lunes, 24 de noviembre de 2014

La purga de Javier Cercas

Cuando estalló el caso Enric Marco, es decir, cuando al fin se supo que jamás había estado preso en un campo de concentración, la reacción global, instintiva, fue la de la decepción. Una decepción indignada. Marco, hábil manipulador necesitado de afecto, había logrado engañar a todo el mundo con su falsa vivencia heroica de los campos nazis hasta el punto de presidir la Amical de Mauthausen. Ante la tesitura de entenderle o juzgarle, todos en su momento optamos por la segunda. Pasados casi diez años, Javier Cercas, con paciencia, con espíritu conciliador (y métodos detectivescos), ha ido indagando en el personaje hasta llegar a esclarecer los puntos opacos, falseados, de su autoproclamada vida de película. La actitud de Cercas frente al personaje, transigente y predispuesta a la autocrítica, evoluciona a lo largo de El impostor. (Al fin y al cabo, nosotros también nos construimos un personaje público. Menos sofisticado, menos acaparador, menos interesado y menos grave que el de Enric Marco, pero igualmente ficticio y tergiversador. Las redes sociales fomentan esas sutiles distorsiones de la realidad).

Cercas ya lo dice en el artículo que publicó en El País Semanal: en su libro hay biografía, autobiografía, ensayo, historia, crónica, tempo thrilleriano y, en el fondo de estas capas, una pregunta. Como también la había en el fondo de Soldados de Salamina o Anatomía de un instante. Y el intento de resolverla es lo que mueve todo el engranaje narrativo. Es pues una novela que se inserta en el modelo de Cervantes: la inmensa caja donde todo cabe. Tenemos reflexión sobre el maridaje entre ficción y realidad, sobre la llamada novela sin ficción que es El impostor y que también era Anatomía, sobre la memoria colectiva, sobre la historia, tenemos crónica y ensayo, conjeturas y certezas. Todo cabe en esta novela sin ficción. Con ella, Cercas ya lleva escritos dos o tres de los mejores libros del siglo XXI. Ahí es nada.

Fascinado por el personaje público, Cercas lleva a cabo una labor de documentación y de investigación impresionante. Como ya hizo en Anatomía, arranca esas capas de falsedades arraigadas hasta llegar a la verdad, vergonzosa y anodina. Enfrentarse a la verdad es cosa jodida. Como dijo Emily Dickinson: “Not “Revelation”– ‘tis– that waits, But our unfurnished eyes.” Lo que nos espera no es la Revelación, sino nuestros ojos despojados. Eso es: enfrentarse a nuestros ojos que, desnudos, nos escrutan. En el caso de Marco: los valores que quiso encarnar, la vida ejemplar, heroica, que con todo rigor (de novelista) se inventó para sí mismo.

Llega Cercas a comparar a Marco con Don Quijote. Exacto: en Marco coexisten Alonso Quijano –del que abjura- y el heroico y legendario Don Quijote de la Mancha, que en este caso es el mítico e indomable antifascista Enric Marco. Cercas se acerca a su personaje –esquivo como pocos- desde todos los ángulos posibles. Desconcertado, sufre toda una serie de reacciones ante un personaje que “es todo ficción”. Un personaje al que “sus mentiras quizá le salvaron” de la “mediocre y vergonzante realidad”. Lo que quiere Cercas es conocer al empequeñecido Alonso Quijano que se agazapa tras ese Don Quijote magnífico. Tampoco soslaya el importante papel de la prensa, que no indagó o no quiso indagar en su momento en el pasado de Marco porque ya le interesaba un personaje público de tal magnitud, de tal resonancia épica.

