sábado, 18 de febrero de 2012

Tantas cosas me lo dijeron todo

La fuga de Logan, Shock Waves, El gran miércoles, Los tres días del Cóndor (en parte), Alice, Sweet Alice, Klute y Agáchate, maldito son sólo unas pocas, de las muchas, películas olvidadas de los años setenta. Olvidadas por motivos que se me escapan. De no ser por Death Proof, Vanishing Point, seguramente, figuraría también en esa lista. Las grandes películas de esa década han eclipsado a las grandes películas de esa década. Borges dijo que, "virtualmente, Quevedo no es inferior a nadie". Lo mismo podemos decir de estas películas. Sin embargo, han quedado rezagadas en la carrera. Es algo que no entiendo. La interpretación, el guión, los diálogos, la fotografía, la dirección, todo es de primer nivel. Pero no nos acordamos de ellas.

Como decía antes, de no ser por Tarantino nadie sabría de Vanishing Point. Los puntos en común que tiene con Death Proof son dos: los vastísimos paisajes, casi ilimitados, vistos bajo mucho sol y cielos despejados, y el coche: el Dodge Challenger del 70. Nada más. Donde la de Tarantino es una historia del cazador cazado, la película de Richard Sarafian es un canto a la rebelión. Un antiguo policía conduce de Colorado a San Francisco. Poco a poco, mediante breves flashbacks, vamos conociendo el pasado del protagonista. Minuto a minuto vemos que la película es un canto a la libertad, a la desobediencia, a la valentía, a la acracia, a la individualidad emancipadora. Kowalski es un héroe no porque conduzca como el diablo, sino porque es valiente y no se arruga y sigue, sigue y sigue. 

En este sentido, es una de las películas más afines a su tiempo que recuerdo haber visto; una de las más representativas del espíritu colectivo de los años sesenta y setenta. Kowalski simboliza toda una generación. Pero sin cursilerías ni carpe diems mal entendidos. Al contrario, la película es condenadamente triste.

Formalmente, a destacar, yo diría, la velocidad a la que se mueve la cámara. Hay planos fijos y tomas en las que la cámara se mueve lentamente, claro, pero cuando se acaba la película tenemos la sensación de haber viajado en un bólido; la cámara siempre en carrera, haciéndonos partícipes de la huida hacia adelante del personaje. Nosotros somos Kowalski.

Imagino que los entusiastas de la velocidad y los coches y las motos se entusiasmarán con esta película. Los que no tenemos ni idea de conducir también. Porque lo importante no es el coche, sino la personalidad y el pasado y la soledad triste del protagonista, que nos cautivan. También el DJ ciego que, desde su solitaria estación radiofónica, narra la huida de Kowalski, su fuga, a través de un sintonizador pirata que retransmite los informes de la policía, la inflexible y lerda policía que intenta, patosamente, darle caza, por motivos tan poco convincentes como los que pueda tener el hecho de que estas películas, hoy, no se vean.

En fin: una espléndida película setentera y veraniega para disfrutar cualquier día del año, pero especialmente recomendable para estos días tan fríos y cortos de invierno.

lunes, 6 de febrero de 2012

Lecturas que hacer al sol de invierno

1962
Por su dureza, por la sensación de asfixia que transmite, a Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, le encajarían bien, como epígrafe, los desgarrados versos de Miguel Hernández: "Hoy el amor es muerte, / y el hombre acecha al hombre". Considerada unánimemente una de las mejores obras de la literatura española del siglo XX, la fuerza de su estilo te atrae hacia sí a la vez que te repele su retrato de la realidad. Sin serlo, recuerda su atmósfera a las novelas negras más oscuras, como Crónica sentimental en rojo, de González Ledesma, o La rosa de Alejandría, de Vázquez Montalbán. Martín-Santos escribe sin piedad.

