lunes, 25 de mayo de 2015

Nuevos aforismos otra vez precipitados

René Laloux fue al color azul lo que James Cameron acabaría siendo al color azul: su más delicado entusiasta. 

A veces creo que el verso más cursi que he leído es "Ahora necesito más que nunca / mirar al cielo", de Claudio Rodríguez. Otras, que es "Me siento arrebatado por las letras", de Rafael Alberti. Me parece que son de una cursilería intercambiable. 

Lo subnormal es en Manuel Vázquez Montalbán lo que lo Mostrenco es en Jordi Costa y lo que lo Afterpop es en Eloy Fernández Porta. Siguiendo por esta línea asociativa podemos añadir que las Radicalidades son al Gimferrer ensayista lo que las Singularidades son al Vicente Luis Mora ensayista, pero todo de un modo más high brow.

En La canción del mar, película de animación impregnada de folclore irlandés y dirigida por Tomm Moore, vemos, en el hermano mayor de la familia, al personaje mejor construido en mucho tiempo. No sabría precisar cuánto. Una gran película. De todos modos, no es, me temo, una película veraniega que transcurre en alta mar. Le faltan algunos requisitos.

Vamos a matar, compañeros es una película de Corbucci que también se conoce como Los compañeros. El primer título es mejor porque es más explicativo. Estamos ante una gran buddy movie protagonizada por Franco Nero y Tomas Milian que es, también y con la misma intensidad, una gran feel good movie.

Suena desagradable o en exceso condescendiente pero la diferencia que hay entre fray Luis de León y san Juan de la Cruz es la diferencia que hay entre un gran poeta y un genio. 

En su Teoría de la literatura de ciencia ficción. Poética y retórica de lo prospectivo, dice Fernando Ángel Moreno que "La función de la ciencia en la literatura de ciencia ficción es poética". Estoy de acuerdo y con eso en mente tendríamos que leer las novelas más impregnadas de datos científicos, las novelas más hard.

El mejor libro de Agustín Fernández Mallo es El hacedor (de Borges). Remake.

Antonio Orihuela es un poeta menor.

Si en una película vemos, en lugar de un avión cruzando el cielo, la palabra avión cruzando el cielo, ¿cambia algo sustancialmente?

La ciencia ficción es verdeazulada.

Me debatí durante días sobre si era o no lícito escribir un texto contra Blog de Cine y veo ahora que nos aqueja un mal común: ¡el de escribir cada vez menos!

Los libros que no he escrito, de George Steiner, es un conjunto de ensayos breves que, en realidad, fueron concebidos para ser grandes libros. Estos aforismos también podrían haber sido textos largos, independientes, y se han quedado en estos abortos textuales. Lúgubre pero cierto. 

El verso digresivo de Aullido o Kaddish se llama versículo libérrimo. Sin embargo, el verso ginsbergiano que más a menudo me viene a la cabeza es: "the heartbroken salesman lights another cigarrette". 

De nuevo digo que es muy importante saber parar a tiempo.

jueves, 14 de mayo de 2015

Ray Harryhausen en los tiempos de la Tercera Dimensión

Después de Avatar y de Prometheus, de Origen, Interstellar y de El amanecer del planeta de los simios, después de tantas películas en las que dominan los efectos especiales, es un descanso para los ojos volver a las películas en las que intervino Ray Harryhausen.

La delicada artesanía de su animación 3D, verdaderamente 3D, cautiva por encima de lo que consiguen los medios actuales. Estoy viendo que no será fácil demostrar esto.

Nombre ineludible del cine de los años 50 y 60, Harryhausen, como nos recuerda el crítico John Kenneth Muir en su blog, fue guionista, director, productor y un destacado maestro -él dice genio-, de los efectos especiales, e inspiración directa de autores como Spielberg, Cameron, Sam Raimi o John Landis. (Veo injusto, pues, que no salga jamás mencionado este decisivo, puntero orfebre de la animación stop motion en ese monumento que es la Historia del cine, de Román Gubern, como, por cierto y por otra parte, tampoco lo hace Roger Corman. ¿Por qué no los incluiste, Román Gubern?)

Hace un millón de años, la Furia de Titanes original, Jasón y los Argonautas, La isla misteriosa,  El viaje fantástico de Simbad o sus cortometrajes de los años cuarenta, donde adapta relatos infantiles, son solo parte del legado de este maestrogenio. Su corto de 1949 La Caperucita Roja es, o parece, un puente entre los dibujos animados y el cine de imagen real. Un punto intermedio entre esas dos distintas, pero complementarias, sintaxis del cine. Si antes he dicho 3D, es porque vemos, como en este corto, la sobresaliente figura animada sobre fondo plano, vitaminizando, podríamos decir, el conjunto de la imagen, dotando de fisicidad al plano.

Sus efectos especiales interactúan con el plano, se mueven en la composición del plano con un estilo de marionetas populares que remite directamente a nuestra infancia: sus figuras animadas son como los juguetes de plástico con los que jugábamos cuando éramos niños. Estamos ante una animación artesanal, encantadora, que nos sume en un mundo a veces tenebroso, a veces fantástico, pero como proveniente de un humilde taller de madera perdido en un claro del bosque. Es un tipo de animación que está más cerca del teatro que del cine, más cerca de nuestras manos que de la tecnología avanzada.

En ¡Vida mostrenca!. Contracultura en el infierno posmoderno, Jordi Costa dice que la concepción que tiene Harryhausen de los efectos especiales "aún mantiene una relación estrecha con el gesto del actor". Los movimientos articulados, "toscos, primitivos, pero inolvidables", como dice Costa, confieren a sus figuras una personalidad más humana. Una personalidad cálida, acogedora, acentuada por los colores pastel y los movimientos pausados, como de mimo, y por la iluminación, generalmente pálida o débil, que le sienta bien a nuestra mirada, una mirada adulterada, alelada y adulterada por esa cultura de la inmediatez que produce películas burdas como El Hobbit o Señales del futuro, 2012 o la nefanda El destino de Júpiter, por citar solo algunas.

Los abrumadores efectos especiales de estas películas resultan invasivos y fagocitan la película entera hasta el punto de que no vemos nada más. Su brillo es cegador. También efímero y hueco. En ese sentido, nos alejan de la propia película; debatimos Avatar o la tenemos en cuenta solo por sus efectos especiales azulados, olvidándonos de todo lo demás. Los efectos especiales de ahora nos arrastran a mundos o realidades tan extraños, y lo hacen de manera que parezca tan real, que, en ocasiones, consiguen el efecto contrario al deseado al hacer que nos sintamos lejos de eso tan extraño o raro que estamos viendo en pantalla. En cambio, los de Harryhausen, por fantásticos que sean, crean un vínculo con el espectador más inclusivo y familiar. Hay una afinidad mayor. Ejemplo claro es el corto anterior sobre la Caperucita roja: crea un lazo directo con nuestro propio recuerdo del clásico infantil, y los gestos y los movimientos de la criatura ligan a la perfección con el tono del cuento. Como contrapunto ridículo que nos aleja de su propia propuesta propongo los patines voladores que lleva Channing Tatum en la ya mencionada última película de Andy y Lana Wachowski. Lamentables.

Estos efectos especiales son como esos espectáculos piromusicales a los que asistimos sin saber muy bien qué significan ni por qué se celebran.

Y sí, Avatar y compañía están muy bien, pero detrás de esa conspicua animación hay decenas de cabezas pensantes; en cambio, detrás de la vivificadora stop motion, detrás de las criaturas aladas de Hace un millón de años, está solo la cabeza danzarina de Ray Harryhausen, poblada de meticulosas fantasías animadas.