domingo, 16 de diciembre de 2012

Es verdad que se llevan bien

Quentin Tarantino ha dicho en alguna entrevista que la unión entre cine y música es la experiencia artística más emocionante a la que puede asistir. Que, por ejemplo, el final de El bueno, el feo y el malo, entre el “Éxtasis del oro”, que impregna las imágenes del famoso duelo circular, y la alternancia, cada vez más rápida, de distintos planos y movimientos de cámara (para tejer el tenso clima previo al enfrentamiento en sí), es un todo indivisible que alcanza las cimas más altas de lo que él entiende por arte. El cine y la música (permeables la una a la otra), se abrazan en ese final escandaloso y épico, ofreciendo, al espectador, un organismo vivo cuya idiosincrasia es tan deudora de una disciplina como lo es de la otra. (Lo de organismo vivo puede parecer exagerado pero después de casi dos horas de película Leone nos ha acercado tanto a los personajes que el final no puede ser menos que eso). Recientemente, Jordi Costa ha definido las bandas sonoras como “la segunda piel de las imágenes” y como “una cámara de ecos” que suma “complejidad al conjunto” [de la película]. Es decir: una escena puede mejorar sustancialmente si se envuelve con la música adecuada, con una música que interfiera y en parte modifique la lectura que la escena en cuestión pueda suscitar en el público.  

En Un verano para matar, de Antonio Isasi-Isasmendi, la escena de la persecución en moto (que por otra parte tanto cautivó a Tarantino), es tan magistral como es por varios motivos. Principalmente por dos: los planos subjetivos y la música.

El primer elemento nos introduce de pleno en la película, en el frenesí de la carrera. Eficaz como es, el plano subjetivo nos sumerge en la persecución haciendo que la vivamos en primera persona, con los nervios al límite. Nosotros somos el personaje y lo que sufre él, sufrimos nosotros. Creo que no se puede optar a nada mejor para una escena así.


El segundo elemento dota a toda la escena de un aire aún más vertiginoso. La música, festiva y animosa, de Luis Bacalov, refuerza el poder de las imágenes. A la velocidad a la que se mueve la cámara (y por tanto nosotros), hay que sumarle esa música que nos contrae el estómago. La suma de las partes hizo de esa escena la “mejor persecución en moto jamás rodada” (en opinión de Tarantino). Isasmendi y Bacalov escogieron bien la segunda piel de las imágenes. Y cuesta discrepar de la opinión tarantiniana cuando nos encontramos ante películas o escenas donde dos artes casan de manera tan natural y estimulante como en ésta.

Vemos que dos artes se retroalimentan y se complementan, agrandándose. Podríamos añadir una larga lista de películas donde eso ocurre, sí, pero el ejemplo mencionado es suficiente para ver, creo, lo enriquecedor que resulta unir las fuerzas de campos distintos, y para ver que una buena escena puede convertirse en una gran escena si se apuntala con una música bien pensada. Buen ejemplo de ello, y seguramente el más conocido, es la película Tiburón, donde la música de John Williams es tan partícipe en la consecución del miedo como las imágenes de Spielberg.

Nota: Bacalov también le puso música a Gran duelo al amanecer, a El cartero de Neruda, a Django, a Sugar Colt. Podríamos decir que es una especie de Morricone menor. (Menor en el sentido cuantitativo, no cualitativo). Ha musicado menos películas y se le recuerda menos, pero en sus puntos mejores tiene poco que envidiarle al número uno.
(Subnota a la nota: Tarantino utilizó la música de Gran duelo al amanecer y de Un verano para matar en Kill Bill).