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¿Precipitados? Sí, otra vez precipitados

Las gaviotas no son gaviotas según el Juan Luis Panero de Antes que llegue la noche, sino "alada espuma sobre la espuma blanca", igual que el tucán no es un tucán según el Neruda de Canto General, sino una "adorable caja de frutas barnizadas".

La novela cienciaficcionesca Pilgrimage. The Book of the People, de Zenna Henderson, se va fundiendo poco a poco hasta dejar visible la estructura interna de un libro de cuentos, como, digámoslo así, la crisálida que se abre dejando escapar la mariposa que lleva adentro.

En La cumbre escarlata, de Guillermo Del Toro, con el guión como mero pretexto, sobresalen el diseño de producción, la fotografía y la interpretación de Jessica Chastain. Es más una estética que una historia. Una cáscara hueca.

Con El club, el director chileno Pablo Larraín ha conseguido una película escalofriante. Bajo las primeras capas de lectura, esta conclusión: la nueva iglesia joven, de un izquierdismo saneador, es tan cómplice, por encubridora, de los viejos crímenes eclesiásticos, como la iglesia tradicional. Contribuye a esa desolación la fotografía de la película, lechosa y espesante.

La mejor década del cine es la de los años setenta.

Mi texto sobre Marte no acaba de funcionar. Eso es porque voy dando tumbos de la novela a la película para, al final, no centrarme del todo en ninguna de las dos.

Se podría decir de Seven, de Presunto inocente y de Inocentada sangrienta. Pero sobre todo se podría decir de El planeta de los simios que, una vez vista, pierde sentido su revisionado. En otras palabras: verla es no tener que verla de nuevo. Pero el absurdo arraigado en las instituciones simiescas y el juicio a que nos somete la película son más fuertes que ese final ya conocido y que presuntamente erradica el sentido de volver a verla. Y pese a que las últimas imágenes son ya un icono demasiado revelador de sus secretos, es tan implacable la película, como las primeras que menciono, que desmonta, para trascenderlo, el concepto 'spoiler'.

En la última película de Ron Howard, En el corazón del mar, asistimos al enfrentamiento maniqueo entre el capitán y el primer oficial del ballenero Essex. Lo que subyace a esta simpleza es el sueño americano: si te esfuerzas, tú que no has tenido suerte ni oportunidad alguna, si trabajas y te deslomas, conseguirás el éxito y tu codiciada capitanía será al fin tuya, para tu orgullo y el de tu mujer y tu hija. Y esa autoridad despótica a la que te enfrentaste, tu némesis, resulta que no será tan, tan mala y será al fin condonada porque es mejor la autoridad mal entendida que su ausencia. Un solo plano de la película es salvable.

Mi gran noche, de Álex de la Iglesia, tiene un hilo argumental casi inexistente. Pero esa debilidad, esa inconsistencia es muy consecuente con la necedad del mundo que retrata. Como también lo es su ritmo endiablado. No ocurre gran cosa en la película porque gira en torno a la nada.

No pasa nada por ser un entusiasta de la mierda.

Y ya.


Comentarios

  1. Ostres! Doncs En el corazón del mar fot bona pinta! La veritat és que sóc una mica friki de les històries marineres...

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  2. Jordi! Comparteixo amb tu el friquisme mariner, però aquesta és bastant fluixa. La Moby Dick original, de Huston, és la que val la pena.

    Una abraçada.

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