domingo, 20 de diciembre de 2015

No te servirán langostas así en Maine

Lo que recuerdo de Tigerland es que fue la primera película que vi solo en el cine. También, que era la primera vez que veía algo de Colin Farrell. Por suerte, se quitó de encima esa cansina imagen de chico malo, y ahora, en Langosta, demuestra ser un actor capaz de, conteniéndose, profundizar en los matices de una compleja personalidad perseguida en (y por) un mundo absurdo.

En Langosta la soltería es punible. Su personaje entra en un balneario para encontrar pareja en 45 días. Si fracasa, lo convertirán en un animal. Por otro lado, fuera de esta institución, en medio del bosque, las relaciones de pareja están censuradas y perseguidas por una comunidad rebelde con el mismo celo que la soltería en el balneario. En este terreno juega la película.

El primer golpe de la película es que la salida al bosque no es la ansiada felicidad que esperábamos. La oposición entre esos dos mundos o escenarios es ilusoria: los dos están tutelados por un credo igualmente fanático. Pero cuando Farrell llega al bosque y conoce a Rachel Weisz, empiezan las contradicciones y las convenciones impuestas empiezan a resquebrajarse.

A consecuencia de esas estructuras represoras, las emociones de los personajes están contraídas hasta niveles de semicongelación, aherrojadas debajo de su piel. Todo está como detenido. Yo diría, en este sentido, que la casi total falta de empatía es el protagonista mayor de la obra. Farrell destaca en este mundo de emotividad congelada como el tuerto en el país de los ciegos. Su ceño permanentemente fruncido, su peinado de escolar introvertido y sus maneras apocadas, frías y distanciadas de sus semejantes son todo un festín de calidez y amor humanos en comparación con los otros seres que habitan ese mundo de solteros perseguidos, de parejas clandestinas. Su parquedad al hablar contrasta con sus ganas de amar y por tanto de comunicarse. Su emotividad miniaturizada (lástima que esta palabra carezca de la fuerza que tiene su equivalente en inglés, ‘dwarfed’), despunta, casi a su pesar, en ese mundo de opresiones. 

La ambigüedad moral de los personajes llega a ser desquiciadora: Farrell es humano pero capaz de matar, y Léa Seydoux, líder de los rebeldes del bosque, está deshumanizada pero visita a sus padres en la ciudad y se conmueve ante sus conciertos de guitarra clásica. Su personaje, de todos modos, queda algo desdibujado al lado de los otros. No tiene la fuerza que le presuponemos a un personaje de su relevancia en la estructura paramilitar que habita los bosques, y, aunque juega un papel decisivo, palidece al lado de Rachel Weisz o Colin Farrell. Yorgos Lanthimos ha orquestado un mundo en el que temas como el amor, el miedo, la represión y la autorrepresión, la ternura o la soledad quedan expuestos con crudeza en ese panorama de convenciones absurdas. (He visto dos derrames de ternura en el cine reciente: la escena del dedal en Deuda de honor, de Tommy Lee Jones, y aquí, en Langosta, la del juego de adivinar objetos en penumbra).

La angustia de saber que el amor no se da con naturalidad está presente en las expresiones faciales de los personajes y en la puesta en escena de Lanthimos.

Su trabajo recuerda a la composición helada de Kubrick (el plano fijo del pasillo del balneario, la perfecta simetría de las puertas, el punto de fuga y la mujer con la pierna ensangrentada recuerdan a El resplandor); el plano fijo enfatiza la inflexible rigidez y estrechez de miras que cruza y une, como puntos de sutura, las dos partes de la película. Y el sentido del humor, violento y lleno de astillas, añade absurdo al absurdo. También domina Lanthimos el fuera de campo como hacía Carlos Vermut en Diamond Flash, sin que esto sugiera, aclaro, guiño o influencia alguna. El fuera de campo es impresionante en la escena en que entrevistan a Farrell al inicio de la película, o en la de la habitación de los encargados del balneario cuando ven cómo se desvela la hipocresía de su festejado amor. Otro ejemplo: nos enseñan cuál es la consecuencia de coquetear en el bosque: bocas mutiladas. A eso se le llama beso rojo. Nos dice la narradora, Weisz, que no quiere ni imaginarse el castigo que recae sobre la pareja que ha sido vista haciendo el amor. Pero nos da el nombre: el coito rojo. También como Vermut, Yorgos Lanthimos apela al espectador creativo para que complete su película. Nos hace copartícipes de su visión del mundo, esperando que rellenemos sus elipsis.

