martes, 28 de junio de 2016

Detrás de Terminator se ven algunas sombras

Terminator es la mejor película de James Cameron. También es una de las tres o cuatro mejores películas de ciencia ficción de los años ochenta. Además, acertamos si creemos que es una de las más oscuras de todos los tiempos. Y sin duda es la mejor película de Linda Hamilton y de Arnold Schwarzenegger. 

Pero hasta Terminator tiene sus precursores. La saga de los Berserker, de Fred Saberhagen, va de unas máquinas que surcan el espacio exterior en busca de humanos. Estas máquinas sobrevivieron a la guerra para la que fueron creadas, a sus fabricantes alienígenas, a los ingenieros que, genocidas, las diseñaron, y sobrevivieron también a sus enemigos originales. Pero todavía cruzan, obstinadas, el vacío sideral con la única misión que les fue encomendada: capaces de autorrepararse, de reproducirse, lo único que hacen es, como Terminator, encontrar y matar humanos. Esa eterna vocación homicida que veremos años después en las máquinas de Cameron. Saberhagen, que le cuesta mucho ocultar su machismo, en uno de los cuentos de The Ultimate Enemy, nos dice que esa "armada" aplastó a sus enemigos cuando la humanidad hacía sus primeros dibujos en las cavernas. 

Harlan Ellison es un broncas de cuidado. Pese a que sus cuentos solo sean un vehículo para llegar a la moraleja de turno, pese a que todo gire en torno a esa enseñanza que de nada sirve, por ya sabida y por cutre, pese a que todo desemboque en un giro final moralizante, su cuento "Soldier", que es de los buenos, es el otro claro precursor de Terminator. Pero quién es este Harlan Ellison, a parte de, como digo, un broncas de cuidado. Cuentista, novelista, antólogo y crítico literario, Ellison es el tipo que demandó a Cameron por plagio, que lo llamó "ese director empapado de ego", que no duda en insultar a sus lectores; una especie de matón de las letras, bronco, bravucón, malhablado, rudo y tabernario. Lástima que en sus cuentos esta faceta quede un poco diluida y sea algo inocua al lado de sus conclusiones tan graves y aleccionadoras. Pero "Soldier". De qué va "Soldier". De un soldado de una guerra futura, que, en medio de una batalla, viaja involuntariamente al pasado. En un mundo en trance de convertirse en postapocalíptico, hace el mismo movimiento que Michael Biehn en Terminator: viaja a un pasado en el que todavía existe la esperanza. Él es, en sí mismo, con su arma láser y sus historias de un futuro en guerra, la advertencia que, por una vez y al contrario que en Terminator, los humanos no desoyen. Cuatro retazos del futuro que nos espera, escritos por un broncas de cuidado en 1965, acabaría sofisticándose en la mente de Cameron hasta convertirse en, no me gusta decirlo así pero lo diré otra vez, la mejor película de Cameron. Pero en "Soldier" la humanidad escucha al involuntario viajero en el tiempo, a esta reliquia del futuro, y rectifica sus pasos equivocados. 

viernes, 10 de junio de 2016

Como las flores del Ártico, que no existen

Los olvidados son adolescentes descastados, violentados por una ciudad violenta, excluidos y marginados, crueles entre ellos mismos; olvidados, sí, y hasta víctimas, como dice Román Gubern, de la “inutilidad de la pedagogía de los buenos sentimientos”, en referencia al director de la granja-correccional donde envían a Pedro, coprotagonista de la película. Aunque Buñuel nunca opte por grandes piruetas formales, las imágenes son tan crueles como los niños: no hay asomo de ternura, de afecto en los planos áridos de ese vertedero humano que es el México D.F. que vemos en pantalla. La inquietante, perturbadora presencia de los gallos, la madre histérica y agresiva que ve Pedro en sus pesadillas a cámara lenta (que parece ser el ritmo propio de las pesadillas), o la directa agresión al espectador en forma de huevo son imágenes con las que Buñuel surrealistiza el carácter testimonial que tiene, entre otras cosas, la película, algo que ya hizo en su precursora directa, Las Hurdes, con aquella imagen del burro cubierto de abejas.

Vemos el esqueleto de un edificio en construcción. El contraste entre la modernidad y la pobreza extrema. Neones en las calles y casas sin agua corriente.

Pero también sabe ser sutil: como con los dramas que entrevemos en el pasado de la madre de Pedro, el incesto visto como de pasada, o el repugnante pedófilo (perdón por la intromisión) que intenta seducir a Pedro. Lo percibimos por la pura fuerza de las imágenes, sin oír su conversación. Buñuel se aleja de los esquematismos, del maniqueísmo con la figura del ciego, que, formando parte de los descastados, de los olvidados, les profesa odio y anima a la policía a que los capture. En Mi último suspiro admite Buñuel que nunca necesitó “más de tres o cuatro días para el montaje”. Sí, son ásperas y duras sus imágenes, porque áspero y duro es el mundo que retrata, pero, como digo, también tiene cabida la sutileza y la belleza.

En el centro de la película hay una ambigüedad: Jaibo, el personaje que inicia el torbellino de horrores, es a su vez víctima de y verdugo en la sociedad que ha intentado, digámoslo así, corregirle. Buñuel y Luis Alcoriza, coguionista de la película, no plantean una situación amable para un público que quiera congraciarse con las víctimas habituales, no. También las víctimas son crueles y odiosas: los mecanismos de injusticia estatal, de polarización social, tienen su eco en el microcosmos pandillero liderado por Jaibo, donde él es para sus colegas lo que el Estado es para todos ellos. Es en Pedro, niño violentado y tan desamparado como el Jaibo, donde encontramos nuestro verdadero vínculo con los olvidados, nuestra puerta de entrada. Y la valentía con la que tanto Pedro como el “Ojitos” responden a las bravuconerías del Jaibo también nos da la medida de la empatía del director, de hacia dónde se dirigen sus simpatías matizadas. Porque en un momento dado Pedro admite que quiere portarse bien, pero que no sabe cómo. ¿Quién es el responsable de esta impotencia? Hay tres momentos clave en la película que marcan la evolución de Pedro, su declive: los bastonazos que le pega Jaibo al chico, al principio de la película, le horrorizan; los bastonazos que, más tarde, le pega su madre al gallo, despiertan en él la misma reacción de rechazo hasta que, ya encerrado en la granja correccional, vemos que es él mismo el que, cambiado, mata a bastonazos a unos gallos, marcando así la pérdida o el robo de su inocencia. ¿Y quién es el responsable de esta pérdida, de este robo?


Décadas después nos traería Eloy de la Iglesia la historia de otros olvidados buñuelescos con Navajeros y con Colegas, igual que haría José Antonio de la Loma con Perros callejeros, responsables, ambos, de algunas de las mejores películas del, en mi opinión, mal llamado cine quinqui. Madrid y Barcelona eran en los setenta y ochenta lo que había sido México D. F. a principios de los cincuenta. La película de Buñuel, anticipándose, las supera a todas. Ya captó en los años treinta la miseria de Las Hurdes, la miseria rural, olvidada, de esa tierra; veinte años después se centró en la gemela urbana de esa misma miseria.