jueves, 28 de julio de 2016

¿Qué es Infierno Azul?

Pues una película veraniega que transcurre en alta mar. Ni más ni menos. Está cerca de Open Water, quizá más que de Tiburón, porque el hilo narrativo es casi inexistente y porque es más una indagación en la psique humana que una crítica social, más un análisis de la personalidad (lo que en inglés llaman 'a character study'), que una suma de distintas capas de lectura. Vemos cómo reacciona la protagonista en una situación límite, cómo cambian sus percepciones y sus convencimientos, cómo su presente abismal modifica la percepción de su pasado. También está más cerca de películas como 127 horas o Locke, por citar solo dos, por el esfuerzo interpretativo que tiene que hacer la protagonista, una espléndida Blake Lively, para transmitir el horror de estar aislada en el mar, con un inmenso tiburón que le acecha, estando sin embargo tan imposiblemente cerca de la orilla. No solo transmite miedo y angustia la actriz, y recordemos que no solo transmite angustia y miedo ante un animal creado por CGI, lo cual exige un talento superior, sino que también transmite un callado dolor por la muerte de su madre, alegría, buen humor, solidaridad y candidez (pienso en su diálogo con Óscar Jaenada, entrecortado de palabras en un casicastellano conmovedor).

¿Y por qué la ataca un tiburón? ¿Es una representación gratuita de la ferocidad de estos animales? ¿Cuál es la chispa que enciende el engranaje narrativo de la película? Ella misma lo dice: ha invadido el espacio de caza del tiburón acercándose, sin saberlo, al cadáver de la ballena que le servía de alimento. Aquí, vemos, hay una pequeña justificación del instinto animal, depredador, del tiburón: no le ataca porque sí, sino porque ha sido una intrusa. Simple, quizá, pero eficaz. Y la gaviota es un apoyo para ella porque mitiga su soledad, y un acierto como también lo fue la pelota Wilson en Náufrago. Es un contrapunto aliviador. Nos saca de la tensión permanente, aunque llena de luz, de la película.

Jaume Collet-Serra merece muchos elogios. Primero, y personalmente, porque nos ha regalado una película veraniega que transcurre en alta mar como hacía tiempo que no veíamos. Segundo, el recurso visual de incorporar micropantallas de móvil en los planos, para ilustrar esa especie de realidad bífida en la que estamos inmersos, es visualmente deslumbrante por lo que tiene de cierto y por lo que tiene de perturbador: así distraídos no acabamos de asimilar nuestro entorno. La micropantalla añadida también es útil con el reloj digital de la chica. Angustiosamente nos recuerda lo poco que queda para el cambio de las mareas. Elogios merece también por las tomas subacuáticas, en especial la de esas medusas de luz, y por cómo desaparecen los surfistas, sutilmente entre las olas, aumentando el poder del animal sin que veamos al animal. Y cómo vemos la ruindad del borracho, en la orilla, con las pertenencias de la chica que desde la roca en el mar le pide auxilio. 

Cierto, el final es malo, es malo y es cutre por inverosímil. No es una solución muy bien pensada: un ser humano no puede ganarle terreno a un tiburón debajo del agua. ¡No podemos pretender ganarle en su propio medio! En el epílogo vemos el toque cursi y melodramático de una película que hubiera crecido mejor de haberse evitado esos pocos minutos finales. Dos fallos, de todos modos, que no acaban de lastrar el logro veraniego que es en el fondo Infierno Azul

sábado, 2 de julio de 2016

Hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles

Ejercicios de supervivencia, de Jorge Semprún, no es solo una reflexión sobre la tortura. Cierto, nunca antes la había abordado tan explícitamente, tan abiertamente como en estos ejercicios, y por eso es normal que nos centremos en ese aspecto, pero no es solo eso. También tiene tiempo para pararse en otros momentos de su memoria. El epicentro de su obra es la memoria, y el epicentro de su memoria es Buchenwald, así que no sorprende este último arranque memorialístico, que vuelva una y otra vez sobre ese imán que es el campo en su memoria, pero tiene también otros epicentros colaterales: su paso por el Partido Comunista de España, su creciente reputación como escritor e intelectual, su paso por el PSOE como Ministro de Cultura. Son los grandes hitos históricos que jalonan su memoria. Aquí, en su último libro, asistimos a ese vaivén habitual de sus narradores, que todo lo controlan y que no dejan ningún cabo suelto en el camino. 

