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Aspectos de la crítica o la reseña emotiva, o sobre el 'Entre paréntesis' de Roberto Bolaño

De muchas maneras se puede escribir una reseña. Y la 'reseña', esa par o tres de páginas, puede ser el espacio para muchas miradas, muchos ángulos de escritura distintos. Pero comúnmente, en una reseña, esperamos ver los espacios esquivos de una obra descritos con ojos atentos, evisceradores, esperamos algo que nos sorprenda y nos haga ver lo que antes no veíamos. Pero no siempre se cumple con ese objetivo, y, en ese caso, el resultado no es, o no tiene por qué ser, ni malo ni empobrecedor. A veces se ofrece otra cosa.

Un caso representativo de esa 'otra cosa' es el (lejano) texto de Sergio Benítez sobre La princesa prometida: está tan entusiasmado con la película, es tal el calibre de su amor por ella, que se olvida de comentarla. La emoción desplaza su capacidad crítica -que la tiene- sustituyéndola por otra retórica: la de la generosidad de compartir preferencias. No intenta demostrar las gracias de la película, sus méritos ni sus logros; solo quiere dejar claro que estamos ante una película emocionalmente explosiva, y no tiene, para ello, que expresarse mediante los mecanismos demostrativos que emplea el lenguaje crítico (propiamente dicho). Lo que analiza Benítez en el texto, quizá de manera inconsciente, es su relación íntima (digamos) con la película, exponiéndola con total impudicia ante sus lectores. Como análisis, pues, es un fracaso (si queremos usar esa palabra, que no sé yo si es la más adecuada). Como mero texto sobre la película, un éxito. (Dudo que alguien lea el texto de Benítez y no corra entusiasmado a verla, y eso, tal como lo entiendo, es todo un logro). Claro que un análisis profundo también puede transmitir entusiasmo, pero estos textos, como digo, son otra cosa. Nos ofrecen la consecuencia de la obra, no el análisis de sus recursos o de sus aciertos. Consiguen algo parecido a lo que dice José-Carlos Mainer en Tramas, Libros, Nombres sobre el Camilo José Cela de Pabellón de reposo: "no llega a construir personajes pero sí sentimientos". Así, vaciando la palabra 'reseña' de su significado habitual y otorgándole más peso al calificativo, podríamos llamarlas reseñas emotivas.

En ese sentido, Bolaño, como reseñista, nos obliga a reformular las cosas, a reinterpretar los resultados por lo que leemos en Entre paréntesis: no se me ocurre mejor ejemplo de lo que acabo de llamar 'reseña emotiva'. Transmite su entusiasmo por la literatura mejor que una disección formal y académica, y queda más clara su opinión, llena de metáforas, sobre un libro, que la de otro que emplee un lenguaje más analíticamente preciso pero más emocionalmente frío. Puede que se trate de pereza (o incapacidad) analítica, que todo puede ser, pero no por ello estamos ante un texto descartable. Pienso en lo que escribió sobre My Dark Places, de James Ellroy, o en sus textos sobre Philip K. Dick, Walter Mosley, Thomas Harris u Osvaldo Lamborghini. No son textos críticos, no entendemos nada nuevo ni relevante del autor o del libro, pero gracias a ellos nos pica la curiosidad y leemos, queremos saber más y leemos. No es poca cosa ni poca la importancia. 

Por los textos no analíticos pero sí seductores de Bolaño he leído libros que antes, por otras vías más intelectualmente prestigiosas, no me habían intrigado. Este texto nace, este apunte del 4 de septiembre de 2015 y que recupero ahora, a raíz de unas relecturas bolañianas, del impacto lector que en su día dejó en mí Entre paréntesis. No es un libro de crítica literaria ni un compendio de reseñas ni la poética ni el programa intelectual de un escritor: es un homenaje a sus propias lecturas. Al hecho de leer y querer compartir tus descubrimientos.

¿Por qué es tan eficaz la reseña emotiva? Porque va a lo fácil, podríamos decir. A lo primario. Porque no le exige mucho a quien la escriba. Cierto. Pero, en la difícil línea en que se sitúa, entre la recomendación de barra de bar y la reseña convencional, se impone la tarea de congregar todo su entusiasmo en unas pocas líneas. De compartir sus preferencias, de extender de nuevo eso tan humano de que te encante algo y lo digas sin pensarlo mucho ni filtrarlo por un argumentario crítico precocinado y deglutido en los pupitres. Eso, si quieres, ya vendrá y tendrá su espacio. Su prestigio. 

La intención del reseñista emotivo, por seguir con la etiqueta, es en este caso más estrecha pero la consecuencia puede ser más amplia, que es lo importante. El suyo es un terreno peligroso porque entra de lleno en el campo de la subjetividad pura y sin filtrar.

Cuando la crítica neglige su función analítica, hay que estar atento al resultado. Es posible que la temperatura del texto pueda más que la ausencia de argumentos críticos y nos lancemos de cabeza a por la obra elogiada. Que nos convirtamos en agradecidos receptores de ese entusiasmo. Cuando funcionan, que no es tan a menudo como pudiera parecer, hay que respetar el resultado. 

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