miércoles, 28 de diciembre de 2016

Mis 20 películas de 2016

La única precaución que hay que tomar es esta: no hay ningún orden de preferencia ni de nada parecido. 

1) Elle (Paul Verhoeven). El holandés ha parido una de las películas más excéntricas de su carrera. Que no es decir poco. Impresionante película que entre otras muchas cosas es... contranavideña. 

2) El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra). Heredera de Aguirre, la cólera de Dios y de Apocalypse Now, la película es arriesgada, es políglota, tiene varios planos narrativos, y un final extraño. Es una obra fuera de lo común. 

3) Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen). ¿La mejor película española de asesinos en serie?

4) Tarde para la ira (Raúl Arévalo). ¿La mejor 'vengeance movie' española?

5) Los odiosos ocho (Quentin Tarantino). ¿La mejor...? Es broma. Espero que algún día le den el Nobel de Literatura a Tarantino. Sus guiones son obra de un gran escritor. 

6) El hijo de Saúl (László Nemes). Impactante película con planos cerrados a cal y canto. No estoy de acuerdo con ella, pero su hechura es propia de un maestro. Seguramente la mejor ópera prima del año.

7) Spotlight (Thomas McCarthy). Con esta sí que estoy de acuerdo, con su salvaje alegato anticlerical, con su retrato del lado oscuro de Boston. 

8) Calle Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg). Me interesa menos el debate sobre si es o no es una secuela de Monstruoso que el personaje de John Goodman. Una maravilla medio cienciaficcionesca medio de terror. 

9) Bone Tomahawk (S. Craig Zahler). Un poquito de Holocausto Caníbal y de Centauros del desierto. Esto es terror y gore y western y, en definitiva, muy recomendable. Uno de los finales más visualmente repugnantes -en el buen sentido- que yo haya visto. 

10) España en dos trincheras: La Guerra Civil en color (Francesc Escribano y Luis Carrizo). Al ver, en esta película, el metraje de la Guerra Civil a todo color, se recortan décadas de distancia respecto a esa barbarie. Escalofriante. Me imagino a los autores como si fueran dos iluminadores medievales, dos pacientes escribanos de la imagen.

11) El destierro (Arturo Ruiz Serrano). Atípica película sobre la Guerra Civil con unos exteriores nevados que se contraponen al interior de una caseta de vigilancia. El protagonista no es republicano. Impresionante. 

12) Expediente Warren 2 (James Wan). James Wan ha dignificado el cine de terror paranormal. Sabes que verás todos los lugares comunes que ya has visto en este tipo de películas desde los setenta, y aún así te maravilla.

13) Demolición (Jean-Marc Vallée). Junto con James Wan y Denis Villeneuve, Vallée es el gran descubrimiento del año. Brutal. 

14) High-Rise (Ben Wheatley). No es que sea la única película claustrofóbica de mi listita, pero sí, seguramente, la que más. 

15) Toro (Kike Maíllo). El protagonista es carismático y tiene garra y realidad. Una película rápida y desacomplejada. Estas películas son necesarias en el canon thrilleriano español.

16) Hello, My Name is Doris (Michael Showalter). Qué frescura de película. Qué simpatía y qué alegría. Cuánta dulzura desprende esta película sobre un amor inesperado. Una de las más bonitas del año.

17) Midnight Special (Jeff Nichols). Ciencia ficción rural. Una lírica road movie. Lírica y contenida. Triste y emotiva. Nichols es uno de los grandes talentos de su generación.

18) Infierno Azul (Jaume Collet-Serra). Comparable a The Reef o a Open Water, la película veraniega que transcurre en alta mar que ocupa este lugar en mi lista es atrevida, pese al final, y visualmente audaz. Hay que verla. Sobre todo en invierno. 

19) La juventud (Paolo Sorrentino). Vuelve el director a arrastrarnos a su particular manera de entender el arte, como ya hizo en La grande bellezza, y vuelve a emocionar y a orquestar una película impecable.

