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Precuelas: el debate

Recupero este lejano apunte del 13 de enero de 2017, pulido y adecentado ahora para este blog adormecido, sobre las precuelas en cine, a raíz de un apunte de John Tones para Espinof la antigua Blog de Cine sobre por qué nos fascinan las precuelas.


Para contestar la pregunta de ¿qué nos ofrece Rogue One?, por decir una, antes hay que contestar otra pregunta, más importante aún, que es: ¿qué es y qué hace una precuela? Y, quizá sobre todo, ¿de verdad nos fascinan?

Las precuelas, algunas de ellas excelentes, como El origen del planeta de los simios, o, en el plano de las series, tanto 1883 como 1923, miniseries-precuela de Yellowstone, o por otra parte las entrecuelas, por así decir, compactas y entretenidas, como Rogue One, son un tipo de película muy particular: son la pieza que faltaba para acabar el puzle. Lo que no parecen entender sus responsables es que ese puzle ya estaba acabado. Digamos mejor que son las instrucciones para montar ese puzle. 

Cuando una narración se quiere épica, se quiere totalizadora y completista, hay que dejarlo todo explicado: esa parece ser la consigna. Si cada obra tiene un radio de acción, las precuelas se sitúan, necesariamente, fuera de ese radio, creyendo, imagino, que nos llevarán de la mano hasta la puerta de entrada de la obra principal. Estas películas son todas innecesarias, claro que sí. Pero dejado al margen, este detalle alberga otros detalles menos evidentes que desvirtúan de antemano el mismo concepto de precuela, que lo relegan –salvo algunas excepciones- a un segundo plano de la creatividad, un poco como si fueran el producto de una creatividad convaleciente o dubitativa. Cuando veo una precuela que me gusta, pienso: puestos a hacer una precuela, que se haga así. Mal inicio de frase. Los logros de la película no tendrían que venir precedidos de ese matiz.

Se podrá decir lo mismo de las secuelas; que alargan una historia ya terminada. (La mayoría, al menos). Pero una cosa es estirar el relato hacia adelante, otra estirarlo hacia atrás, y aún otra estirarlo hacia un 'adelante' ya marcado y definido: ese punto de fuga creativo puede ser limitador. Si una película empieza en un punto determinado, puede evolucionar sin trabas, matizándose y espesándose. En cambio, orquestar una historia previa para entender los orígenes de una trilogía cerrada, o de una película cerrada, es autolimitar un proyecto artístico: las precuelas están enfocadas, encaminadas y teledirigidas hacia un punto específico, cosa que coarta sus posibilidades artísticas, argumentales, temáticas, expresivas, y así todo está guiado hacia un punto de fuga que condiciona, retroactivamente, el quehacer creativo de la película en cuestión. De la precuela.

Ángel Fernández-Santos, en su voluminoso recopilatorio de críticas y ensayos sobre cine llamado La mirada encendida, dice algo que, años después, en un librito de Cercas, aparecería reformulado bajo el nuevo nombre de ‘punto ciego’. Me refiero a su metáfora de la ‘pantalla interior’. La define, en la página 44, así: “Se dice que el mejor cine (…) es, paradójicamente, el que ocurre no en la pantalla exterior sino en la pantalla interior instalada en la imaginación del espectador”. Gracias a las elipsis, el espectador tiene que “rellenar ese hueco o vacío de acción por su propia cuenta, en su recóndita pantalla interior”.

Por eso las precuelas están, o parecen estar, condenadas de antemano. Porque no apelan al lector creativo. (Aunque algunas son una maravilla y me encantan sin fin, como las que cito en el primer párrafo y un buen puñado más). Estas películas contienen en sí mismas su propio fracaso artístico, si nos ponemos solemnes, porque donde antes había una elipsis incitadora, ahora hay una precuela que lo explica todo. Son películas invasivas que colonizan, imperialistas, la imaginación de los espectadores, limitando la capacidad expresiva e interpretativa tanto del público como de la propia película. Acaban con la posibilidad de que el espectador recree en su mente –en su pantalla interior las subhistorias que se ramifican del tronco principal de la narración, los pespuntes que la película madre deja sueltos para que el público pueda completar luego la historia como quiera. 

Lo que está fuera del radio de acción que mencionaba antes pertenece al público, y las precuelas, con su fijación por explicarlo todo, no nos dejan crear. Las precuelas son el enemigo del público activo, del espectador creativo.  

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