El protagonista de la novela es Pedro, el investigador. Poco importa el motivo de sus estudios; importa más lo que ocurre cuando se quedan sin ratas y deciden ir al tenebroso extrarradio madrileño a por más ratas. Ahí entran en contacto con un submundo prácticamente medieval. A resultas de ese encuentro pasa lo que pasa. Pedro cae. (Interrumpo aquí el resumen. Es mejor no estropear el final). Lo que puedo decir es que avanzamos por el libro como por los poemas de Nicanor Parra: echando sangre por la nariz.


Si leemos algunos textos sobre la novela, veremos que todos coinciden en la novedad formal que presenta, en la ruptura que significó respecto al realismo crítico imperante en la época. Es cierto. Para mí, es Vázquez Montalbán, en El escriba sentado, el que, con su inteligencia habitual, define mejor la relación fondo / forma en Tiempo de silencio: habla del impacto que causó este libro "en la conciencia lectora", y de que se podía ser "político en la intención y barroco en el discurso, porque en la relación forma y fondo nada hay escrito sobre la necesidad de escribir en tercetos el descenso a los infiernos de la Divina Comedia". Completamente de acuerdo. La elevada exigencia formal no está reñida con el entretenimiento (cosa que ocurre a menudo), ni con la denuncia social. Lo mejor de todo es que esta simbiosis se da de manera natural. Y es toda una lección: sintetiza el pensamiento y el sentir de dos tipos de escritor: el preocupado por la forma, por el lenguaje, y el que escribe con la intención de modificar la realidad. Ni siquiera el humor está ausente. Entre monólogos interiores entrecruzados, descripciones alucinadas (como la del final) y la mirada realista de algunas escenas, aparece, insospechadamente, un sentido del humor algo hiriente. El narrador se burla de algunos de sus personajes y hace que nos riamos de sus poquedades. A veces se apoya en la jerga científica para describir las cualidades mórbidas y flácidas de las carnes de una vecina. Y eso, entre tanta amargura, nos hace gracia.


Sucede algo curioso con Tiempo de silencio. Al adentrarnos en el libro nos vienen recuerdos de otros libros. La vida madrileña de los años cuarenta, la noche y los quehaceres habituales de un café de barrio nos hacen pensar en el Camilo José Cela de La colmena; los monólogos interiores nos remiten a Cinco horas con Mario (una de las mejores novelas de Delibes y otro de los grandes hitos del siglo XX); la impotencia ante las decisiones, generalmente absurdas, del estado, de las instituciones, nos recuerda a El proceso; el intelectual -representado en este caso por Pedro, el investigador-, ahogado por el peso de la Historia y el estado, nos trae a Galíndez, de Vázquez Montalbán; el personaje alemán que chapurrea el castellano recuerda al personaje alemán que chapurrea el castellano en El Jarama, de Sánchez Ferlosio; y uno de los gestos más bonitos del libro: el paseo de Pedro por Madrid mientras evoca a Cervantes y piensa en el Quijote y en lo lejos que estamos del genio de su autor y lo mal, rematadamente mal que vivimos todos.
Es posible que nadie más repare en estos parecidos. Es posible que reparen en otros. De todos modos, la lectura es un agradable paseo por la literatura.


Proclive a la frase larga y recargada, la prosa ejemplar, personalísima, de Martín-Santos, no es fácil de describir. ¿Personalísima? Sí, claro, pero algo más. Ejemplos:

"...las ensoberbecidas muchachas pálidas vestidas de negro que cuando es moda pintarse la boca, se pintan sólo los ojos y cuando es moda pintar los ojos, se hacen una bocas sangrantes, el humo de los cien mil y uno cigarrillos, la suma de la pedantería derramándose..."

o, ya en las últimas páginas:

"es agradable a pesar de estar castrado tomar el aire y el sol mientras uno se amojama en silencio". 

Amojamarse. Convertirse en mojama (atún secado al sol). Vaya imagen.

Lejos de hacerse pesado, lo barroco en su escritura es magnético. No podemos escaparnos de su embrujo.
Y sólo por este libro podemos decir sin miedo que Luis Martín-Santos es uno de los mejores escritores españoles del siglo XX. Unión enriquecedora entre fondo y forma, este es uno de esos libros que uno, simplemente, ha de leer.