20) La llegada (Denis Villeneuve). Me parece que me gustó más le película que el cuento (de Ted Chiang). No todo el mundo se atreve a toserle a 2001.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Solo las ruinas

Es una alegría descubrir que Gigamesh publica ahora una nueva traducción de ese rompehielos de la ciencia ficción que fue Earth Abides, de George R. Stewart. Rafael Marín tiene toda la razón al escribir, en el prólogo, que La tierra permanece es “una de las grandes novelas del género y, además, una de las grandes novelas americanas de la posguerra”. Tal cual. La novela, ya en 1949, sentó las bases de la literatura postapocalíptica y fundó toda una estética del derrumbe de la civilización y de la supervivencia que se iría extendiendo, libro a libro, película a película, en las décadas siguientes. 

Novela seminal, La tierra permanece aglutina los miedos arraigados en la consciencia colectiva después de la Segunda Guerra Mundial, e inaugura, como decía antes, un subgénero capital de la ciencia ficción: el relato postapocalíptico. La bomba atómica dio sentido las fantasías sobre el fin del mundo, y en la novela asistimos a su puesta en escena, a lo que le esperaba a la humanidad si se cumplían esos miedos. Está narrada con una melancolía muy equilibrada: percibimos la pena por lo perdido (que es todo) antes que un odio por el causante de esas pérdidas. La lectura, por ejemplo, se ve como la herramienta cultural que reconfigurará la mentalidad humana, que hará germinar una vez más el genio humano. 

Por otra parte, el texto está salpicado de breves fragmentos en cursiva que actúan como las incursiones de un narrador externo, ajeno al narrador en tercera persona que despliega la historia común de Isherwood, el protagonista, y la Tribu, los personajes que se le van añadiendo, y que funcionan como un alejamiento momentáneo de la historia, para que cojamos perspectiva.

Describe el narrador los efectos que tiene lo que él llama el Gran Desastre, la epidemia que arrasa con la humanidad, en la gente normal. (Más adelante volveré sobre este punto). Pronto aprendemos que, en la taxonómica nomenclatura del narrador, la Segunda Muerte es el estado aletargado en el que quedan todos aquellos que, físicamente, han sobrevivido a la aniquilación de la vida humana en la Tierra, pero que no han sabido sobreponerse, que no han sido lo suficientemente fuertes como para rehacer sus vidas en ese nuevo marco de hostilidad definitiva. Cómo deambulan, asilvestrados y desprotegidos, los restos solitarios de una civilización que ya no existe es algo que va aprendiendo el protagonista, Isherwood Washington, que, con unas torpes dotes sociales y muy enfocado a sus pasiones culturales, ha perdido menos, con el vaciado del mundo, que sus semejantes más sociables. Ya percibimos su carácter retraído en las primeras, espléndidas, páginas: está aislado en una solitaria cabaña en medio del bosque, preparando su tesis, por lo que tarda días en descubrir que el mundo que él conocía, pero en el que no se movía con naturalidad, se ha ido a pique. 

Sobrepuesto, viaja desde San Francisco hasta Nueva York para descubrir que también Manhattan es un páramo silencioso. Sus descripciones de la que es, seguramente, la mejor ciudad del mundo, son fascinantes. El contraste entre la imagen vertiginosa y parpadeante que tenemos de Nueva York y las calles agrietadas y vacías resulta paradójico y tremendamente efectivo: es más impactante ver una Nueva York abandonada que una pedanía abandonada. Años después de esta novela, el escritor Walter Tevis explotaría, en su obra maestra Mockingbird, todas las posibilidades que la pincelada neoyorquina de Stewart sugería. (La traducción literal del título como El pájaro burlón es uno de esos deslices inexplicables en que a veces incurre el mundo editorial. Mockingbird es ruiseñor; si descompones la palabra, es, efectivamente, pájaro burlón).

