viernes, 29 de agosto de 2014

Contradicciones sobre Javier Marías

Qué bonitos son los títulos (de Shakespeare) de Marías. Las primeras odas a Marías las leí, cómo no, en esa caja de sorpresas interminables que es Entre paréntesis, de Roberto Bolaño. Recuerdo con claridad que recomendaba por encima de todo la ópera prima de Javier Marías, pero es Mañana en la batalla piensa en mí sobre la que ahora quiero decir algo. 

Si tenemos fresca en la memoria la lectura de Corazón tan blanco, lo primero que destaca es que, en comparación, la escritura de Mañana en la batalla está más contenida o, si se prefiere, menos expandida. Corre rápida y libre la prosa de Marías y podríamos decir que aquí la frase larga y digresiva es en realidad una frase domesticada y consuetudinaria, al menos en comparación con la frase expandida, salvajemente dilatada, de Corazón tan blanco. Nada podemos hacer para resistir la fuerza de su escritura. (Lo único malo es que su prosa desprende a veces el inconfundible (e irritante) aroma de la pijedad. Esto lo vemos también y con mayor fiereza en sus artículos periodísticos, en sus puntuales quejas dominicales, en cualquier entrevista televisada que encontremos).

Escribe Marías por fogonazos, por impulsos narrativos que funcionan como compartimentos estancos que, interrelacionados, conforman el fresco general de sus novelas. Estos nodos de escritura son como cuentos de una historia mayor que se suceden hasta fundirse en el todo que es la novela. Aparte, Marías es lo que en inglés se llama un gran storyteller, un imbatible contador de historias que sabe intrigar a fondo al lector. Es también un narrador altamente reflexivo en el que abundan las teorías sobre las relaciones de pareja, sobre la enloquecedora contradicción de nuestros sentimientos, sobre cómo la ficción suplanta a la realidad. Se puede decir de sus narradores lo que dijo Roberto Juarroz de Octavio Paz: que transpiran pensamiento. La clave está en que se desprenden con naturalidad esas reflexiones, que están hábilmente entretejidas en el acontecer principal de la novela.

Y qué importante es el azar, también, en este libro. La muerte inesperada, repentina y súbita de Marta Téllez, que es el casi desconocido romance del narrador, es la chispa que enciende todo el engranaje narrativo. En otras palabras: sin el azar absoluto de esa muerte no habría novela. Aquí es donde, enquistada, me asalta la contradicción principal que siento por Marías: hay momentos en los que le leo y no le creo. Me resulta muy difícil de creer que alguien muera así, sin más (aunque está claro que es algo que puede pasar y pasa), y no entiendo el porqué de esa muerte ni, lo que es peor, la actitud del narrador ante esa muerte.

Ejemplo:  le deja un plato de comida en la cocina al niño de dos años para que, cuando se despierte por la mañana, desamparado y huérfano de madre, al menos pueda tener algo que llevarse a la boca. No lo veo, la verdad. Tampoco me creo, bajo ningún concepto, que el narrador sea incapaz de reconocer, en el episodio de la puta en la Castellana, si se trata de una desconocida llamada Victoria, o si, en las letras de ese nombre debería en realidad oír las letras del de su ex mujer, Celia. Cómo no va a reconocer a una persona con la que estuvo cuatro años, tres de los cuales viviendo en matrimonio? El transcurso o la narración de estos eventos, de estas situaciones, está lleno de huecos inexplicados que afectan fatalmente a su credibilidad.

Es difícil argumentar por qué no me he creído una escena. La verdad: solo me ha pasado dos veces en literatura: con Corazón tan blanco y, ahora, con Mañana en la batalla piensa en mí. Creo que dentro del marco que nos propone la novela estas escenas chirrían y se salen de la propuesta por artificiales, por forzadas, y sobre todo porque, de tan inexplicables, simplemente no parece que puedan llegar a ser. Así, es el propio autor el que desactiva los mecanismos de la credibilidad, rompiendo lo que se suele llamar el pacto de ficción. Como decía, el narrador debería reconocer a la puta como una desconocida o como a su ex mujer, pero nunca quedarse con esa duda (que nadie tendría). En definitiva, es difícil justificar estas cosas, así que lo único que puedo decir con total convicción, con toda seguridad, es que hay cosas del Javier Marías novelista que no podré nunca creerme para nada.

Por otra parte, uno de los grandes aciertos de la novela es que el narrador se interese por Luisa, la hermana de Marta Téllez. No sé si esto me resultó previsible por un descuido, por una desatención de Marías, o porque, al contrario, dio el autor en el clavo y detalló lo que todos anticipábamos porque es lo que todos hubiéramos hecho en su situación. Me inclino por la segunda opción. Creo que Marías describió la conducta más consecuente de la psique humana dada esa situación concreta. 

