermes en medio del mar, de un mar infestado de tiburones a quienes estamos molestando con nuestros inútiles chapoteos, con nuestros sollozos de desespero. Como dijo Rogert Ebert en su crítica, al ver Open Water tienes que estar repitiéndote, constantemente, que lo que estás viendo, por suerte, es solo una película. 

martes, 16 de septiembre de 2014

En el nombre del cine lúdico-festivo

Al principio no me lo creía. No podía ser, de tan brillante. Pero sí: el nombre de Rambo viene del poeta francés Arthur Rimbaud. David Morrell, novelista creador del personaje, tuvo ese gesto de coquetería literaria, y acertó. En la cuarta película de la saga, nos dice Sean Gill, el recuento de muertos asciende a 236, ninguno de los cuales, faltaría más, muere una muerte natural. Si pensamos que dura 91 minutos, salen a 2,59 muertos por minuto. Pese al dato y aunque suene raro, tenemos que ver Rambo como la culminación perfecta de la saga, como la vuelta a casa de un cansado luchador al que ya solo le queda irse a dormir temprano los últimos años de su vida.  

Como dice el mismo Sean Gill, Stallone se ha vuelto a tomar en serio al personaje, algo que no ocurría desde Primera sangre. Porque, aunque sea la película, en esencia, un electroencefalograma plano, es también y con la misma intensidad una oda casi maternal a un personaje hastiado de la vida, que se merece descanso, sosiego y un poquito de paz y tranquilidad como vemos simbolizado en el emocionante plano final de la película. Propongo que veamos esta película pues como un gesto de deferencia hacia el personaje. Podría haber acabado en un festival de cursilería, de vomitivo edulcoramiento alejado de lo que es Rambo para todos nosotros, pero por suerte no incurre en esa fatalidad. La película es un abrazo de despedida a John Rambo.

Es también un buen ejemplo de cine lúdico-festivo, porque nos da lo que queremos en dosis excesivas y sin grandes reflexiones: a Rambo matando. También nos ofrece, como digo, una mirada afectuosa hacia el personaje, una mirada cariñosa y de sentido consuelo, de un más que merecido recogimiento en el descanso de su hogar. Sí, al fin vuelve a casa. David Morrell mató al personaje en la novela. También Stallone moría en uno de los finales alternativos de la película original. De haber seguido los pasos del autor, nos hubiéramos ahorrado unas secuelas flojas y desvirtuadoras, pero tampoco hubiéramos asistido a esta inesperada entrega de calidez, a la llamada de la ansiada, de la balsámica y, en el buen sentido, anestesiante jubilación.


Ejemplo más claro de cine lúdico-festivo lo encontramos en Leprechaun, una película que es exactamente lo que quiere ser: pura diversión sin pretensiones. Eso es cine lúdico-festivo. Necesario y valiente, es importante para que, entre otras cosas, no nos olvidemos de cuidar las partes más ocultas de nuestro catálogo de filias culturales. En Leprechaun, de Mark Jones, vemos a Jennifer Aniston haciendo de Rachel antes de ser Rachel en Friends. Y a un leprechaun haciendo de Chucky o de Gremlin o de Critter. ¿Original? No lo tengo muy claro. Pero,  explotadas ya las fiestas de Halloween, de Navidad, de San Valentín, del día de los inocentes o la del mismo cumpleaños, había que recurrir a otros rincones de la mitología popular para conquistar nuevas parcelas de imaginario para el cine de terror. En el leprechaun irlandés encontraron, a principios de los noventa, un filón. Una slasher que no da miedo pero que, ahora, es una pequeña reliquia para los devoradores de Aniston, para los fanáticos del cine de terror, para los que disfrutan anticipando los movimientos de una película. Leprechaun es modesta, pequeña y cumplidora. Nos regala, como todo buen cine lúdico-festivo, hora y media de diversión bien articulada, bien posicionada en el género en que se instala, y nos concede el placer de saber qué haría un leprechaun suelto por una casa de campo, de noche, y con una avaricia sin escrúpulos.