viernes, 24 de octubre de 2014

Mira, ahí tienes tu pasado

Yo diría que el thriller es uno de esos géneros que gustan a todo el mundo. Así que, cuando aparece uno que sobresale, que destaca por su capacidad de encogernos el estómago y de encandilar nuestra mirada, porque no se arruga ante planos abiertos o tomas largas y lentas, todos nos alegramos y la recomendamos con especial motivación. Si la película es excelente, como La isla mínima, de Alberto Rodríguez, buscamos todo lo que se haya escrito sobre ella porque necesitamos saber lo que han dicho los demás, ver si coinciden nuestras apreciaciones y para ver si los demás están tan encantados como nosotros. Creo que es así, más o menos, como funciona la cosa. Esta vez he seguido estas indicaciones porque los disparos del tramo final me han recordado a los disparos misteriosos de Volverás a Región, de Juan Benet. Bueno, pues he tenido poco éxito buscando apoyo en esta apreciación. Qué le vamos a hacer.

Los colores que dominan la película son unos ocres muy años setenta, unos colores deslucidos y arcillosos como las aguas del Guadalquivir. La fotografía y los planos cenitales consiguen unos efectos raros de ver en nuestro cine: la sensación de vastedad, de inmensas llanuras pantanosas (o no), abrasadas por el sol o matizadas por la luz del amanecer. Nos va adentrando así en un mundo que ya de por sí es hostil. En este sentido la película recuerda a esa maravilla que es La presa, de Walter Hill. 

Mezcla Alberto Rodríguez los planos fijos y un ritmo apaciguado con los planos cenitales, que empequeñecen y contextualizan al ser humano en ese mundo diminuto y de nervadura retorcida, intencionadamente oculta. Y combina los montajes rápidos cuando los necesita –como en la primera intervención de Jesús Castro en el coche-, con una de las mejores persecuciones en coche que yo haya visto en cualquiera de las películas rodadas por estos lares. (Nota: el cine español no es muy ducho en persecuciones. Para ver la peor de todas solo tenemos que asomarnos a Torrente 3: lo es con ganas. Las dos mejores las he visto recientemente: en El niño, de Daniel Monzón, con esa espectacular persecución en el mar nocturno, entre la zodiac y el helicóptero, y ahora en esta Isla mínima, una lúgubre persecución también nocturna que, aunque breve, pone los nervios de punta).

Resumen: en un pueblo innominado del sur desaparecen en 1980 dos chicas, dos niñas inocentes. La investigación policial destapa tramas oscuras y descubre una tradición de desapariciones y tráfico de drogas muy convenientemente disimulada por los interesados del pueblo. 

La película recuerda, pero creo que supera, a El séptimo día del gran Carlos Saura. Por ese microcosmos rural. Por la aridez del terreno y el embrutecimiento moral que retratan. Vemos también en La isla mínima un momento bisagra en la historia de España. Lo vemos simbolizado en la pareja protagonista. El (no tan) viejo semi-inquisidor de la policía política franquista, y el joven detective que intenta apartarse de las viejas costumbres predemocráticas. Ambos personajes interpretados con una naturalidad muy cercana y muy creíble por Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, respectivamente.

Muchos han visto en la frase final de la película –la pregunta ¿Todo en orden?- la clave reveladora de la lectura política de la misma. La veo ahí, sí. Pero la veo con más sutileza en la actitud de Javier Gutiérrez respecto a la huelga de trabajadores. Un antiguo torturador vocacional, un antiguo franquista, bronco e indolente, celebra una victoria democrática y a nadie le sorprende y nadie dice nada, tan sutil y eficiente, tan subrepticio y calculado ha sido su cambio de chaqueta. Es una pequeña imagen a escala del gran cambio de chaqueta que se dio en todo el país, en esos años.

Yo nací sin el gen del patriotismo. No tengo raigambre alguna y creo que himnos y banderas son parte de un sentimiento ilusorio (como decía Bakunin), y nada de ello me convence. Pero igualmente tengo que decirlo: si de thrillers atmosféricos va la cosa, antes, mucho antes y con más intensidad recomiendo La isla mínima que True Detective.

viernes, 17 de octubre de 2014

Presencia de Kafka en Starship Troopers

Empecé a leer la novela de Heinlein con la intención, deshonesta y manipuladora, de rebajar, en la medida de lo posible, la dosis de fascismo que suele atribuírsele a cada una de sus páginas. Bueno. He sido incapaz. 

De un fascismo bronco, orgulloso de sí mismo, Starship Troopers glorifica al ejército, justifica la guerra, ningunea a las mujeres, desprecia con odio al enemigo, se regodea en sus victorias. Traduzco algunos ejemplos: "Carmen era tan decorativa que no podías pensar en ella como algo útil", o la última frase de la novela, que no pasa nada si se lee ahora: "A la gloria imperecedera de la infantería". No copio más fragmentos porque los más representativos de este carácter retrógrado son demasiado largos. El abuso de este orgullo patriótico resulta invasivo para el lector. (Para el lector no fascista, se entiende).

De acuerdo, pero hay cosas que, por inesperadas, sorprenden en este novela. Primero: hay dos escenas que irrumpen en medio de la novela con un despliegue de desacomplejada emotividad, de sincero y hondo afecto: la del reencuentro del narrador con su padre, sobre todo en el momento en que se da, y la descripción del consejo de guerra. Consigue Heinlein aquí las dosis de escritura de mayor voltaje, y es que Heinlein escribe de maravilla. Además, ha dado con una frase memorable: “Hapiness consists in getting enough sleep”. Completamente de acuerdo.

Lo segundo que quiero destacar es el episodio kafkiano, al menos en el sentido que solemos darle a la palabra. En una batalla, el soldado raso Kendrick se pone a cubierta. Lo malo es que lo hace sobre un hormiguero en erupción, parece ser, con lo que le resulta bastante difícil estarse tan quieto como el superior exige de él, improperios mediante. El superior, al ver que el soldado desobedece, se acerca a él y le agrede, con fuerza, en la cara. Lo bueno es que Kendrick se devuelve. Claro que sí.

Bien, todo esto lleva a un escalofriante consejo de guerra y a la expulsión definitiva del soldado del ejército. Cuando, ante el juez, intenta justificar su decisión, argumentando con todo sentido que se estaba devolviendo y que, en todo caso, el mando superior había atacado primero y por la espalda, le contestan que eso es irrelevante y que nada puede hacer para evitar los latigazos que recibirá en la espalda mientras cuelga, por las muñecas, ante todo su pelotón. Después de la ceremonia, habla el oficial involucrado con el juez para pedirle que readmita al soldado. Para decirle que tenía razón el soldado y que se ha cometido una flagrante injusticia. Para decirle que la desproporción entre el hecho y el castigo es demasiado grande. Pero el juez se mantiene firme en su decisión. La autoridad es el muro que no escucha. A nosotros nos queda la reacción del soldado. Reacciona con la incredulidad con la que reaccionaríamos todos si viéramos que el absurdo radical está metido de lleno en el tuétano del ejército. La consiguiente sensación de impotencia es asfixiante. Aquí nadie se justifica ni nadie argumenta nunca nada porque no tienen por qué hacerlo. Como Kafka ya demostró en su sangrante novela El proceso, el absurdo es ubicuo. Pareciera que lo adoramos.

Sé que nada de esto erosiona la cantidad de fascismo que contiene el libro, pero al menos queda este episodio kafkiano en el seno de una institución que no debería existir, y eso, aunque esté lejos de las intenciones patriotas de Heinlein, hace que este libro sea, aunque menos que la película de Verhoeven, altamente recomendable.