lunes, 6 de mayo de 2013

Casi un haikú

Vemos una película. Nos gusta. Escribimos algo sobre ella o la debatimos con alguien. Con el tiempo, la volvemos a ver. Ahora nos gusta más. Nos parece realmente buena. Retocamos lo que habíamos escrito o reabrimos, para matizarlo, el debate que tuvimos con ese alguien. Esto pasa a menudo. Lo que no pasa tan a menudo es que una película nos paralice en un primer visionado, nos queme por dentro (cursi), hasta el punto de querer ver todas las películas de su autor. Una de éstas es la obra de Nicolas Winding Refn que a todos, más o menos, nos dejó boquiabiertos: Drive.
            
Drive es el thriller más delicadamente filmado que yo haya visto. Sin embargo, ese formalismo, esa delicadeza, no hace (aunque pudiera haber hecho), concesiones al público: el hiperrealismo feísta de las escenas gore no casa del todo con el tono de la película, pero precisamente por eso está ahí. Esa es la gracia. Encandilados por la fotografía y los silencios de la película, por su ritmo tranquilizado y por su pasión por el detalle, las escenas mentadas sirven de recordatorio: por muy bonita que parezca, seguimos ante un thriller trepidante, lleno de ambigüedades morales y agresiones extremas (y por tanto muy deudora del spaghetti western), y no lo quiere ocultar. Desirée de Fez ha dicho que la suya es una violencia escandalosa y estilizada. No podría estar más de acuerdo. Albert Brooks y Ron Perlman son el contrapunto cruel, sin matices ni contradicciones, de Ryan Gosling. Así, los claroscuros de esta película recuerdan a los del final de Apocalypse Now.

Winding Refn ha releído bien las películas de persecuciones y las ha recreado con un lenguaje nuevo. Impresiona que se yerga, también, sobre diálogos minimalistas (que más que eso parecen meros bultos de lenguaje esparcidos a lo largo de la obra). Las imágenes hacen el resto. El personaje central supera con creces el chulismo carismático de tantos otros personajes parecidos. La interpretación lacónica y contenida, absolutamente redonda, de Ryan Gosling, enlaza directamente con la de Alain Delon en El círculo rojo y en El silencio de un hombre, de Jean Pierre Melville (director que claramente ha influido en la obra del danés). Los suaves movimientos de cámara enfatizan (y afinan) lo que ocurre en la película. Pocos directores cargan tanto de significado sus planos, sus ralentís y sus encuadres. En pocos encontramos tantas capas de significado. Y que la puesta en escena sea menos barroca y más evocadora que lo que tendemos a esperar en este género la hace valiente. Y el amor que florece, inocente, entre Gosling y Carey Mulligan: inolvidable.

Escribo tarde esta pincelada. Esta insuficiente aproximación a Drive.
No es fácil escribir sobre algunas películas.