sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Puede una reseña ser una obra maestra?

Puede que los conceptos de reseña y de obra maestra estén contrapuestos en un escenario que jamás los verá conciliarse. El tempo pausado, como de lenta gestación, junto con el toque de azar que requiere la obra maestra, es incompatible con la urgencia y la brevedad a las que se debe la reseña, generalmente maniatada por los exigentes plazos de entrega de la actualidad cultural. Pero se pueden dar algunas excepciones. Cuando una reseña nos enseña lo que antes no sabíamos, cuando nos hace entender lo que antes no entendíamos, cuando modifica o afina nuestra lectura o cuando cambia, por completo y con argumentos, nuestra percepción de una obra, cuando todo eso ocurre, pueden, sí, darse algunas excepciones.

Se me ocurren dos que son un puro escándalo.

La reseña de John Kenneth Muir sobre Star Trek. En la oscuridad, de J. J. Abrams, es uno de estos ejemplos. No soy un gran conocedor de la mitología trekkie, ni un espectador potencial de una de las sagas más longevas del cine y la televisión, así que lo que vi fue puro escaparatismo. Con una vasta legión de admiradores ya rendidos de antemano, la película jugaba sus cartas sabiendo que la mitología creada por Gene Roddenberry ya había allanado el terreno y que solo tenía que volver a ese universo con una historia nueva, más o menos nueva, convenientemente aderezada con la tecnología más avanzada del momento para satisfacer a unos entusiastas previamente convencidos. La vi con eso en mente. Pero la reseña de Muir me hizo leerla en clave post 11-S, y entonces ya era otra cosa. (Igual, por otra parte, que No habrá paz para los malvados, que crece si la leemos en clave post 11-M). ¿Es esto suficiente para considerarla una obra maestra? No. La reseña lo que hace es ir a fondo; coge una película a priori poco exigente, y, poco a poco, va desgranando lúcidamente los elementos constitutivos más inteligentes, los que hacen de esta película una pieza brillante de ciencia ficción crítica, demostrando que su lectura, aparte de plausible, dignifica la película. En una palabra: la redefine. Demuestra, como los grandes ensayistas, que todo lo que dice está fundado, razonado, que se ha documentado y que es un profundo conocedor de la materia estudiada, y que ha eviscerado los elementos más esquivos y recónditos de una película que juega a esconderlos, o que no quiere explicitarlos. Ese texto ha reconfigurado por completo mi interpretación de la obra. La lectura heterodoxa e iluminadora que hace Muir es creativa, y está apuntalada por tantos argumentos que resulta difícil no rendirse ante ella. No ha descrito lo que vemos, sino lo que no vemos. Ahí es nada.

Abigail Nussbaum, crítica israelí experta en ciencia ficción (quien, por cierto, escribe en inglés y no en hebreo, así que la podemos leer en versión original), reseñó la novela Embassytown, de China Miéville, dedicándole unos párrafos que desentrañaban sus mimbres más ocultos. Compleja, ambiciosa, atrevida e inteligente, la novela merece muchas palabras de sincera admiración. Escrita en un inglés denso, labrado, la novela crea un mundo alienígena imaginativo, un pueblo alienígena sofisticado, y logra una simbiosis creíble y muy original entre este pueblo y el humano, que aquí, como en El libro de las cosas nunca vistas, de Michel Faber, hace las veces de invasor. La constante reflexión sobre el lenguaje es de una originalidad pasmosa: el pueblo alienígena convierte a uno de los personajes humanos en símil. La convierten en una figura literaria. Así, tal cual. Es ciencia ficción reflexiva y lúdica a la vez. Un libro bífido, una obra maestra, pensé. Hasta que leí la reseña de Nussbaum. Había caído en algunas cosas que ella critica, pero fue al verlas articuladas ahí en su blog cuando vi que tenían de lastre mucho más de lo que yo había querido admitir. Pensaba que eran los fallitos menores que, comprensiblemente, suelen aparecer en las obras mayores, oceánicas, que pretenden abarcarlo todo. Pongo un ejemplo: el final se puede entender como una especie de fin que justifica los medios. Eso creí yo, más o menos, al terminar la novela. Pero no sabía muy bien qué pensar ni qué decir. Nussbaum supo escribir, con argumentos demoledores, lo que me estaba costando pensar. Que ese hecho, en realidad, desautoriza buena parte de la novela. Ella, inclemente, expone lo que considera los otros fallos del libro, siempre con argumentos, con una mirada penetrante y sorprendente y consiguiendo, con ello, desocultar los aspectos menos visibles de una novela muy compleja. Toda la urdimbre oculta de la novela queda expuesta en la reseña. Aparte de inteligencia, detrás de la reseña hay valentía y honestidad intelectual. Cuando un crítico escribe un texto así, si la reseña llega a estas honduras, es que ha dado un paso más que el autor. Y Embassytown sigue, en mi opinión y pese a los fallos evidenciados por Nussbaum y con los que no estoy cien por cien de acuerdo, siendo uno de los libros más impactantes que haya dado la ciencia ficción en este siglo XXI. Sin duda, pero después de la reseña no podemos consagrarle el nombre de obra maestra. Ya no. Como Muir, nos ha descrito no lo que vemos todos, sino lo que no vemos. 