No hablaré del trepidante final de una novela subyugadora que tiene (o ha tenido para mí) desmayos en su verosimilitud, por los que he leído largos fragmentos con un creciente asomo de escepticismo, pero que, sin embargo, no me han impedido ver que Marías es un gran escritor, un excelente lector de Juan Benet y su dignísimo heredero, pues ha tenido el talento suficiente tanto para aprender de él como para alejarse de él, y que sin duda tendría que estar Mañana en la batalla en una de esas ubicuas listas, divertidas e inofensivas, de las diez mejores novelas escritas en castellano en los años noventa del siglo XX. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

La ciencia ficción y yo

Hubo un tiempo en el que aún creía que la ciencia ficción no me gustaba. Unos prejuicios eficaces, militantes, me apartaron del género con esnobismo, hasta que, por suerte, todo cambió al leer Entre paréntesis, de Roberto Bolaño. Encontré ahí un par de textos que hacían larga mención a Philip K. Dick, autor que acabaría siendo para mí el descubrimiento seminal del género.

Sí, con Dick empezó todo. Leí El hombre en el castillo y me gustó, pero sin grandes aspavientos. Seguía releyendo los elogios enamoriscados de Bolaño y decidí continuar con Dick. Leí Dr. Bloodmoney y ahí por fin se dio el flechazo. Obra maestra indiscutible, y la mejor novela post-apocalíptica jamás escrita. Los trazos autobiográficos –esa hermana que no ha muerto- y la prodigiosa imaginación del autor, y el final que no desvelo hacen que prefiera esta novela a cualquier otra del subgénero del post-apocalipsis. En mi texto sobre Dune ya dije que Dick cuestionaba la realidad. Pero no solo la realidad física circundante, sino nuestra propia identidad, nuestro papel en el mundo, el hecho de si estamos verdaderamente vivos o no. Es una ciencia ficción fieramente humana, autobiográfica, transida por capas de filosofía revestidas del material tergiversador que tanto nos gusta a los entusiastas del género. Es, por otra parte, uno de los mejores prosistas que ha dado el género. A día de hoy he leído trece libros de Dick.

Los segundos en llegar al podio fueron James Tiptree y Cordwainer Smith, que son poco menos que dos genios. Lo malo de leerles es que casi todo es menor o deslucido después de ellos. Elevan la ciencia ficción al reino de la poesía, de una poesía oscura y de recuerdo imperecedero. Tiptree, pseudónimo de Alice Sheldon, es la exploración íntima, psicológica, introspectiva de sí misma. Cada cuento es una metáfora de sí misma, es un poema que es una extensión de sus sufrimientos. Y en Cordwainer Smith vemos una sabia crítica a la humanidad en unos cuentos que, encadenados, conforman una obra maestra de más de mil páginas de ciencia ficción extrema, de poesía triste y oscura pero emulsionada con la esperanza de un futuro donde el ser humano es capaz de ver el fondo de sus errores.

Aquí ya estaba encandilado sin remedio por los mundos irresistibles de la ciencia ficción. Lo diré con un verso de Dylan Thomas: “These once-blind eyes have breathed a wind of visions”. Exacto: notaba que mis ojos por fin respiraban un viento de visiones, sí, ¡pero de visiones cienciaficcionescas! Descubrí que una de las maravillas incontables del género es la cantidad de sub-géneros que tiene, la estimulante cantidad de hijos putativos del género, por así decir. En su blog, el ensayista y especialista en el género Iván Fernández Balbuena, subdivide, con carácter historicista, los distintos géneros del género. Hay donde escoger.

Y fueron llegando más y más autores que hicieron con mis humores lo que la primavera hace con los cerezos, como diría Neruda. Joe Haldeman y su Forever war, novela antibelicista mejor que El juego de Ender, y que es, en mi opinión, una redonda obra maestra. Hace años que Ridley Scott la tiene en mente. Me froto las manos, ahora mismo. Y la novela corta Los jinetes de la antorcha, de Norman Spinrad, que es un canto a la perseverancia. Un relato triste y bonito. O H. G. Wells y su Time machine, fascinante novela donde las haya. O Vonnegut y su agresiva irreverencia en Las sirenas de Titán. O Isaac Asimov y la conversación que tienen dos de sus personajes en la que es su novela más famosa, Fundación, sobre el desconocido origen de la humanidad. Y la lectura que ha espoleado este texto, Chocky, de John Wyndham. Inmensa lectura para siempre cautivadora. Son libros aislados, libros anacoretas que, al margen de sus hermanos, de los otros libros de sus autores, causaron un impacto, digamos, meteórico en mí.

Llegué tarde pero llegué. Y como otro de mis grandes entusiasmos es la narrativa en castellano de la segunda mitad del siglo XX, donde encontramos grandes dosis de poesía, quise indagar también qué relación existía entre la ciencia ficción y nosotros. Entre esos dos entusiasmos que habitan en mí. Mal asunto.

Porque así como importamos con éxito el modelo norteamericano de novela negra, con la ciencia ficción no hubo manera. No sé si por recelo de las editoriales o por una congénita desconfianza hispánica hacia lo foráneo (en todos los sentidos), pero aquí, en la ciencia ficción, nos faltó un Manuel Vázquez Montalbán que refundara, según nuestra sensibilidad mediterránea, los mecanismos y el corazón de este género. Que iniciara una tradición de ciencia ficción española. Carecer de esa figura tutelar, paterna, se nota. Tenemos autores espléndidos, como Elia Barceló, Domingo Santos, Rafael Marín Trechera, Rodolfo Martínez o, el más radical de todos, Fco. Javier Pérez, pero caminan errabundos, solitarios y desconocidos por el páramo infértil que es este género en nuestro idioma.