Cuando, después de su viaje por Estados Unidos, el protagonista vuelve a casa, acaba conociendo a Emma, o Em, con la que acabarían formando lo que ellos llaman La Tribu. Se forma un núcleo, una tentativa de civilización. Quiere el protagonista transmitir sus conocimientos de aritmética, de geografía, su amor por la lectura y por la música para que no se pierda el lado bueno de las cosas, podríamos decir, y para contribuir a sofisticar las mentes de los nacidos después del desastre. En este sentido su tenaz confianza en la lectura como herramienta de educación es clave a lo largo del libro. Otro detalle clave, uno que Jean Pierre Andrevon acabaría, como Tevis, exprimiendo al máximo en su novela Mundo Desierto, es que, lo he mencionado antes, no vemos protagonistas expertos en literatura, ni a ingenieros ni a médicos en acción ni grandes y apasionados amores brotando libres sin las constricciones de la sociedad. No. Vemos a gente normal hundidos en una situación límite. Vemos cómo sobrevive la gente normal, sin muchos recursos, o sin muchas luces, como suele decir el narrador, en un mundo asolado que pediría mentes de genio para reestructurarse. No se le puede acusar de racista al narrador, pero sí, por algunos detalles, de clasista. La culturización de una persona es lo que mide, cree, su capacidad para sobrevivir, dando paso a una gradación entre supervivientes muy poco constructiva. Para el protagonista solo los más inteligentes deberían sobrevivir, cuando, a la vista está, la mayoría de los vivos es gente normal y corriente. Dijo Vicente Luis Mora, en un lejano texto de su blog, que el protagonista “sólo puede contemplar nuevas generaciones de hombres caracterizados por su brutalidad y su primitivismo, auténticos salvajes, pero innegablemente aptos para sobrevivir en la realidad postsocial que la novela retrata”. Esa realidad postsocial que menciona Mora será la base del mundo futuro, pese a quien le pese. El protagonista, que tanto cree en la cultura humana, acaba aprendiendo que no será H. G. Wells precisamente lo que les sacará adelante. Se resigna, con el tiempo, y un escepticismo tristón acaba adueñándose de él. 

La novela tiene en el martillo un símbolo claro: el pasado, la civilización, la creatividad y la inteligencia humanas, pero también su pragmatismo y su desgarrador sentido de la supervivencia, se condensan en el quilo ochocientos gramos del martillo que, desde antes del desastre, acompaña siempre al protagonista. Los personajes nuevos veneran al martillo como si fuera un objeto sagrado. Esta mistificación, irracional y supersticiosa, queda clara en la página 216: teme no poder frenar este tipo de pensamientos mágicos. Que surjan es motivo de desprecio intelectual para Isherwood.

El protagonista está muy bien dibujado, con todas sus contradicciones, con sus sentimientos oscuros y poco representativos de la bondad humana que él querría reinstaurar. Se queja a menudo de ser el único que piensa, de ser el único que contribuye a un resurgir de la cultura en lugar de limitarse a sobrevivir, como hacen, en su opinión, los demás integrantes de la autodenominada Tribu. Y tiende, pot ello, al pensamiento recurrente, circular, obsesivo, sin poder hacer nada para evitarlo. Estamos ante un obseso del estudio, ante alguien que, nos dice el narrador, es más feliz en su nuevo entorno calcinado. En un escenario irreal te plantea el narrador un conflicto emocional muy real: la oposición evidente entre los deseos civilizadores de uno y la desgana conformista del resto de la tribu. Muchas novelas postapocalípticas o distópicas se esfuerzan por crear un mundo deshumanizado, un imaginario desolador, pero no un elenco de personajes tan bien definidos, tan representativos de la, a veces, vergonzosa naturaleza humana. Stewart tocó todos los palos. 