Así pues,
...

¿Han trascendido estas reseñas las fronteras que les son consustanciales? ¿Han mutado y se han convertido en reseñas maestras, por así decir? ¿Cuántas más podríamos añadir? No muchas, la verdad. Yo propondría el conjunto de los Nueve ensayos dantescos, de Borges, sobre la Divina Comedia; la reseña de Juan Francisco Ferré sobre Splice, que se puede encontrar en Así en el cine como en la vida; la reseña que escribió Juan Nuño sobre Platoon, encontrable en 200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine; y algunas reseñas de Vicente Luis Mora sobre la literatura española de principios de siglo también cabrían en este espacio.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los precursores tienen la palabra

El ser humano se enfrenta a un mal insospechado en Phase IV: las hormigas. La composición geométrica de Saul Bass, el director, y los colores psicodélicos y los estridentes efectos de sonido, consiguen, a la vez, una obra espectacular y un incisivo análisis de la ambición humana. Preguntarse por cómo estos insectos han podido representar una amenaza real para los humanos es muy lícito: liberadas al fin de la atrofia intelectual que les representa hibernar, su evolución puede avanzar sin trabas hacia unas cotas de sofisticación superior a la humana. En Ciudad, triste libro de Clifford D. Simak publicado en 1952, es decir, 22 años antes que la película de Bass, ya asistimos a esa misma emancipación de las hormigas y a todo lo que ello conlleva. Cuando se liberan del impedimento evolutivo que implica la hibernación, ellas, las hormigas, en la novela de Simak, en la emotiva y desgarrada novela de Simak, también dan un paso adelante con respecto a la humanidad. El mismo caso con la misma explicación. Vaya por dios. 

Eon, de Greg Bear. ¿Qué pasa con Eon, de Greg Bear. Esto pasa: "El asteroide era más largo por dentro que por fuera." El asteroide de la novela es más largo por dentro que por fuera, esto nos queda claro. Y no se queda ahí la cosa: el asteroide está lleno de túneles y ciudades interiores abandonadas y los científicos -todos muy inteligentes- no saben qué pensar, ni qué hacer, ante esa incomprensible paradoja del espacio. ¿Existe, en la narrativa americana más o menos reciente, una anomalía física parecida? ¿Puede ser que nos recuerde un poquito a lo que hizo Mark Z. Danielewski en La casa de hojas? ¿Que nos recuerde un poco, así como de pasada? ¿De refilón? ¿Algún eco? ¿Nada, alguna cosita de nada? ¿Tiene elementos parecidos o parecidos o parecidos? ¿Alguna inofensiva nadería? ¿Aunque sea alguna palabrita menor? ¿Detalles? ¿Detallitos? Detallirrititos? ¿No? ¿Nadie? Bueno. Greg Bear antecede en quince años a Danielewski con una novela que, si no fuera por el largo tramo de guerra, podría considerarse de las mejores de los años ochenta. Casi nada.