La ciencia ficción sin efectos especiales o con muy pocos medios puede ser horrible (como Segon Origen o Los últimos días), o puede ser un logro artístico de altura como Langosta, Her, o, en menor medida, Coherence. Toda la parafernalia cienciaficcionesca está aquí vaciada en aras de una puesta en escena intencionadamente depurada, como la expresividad de los personajes.

La última escena de la película recuerda mucho, por su composición, a la primera de Pulp Fiction. También es reveladora de la empatía moribunda, pero aún viva, de Farrell. Es capaz de plantearse lo que se plantea por amor, por estricto amor a la mujer que ha conocido en el bosque. Libre de convenciones, libre del espanto de su entorno –no es inocente la ceguera final- crece un amor. Su decisión es esperanzadora, cuestiona, desafiante, todo lo que le rodea, y nos empuja hacia el interior de aquel verso de J. V. Foix: “És quan dormo que hi veig clar”.  

miércoles, 9 de diciembre de 2015

¿Precipitados? Sí, otra vez precipitados

Las gaviotas no son gaviotas según el Juan Luis Panero de Antes que llegue la noche, sino "alada espuma sobre la espuma blanca", igual que el tucán no es un tucán según el Neruda de Canto General, sino una "adorable caja de frutas barnizadas".

La novela cienciaficcionesca Pilgrimage. The Book of the People, de Zenna Henderson, se va fundiendo poco a poco hasta dejar visible la estructura interna de un libro de cuentos, como, digámoslo así, la crisálida que se abre dejando escapar la mariposa que lleva adentro.

En La cumbre escarlata, de Guillermo Del Toro, con el guión como mero pretexto, sobresalen el diseño de producción, la fotografía y la interpretación de Jessica Chastain. Es más una estética que una historia. Una cáscara hueca.

Con El club, el director chileno Pablo Larraín ha conseguido una película escalofriante. Bajo las primeras capas de lectura, esta conclusión: la nueva iglesia joven, de un izquierdismo saneador, es tan cómplice, por encubridora, de los viejos crímenes eclesiásticos, como la iglesia tradicional. Contribuye a esa desolación la fotografía de la película, lechosa y espesante.

La mejor década del cine es la de los años setenta.

Mi texto sobre Marte no acaba de funcionar. Eso es porque voy dando tumbos de la novela a la película para, al final, no centrarme del todo en ninguna de las dos.

Se podría decir de Seven, de Presunto inocente y de Inocentada sangrienta. Pero sobre todo se podría decir de El planeta de los simios que, una vez vista, pierde sentido su revisionado. En otras palabras: verla es no tener que verla de nuevo. Pero el absurdo arraigado en las instituciones simiescas y el juicio a que nos somete la película son más fuertes que ese final ya conocido y que presuntamente erradica el sentido de volver a verla. Y pese a que las últimas imágenes son ya un icono demasiado revelador de sus secretos, es tan implacable la película, como las primeras que menciono, que desmonta, para trascenderlo, el concepto 'spoiler'.

En la última película de Ron Howard, En el corazón del mar, asistimos al enfrentamiento maniqueo entre el capitán y el primer oficial del ballenero Essex. Lo que subyace a esta simpleza es el sueño americano: si te esfuerzas, tú que no has tenido suerte ni oportunidad alguna, si trabajas y te deslomas, conseguirás el éxito y tu codiciada capitanía será al fin tuya, para tu orgullo y el de tu mujer y tu hija. Y esa autoridad despótica a la que te enfrentaste, tu némesis, resulta que no será tan, tan mala y será al fin condonada porque es mejor la autoridad mal entendida que su ausencia. Un solo plano de la película es salvable.

Mi gran noche, de Álex de la Iglesia, tiene un hilo argumental casi inexistente. Pero esa debilidad, esa inconsistencia es muy consecuente con la necedad del mundo que retrata. Como también lo es su ritmo endiablado. No ocurre gran cosa en la película porque gira en torno a la nada.

No pasa nada por ser un entusiasta de la mierda.

Y ya.