domingo, 22 de mayo de 2011

Mejor si no hay nadie en el Olimpo

Contra los poetas. Así se titula un breve texto de Witold Gombrowicz. En él, entre otras cosas, encontramos algunas perlas como estas: A) “podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos”; o B): “nada más ridículo que ese modo con que los poetas hablan de sí mismos y de su poesía”.

Respecto al punto A: es más importante que te reconozcan como poeta que ser, realmente, poeta. Así, para los que están demasiado ocupados aprendiendo a ser poetas, la poesía acaba por desnaturalizarse, vaciándose de sentido. Ya no es algo que “te nace”, como decía Vicente Aleixandre, sino algo que te fuerzas para poder disfrutar del reconocimiento y la admiración que genera el hecho de escribirla. La poesía se convierte en algo artificial, autoimpuesto. En un trofeo. Ya no se funde poesía y vida, como pretendía Octavio Paz. La perla B es consecuencia directa de la primera. Cuando hemos superado el arduo punto A, podemos ya disfrutar de los placeres del punto B. Aunque sea ridículo.

Más adelante nos dice el ensayista que la tarea esencial del arte es expresarse a uno mismo. Y aun más adelante nos dice que “si no queremos que la cultura pierda toda su relación con el ser humano, deberíamos de vez en cuando interrumpir nuestros laboriosos ejercicios para averiguar si lo que producimos nos expresa o no”. Interrumpamos, pues, todas esas cosas que nos ocupan, y preguntémonos si lo que hacemos realmente nos identifica o no, si se corresponde con nosotros o no. No sé si Witold Gombrowicz leyó alguna vez a Nicanor Parra, pero, de haberlo hecho, seguro que el poema “Manifiesto” le hubiese gustado mucho: “El poeta es un hombre como todos”, “Nosotros conversamos / en el lenguaje de todos los días”, “La poesía tiene que ser esto: / Una muchacha rodeada de espigas / O no ser absolutamente nada”. Y, en definitiva: LOS POETAS BAJARON DEL OLIMPO.

Si bajáramos todos del Olimpo nos divertiríamos más. Sería todo mucho mejor.

lunes, 9 de mayo de 2011

Marcas

En el curso que hicimos nos dijo Jordi Carrión que todo el mundo es una marca. Se refería a que todo el mundo proyecta una imagen de sí mismo a través de su obra. Y entre uno mismo y su imagen proyectada hay una diferencia. Ahora, con internet y sus (en parte) temibles redes sociales, la distancia entre una cosa y otra se multiplica. La visión que tenemos de nuestros amigos en Facebook o en sus blogs no se corresponde nunca enteramente con la visión que tenemos de ellos o ellas en el día a día. Algo se pierde o se añade en las redes, y ya no eres tú sino tu marca, tu imagen.

Son herramientas muy útiles, sí; son, también, excelentes plataformas de difusión personal, pero por qué esa deformación? Por qué marcas? Por qué no transparencia? El problema, creo, no es tanto que uno use las redes como plataforma de difusión o que se pinte a sí mismo como el rey del mambo cuando en realidad es un poco soso -cosa a todas luces estupenda, en el fondo- cuanto que es difícil distinguir qué hay de intencionado en esa marca, y qué hay de juicio ajeno. Imagino que algún caso habrá en que la marca se deba más a lo que el público ve o cree ver en esa persona que lo que esa persona proyecta. Seguramente la que se crea es una distancia insalvable. Una distancia que en muchas ocasiones lleva a la decepción. Como la que existe entre la realidad y el deseo (in Cernuda's words). O como en aquel poema de Alejandra Pizarnik: "alejandra alejandra / debajo estoy yo / alejandra".

El poema nos define a todos. Estamos debajo de nuestros nombres.

lunes, 2 de mayo de 2011

Encuentros

Es raro. Recuerdo que la primera vez que me encontré con la palabra ‘mefítico’ fue leyendo la novela Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. Es una tontería recordar eso, pero lo recuerdo. Ayer leí todos los artículos que publicó El País sobre su vida, su obra, su muerte. Luego hice lo mismo con los textos del diario Público. Vi que todos destacan más o menos lo mismo. Quedará, imagino, su pensamiento humanista, a pesar de Borges y Bioy Casares, que lo trataron con menosprecio; quedará también el hecho de que fue admirado públicamente por Albert Camus; y sobre todo quedará su obra: algunas de las novelas más impactantes y estimulantes del siglo XX, cosa que explica en parte el menosprecio que sentían por él los dos escritores anteriormente citados.
            Recomiendo vivamente la lectura de Antes del fin, su autobiografía. Tanto ese libro como España en los diarios de mi vejez acaban con unas palabras de Miguel Hernández, que me encantaría poder copiar aquí, para acabar, pero me resulta imposible porque no poseo esos libros y no recuerdo las citas. Alguien como Sábato ha muerto. Un ser que resume a la perfección todas las contradicciones del siglo XX, su belleza y su horror; un autor que en La resistencia escribió: “Un lujo verdadero es un encuentro humano”, dotando a esta última palabra de todas las cualidades por las que él creía que valía la pena salvar al ser humano. Para nosotros el verdadero lujo es saber que tenemos tiempo para leer y releer a Gonzalo Rojas y Ernesto Sábato.