La tercera persona, a lo largo y ancho de este libro, ayuda especialmente a tensar el ritmo y las expectativas: si leemos una novela postapocalíptica narrada en primera persona, sabremos que el protagonista sobrevive. Stewart escogió con buen criterio la tercera persona. 

Como detalle, confieso que esta novela tiene una de esas frases tan impopulares con las que uno, a veces, conviene: “¡La inteligencia de los perros está sobrevalorada!”. Es así. Con diálogos, como el de la página 117, entre Isherwood y Em, que dicen lo que realmente quieren decir por debajo de lo que efectivamente dicen, demuestra el autor un hábil manejo de las hablas de la gente normal, de cómo hablamos todos cuando estamos en casa. Domina el juego de velar y desvelar, de ocultar y de enseñar, que convierte al diálogo en un artefacto sutil: esos sobreentendidos solo pueden darse entre dos personas que se conocen a fondo. El crítico de ciencia ficción Manuel Rodríguez Yagüe escribió hace poco una crítica de esta novela. Le salió mejor que a mí, y profundizó más que yo. Estas cosas también hay que admitirlas. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Oppressed by the figures of beauty

The Neon Demon me recuerda a Map to the Stars, Suspiria, Karate Kid y, sobre todo, Showgirls. No hay ninguna boutade en mis palabras, ni pretendo epatar a nadie con asociaciones ingeniosas, con referencias inesperadas. Todas esas películas, más Blade Runner, Mulholland Drive y cualquier libro de Bret Easton Ellis, me vienen a la cabeza después de ver la última película de Nicolas Winding Refn. Y las palabras de Leonard Cohen que utilizo como título describen muy bien el sentimiento central de la película. 

Con un despliegue visual deslumbrante, muy deudor del giallo italiano, y con una historia de cómo el entorno hostil deglute sin piedad a la pieza inocente que llega nueva a formar parte, sin saberlo, de esa devoradora maquinaria capitalista, la película oscila entre lo admirable y lo fallido. El despliegue visual es obra de un estilista mayor, y la maquinaria que menciono es la obsesión lucrativa que rige los vesánicos códigos de conducta de esas altas esferas. 

Lo admirable de la película está en la representación de la sordidez contemporánea y de la cultura de la inmediatez que la promueve, simbolizada aquí por el mundo de la moda y por todas las envidias, superficialidades y crueldades que se derivan de su imparable mecánica interna. Está en cómo usa la cámara para representar esa sordidez. La apertura de la película, con sus colores y su música, nos da el tono tanto de la historia como de la atmósfera del submundo de intereses equivocados en que se desarrolla. Aunque no arrasa con tus emociones como sí lo hace Map to the Stars, de Cronenberg, la película de Refn te sumerge en un entorno depredador: las arpías menos jóvenes se conjuran contra la aspirante a reina de la moda, y esa sordidez la vemos espejeada en un diseño de producción aséptico y de composición simétrica, como en Kubrick, en los colores chillones y fríos, en el brillo gélido como en Argento, en Bava o en Fulci. Es una película de planos cerrados, asfixiantes, y de lentos, uno diría que felinos, movimientos de cámara. La suma de todo ello es el acierto mayor de la película.

Otro de los aciertos de la película es lo que Quim Casas, en su crítica de El Periódico, ha llamado su "fractura con la realidad: un puma en la habitación de hotel o la joven que maquilla indistintamente modelos y cadáveres". Incidiendo más en ello, es decir, torciendo un poco más la realidad, podría haber eviscerado mejor -que no más- el horror de la competitividad homicida de esos mundos. La película hubiera podido ser más sugerente, más visualmente estimulante y más polisémica, virtudes todas de las que carece. 

