Etiquetas

Mostrar más

Can I Jump on it Sometime?

Si nos pusiéramos estupendos, podríamos decir que la Nueva guía de lectura de Miquel Barceló, por lo que tiene de variada y cambiante, es nada menos que un ensayo río. Digresiones, desvíos temáticos y un enfoque omnívoro del género lo podrían justificar si, como digo, nos pusiéramos estupendos. Pero cuando aterrizáramos, veríamos que este es un mérito que le añadimos los lectores, y no una poética concreta ni una manera muy particular de entender el ensayismo literario.

Desde sus primeras páginas se percibe una especie de complejo mal disimulado por su filia cienciaficcionesca. Por ejemplo, en la página 17 nos dice: “Con toda seguridad, la ciencia ficción de mayor calidad (en el sentido ‘literario’) de cuanta se publica en España se encuentra en la obra directamente escrita en castellano por autores españoles interesados tanto en la ciencia ficción como en la Literatura (sí, dejemos aquí la mayúscula”). Aunque, como vemos, es consciente de la implicación valorativa que tiene esa mayúscula, se convierte en una contraposición contraproducente y acomplejada, casi diría avergonzada, entre literatura seria, canónica, y lo que es genérico y por lo visto menor. Yo no sé ver diferencia alguna entre las dos, o al menos no más significativa que las que pueda haber, siguiendo con su grafía, entre Literatura y Literatura. Además, lo que dice no es cierto. Y lo digo pensando en títulos de su propio catálogo. Dos páginas después, por otra parte, confiesa que no lee ciencia ficción “por las figuras estilísticas y la calidad artística que haya podido encontrar en la ciencia ficción publicada en España”, cosa que refuerza, según él, lo que dice en la página 16, es decir, que la lectura de este género es, “esencialmente, un placer intelectual”, y que solo en segunda instancia “puede, a veces, llegar a ser un placer de tipo estético”. Parecen las opiniones de un acomplejado por sus aficiones lectoras. O de un detractor. Y cuando habla de obras de verdadero interés literario cita a, atención, Borges, Cortázar, García Márquez, Delibes, Vázquez Montalbán, Juan Rulfo y a otros autores no muy del género cienciaficcionesco, que digamos. Pues bien: el género ha dado obras maestras en este siglo XX que resisten la comparación con lo que él insiste en calificar de literatura con mayúscula, jerarquizando las cosas de manera elitista, imponiendo una dicotomía que solo existe en las mentes más intransigentes e impermeables. Y, en realidad, si nos fijamos, está hablando de las malas traducciones publicadas en España, no de la literatura en sí.

Sigamos. En un momento confiesa que no es “excelencia literaria lo que va a encontrar en la ciencia ficción, si no otra cosa”. Qué busca, exactamente, nos lo dirá más tarde. Pero quizá estaba ahí esa excelencia sin que él la supiera ver. Su lista de novelas recomendables del siglo XX, su guía de lectura propiamente dicha, la presenta como cien reseñas, cuando, en realidad, se trata de reseñas emotivas o, más bien, de aproximaciones apresuradas y emotivas, sin más. Dado el carácter pluridiscursivo del libro, ¿por qué no extenderse más con las reseñas? Escribiendo sobre Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester, nos dice que “en la alteración ignorante de una ley de la ciencia, se trataría de mala ciencia ficción”, olvidándose de que en la literatura no rigen las mismas normas que en la ciencia. Y más tarde, de hecho, se contradice al decir que la literatura no tiene que ser “exacta y correcta en su uso de la ciencia”. A ver, ¿en qué quedamos?

Por otro lado, sus injustificados palos a Philip K. Dick también me han molestado, por condescendientes. Pero me gusta que opine con claridad.

Vemos en el libro una recopilación de distintas definiciones que desde su nacimiento se han hecho del género. Coincido con él cuando dice que, si resulta tan difícil definirlo, es por “la ausencia de límites precisos” y por “la temática y los enfoques que utiliza”. Casi nos quedamos con Theodore Sturgeon cuando dice, por una parte, que ciencia ficción es todo lo que se catalogue como tal, y, por otra, en relación a lo malas que son algunas parcelas del género, cuando dice que si lo son es porque el 90% de cualquier cosa es “mierda”. Barceló se posiciona y está bien que lo haga: lo que le gusta de la ciencia ficción es que es una literatura, sobre todo, dice él, de ideas. No estoy de acuerdo, pero, otra vez, me gusta su subjetividad. Solo faltaría.


Como estilista, Barceló es pobre. Paupérrimo. Usa ‘incidentalmente’ en el sentido de ‘casualmente’, traduciendo directamente del inglés. Como cuando usa ‘usualmente’ en el sentido de ‘normalmente’. Repite, entre la página 39, que es cuando me empecé a dar cuenta, y la 117, cuando dejé de subrayar sus apariciones por aburrimiento, la friolera de 22 veces el adjetivo ‘famoso’ para calificar a un autor, lo que también revela una preocupante obsesión por algo tan extraliterario como la fama. Se queja de las malas traducciones que han mermado la recepción del género en España y él ha escrito un libro que no parece escrito sino traducido. Hablando con Rafael Banegas Cordero, poeta, de la torpe escritura del ensayo, me dijo algo que no por sentencioso es menos cierto: una lectura así solo la sobrevives “si te interesa verdaderamente el tema”. Barceló, aparte de en su defectuosa adjetivación, se repite en varias cosas. Repite de dónde viene el término robot, por ejemplo, que es una mera curiosidad, o, en dos ocasiones, dice que, como canta Bob Dylan, “los tiempos están cambiando”. Ampliar el repertorio de referentes no es mala cosa. Aunque sean de las mismas letras de Dylan. También habría que macerar el léxico preadolescente con el que se escribe, para que obtenga algo más de sabor.

