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Ray Loriga y esa ciencia ficción moderada

Si queremos, podemos identificar pasadizos secretos entre Rendición, última novela de Ray Loriga, Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso, e Intemperie, de Jesús Carrasco. Entre las tres hay pasadizos que nos permiten hacer una lectura muy particular del imaginario postapocalíptico. La novela de Carrasco era tímidamente postapocalíptica: tomaba prestados algunos paisajes del subgénero y los pasaba por un tamiz delibesiano; Bueso escribió una novela postapocalíptica sui generis que acepta muchas definiciones (incluida la de "western boreal"); y, con Rendición, Loriga ha escrito una que, en su primer tramo, es cien por cien postapocalíptica. O, mejor dicho, en trance de ser postapocalíptica, continuando así una secuencia no intencionada en nuestra literatura de novelas más o menos postapocalípticas. En ese sentido, la novela de Loriga fluctúa entre varios géneros: más adelante le da el relevo a la distopía, y, al final, al relato kafkiano. (Luego volveré sobre este punto).

Las autoridades, cuyo nombre ignoramos, pretextando seguridad y protección, expulsan a los habitantes de “la comarca” para enviarlos a una ciudad transparente que les servirá de refugio. Así es como conocemos a la pareja protagonista, en medio de una evacuación precipitada. El narrador, que es el protagonista, y su mujer, son respetados, en un tenso clima de delaciones, por el prestigio de tener dos hijos en la guerra. También viven con un niño que no saben de dónde ha salido porque no habla ni se comunica con nadie. La evacuación se da en medio de un panorama en trance de ser postapocalíptico, en un mundo que está al final de su apocalipsis particular, a punto de entrar en lo que sea que le suceda. La gente ha olvidado los motivos por los que empezó la guerra.

La técnica no es nueva pero es eficaz: Loriga juega mucho con los espacios en blanco, con las elipsis narrativas que jalonan la historia. No sabemos, como los protagonistas, prácticamente nada. Porque, en el fondo, tampoco importa tanto: lo que le importa a Loriga es el presente de las cosas, el estado actual de progresivo derrumbe de todo lo que habían conocido y tenido. La pobreza como realidad igualadora de la gente, eso es lo que vemos. Hay una autoridad invisible, y todo queda innominado. La elipsis también afecta al lenguaje de la novela.

En la segunda parte de la novela, en la ciudad transparente, vemos que no hay intimidad porque todo se ve y lo controlan todo, y como todo se ve y lo controlan todo, no hay intimidad, y como no hay intimidad lo controlan todo, y como lo controlan todo, bueno, etcétera, etcétera, y en ese círculo vicioso se van perdiendo uno a uno los supervivientes civiles de la guerra. Pierden lo que tenían de sí mismos en favor de un pensamiento único que arrasa con todo. Son devorados en un espacio translúcido, en medio de una supuesta felicidad que les proporciona de todo (menos vitalidad y personalidad). Es un simulacro de vida, lo que tienen. ¿Parábola de nuestra dependencia de los medios? ¿De la falsa imagen feliz que proyectamos en las redes? ¿De la poquedad de nuestras vidas?

No sé si la novela está escrita en una prosa sin mucho color para acentuar el carácter anodino de la sociedad que vive feliz en su mundo de transparencia total, pero el caso es que muchos tramos destacan por los grises que son. La novela se adentra en la segunda y tercera partes en un ambiente de narcotizante felicidad, y le cede el paso, como decía al inicio, a la distopía. Distopía camuflada, claro, porque no hay autoridad visible, pero es como si la gente flotara en medio de una alegría opiácea, tutelados por unas autoridades que no vemos. En ese futuro en el que todos seremos felices, ¿seremos todos felices? Estamos ante una parábola sobre la hipocresía, sobre la cobardía, sobre el conformismo y la apatía social absoluta; sobre cómo no se tolera la diferencia ni la crítica. Es ciencia ficción, sí, pero moderadamente. También se puede leer como una comedia negra transida de un humor negro y de una acidez que hielan. Las autoridades invisibles anulan al individuo, y es en ese sentido que se puede considerar kafkiana, que la distopía le cede el terreno a la fábula absurda que hizo célebre el Kafka de El proceso. Ante esa perfección, hay un elogio de la imperfección. (El gesto final del protagonista es una oda a las sanas imperfecciones del ser humano.)

Sin embargo, no todo funciona en la novela. Tanto giro en su último tercio, tanta posibilidad de que tal o cual pasaje sea un sueño del narrador, debilita la arquitectura interna de una historia que hasta entonces había sido sólida y compacta como en las mejores distopías. Esos vaivenes no aportan mucho. El único reparo para mí sería ese, aparte de un personaje principal, el narrador, con menos potencia, seguramente, de lo que tendría que haber tenido dada su relevancia en la novela.


El humor frío, las elipsis, el escenario postapocalíptico (y luego distópico y kafkiano), son piezas que funcionan por separado, pero en conjunto, como piezas de un todo, pierden consistencia. La voz narrativa no es tan consistente como para aglutinar, sublimándolos, los elementos que por separado componen la novela. George Orwell y Brazil, la película de Terry Gilliam, convergen en la novela, una novela con unos ingredientes de primera categoría pero que, al final, no acaban de cuajar del todo.

Comentarios

  1. Una asignatura pendiente acercarme de una vez a Loriga, ya sea con esta novela o con Tokio ya no nos quiere (el otro libro suyo que tengo en casa).

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  2. Hola, Nacho. "Rendición", aunque no sea excelente, es muy recomendable. Loriga domina la elipsis de manera muy consecuente con el cuadro postapocalíptico del libro. Saludos!

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