Etiquetas

Mostrar más

Twin Peaks, segunda temporada

Twin Peaks, en la segunda temporada, aumenta la presencia de lo sobrenatural y de las imágenes ilógicas. De repente apela a un espectador más creativo, más dispuesto a recrear en su mente las posibilidades argumentales de la serie. Los atrevimientos visuales de los dos primeros episodios son, también, una apuesta por una estética rompedora en el ámbito de la televisión. Si la escena del sueño en la primera temporada ya era un paréntesis infrecuente en las series, la segunda temporada tira de esos hilos hasta convertir esa estética en el rasgo diferencial más marcado con respecto a los primeros capítulos de la serie.

Sumado a eso vemos que los hilos argumentales se ramifican (más) en esta segunda parte. La trama mafiosa del hotel cobra tanta importancia como el asesinato de Laura Palmer, prácticamente, y las implicaciones emocionales del agente Cooper son cada vez más indisimulables. Pero no representa un quiebro con respecto a la temporada anterior, ni vemos novedades inesperadas, ni hay un crecimiento cualitativo de la serie: siguen alargando el misterio del asesinato con los mismos intereses cruzados, ocultos, que hicieron de la primera temporada un festival de sorpresa y misterio. Así que no hay que entender esta segunda temporada como un bloque claramente diferenciado, o como una nueva apuesta de riesgo, sino como la continuación natural de todo lo que vimos en la primera. Eso es todo. En este sentido impacta menos que su predecesora, y, a veces, juega con la paciencia del espectador: todo se retuerce hasta un punto en el que se tensan demasiado las expectativas del público. Así, la serie podría alargarse ad infinitum (o ad nauseam).

Hasta que se soluciona el caso de Laura Palmer. Ahí se reinventa la serie y escoge a Cooper como principal objetivo, como centro neurálgico de su constante despliegue argumental. O como uno de ellos, al menos: el otro sería Benjamin Horne y su reconversión al bien. Resuelto el caso de Laura Palmer, quedan ahora todos los pespuntes de la primera temporada, de la segunda (que son muchos), para seguir espesando la trama y las complicaciones de un pueblo en estado emocional de alarma. El cambio de foco llega justo a tiempo.

O no. Quizá las subtramas paralelas de la serie tengan menos interés que la principal. El empuje que tenían los episodios de la primera temporada, los primeros de la segunda, se debilita hasta el punto de perder el interés, de desvirtuar el conjunto. Sí, tienen un aire de misterio y de maldad que los hacen atrayentes, pero nada comparado con la macabra muerte de Laura Palmer. Como un resquicio de todo eso queda el futuro incierto de Dale Cooper, también su pasado incierto. 

Hay subtramas como la de la maternidad de Lucy, la secretaria interpretada por Kimmy Robertson, que sirven para aligerar la gravedad de la serie, pero aportan poco. Podrían conseguir ese contrapunto más amable de otra manera; podrían, por ejemplo, haberle dado más minutos a Miguel Ferrer o al personaje que interpreta, con mucha gracia, David Lynch. El aficionado que espere más matices relacionados con Laura Palmer, más oscuras revelaciones de su personalidad, o de todo el que la rodeaba, quedará decepcionado: tendrá que redirigir sus expectativas y alinearse con la nueva propuesta de la serie. La serie nos reeduca, en ese sentido. Tendremos nuestra abundante ración de melodrama, de extrañeza y de misterio, pero girará en torno a otros personajes, a otros misterios, y su consistencia será menor. Deriva no siempre fácil de aceptar, como público: estamos ante una serie que no tiene mucho que ver con lo anterior. Porque, aunque a título personal la serie me interesa menos desde la resolución, no enteramente satisfactoria, del caso principal, tampoco ha aportado, como he dicho antes, nada nuevo que la redefina: lo único que ha hecho ha sido demostrar que sabe estirar sus logros y reaprovecharlos en un nuevo marco argumental. Y si he dicho que la resolución del caso no era enteramente satisfactoria no es por la identidad del asesino de Laura Palmer, sino por el hecho de que esté poseído: el ente que utiliza a las personas como vehículo para hacer el mal no es el mejor recurso. Desresponsabiliza la componente humana de ese mal, situándolo en un terreno impreciso, sobrenatural, para que nos resulte más fácil lidiar con él. 

Pero volviendo a la estructura de la serie, ¿no será que los responsables de la serie anticiparon que el público se cansaría de esperar la solución al enigma? ¿No intuyeron que una segunda temporada entera dedicada al caso de Laura Palmer desgastaría la paciencia de los más entusiastas? ¿Que era estirar demasiado el chicle? ¿Por eso convirtieron Twin Peaks en otra cosa? ¿En algo que sigue estando bien pero ya sin la garra de lo que habíamos visto? ¿No tendrían que haber parado la serie con la resolución del caso, o no haberlo resuelto? Son preguntas que uno se hace. El mismo Lynch ha dicho, hace poco, que les pidieron que aclarasen el caso cuanto antes, cosa que no tenían intención de hacer.

En esta segunda temporada asistimos a un fenómeno curioso, y es que por fin vemos que Twin Peaks es en realidad una mutación que se compone de dos series. Podemos trazar la transición entre una y otra, una transición muy fluida, gracias a un motivo visual nada inocente, o podemos escoger ese motivo visual como símbolo de esta transición y del consecuente empobrecimiento de la serie: me refiero a un detalle de Benjamin Horne, el personaje interpretado por Richard Beymer (el enamorado Toni de West Side Story)[1]: pasa de encadenar un puro tras otro en la primera temporada y media a... masticar apios y zanahorias en la segunda. Cosa que está bien, claro. Pero la gracia, el estilo, la clase, la pose, el humo y un poco el miedo que emanaba con esos largos puros que veíamos en la primera microserie que hay en Twin Peaks se pierden en la más aceptable costumbre de comer cosas crudas en la segunda microserie. Es más sano y mejor, sí. Pero le falta algo a esa verdura.

Hasta llegar al último, glorioso episodio donde se recupera la fuerza del mejor Twin Peaks. El último plano de la serie es descorazonador, igual que los gritos histéricos de Sheryl Lee. Y todo el último tramo, osado y experimental, como el Lynch más representativo, nos trae de vuelta los mejores momentos de la serie, recuperando los elementos que hicieron de ella una serie de culto, un hito de la televisión. Se nota que el mismo Lynch dirigió ese último episodio de Twin Peaks, en el que nos emplazaba a vernos, una vez más, en los próximos veinticinco años.




[1] Él y Russ Tamblyn participaron en la película de Robert Wise. Qué bonito hubiera sido verles bailar en algún episodio de la serie. 

Comentarios

Entradas populares