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¿Otra historia de la ciencia ficción? ¿Una más? No exactamente: esta Breve historia de la ciencia ficción, de Luis E. Íñigo Fernández, es de las –aún a día de hoy– pocas incursiones del ensayismo literario español en la ciencia ficción. El libro forma parte de esta colección de obras divulgativas que comparten el mismo inicio de título: “Breve historia de…”, ideada por la editorial Nowtilus hace unos años. No siempre, como es el caso que nos ocupa, son tan breves. Cuando aparece un ensayo sobre ciencia ficción escrito directamente en castellano, tenemos motivos, por la infrecuencia con la que aparecen, para estar contentos y agradecidos. Más si aportan alguna novedad, como es el caso.

Fernández hace un repaso meticuloso a los textos arcanos de la protociencia ficción. Las historias del género siempre tienden a ser muy generosas con los precursores, con los pioneros de nuestro imaginario actual, viendo ciencia ficción donde hay fantasía. En general, los antecedentes suelen serlo por accidente, más que por voluntad. El repaso sirve para que el lector se haga una composición de lugar muy completa, para que identifique el caldo de cultivo del que surge la ciencia ficción tal como la entendemos hoy. Le dedica muchas páginas, quizá demasiadas, a esos títulos que podemos o no considerar precursores, y que más o menos voluntariosamente podemos escoger como primeros ejemplos de lo que hoy en día llamaríamos ciencia ficción. Es un capítulo común en todas las historias del género. Se atreve, también, con una definición propia, ponderada, después de sentenciar que la ciencia ficción es, “ante todo, especulación”. Su definición es larga y la dejo para los curiosos, pero citaré un fragmento inesperado: “la ciencia ficción es arte y, como todos los tipos de arte, tiene como origen y como destinatario al ser humano, y como intención última conmover su espíritu”. Siempre es muy escurridizo tratar de definir la ciencia ficción, pero Fernández se aparta aquí de la definición objetiva, académica, que suele aparecer en la crítica de ciencia ficción, y aporta esta visión más sentimental y verdadera.

Hay un matiz en la obra de Fernández que tampoco abunda en la no ficción sobre el género: separar la ciencia ficción que se escribe a ambos lados del Atlántico. Separarla con un sentido historicista y crítico a la vez. Antes de la Segunda Guerra Mundial, en Europa se escribía una ciencia ficción reflexiva, respetada, y en el continente Americano se escribía en revistas pulp una ciencia ficción evasiva y de consumo rápido. Dos tendencias que se complementan, en realidad. Por otro lado, dedicándole páginas al cine –no siempre las mejores páginas del libro–, y al cómic, ensancha el ámbito dominante del género. Es de agradecer. Como también lo es un hallazgo de tanto sentido común como éste: “es necesario recordar que el preciosismo formal de poco sirve si no se coloca al servicio de la emoción”.

Leyendo su libro vemos un enfoque que no se suele ver en otras historias del género: la evolución de la ciencia ficción como reflejo de la historia social del mundo. Cómo el avance imparable de una afecta a la otra. Es una lectura interesante, que dota de nuevos significados, si así los queremos ver, a los movimientos intrínsecos del género, a sus evoluciones particulares.

El autor podría haber evitado los nombres más conspicuos de la ciencia ficción en favor de una historia alternativa de esta literatura. O no alternativa, pero añadir a la nómina habitual de referentes otros nombres menos conocidos pero no por ello menos válidos. Es un debate que se suele tener cuando se confeccionan las listas de autores mencionados en estas obras, así que no es un fallo particular o privativo del libro, pero qué sano sería ver nombres desconocidos.

Este es el libro de un historiador, no de un crítico literario. Y, como tal, se posiciona sobre uno de los temas más delicados del género: cifrar su fecha de nacimiento. La fecha, para Fernández, es 1818 por el Frankenstein de Mary Shelley. (Otros dirían 1895 por La máquina del tiempo de H. G. Wells.)

Fernández aporta una lectura sobre la supuesta contrarrevolución literaria de los años setenta, con un repliegue formal con respecto a la obra escrita en la década anterior, que es tonificante: promueve el debate y la reflexión. Considera que los excesos formales de los sesenta se superan en la década siguiente en favor de convertirse “en una rama más, tan respetable como el resto, del mainstream literario”. Habla también del “postsingularismo”, corriente que defiende que la ciencia ficción actual tendría que situarse en un futuro lejano, “para especular con tecnologías del todo improbables”. El autor se posiciona sobre esta tendencia, y está bien que lo haga. Y se atreve a defender al género de los cuestionamientos que a veces, desde algunos sectores pesimistas, le auguran un final más o menos inminente.

La labor de edición está un poco descuidada, con muchos fallos y erratas fácilmente subsanables, pero aparte de eso la Breve historia de la ciencia ficción es un libro importante tanto para los que leen habitualmente el género, para los que lo transitan a menudo, como, sobre todo, para los que tengan curiosidad y no sepan muy bien cómo orientarse.  

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