Pero Cercas también tiene tiempo para sí mismo. En la imaginaria conversación que mantiene con Marco en la novela, Cercas se autoinmola. Escrita con un lenguaje al rojo vivo, se acusa de las mismas deshonestidades, de las mismas miserias que acusa a Marco, de haberse aprovechado o, como mínimo, de haberse visto beneficiado por el auge, a principios del siglo XXI, de la llamada memoria histórica. Como si Cercas admitiese o confesase en este capítulo la convicción de que el éxito unánime de Soldados se debiese más al momento de ebullición social que pasaba por entonces el país por la memoria histórica que al propio mérito literario de la novela. De ser, a su manera, un impostor. También confiesa un oscuro caso relacionado con una pitonisa gerundense que se identificó con la pitonisa que aparecía como pareja del narrador en la novela. Ganó el juicio, nos dice. Llevaba cosas enquistadas dentro Javier Cercas y las ha expulsado en esta conversación fantaseada, donde Marco le acusa de hacer lo mismo que él. Como si interiorizara lo que dijo el poeta norteamericano Jim Carroll en un duro verso de Void of Course: “And I’ve done everything I’m accusing you of".  

Quién sabe si ha incluido esta ficticia diatriba contra sí mismo para encarar sus remordimientos, para reconocer que, en tanto que escritor, también es un inventor de sí  mismo, un Enric Marco socialmente aceptado; o quién sabe si la ha incluido solo para ahuyentar la perversa sombra de Marco; o para, anticipándose, no ser comparado con él. Con este capítulo expone Cercas sus debilidades con toda valentía. Esta parte, para decirlo con palabras de Cela, es la purga de su corazón. La valiente y bonita purga de su corazón.

Entrar a saco en la vida de Enric Marco no está exento de riesgos: existe la tentación de juzgarlo con dureza y sin matices; cabe también la posibilidad de descubrir que uno se reviste de capas falsarias no muy diferentes a las que revistieron durante tanto tiempo a Marco. Descubrir o interpretar que el éxito de uno se debe a una compleja red de mentiras o medio verdades es descubrir que Enric Marco no es un genio de la mentira, sino alguien muy parecido a nosotros. Yo no diría que todos somos Enric Marco, pero sí diría que todos podemos llegar a ser Enric Marco. Qué hubiéramos hecho nosotros en sus mismas circunstancias históricas, políticas, sociales y personales? Ni idea.

Primo Levi dice en Si esto es un hombre que tratar de entender la barbarie es de algún  modo justificarla. Cercas no está de acuerdo. Yo tampoco. Entenderla es el primer paso para evitarla en el futuro. Y Cercas no busca la respuesta definitiva porque sabe que no existe, pero trata de entender lo que condujo a un hombre a mentir con tanto descaro y con consecuencias tan heridoras para tantas sensibilidades. Por qué haría algo así?

Para terminar, un apunte. Leyendo el libro he tenido presente en cada página el ejemplo de Jorge Semprún. Cercas se mueve como narrador de una manera muy sempruniana. Son narradores muy autoconscientes. La memoria y la historia colectiva están muy presentes en Semprún y en Cercas, aunque la estructura de sus libros sea distinta. Y la memoria individual en Semprún se funde, seguramente a su pesar, con el horror colectivo del siglo XX; y Cercas, aunque no sea él quien encarne ese horror, escribe sobre personajes que sí lo han vivido en primera persona (o, como Marco, dicen haberlo vivido en primera persona). Ambos incorporan el pasado histórico al presente. En ambos, el pasado es el presente (Cercas lo argumenta bien en uno de sus excursos sobre el libro). También es difícil olvidarse de Semprún porque Semprún fue todo lo que no fue Marco. 

Lo veo así: Jorge Semprún y Enric Marco: anverso y reverso de una misma épica. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Los cuentos pulp de Robert Sheckley

Estamos ante un caudal de cuentos cortantes. Cuentos sin pulir, arenosos, recién excavados de una tierra húmeda y cienciaficcionesca (y por tanto verdosa y palpitante), una tierra trufada de insectos alienígenas que han parido cuentos escritos en un inglés rápido, duro, pero cuidado para que fluya diáfano hasta nuestros oídos. Cuentos bravucones y desacomplejados, extravertidos y descarados. Estamos ante unos cuentos desafiantes.