Al hablar de sus torturas, Semprún no cae en la autocomplacencia, ni se autoadjudica, como vemos en un fragmento de la página 65 (que no citaré), la épica del sufrimiento, o, mejor dicho, la épica de la resistencia al dolor. Soledad Fox Maura escribe, en la página 69 de su biografía –Ida y vuelta. La vida de Jorge Semprún-, que, aunque el autor dice que sobrevive a las torturas sin delatar a nadie, nunca sabremos si los torturadores lo dieron por imposible o “si intervino en su defensa el embajador español en Vichy”. Me gusta que la biógrafa no haya confundido su labor con la del hagiógrafo, que hurgue en los tramos más oscuros de Semprún, y me gusta ver que, si bien el autor no menciona esa posibilidad, la de que dejaran de torturarle por presiones ajenas, tampoco se otorga el mérito absoluto de la supervivencia ni una victoria moral definitiva sobre sus captores. No se pinta como un héroe, aunque a veces lo parezca.

Que hable el propio autor: “sería absurdo (..) considerar la resistencia a la tortura como un criterio de moral absoluto”. Una reflexión humilde, modesta, alérgica a esa épica o heroicidad que envuelve al que resiste las torturas. En La escritura o la vida dijo que “No hace ninguna falta haber conocido los campos de concentración para conocer la angustia de vivir”. Otra vez relativiza sus experiencias. Sin jactarse de haber sobrevivido.

De esta manera consigue mantener el delicado equilibrio entre la confesión, entre el explicar abiertamente su experiencia, y el no caer en la autoglorificación de su comportamiento, o, al menos, del comportamiento que evoca en su relato. 

El libro es un retorno al campo de Buchenwald, pero no solo eso, como decía al principio. Ha vuelto con un relato diferente, con un aspecto, las torturas, hasta ahora inédito en su memorialismo. Nos encontramos al narrador habitual de Semprún, fronterizo entre el testimonial y el que inventa ficciones. Siempre hay un núcleo narrativo en los libros de Semprún: un hecho concreto, delimitado, específico, del que parte hacia adelante y hacia atrás. Del que se aleja y al que se acerca. Es un narrador en movimiento pendular. Empieza este relato, esta memoria, con las torturas; sigue con su paso por el Partido Comunista, sus años en clandestinidad; y termina en el campo, narrando la liberación, la sorpresa de los dos primeros americanos, un civil y un militar, en pisar el campo y ver que los deportados, aunque famélicos y exhaustos, están armados, y ríen. 

El narrador nos deja en tensión permanente con sus saltos temporales. Cada vez que se aleja del núcleo de su libro, es para volver con un matiz, con una pincelada nueva que agranda a ese núcleo: con la consecuencia, a largo plazo, de lo descrito en ese núcleo narrativo, o con los pasos previos que le llevaron a él. Sofisticando así el relato y creando un cuadro complejo, rompiendo con una linealidad que no acaba de ser natural en el recuento de una vida.

¿Pero son fiables su narradores? Esa es la gran pregunta cuando hablamos de Semprún. Sí y no. Como dice Fox Maura, “ninguna de sus obras es testimonio puro”. Pero, como dice ella misma más adelante, en la página 124, “Semprún mezcla constantemente dos estrategias, las frecuentes referencias culturales y la ficción, para ennoblecer una obra que (…) estaría rigurosamente basada en experiencias y recuerdos de primera mano”. El corazón de sus libros es siempre cierto, histórico, real y verdadero, aunque a veces lo adorne con algunos detalles ficticios. 

Ejercicios es un libro inacabado. Inacabado pero compacto. (El prólogo de Vargas Llosa no dice gran cosa, la verdad). Me hubiera gustado leer algunas páginas más sobre la tortura. Pero no por las descripciones o el morbo, inmaduro y frívolo, que puedan suscitar, sino por las reflexiones, brillantes e incisivas, de Jorge Semprún sobre el dolor físico, sobre cómo la condición humana cambia bajo la tortura (páginas 54 a 57). Y si ha tardado tanto en escribirse “esta historia, a forjarse esta reflexión, a redesplegarse esta memoria”, es por la misma parálisis que le impidió escribir El largo viaje durante casi veinte años. Cuando ya pudo escribir sobre el campo, cuando volvió a vivir, a través de la memoria y la escritura, aquellos horrores, no dejó de volver. Escribir para Semprún era volver. Y redescubrir. 

No aporta mucho al conjunto de su obra, es verdad, pero Ejercicios de supervivencia es un retorno al Semprún que ya conocemos, al que va y viene en su relato, al que ofrece lecturas inesperadas, imprevisibles, sobre hechos históricos decisivos, y al escritor superviviente, íntegro, que admiramos por su ejemplo.