sábado, 23 de noviembre de 2013

Unos párrafos casi al azar

La mujer del cuadro, de Fritz Lang, es un clásico. El final, para muchos decepcionante, tiene, creo, una buena explicación que lo justifica. El público de 1944 -año en que se publica Hijos de la ira, de Dámaso Alonso- estaba necesitado de finales felices, optimistas, alegres, y ver a Edward G. Robinson ahogándose en un pozo sin fondo, como hacía entonces Europa, era un reflejo de lo que ya vivían, una confirmación (más) de que no había esperanza. En cambio, ver que, al menos en la gran pantalla, alguien superaba sus dramas, parecía más sensato y adecuado para esos tiempos porque aliviaba el sufrimiento del público durante un rato.

Seconds, de John Frankenheimer, se maltradujo al castellano -verbo que podríamos inventar- como Plan diabólico. He leído que tiene mucho de Philip K. Dick y estoy de acuerdo, pero creo que tiene mucho más de Kafka. Esa institución fomentadora del absurdo, y esas tomas iniciales, oníricas, nos predisponen a aceptar unas propuestas absurdas, que anulan la individualidad. Como en Kafka. Vemos ecos de esta película en El show de Truman, de Peter Weir, en la reciente The Cabin in the Woods, de Drew Goddard, y, en parte, en Cara a Cara, de John Woo.

Sam Fuller y Dalton Trumbo utilizan el color de la misma manera en Shock Corridor y Johnny cogió su fusil, respectivamente. Así representan el contraste vivaz entre la monotonía enloquecedora de la realidad, rodada en blanco y negro, y el gesto escapista de los protagonistas. Recuerdos felices en Trumbo, y escapismo alucinado en Fuller. El uso del color no es casual ni caprichoso. Inteligente uso del color para transmitir diferentes grados de consciencia.

La composición, en Kubrick, es aséptica. Lo digo como elogio. Las perfectas simetrías, los largos puntos de fuga, la vertiginosa profundidad de campo, y el brillo de los colores forman un todo siempre tan inquietante como magnético. Es uno de los directores con un estilo visual más personal, identificativo, que conozco.


A menudo he mencionado películas veraniegas que transcurren en alta mar. Esto no es una descripción; es un concepto. Como su propio nombre indica, se trata de películas ambientadas en verano que transcurren en alta mar. Para ser consideradas como tal no tienen por qué transcurrir íntegramente en alta mar, pero este sí tiene que tener una presencia, sino decisiva, sí importante en algún tramo de la película. Tampoco es estrictamente necesario que transcurran en alta mar; pueden estar ambientadas, por ejemplo, en una isla desierta o en un pueblo costero. Lo que sí es condición sine qua non es la presencia del verano, de su luz, de sus colores henchidos, de planos abiertos que transmitan bien esa sensación de vastedad ilimitada que ofrece la parte acuática del mundo en verano. Este concepto no está relacionado con la calidad de las películas. Simplemente es un escenario concreto, y una situación de supervivencia. Los actores y actrices se encuentran con el reto de trabajar a la intemperie, bajo un sol, como se suele decir, inclemente o abrasador. Ejemplos de estas películas son: Tiburón (Steven Spielberg, 1975), Shock Waves (Ken Wiederhorn, 1977), El diabólico triángulo de las Bermudas (René Cardona, 1978), Tintorera (René Cardona, 1977), Shark (Sam Fuller, 1969), Piraña (Joe Dante, 1978), El barco de la muerte (Alvin Rakoff, 1980), Zombi 2 (Lucio Fulci, 1979) o Náufrago (Robert Zemeckis, 2000).

La versión cinematográfica de Soldados de Salamina está llena de detalles. Después de la muerte de su padre, Ariadna Gil lleva su reloj siempre puesto. Es un gesto muy sutil, no explicitado por el director, que solo percibimos en los revisionados. María Botto, en casa de Ariadna Gil, lee un poema clavado en la pared, que empieza: "esta lúgubre manía de vivir". Es de Alejandra Pizarnik. Cuando va a Madrid a documentarse se encuentra con su ex pareja. Él lleva una bolsa de Pre-natal. Lo siguiente que vemos es a Ariadna Gil llorando. Ya está todo dicho. David Trueba tradujo el carácter híbrido del libro cerquiano o cercasiano o cerquístico, yo diría, a la perfección.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Solo se oía el viento por las calles


Jenn Díaz es dos años más joven que yo. Publicó Belfondo, su primera novela, en 2011, y ya va camino de su tercer libro. La descubro ahora. A veces pasa que uno llega tarde a sus autores. 

Belfondo es un libro de estructura libre como Compañía K de William March o Antes del futuro imperfecto, de Medardo Fraile, donde no se sabe muy bien si estamos ante un libro de cuentos o una novela: se cuestiona constantemente ese límite, el libro entra y sale de su propia lógica interna. (Aunque parece que en ese sentido se desborde, Jenn Díaz, con todo rigor, evita que quede ningún cabo suelto).