Elle Fanning, como Elizabeth Berkeley en Showgirls, llega a Los Ángeles con la cabeza llena de pájaros, aunque con menos inocencia de lo que podríamos presuponer. Como Ralph Macchio en Karate Kid, tiene que cimentar los primeros pasos de su vocación en un entorno nuevo y hostil. Es huérfana, tres años más joven de lo que le conviene, se hospeda en un motel y acaba de conocer a un chico que la cuida, que le trae flores y se preocupa por ella. Las otras aspirantes, una de las cuales canta las glorias de la cirugía estética, de esa belleza a la carta de la que -cree- se beneficia, la acogen con frialdad, y pronto ve que nada es lo que parece. (Los espectadores sí vemos que todo es lo que parece). No hay un gran desarrollo de los personajes a partir de aquí. Es normal: esos tópicos los condenan de antemano. 

Lo fallido, lo cutre, está en la pobreza de sus metáforas. Pobreza que es doble: visual, por cutre, como la escena de la necrofilia lésbica, y por poco sutil, como la escena en la que una modelo, después de ser destronada y humillada ante sus rivales, ante sus competidoras, se mira luego en el espejo, le arroja una papelera y lo destroza. Lo que veo en el espejo no me gusta, así que lo rompo; después, entra la protagonista, la joven promesa del mundo de la moda, y sin querer se corta con uno de los pedazos del espejo. Ojo: que en este mundo te puedes hacer daño, nos dicen. Pero ella, cuando desfila sobre esa pasarela onírica, en un plano cerrado pero infinito, besa a los espejos que la rodean. Le gusta lo que ve y lo que ve está multiplicado. Es todo tan simple que te desvía de los aciertos visuales de un director quizá menos elegante que James Wan en su representación del horror, pero más atrevido en sus temas y en sus historias. 

Por otra parte, que la maquilladora alterne su trabajo con las modelos con su trabajo, imagino que nocturno, maquillando cadáveres en una morgue, es tan poco casual como sutil. No hay sofisticación alguna en esa analogía. Tampoco la hay en la inesperada debilidad antropófaga de las jóvenes desplazadas, y menos aún en la escena del ojo como aperitivo. Si el neófito me desplaza, me lo como. Literalmente. Muy burdo. Como se ve, no hay una correlación artística entre la fuerza de su estilo y el significado de sus metáforas. 

También he estado pensando qué aporta, al conjunto de la obra, el personaje de Keanu Reeves, y no llego a ninguna conclusión. Se me ocurre que está ahí para reconocer los peligros del típico matón de barrio, que sin duda existen y sin duda acechan a cualquiera, pero como contrapunto menor del gran mal que asola a toda aquella juventud que tenga vocación de modelo o de estrella de cine, tanto da. Él representa el mal cotidiano, el que nos queda más cerca, y la industria representa ese mal intangible que pende sobre nosotros. Todo su papel es un subrayado más de la película. 

Así como Showgirls era ridícula y tenía unos diálogos y unas escenas bochornosas, The Neon Demon es (algo más) inteligente y contiene diálogos pausados, reflexivos, y alguna que otra intervención estelar. Muy bien. Pero la de Verhoeven iba mucho más lejos, era más exagerada, se tomaba menos en serio a sí misma, y la sordidez de ese mundo quedaba grabada en la mente con mayor fiereza que en la última película de Refn, que, aunque no lo parezca, me ha gustado. Estoy de acuerdo con ella y tiene algunos momentos impactantes, un despliegue visual muy audaz, con el contraste continuo entre los fondos, los colores y la composición tan fría, pero se ve lastrada por una imaginería metafóricamente muy pobre, muy pedestre y empobrecedora. Imagino que ante un público muy crítico defendería sus audaces aciertos visuales, pero, ante uno que se rindiera ante sus imágenes, destacaría sus torpezas, su continua incursión en lo explícito, en lo nada sutil (empezando por el propio título de la película). Pero ante la página en blanco y pese a que le concedo todos sus aciertos, digo ahora que The Neon Demon es una Karate Kid con final trunco, una Showgirls con las cejas enarcadas.