Creo que lo voy a decir: la mejor ciencia ficción la han escrito los norteamericanos. Hay otros autores importantes, claro, como Stanislaw Lem,  Ballard, J. P. Andrevon, Arthur Clarke o el excelente autor de los Relatos del antimundo, George Langelaan, pero nadie esplende como los norteamericanos en este género, ninguna tradición es tan fuerte ni tan rica como la suya, y la calidad de su corpus cienciaficcionesco realmente no tiene parangón. 

Por otra parte y como en todo, abundan también las novelas malas. Recuerdo una particularmente escandalosa de Robert Heinlein, titulada Double Star. Un espanto de libro. Lo malo es que parece que una mala novela de ciencia ficción es siempre peor y más pesada de leer que una mala novela a secas. (Texto aparte merecerían las portadas de estas novelas).


De novela en novela y de cuento en cuento encontramos cargas de poesía que, cuando detonan, dejan un rastro de perenne fascinación. Como dice Quevedo: "Nada me desengaña, / el mundo me ha hechizado". Quevedescas palabras que se adhieren bien a nuestro género.  

miércoles, 13 de agosto de 2014

Sobre dos escenas de Lucio Fulci

La primera es, seguramente, la más famosa: un zombi y un tiburón se enfrentan bajo el agua, en alta mar. No bailan pegados como los delfines de la cursicanción, no: luchan a muerte tiburonácea o, en el caso del zombi, a algo que está más allá de la muerte. Hace años, Pablo Muñoz dijo en su blog que en esta escena se daba la conjunción de dos iconos. Estoy de acuerdo. El zombi ya había irrumpido con fuerza en el imaginario colectivo gracias a las películas de George A. Romero, y, gracias a Spielberg, también los hasta entonces descuidados tiburones de la mar. Cursi pero cierto.
            Pero antes que por esa síntesis de mitologías populares, antes que por esa comunión de iconos, la escena es importante por lo que tiene de festiva. Me explico: estamos ante un buen ejemplo de lo que podríamos llamar cine lúdico-festivo. No tiene mayor pretensión que la de hacernos vivir un duelo, que la de convertir en imágenes aquel deseo infantil, inocente, tan sin pretensiones de ver cómo luchan a muerte dos de nuestros titanes favoritos. La vibrante pregunta sin respuesta de ¿quién ganaría en una lucha entre un zombi y un tiburón? queda aquí ejemplificada a la perfección. Nos regala, o le regala a esa parte de preadolescentes morbosos que perdura en nosotros, un fragmento de ese universo de posibles pero improbables enfrentamientos definitivos. Esta escena es eso: una fiesta. Un regalo a nuestros deseos primarios y antiintelectuales. A la pulsión ilusionante de saber quién ganaría de entre nuestros iconos predilectos. Y todo ello con unas tomas sub-acuáticas llenas de luz, de movimientos undívagos y azulados que invaden nuestras retinas alejadas del mar. (Ya dije que Zombi 2 era una de las más representativas películas veraniegas que transcurren en alta mar).
Este es Fulci

La otra escena está algo más resguardada entre las películas fulcianas. El crítico Sean Gill dijo que era una escena gratuita, y tiene toda la razón, la verdad. La película es El destripador de Nueva York y la escena en cuestión es un poco rara de describir. Tengo, para hacerlo, que retroceder unos minutillos en la película y meterme de lleno en la escena anterior. Aquí estamos. Vemos a una mujer sentada en la primera fila de un espectáculo erótico, bueno, directamente pornográfico, que asiste progresivamente excitada a los rítmicos zarandeos, digámoslo así, de la práctica fornicatoria que está teniendo lugar en el escenario. Se masturba extasiada por lo que ve. Hasta aquí, bien. Es algo natural y bonito y está bien que no se esconda.

            Pero avanzamos un poco y llegamos hasta la escena en cuestión. Ella entra en un bar. Se sienta. Dos tipos se sientan con ella, rodeándola. Uno de ellos la masturba con el pie. Las muecas son de asco y terror. Así, esta escena, por gratuita que parezca, funciona en realidad como parte de un díptico, como contrapunto perverso y enfermizo de la anterior. Lo que en la primera era una consecuencia lógica del hervidero hormonal que el espectáculo estaba provocando en la entrepierna de la chica, se convierte ahora, en el bar y rodeada de cerdos, en algo aterrador. Ella padece en sus propias carnes la contradicción desgarradora del sexo. Ella, que lo disfruta con total impudicia, aprende en un tugurio neoyorquino que el sexo es placer como también es o puede ser terror traumatizante. Una cosa no quita la otra. Es un díptico sobre el sexo. Sobre cómo una cosa es una cosa y su contrario.

(Posdata: algún día debería escribirse algo sobre la obsesión preocupante que sentía Fulci por los ojos. Por, en concreto, el descuartizamiento de ojos).

Eso es todo.