Belfondo es un lugar imaginario pero sugerente, misterioso, dotado de una atmósfera casi legendaria. En el relato hay una fuerte sensación de abandono, de desamparo, como si los personajes hubieran sido arrojados a la soledad de ese pueblo. Un pueblo donde nadie, nos dice la narradora en la primera página, sabe leer ni escribir, salvo el profesor. La narradora nos acerca a la vida de sus personajes, que, como dice Serrat en “Barcelona i jo”, del disco Material Sensible, “viuen vides petites en petits mons de formigó. Así pues, estamos ante una mezcla de todo, ante un catálogo, por así decir, de vidas inanes, desangeladas y tristes que se entrecruzan a menudo y se cuestionan pocas cosas, pase lo que pase. (Pienso en el extravagante caso de incesto). La narradora crea las coordenadas necesarias para que lo irreal se nos aparezca como perfectamente verosímil y por tanto creíble. Crea un marco en el que tanto nos creemos lo rutinario como lo que no lo es. Damos por sentado que en Belfondo ocurren cosas que no pasan en lo que llamamos realidad. Eso es talento.

El amo es en mi opinión la figura central de la narración. Recuerda, en su papel de déspota, al insensible patrón de la novela Escuela de rebeldía, de Salvador Seguí. En la página 41 nos dice la narradora que en Belfondo no hay ni iglesia ni cura ni dios. No hay que preocuparse. Tenemos al amo. Un amo omnipresente y controlador que se regodea en el privilegio de su jerarquía. No hay relación directa con el retrato anarquista que hace Seguí de la patronal, pero estamos ante la misma impune crueldad. Si en el libro de Seguí la patronal era una organización totalitaria capaz de matar a los trabajadores ilustrados, aquí el amo –el patrón- ejerce su autoridad con menos medios y menos violencia pero con la misma intención: tener al pueblo sometido y adormilado para conservar su cargo. La narradora, sin decir, dice.  

Respecto a los personajes, hay un repaso sucinto de lo que hace cada uno, de cómo es cada uno, como quien cuenta de oídas.  Así, escrita con una prosa vigorosa, y con unos personajes de nombres imaginativos, la novela es menos una indagación en los personajes, en sus personalidades, que la inmersión en un submundo neblinoso, que la creación de una atmósfera particular que va desplegándose y creciendo con cada cuento o capítulo o pieza.

El único reparo que se le puede hacer al libro es uno que no deja de ser injusto. Creo que si, en lugar de ese final abierto, liberador, hubiera escogido un final más duro, donde las cosas acabasen peor de lo que estaban, Belfondo hubiera sido una lectura verdaderamente perturbadora, cosa que no es (porque, por otra parte, no quiere serlo). La diáspora del final es inesperada, y algo precipitada. Y todo el clima opresivo que ha ido tejiendo a lo largo de las piezas, personaje a personaje, se borra de golpe en favor de una vida nueva, con lo que el peso que Belfondo, como pueblo perverso, ha tenido hasta ahora, desaparece. Como si el esfuerzo por retratar ese clima empequeñecido, y el esfuerzo por transmitir, a todo color, los dramas de ese pueblo hubiera quedado descompensado por ese final optimista. Todo parecía encaminado a un final trágico. Y tenía sentido que así fuera. No podía acabar de otra manera la vida diaria de un pueblo como Belfondo. Todo indica que nadie será feliz, y que nadie escapará jamás de esa cúpula de la soledad y el dolor que es Belfondo. Pero sí que lo hacen. Porque la narradora decide que ya basta de “tanto martirio, tanto galope de bestias en la estrella”, como dice Neruda. Y me pareció que el final desvirtuaba un poco todo lo que hasta ahora habíamos visto. Porque pareciera que un pueblo así está abocado al fracaso, a la desaparición, a la extinción total de un plumazo como lo que ocurre al final de Cien años de soledad.

Pero, como digo, esta crítica es injusta. No tiene mucho sentido criticar un final por lo que no es. En su intención de abrir el relato y aligerar un poco las vidas de sus personajes, Jenn Díaz lo ha resuelto, o lo resolvió hace casi tres años, sin fisuras, con elegancia. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Aforismos precipitados

Tiburón es la película más influyente de los años setenta.

Sergio Leone es un poeta, Tarantino es un poeta, pero, por mucho que insista, Frank-T no es un poeta.

Cuando un libro tiene índice onomástico, la relectura es mucho más fácil y, en consecuencia, tendemos más a ella que si no lo tiene.

Javier Calvo es el mejor escritor de su generación.

César Vallejo está un poco sobrevalorado.

¿Qué quiere decir, exactamente, diseño de producción? Tenemos que cambiar el lenguaje que empleamos en la crítica de cine.

Anatomía de un instante es un obra maestra de la literatura híbrida y uno de los mejores libros del siglo XXI.

El pensamiento anarquista es una filosofía del ser cargada de sentido común y naturalidad.

Es más admirable el autodidacta que el que acumula títulos y carreras en su bagaje.

Hay autores a los que se vuelve. Otros a los que nunca se abandona. Cursi pero cierto.

Hay preguntas que no tienen respuesta. Por ejemplo: ¿quién es mejor: Roy Orbison o los Everly Brothers?

Escribir te ayuda a estructurar las ideas que, caóticas e informes, pululan por tu mente.

La mejor película de todos los tiempos es Apocalypse Now.

Kurosawa acusó a Leone de plagio porque Yojimbo vino antes que Por un puñado de dólares. Pero Dashiell Hamett y su Cosecha Roja vinieron antes que Kurosawa. Y en los noventa cerró el ciclo Walter Hill con El último hombre. Y no hubieron más acusaciones de plagio. Y Leone se quedó con que Kurosawa había visto su película.

Los sonetos de John Donne nada tienen que envidiar a los de Shakespeare.

Roger Ebert es gracioso y cae bien pero está también sobrevalorado.

Es importante saber cuándo parar.