viernes, 4 de septiembre de 2015

Aspectos de la crítica o la reseña emotiva

De muchas maneras se puede leer una reseña. Jordi Costa dice que el papel de la crítica tiene que ser el de ofrecer una lectura interesante. Exacto: hay que saber ver los espacios esquivos de una obra con ojos atentos, evisceradores, y excavar esa lectura. Pero no siempre se cumple con ese objetivo, y, en ese caso, el resultado no es, o no tiene por qué ser, ni malo ni empobrecedor. A veces se ofrece otra cosa.

Un caso representativo de esa otra cosa es el texto de Sergio Benítez sobre La princesa prometida: está tan entusiasmado con la película, es tal el calibre de su amor por ella, que se olvida de comentarla. La emoción desplaza su capacidad crítica, que la tiene, sustituyéndola por otra retórica: la de la generosidad de compartir preferencias. No intenta demostrar las gracias de la película, sus méritos ni sus logros; solo quiere dejar claro que estamos ante una película emocionalmente explosiva, y no tiene, para ello, que expresarse mediante los mecanismos demostrativos que emplea el lenguaje crítico (propiamente dicho). Lo que analiza Benítez en el texto, quizá de manera inconsciente, es su relación íntima (digamos) con la película, exponiéndola con total impudicia ante sus lectores. Como análisis, pues, es un fracaso. Como mero texto sobre la película, un éxito. (Dudo que alguien lea el texto de Benítez y no corra entusiasmado a verla, y eso es un éxito). Claro que un análisis profundo también puede transmitir entusiasmo, pero estos textos, como digo, son otra cosa. Nos ofrecen la consecuencia de la obra, no el análisis de sus recursos o de sus aciertos. Consiguen algo parecido a lo que dice José-Carlos Mainer en Tramas, Libros, Nombres sobre el Cela de Pabellón de reposo: "no llega a construir personajes pero sí sentimientos". Así, vaciando la palabra reseña de su significado habitual y otorgándole más peso al calificativo, podríamos llamarlas reseñas emotivas.

Como reseñista, Bolaño nos obliga a reformular las cosas, a reinterpretar los resultados. Creo que lo que escribe, recopilado en Entre paréntesis, es el mejor ejemplo de lo que he llamado reseña emotiva. Transmite su entusiasmo por la literatura mejor que una disección seria y académica, y queda más clara su opinión, llena de metáforas, sobre un libro, que la de otro que emplee un lenguaje más analíticamente preciso pero más emocionalmente frío. Puede que se trate de pereza (o incapacidad) analítica, pero no por ello estamos ante un texto a ignorar o inválido. Pienso en su reseña de My Dark Places, de Ellroy, o en sus textos sobre Dick, Walter Mosley, Thomas Harris u Osvaldo Lamborghini. No son textos críticos, no entendemos nada del autor o del libro, pero gracias a ellos nos pica la curiosidad y leemos, queremos saber y leemos. No es poca cosa. Por los textos no analíticos pero sí seductores de Bolaño he leído libros que antes, por otras vías más intelectualmente prestigiosas, no me habían intrigado. Este texto nace, básicamente, del impacto lector que dejó en mí Entre paréntesis. No es un libro de crítica literaria ni un compendio de reseñas ni el programa intelectual de un escritor: es un homenaje a sus propias lecturas. Visceral, se atreve a hablar de ellas sin el respaldo de los argumentos. Eso tiene un mérito y no hay que desdeñarlo.

Por qué es tan eficaz la reseña emotiva? Porque va a lo fácil, podríamos decir. Cierto. Pero, en la difícil línea en que se sitúa, entre la recomendación de bar y la reseña, se impone la tarea de congregar todo su entusiasmo en unas pocas líneas. El impulso del reseñista en este caso es más estrecho pero la consecuencia puede ser más amplia, que es lo importante. El suyo es un terreno peligroso porque entra de lleno en el campo de la subjetividad pura. Le basta, con esos propósitos, para muestra un botón: el entusiasmo que genera una lectura.

Cuando la crítica neglige su función analítica, hay que estar atento al resultado. Puede que la temperatura del texto pueda más que la ausencia de argumentos críticos y nos lancemos de cabeza a por la obra elogiada. Que nos convirtamos en agradecidas víctimas de ese entusiasmo. Cuando funcionan, que no es tan a menudo como pudiera parecer, hay que respetar el resultado.