Repetitivo se muestra también con las fórmulas tópicas y ya carentes de significado como el “no están todos los que son, pero sí son todos los que están”. Llegado un punto sabemos que, cuando está a punto de listar algo, aparecerá en cabeza ese irritante lugar común, como uno de esos inquietantes peces piloto que preceden al tiburón. También repite en varias ocasiones la pseudoamenaza “El que avisa no es traidor”. Arriesgada elección, yo creo. Por increpadora e impertinente. Y las cosas a veces son de “interés” o, incluso, “gran interés”, que es un concepto vacuo y siempre relativo a uno mismo.

Me gusta, aunque discrepe, cuando considera que en los años ochenta se da lo que él llama la “edad de madurez” del género. Es original. Comenta un fenómeno extraño pero ya asentado: la costumbre de agrupar las novelas en series, de aprovechar el tirón de una exitosa primera novela hasta convertirla en una irregular pentalogía épica del futuro. Hablando de esta tendencia es cuando dice que en los ochenta, que empieza a acentuarse la moda, se da la época de madurez porque “nuevos y muy buenos novelistas revolucionan la forma y los contenidos, de tal manera que la ciencia ficción adquiere unas temáticas más arriesgadas y una excepcional calidad literaria que la emparentan con la mejor narrativa de todos los tiempos”. Otra vez esa distinción. Discrepo por algo que él mismo dice (y que está ampliamente aceptado): que en los sesenta, con la revista New Worlds de Michael Moorcock como acicate, proliferó una corriente de autores que se acercaron a la ciencia ficción con más respeto y venero, con mayor atrevimiento literario y una voluntad expresiva más compleja que acabó considerándose la 'nueva ola' de la ciencia ficción, conformada por Thomas M. Disch, Philip K. Dick, Robert Silverberg, Samuel R. Delany y tantos otros. Ahí está, yo creo, la verdadera edad de madurez del género sin la que, por otra parte, no hubiera surgido la estética hipertecnificada de la literatura ciberpunk concebida por William Gibson en los ochenta, que es otra de las revoluciones estéticas y temáticas de la ciencia ficción literaria. Barceló recupera, a todo esto, lo que se suele llamar “sentido de lo maravilloso” o “sense of wonder”, identificándolo como uno de los grandes atractivos privativos del género, y ahí también me gusta. En lo sencillo está la seducción. En el sencillo e injustificable hecho de que algo nos maraville con sus imágenes del futuro, o no. Estoy de acuerdo.

También me gusta cuando considera que H. G. Wells y Julio Verne son los padres fundadores del género, apartándose de esa tendencia de cierta crítica a considerar precursora del género cualquier obra no realista, casi como si dijéramos que el Infierno dantesco es ya ciencia ficción o fantasía. (Yo a veces creo que la primera novela puramente cienciaficcionesca es el Frankenstein de Mary Shelley; otras, que es La máquina del tiempo, de H. G. Wells).

Se extiende demasiado Barceló en lo que me gustaría llamar los “paratextos del género”, como los premios y los juegos de mesa, por los que siente, entendemos, una gran devoción. Está bien el apunte pero lo alarga hasta el absurdo. Y especialmente pobre y sucinto es su repaso al cine de ciencia ficción. Hubiera estado bien un repaso crítico. Así al menos hubiéramos podido justificar con algún argumento más esa interpretación de ensayo río que mencionaba al principio. Pero se queda todo en mero repaso enunciativo. Como el apartado importante, aunque corto, que le dedica a los cuentos, formato y dimensión en que ha brillado la ciencia ficción como no lo ha hecho, por ejemplo, el género policíaco. Queda descompensado el universo de la ciencia ficción. No le podemos dedicar tantas páginas a los juegos de mesa y tan pocas y tan rasas a los cuentos.


La Nueva guía de lectura es, en definitiva, un repaso agradable por el género (si nos acercamos a ella con la observación baneguiana en mente), aunque sorprende por su llamativa parsimonia intelectual y por su incapacidad expresiva. Demuestra haber leído ingentes cantidades de ciencia ficción, de amar el género, de haber editado y prologado lo que él, tal vez con criterios mal cimentados, considera lo más destacable, como también demuestra estar atento y receptivo a las manifestaciones, a las mutaciones del género en campos que antes he calificado de paratextos, como los juegos de mesa, y a las novedades del panorama literario internacional. Y demuestra tener esa sana costumbre de compartir sus emocionantes lecturas, pero, como he ido diciendo, falla en la exposición de sus argumentos, casi siempre juveniles, y de sus valoraciones literarias que demuestran, por último, que conocer mucho un género no equivale a saber hablar de él con la misma capacidad crítica que divulgativa. Pese a todo, es un libro necesario (entre los castellanoparlantes), por lo que tiene, como digo, de divulgativo, y loable por lo que tiene de enciclopédico y ameno, aunque en mi opinión sus esfuerzos sean menos tonificantes que lo que están haciendo un Julián Díez o un Fernando Ángel Moreno por el género en España.

Comentarios

Entradas populares