La espora que, paciente, viaja por el espacio exterior hasta dejarse seducir por los dulces aromas de la Tierra, para desesperación de la humanidad. Los ejércitos que se enfrentan suicidándose. Unas máquinas voladoras programadas para evitar asesinatos no se convierten, contra todo pronóstico, en el baluarte de la paz que tenían que haber sido. La voz descorporeizada que oye un tipo en su cabeza, y cómo a partir de ahí se desmorona todo. Son cuentos que tienen los pies anclados en la tierra.  

Los de Robert Sheckley son cuentos alejados de prestigiosas sofisticaciones literarias. La carga cienciaficcionesca estalla en nuestra cara, imprevisible e indisimulada, en las primeras frases de cada cuento. Una bofetada explosiva. No hay complejas teorías filosóficas ni ingenuas predicciones sobre el futuro de la tecnología, tampoco hay múltiples capas de lectura ni cruce de voces narrativas ni narradores infidentes, no hay posmodernidades: aquí hay el incorregible asalto de lo cienciaficcionesco en nuestra cotidianeidad lectora o, por decirlo como Harold Bloom en Cómo leer y por qué, en nuestra paranoia lectora. Una aturdidora carga cienciaficcionesca nos espera en cada cuento. Una carga que es un asombro luminoso en medio de nuestras lecturas rutinarias y funcionales. Robert Sheckley descubrió con maestría el placer de lo cienciaficcionesco por lo puramente cienciaficcionesco.

La desconcertante llegada a nuestro planeta de un alienígena dotado del don del camuflaje. O los persuasivos talentos de la telepatía interrracial. O la soledad de un hombre y su robot en un planeta pelado. O dos viajeros perdidos en un planeta extraño, recubierto de afilados picos de montaña, de cumbres no edificables, en busca de alimento. Son estas las cosas que brotan despojadas en sus cuentos. 

Parece que nos diga, desde su década de los años cincuenta, que no necesitamos nada más que nuestras pequeñas cositas cienciaficcionescas para cuestionarnos o criticarnos. Si le añadimos genio y talento visionario, como hicieron otros autores como Samuel R. Delany o Philip K. Dick, tenemos en lo cienciaficcionesco una maravilla extrema, sí. Pero no tenemos que ir tan lejos para encontrar toda la gama de colores que nos ofrece el género; en la (aparente) sencillez de Sheckley tenemos todo lo que necesitamos, aunque algunos cuentos tengan un final demasiado abrupto. Una ciencia ficción agresiva que te coge desprevenido y te encanta con pocas armas, con sus pocas pero imbatibles armas. 


Ahí tenemos, parafraseando a Whitman, el vasto panorama de sus visiones. En Robert Sheckley tenemos a un autor que no escribe cuentos ni literatura, sino asombros que se agigantan con el tiempo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Elogio de la creatividad

Si dijera que es una lectura trepidante, un libro que es puro gancho y valentía, un volumen lleno de sorpresas, muchos pensarían que hablo de un thriller o de una novela negra, pero eso es lo que es, entre otras cosas, el reciente Zona de obras, de Leila Guerriero. Me gustan los libros recopilatorios, los libros misceláneos, porque te ayudan a entender mejor el articulismo o el ensayismo de un autor, le dan una unidad muy reveladora, una estructura a su pensamiento. Guerriero ha recopilado sus crónicas, sus artículos, algunas conferencias y las ha reunido bajo este título de zona de obras para que veamos la urdimbre del periodismo, para que mejor veamos qué le pasa por la mente a alguien que ejerce de periodista.

