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Apuntes sobre Time Pressure, de Spider Robinson

Ciencia ficción y hippies apartados de la civilización más caótica. Eso tenemos en Time Pressure, de Spider Robinson, así que se podría enclavar la novela en ese subgrupo que alguna vez ha recibido el (acertado) nombre de ciencia ficción rural: pienso en obras de Clifford D. Simak, George R. Stewart, Zenna Henderson o John Wyndham. El sentido de la maravilla, como en estos autores, proviene tanto de lo cienciaficcionesco -en este caso, la llegada de una viajera en el tiempo-, como de los paisajes naturales, cubiertos de nieve y hielo, donde habitan los protagonistas.

La novela también se puede leer como una variación del subgénero del primer contacto humano con especies alienígenas. Lo que llega del aire y se materializa entre los árboles nevados no es un platillo volante, sino una mujer del futuro. A partir de ahí, veremos cómo el narrador va presentando a la chica en su círculo de amigos, cómo se desenvuelve y los motivos por los que ha vuelto del futuro. Las claves se despliegan poco a poco, como piezas de un puzle.

El narrador en primera persona es un hippie de 28 años que vive aislado en una enorme casa rural, donde no tiene que pagar nada, en Nova Scotia, Canadá. Es un anacoreta por vocación y un lector atento, despierto y crítico, de ciencia ficción. Cosa que le salvará la vida.

No es raro que el narrador salpique la narración de los hechos –la inexplicable materialización de una viajera en el tiempo en una esfera translúcida- con reflexiones sobre ciencia ficción. Es un narrador muy consciente de sí mismo. Apela al lector, anticipándose a la posible ruptura del pacto de ficción o de la suspensión de la incredulidad que exige el relato. Avanzándose a ellos, mencionándolos con toda intención, anula los lugares comunes que en otro autor hubieran chirriado como pobres mecanismos de seducción.

En este sentido vemos cómo, en la novela, la ficción influencia a la realidad. Si la novela se compone de dos ficciones –por un lado la vida convencional del narrador, y, por otro, el hecho que hace de detonante de todo lo demás-, acercarse a la realidad –a ese hecho- con ojos cienciaficcionescos es lo que ayuda al protagonista: por paradójico que parezca, sus lecturas del género han hecho de él una persona escéptica, racional e incrédula, y eso es precisamente lo que le hace creer en lo que ven sus ojos, lo que acaba de presenciar en el arranque del libro y que de ninguna otra manera podría ser: la presencia de lo improbable.

La estructura, sin embargo, está descompensada. Aunque el arranque es envolvente, el tramo central se alarga en exceso para, en las últimas 50 páginas de un libro de 240, dispararse sin el comedimiento que ha definido el conjunto hasta ese momento. No decae el ritmo, pero sí que se puede decir que, en el tramo central, se pierde parte de la fuerza del arranque. 20 o 25 páginas menos de socialización entre hippies colocados no le hubieran hecho daño a la novela. Y es solo al final del libro que acabamos de montar ese puzle cuyas piezas han ido apareciendo, dispersadas, en el relato, creando la sensación de que el autor ha terminado el libro con prisas. 

La escritura coquetea con varios registros: el coloquial, directo o más informal de los jóvenes hippies que pueblan la novela, y el analítico o más reflexivo de los excursos del narrador sobre ciencia ficción, y sobre los tópicos en los que incurre al narrar, diseccionándolos. Siempre con un fluir acompasado, la frase de Robinson está medida con rigor, y las piezas encajan hasta conseguir ese tono bipartito que caracteriza la voz del narrador. Robinson domina la frase larga, cosa no muy frecuente en la ciencia ficción, y refleja bien las relaciones de pareja, el engranaje social de un colectivo determinado (los hippies), con buen ojo para todas las pequeñas contradicciones y sentimientos incómodos que pueden surgir en estas circunstancias. Los personajes suenan a verdad.

Pese al carácter marcadamente arácnido de su nombre, Spider Robinson no ha incurrido nunca en el terror ni en la fantasía macabra: su terreno es el de la ciencia ficción, y es autor de numerosas sagas y trilogías. Es un hijo de los años sesenta, y todo ese ambiente –con su acracia, su fraternidad y su ingenuidad- permea el libro. En la página 88 el narrador se dedica a inventariar la jerga particular de la cultura hippie para que la recién llegada viejera en el tiempo no se pierda en el transcurso de sus conversaciones. La descripción de los motivos decorativos de una de las casas de la comuna tampoco tiene desperdicio: es un catálogo de parafernalia hippie. Enumerar estas cosas subraya lo forzado de su existencia, su papel de código de identificación social, el papel que cumplen estos detalles como mero signo de pertenencia a una determinada tribu urbana.

La novela es de 1987, pero recomiendo leerla al alimón con el documental Milestones, rodada por Robert Kramer y John Douglas en 1975 y de casi 200 minutos de duración. La suma de ambas obras es un retrato lúcido de la contracultura de los años sesenta y setenta. Y aunque no sea una gran obra, narra la decadencia del movimiento, las vivencias de sus últimos protagonistas, lanzando una mirada irónica pero afectuosa a las pasiones que circulaban por dentro de la contracultura hippie hasta estallar en un final cienciaficcionesco muy afín a las simpatías de la contracultura hippie. 

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