jueves, 24 de noviembre de 2016

A Handful of Rain

1) Vamos a ver: ¿a qué te refieres cuando hablas del sentido de lo maravilloso? Muy sencillo. Imaginemos un universo muy posterior al de Star Trek, Star Wars, Dune, Fundación o al de la saga de Los señores de la Instrumentalidad. Imaginemos cómo sería la humanidad tantos miles de milenios después de esos futuros concebidos por la ciencia ficción más colorida. Imaginemos, ahora, cómo sería ese universo millones de años, muchos millones de años después de esos miles de años que sucedieron a Star Wars y compañía. Pues bien, en ese futuro se sitúa La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke. El imaginario de Star Wars sería el pasado remoto, desenfocado, de esta novela, como para nosotros lo son esas primitivas bacterias marinas que originaron la vida en la Tierra. Clarke representa ese futuro humano como si fuera alienígena. Ya escribió, en 1953, El fin de la infancia, una de las novelas más tristes del siglo XX, con una invasión alienígena, muy a nuestro pesar, constructiva y necesaria. Muy a nuestro pesar, insisto. Y en Cánticos de la lejana Tierra describió el funeral más bonito que recuerde haber leído (sin que, todo hay que decirlo, recuerde haber leído muchos más), en los arrecifes de su amada Sri Lanka: un personaje asciende, incinerado, a las estrellas. Por segunda vez. En La ciudad y las estrellas, con ese futuro inconcebiblemente alejado de nosotros, los humanos alzan la vista y en el cielo nocturno ya no hay luna, la luna cayó hace tiempo pulverizada hasta la inexistencia. Eso es el sentido de lo maravilloso: la fascinación que nos provoca lo extraño; un concepto delicado por lo que tiene, inevitablemente, de subjetivo, de relativo a los gustos de cada uno. Este párrafo se puede escribir, como ejemplo de lo que es ese sentido de lo maravilloso de la ciencia ficción, con Clarke en mente, como acabo de hacer. También con todos los demás autores del género. (Casi todos). 

2) A los inmovilistas escandalizados por la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan les preguntaría si no les falta acusarle de intrusismo laboral. De entre todos los argumentos que esgrime esa cohorte de esnobs letraheridos, mi favorito es el que asegura que sus letras están pensadas para ser cantadas, no leídas, y que por tanto no son literatura. Que pierden su poeticidad al ser leídas. Bien. ¿Y las obras de teatro? La puesta en escena es parte consustancial del teatro en la misma medida en que la música es parte consustancial de las letras –de la poesía- de un cantautor. El teatro leído nunca ha supuesto una merma en el prestigio de nadie pese a que, al leerlo en libro, se pierde lo mismo que se pierde al leer las letras de una canción sin el acompañamiento de la música. Sin embargo, a nadie se le ocurriría decir que un dramaturgo no se merece un premio o es un literato menor si accedemos a su obra solo a través de la lectura. Si le quitamos la música a Dylan, ya no es un poeta. Si le quitamos la puesta en escena a, digamos, García Lorca, sigue siendo un soberbio dramaturgo. Es curioso.  

3) ¿Que no sabes lo que es el machismo? No te preocupes. Hazte con una copia del Diario de un noctámbulo, de Francisco Umbral, y lo verás en todo su esplendor ibérico. Te quedará claro.

4) Volviendo al Nobel, entendería que se lo hubieran dado en su momento a Arthur C. Clarke. Es un gran, gran escritor. Dotado de un humanismo militante y de un beligerante ateísmo, sus obras están impregnadas de unas cualidades muy valoradas por el comité de selección. Clarke se documentaba a fondo, estructuraba sus libros con rigor, cuidaba la escritura, orquestaba mundos extraños con una idiosincrasia propia muy coherente, muy bien articulada, y en cada novela era trazable una lógica crítica, cuestionadora, constructiva, fruto de su inteligencia y de haber seguido los pasos adecuados para entrar a formar parte del canon definitivo de la literatura. La poética de Clarke se reforzaba en cada libro. La imaginación de Clarke era también, como la de Tiptree, colonizadora y multicolor. Y el Nobel hubiera sido un gesto de reconocimiento a todo un género que, desde sus madrigueras, iba legando grandes piezas de literatura (altamente premiable). Asumiendo a un Clarke al que por otra parte sí hicieron Sir, el Nobel se hubiera oxigenado, dejándose permear por otras formas literarias menos visibles. Ahora bien, ¿y si se lo hubieran dado al menos perfecto, menos académico, pero más radical y heterodoxo, Philip K. Dick? Dick no impregna sus obras de conocimientos científicos como hace Clarke, ni estructura sus novelas con la arquitectura rígida de Clarke, ni mide su prosa con la delicadeza con la que lo hace Clarke. Pero su cosmovisión es tan cuestionadora, tan excéntrica, tan brillante y tan personal, tan inclasificable y tan fascinadora, y sus argumentos son tan esencialmente cienciaficcionescos, que el gesto hubiera honrado al comité del Nobel tanto como al propio escritor. Y si digo esencialmente  es porque él no añade un simple disfraz de ciencia ficción a la realidad, como sería, por ejemplo, escoger la dicotomía humano/robot para hablar de xenofobia. No: el puro corazón de las novelas y cuentos de Dick es  lo que es cienciaficcionesco. Es su concepción misma de la realidad la que está violentada de manera cienciaficcionesca. Hubiera sido un doble reconocimiento: por un lado hubieran premiado a un escritor de género, y por otro a un escritor que, además de serlo, era marginal, imperfecto y visceral. Hubieran demostrado una justa y admirable amplitud de miras y hubiera resemantizado al Nobel, ese gesto.