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Dhalgren. Un recorrido (Parte 2)

Kidd no recuerda su nombre. Los primeros personajes que conoce en Bellona le ponen Kidd, y con ese nombre se queda. Expectante, deambula por la ciudad y se va juntando con pequeños grupúsculos que lo acogen sin muchas preguntas. La (recién descubierta) vocación de Kidd es la de ser poeta. Apunta cosas en una libreta que ha encontrado. Cosas inconexas. Encuentra trabajo ayudando a desempolvar una de las casas semiderruidas de la ciudad. Se deshace de los muebles rotos, de los armarios vacíos. Habla con un poeta conocido que está de paso en Bellona. Le explica que también escribe. Todo estos hechos, anecdóticos e intrascendentes, están envueltos en la bruma y el humo constantes de la ciudad, pespunteada de hogueras. El avance de la narración es lento, progresivo. Hay una violación de la que mucha gente habla. El violador y una amiga de la víctima hablan y tienen una conversación demencial. Un accidente trágico en un ascensor le provoca una reacción física al protagonista que no sabe si es normal o no, si le convierte en un perturbado o no. En ese sentido hay que elogiar el atrevimiento de Delany: la novela se atreve a meter el hocico en temas incómodos, intransitados. Como también se atreve a reflejar sentimientos o actitudes paradójicos: una chica que quiere que le pasen cosas maravillosas pero no quiere hacer nada para conseguirlo. El escenario de la novela es inhóspito, pero está cargado de una extraña belleza, tétrica y espectral, que te atrae hacia sí con la fuerza de lo incomprensible, de lo inasible.

Sin embargo, a medida que avanzamos por Dhalgren vemos que una de las consecuencias potenciales de la novela es el aburrimiento. Sensación relativa, puede que las páginas lentas, las pequeñas cotidianidades y rarezas que pueblan el libro y la escritura entrecortada que mencionaba al principio hagan estragos en los esfuerzos lectores del público. A mí no me ha pasado. O no del todo. Si ahora voy por la página 318, sólo pienso en volver al libro y ver cómo ha mutado la ciudad, en qué compañías anda Kidd, que conversaciones tiene y en reencontrarme con el lenguaje atípico en el que se expresa. Pero pasan pocas cosas en Dhalgren. Y cuando pasan, pasan lentas. Y lo que pasa, es cotidiano y anodino. También se podría reprochar que, aparte de Kid, que ahora, pasadas las 400 páginas, se llama así, sin la segunda d, estemos ante unos personajes planos, poco matizados. Pero creo que eso es parte del embrujo de Bellona. La inconcreción generalizada que define la ciudad y los personajes que la habitan ya justifica que los secundarios estén algo desdibujados. Son figuras o sombras que se entrecruzan con Kid. Y de ahí que los percibamos por pinceladas sueltas más que por un cuadro completo de sus manías, pensamientos y personalidades.

Siguiendo por esta línea de interpretación nos podemos preguntar: ¿le sobran páginas a Dhalgren? No lo sé. Hay docenas y docenas de páginas que no aportan nada nuevo, nada que no haya aportado ya el grueso de las primeras páginas introductorias ni los tramos en los que sí pasan cosas relevantes. Pero ese tedio relativo no deja de ser un reflejo fiel del tedio relativo en que están inmersos los personajes de la novela. Espejea el sentir de alguien que vive en la cambiante ciudad de Bellona. No es casual, ni fruto de un débil pulso narrativo: Delany quiere que sus lectores experimenten lo mismo que los personajes de su gran creatura, que es la ciudad. Un gesto arriesgado. (También puede ser que yo mismo, con esto que digo, esté incurriendo en un claro caso de wishful thinking). Quizá estemos ante un fallo grave de la novela. Ante un error de construcción. El caso es que el amante de la novela a veces cambia de silla y se sienta al otro lado de la mesa, con sus detractores. A veces pasa.