Defensora a ultranza del periodismo como género literario, como expresión artística, Guerriero aboga también por el trabajo del lenguaje, por el nutrirse de todas las artes narrativas, por leer mucha poesía y por ver todas las películas que podamos para completar un bagaje que, de lo contrario, quedaría, por cojo, rezagado. Partidaria del tesón y del trabajo, de la curiosidad infinita y de tener despierta la mirada, Leila Guerriero nos está diciendo que no cedamos, que nos carguemos de perseverancia, que no nos amedrentemos ante las negativas o las dificultades impuestas por el editor de turno, que, en definitiva, partamos siempre de lo que podría también calificarse como sentido común. Ella dice que el periodista ha de ser un “gran arquitecto de la prosa”, y estoy de acuerdo; esa autoexigencia no está reservada para los novelistas. Tenemos que imponernos el mismo reto. Es autora también de una frase que me ha encantado leer, porque convengo con ella y porque pensaba que nadie más pensaría lo mismo: “Viajo para leer”. Claro que sí.

Leyendo el libro, he tenido la sensación constante de estar ante una de esas lecturas que deberían ser obligatorias. Como lo de obligatorias suena horrible, creo que es mejor decir que estamos ante uno de esos libros que a toda persona interesada, por el motivo que sea, por la rama que sea, en periodismo, le recomendaría leer con fervor. Disquisiciones sobre la escritura. Sobre la actitud. Sobre el oficio. Sobre la lectura. Sobre el tono adecuado de un texto. Sobre el clima y el suspense que se tiene que crear también en periodismo. También hay alguna ocasional confesión de medianoche. Como en su texto sobre África, cuando, hablando de sí misma, dice que viene de una estirpe de frustrados viajeros que no vieron ni pisaron jamás las tierras de África, y que su padre tiene “la belleza de un diablo, y su carácter”. 

Uno de los textos que más me han interesado es el que se titula “Periodismo cultural, o los calcetines del pianista”. Rápido sentencia: el periodismo cultural no existe. No existe porque lo que sí existe es el tesón, la perseverancia, la actitud, las poderosas ganas de escribir sobre lo que a uno le interesa. Aunque cueste. Da igual que sea sobre la obra de un novelista desconocido o sobre la crisis económica. Eso es periodismo. Otra cosa dice: que un buen periodista, cultural o no, puede “escribir sobre cualquier cosa”. Entiendo que se refiere a la actitud, al método de trabajo que te lleva a escribir, si uno sabe hacer bien las cosas, sobre cualquier tema, por lejano que nos quede. Aquí no sé si estoy de acuerdo. Yo creo que es más honesto escribir sobre lo que uno sabe o mejor conoce. Yo no me atrevería a escribir sobre cualquier cosa. Menos si hay prisa de por medio. Guerriero diría aquí que me falta arrojo, imagino. Pero yo contestaría, con ingenuidad, que es más honesto, para mí, hablar de un director de cine que conozco que sobre la exposición de arte que no he visto, que jamás iría a ver. Me puedo documentar sobre un tema que desconozco, y puedo escribir un texto más o menos interesante, pero podré afilar más las palabras si conozco el material que describen. Porque me gustará más escribir sobre ello. Lo haré con mayor interés. Ya no se trata de poder escribir o no, sino de escribir mejor. La desmotivación es un factor a tener en cuenta, también.

También dice algo con lo que estoy de acuerdo y que es puro estímulo creativo para el periodista: que se pueden adoptar formas narrativas complejas para escribir un ensayo, una crónica, una crítica. El “stream of consciousness”, por decir uno. (El ejemplo lo pongo yo). Y me pregunto si podría alguna vez escribir sobre algo Sergio Leone o sobre Philip K. Dick adoptando esa manera de narrar. (Jordi Costa ya dio ese paso en su aportación al libro colectivo CT o la Cultura de la Transición)

En uno de los textos critica la actitud apocalíptica, melancólica, de muchos periodistas sobre su profesión. Consideran que está senil perdida, y que qué lástima, pero suerte que no me tocó vivir su muerte. Ella condena esta actitud como ya hizo Jordi Gracia, aunque con menos extensión y menos argumentos, claro, en ·El intelectual melancólico.

Leila Guerriero defiende el género por el que se mueve con la misma frescura que el pez en el agua. Con frescura, con un optimismo motivador y contagiante. Con sentido común.