sábado, 18 de enero de 2014

Sobre tres o cuatro películas

Es un thrilller de acción que se emparenta con Seven, El silencio de los corderos o Copycat, pero como si fueran lejanos primos segundos. En Replicant, de Ringo Lam, vemos un buen prólogo y un buen epílogo. El principio de la película nos presenta a bocajarro al malo, al asesino en serie que interpreta Van Damme. El final encadena dos set pieces moderadamente vibrantes. El punto de originalidad está en el giro cienciaficcionesco del clon. Clonan al malo para conocer los entresijos de su mente desviada. Es aquí donde sorprende Van Damme; ofrece un desdoblamiento interpretativo bastante inesperado, dado su registro habitual, y convence tanto en su faceta macabra como con la indefensa, entrañable inocencia de su propio clon. Esta película, en este sentido, es a Van Damme lo que Copland a Stallone. De desarrollo predecible, la película está rodada con nervio, con gancho, y vemos que Van Damme, aparte de llorar, y llorar bien, no hizo ascos a lucir un peinado casi tan ridículo como los que Bardem ha tenido que lucir en algunas de sus últimas películas. Pienso en No es país para viejos, Skyfall o The Counselor. No son pocas, la verdad.

El documental Room 237 es una obra maestra del wishful thinking, de la interpretación voluntariosa de la realidad. Entretenido y curioso, el documental aporta nuevas teorías sobre El resplandor, de Kubrick. El más nimio detalle les sirve a los narradores para justificar unas lecturas verdaderamente rocambolescas. Mi favorita es la que sostiene que Kubrick filmó el aterrizaje en la luna, esto es, el alunizaje, porque, entre otras cosas, el crío lleva, en un momento de la película, una sudadera con la imagen del Apolo 11 estampada en el pecho. Enorme. Desbordadas lecturas aparte, lo que demuestra el documental es la torrencial polisemia de la que era capaz Kubrick; admiro la capacidad de los narradores para extraer estas lecturas tutifruti. Hay ahí un gesto de valentía. Es más una obra sobre el poder de lectura que tenemos los espectadores que sobre Stanley Kubrick. Sería divertido ver lo que es capaz de extraer Rodney Ascher, el director, de una película como 2001.

Años antes de La chaqueta metálica, estaba Stripes, de Ivan Reitman, con la pareja Bill Murray-Harold Ramis haciendo de pícaros en el ejército, más o menos al modo de Elliot Gould y Donald Sutherland en MASH. Pese a su desarrollo previsible, Stripes sigue siendo divertida, perdura la fuerza de su parodia, y las interpretaciones son creíbles. Los cameos de Sean Young y de John Candy son gratos de ver. Sin ser redonda, El pelotón chiflado, como se maltradujo por aquí, es fresca, simpática, edificante y altamente recomendable para pasar un buen rato, y para ver que quizá Kubrick, en la línea de nuestros amigos del párrafo anterior, era un entusiasta de la obra de Reitman y que se inspiró, digámoslo así, en algunas escenas de Stripes para su propia aportación a la cinefilia vietnamera. (Pienso en la escena en que Murray hace un chiste ante el Sargento, o la escena en que rapan a los reclutas). 

Para terminar este texto-macedonia, este texto-menestra de verduras, quiero decir que, para mí, la película del año no ha sido Gravity, sino The Cabin in the Woods, de Drew Goddard.