Pero de pronto aparece un capitán que ha estado en la luna con una de las misiones espaciales posteriores a la de 1969. Ni él ni nadie entiende el gran semicírculo solar que ha cubierto durante unas horas el cielo de Bellona. Sólo el filtro de las nubes permite a los personajes observar el fenómeno. Nadie entiende nada. Hablan del caso pero nadie sabe nada con seguridad. Todo son conjeturas y el astronauta desencantado no aporta ninguna teoría coherente sobre la aparición de esa inmensa bola de fuego que pende sobre la ciudad. Ni sobre la ciudad en sí. También hay unos injustificados tiroteos desde una azotea. Todo en medio de esa bruma que se interpone entre las consciencias y la realidad. Así pasan los días en Bellona.

¿Y no prefigurará Dhalgren lo que haría Danielewski muchos años después? ¿No habrá que interpretar Bellona como símbolo de las ilusiones de toda una época? ¿Como símbolo roto de un tiempo? ¿Como un lugar en el que no se llega nunca a una conclusión satisfactoria sobre ningún tema? ¿Como creación de un espacio que es una atmósfera y un estado de ánimo generacional? Como la casa de House of Leaves, Bellona es un símbolo escurridizo.

Y en esa época y ese lugar, el trotamundos de Kid. Descubrió que escribir poemas en una libreta estructuraba su mente. Esos poemas, con la ayuda de Newboy, poeta reputado en Bellona, se convierten en el volumen Brass Orchids, de creciente popularidad entre los habitantes dispersos de la ciudad. Kid, a mitad de libro, ya no es el joven tímido y desorientado de las primeras páginas: ahora es un poeta del que la gente habla, un autor cuya seguridad en sí mismo se ha musculado y ya no se deja tratar como un intruso, como un novato. Ha acaudillado un pequeño grupo de gente que lleva más tiempo que él en Bellona. Kidd ahora es Kid pero también el joven que hay detrás y lucha por recordar quién es, qué hace ahí.

La novela rompe con la credibilidad tradicional de la narración en tercera persona. Ni sabemos quién es, exactamente, el narrador de las primeras 650 páginas, ni lo que narra tiene mucho sentido (en el fondo). Tenemos que cuestionar todo lo que nos llega del narrador de esta novela que se inserta sin complejos en la narrativa posmoderna desde la ciencia ficción, algo infrecuente en el género, con un estilo que se sabe y se quiere elevado. Pide lectores escépticos para un libro que descree de la autoridad del narrador. También en este sentido la novela es muy hija de su tiempo. 

Hay una sensación constante de irrealidad en la novela. Sensación que se multiplica en la última parte del libro, donde el recurso metaliterario nos lleva a replantearnos lo que hemos leído hasta entonces. La primera persona le ha tomado el relevo a la tercera, y leemos un mecanoscrito con correcciones hechas a mano por no sabemos quién, artículos recortados de la prensa local entrecruzados con unos apuntes en primera persona sobre todos los personajes que pueblan Bellona. Dhalgren pasa de tener un foco narrativo amplio e inconcreto -la ciudad y sus habitantes vistos por una tercera persona-, a uno mucho más específico y delimitado -un cuaderno escrito en primera persona-. La tipología del texto, por otra parte, rompe con lo convencional. Hay párrafos que no acaban; otros empiezan de la nada; hay, también, recortes de artículos que el propio Kid ha escrito, sobrepuestos a las entradas de diario –podríamos considerarlas así-, de la libreta. En negrita y en un cuerpo de letra diferente leemos los pequeños apuntes del protagonista que ya es narrador. Ha habido un movimiento en la novela: un acercamiento a lo íntimo. Y lo metaliterario del principio, aquí, en esta última parte, cobra un sentido particular, aunque admito que no sé si lo he entendido. ¿Acaso es que nos hemos metido en la mente de Kid y ya lo percibimos todo como él, con su mirada perdida y su pensamiento descentrado? William Gibson dijo que la novela era un acertijo que no tenía solución. Es posible. Y si recordamos su estructura circular, absorbente y centrípeta, la novela es como un inmenso travelling circular que no tiene fin ni principio.

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