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Neoculto

“Se hacían las fronteras débiles bajo el agua” es uno de los versos más bonitos de Carlos Barral. Donde también se hacen débiles las fronteras es en lo que el gran crítico (y gran prosista) Jordi Costa ha llamado las “zonas de sombra de la serie B donde nadie” ejerce “la vigilancia con demasiado celo”. Calamar Ediciones se ha encargado de publicar Neoculto, libro colectivo prologado por Costa y coordinado por Ángel Sala y Desirée de Fez sobre la redefinición de la etiqueta “de culto” a la luz de nuestro tiempo. Los autores indagan en esas zonas pantanosas e irreverentes del cine mundial, ajenas al llamado buen gusto, donde oscuras películas se han alzado muy lentamente, con el paso del tiempo, como el zombi que emerge de su tumba (vamos a decir), hasta convertirse en brillantes hallazgos para mayor deleite de un puñado de espectadores de gustos heterodoxos, personales, desacomplejados.

Neoculto es un repaso global al cine de culto en todas sus facetas, desde el spaghetti western y el péplum hasta el cine español de terror de los sesenta y setenta, pasando por el cine oriental, el cine de animación o las series de televisión, generadoras, estas últimas, de un culto cuasi beligerante (pensemos en los seguidores de Lost y sus curiosos rituales previos a la emisión de cada capítulo). Así, el libro nos ofrece un amplio catálogo de nombres y títulos para seguir descubriendo otras caras B del cine. Más importante aún: investiga los motivos por los que una obra adquiere ese estatus, y analiza la calidad artística de esas obras (conscientes de que culto y arte no son sinónimos). Neoculto es un torrente de reflexiones críticas que nos obliga a reajustar nuestra postura al respecto, y a cuestionar nuestros propios gustos (y criterios). No solo se dedica a historiar y eviscerar el concepto: también analiza lo que debemos entender hoy por 'película de culto', cómo se ha ido modificando el estatus de culto de algunas obras, y nos enseña a leer este cine con fundamento. Es impresionante ver la multiplicidad de significados que tiene la etiqueta, a menudo tan esquiva.


William Devane en Rolling Thunder (John Flynn, 1977)

Libro ameno y necesario, profusamente documentado y escrito por colaboradores que, además de ser enciclopedias andantes y críticos de altura, son envidiables prosistas que escriben con respeto y con un entusiasmo contagiante. Han dado voz a lo que habíamos pensado (o a lo que jamás hubiéramos pensado); han explorado a fondo un territorio hostil, incómodo, y nos lo han servido en una edición impecable. Y han tocado, además, todos los palos que han modificado, en mayor o menor medida, la etiqueta: desde el VHS hasta Internet, pasando por el DVD y los cines especializados.


La etiqueta “de culto” conlleva casi de manera intrínseca el carácter ritual, colectivo, que describe Ángel Sala en uno de sus textos: “El cine se puede considerar (…) una especie de religión propia del siglo XX, un ritual ejercido (…) en comunidad, según ciertas reglas y en un templo como serían las salas de cine”. El culto se produce, pues, cuando una película levanta pasiones en una comunidad (muy) limitada, y la posibilidad de visionar esa obra está llena de obstáculos. Hoy, eso, con la Red, mayormente, se ha perdido. El acceso inmediato que nos permiten los medios a las películas ignoradas ha modificado radicalmente el concepto tradicional de culto. Ha desaparecido esa dificultad (y por tanto uno de los rasgos más identificativos del cultismo), pero que ahora el acceso a estos títulos sea más fácil no implica que las excentricidades ya no puedan erigirse en películas de culto. Varía el ritual, pero no el fanatismo. Es decir: la comunidad de entusiastas (que es quien finalmente otorga el estatus), seguirá comportándose de manera endogámica, seguirá adorando sus perlas y seguirá debatiendo en petit comité las excelencias de las películas olvidadas (como antes de Internet), y seguirán adorando las luces emanadas de esas zonas pantanosas, porque, aunque muchas de estas películas ya estén en Youtube, y por tanto sean visibles en todo el mundo y, además, gratis, nadie o casi nadie las verá porque no las conocen o porque las denuestan de antemano o porque, directa y simplemente, no tienen la más mínima curiosidad por saber lo que ocurre en otros lares (cinematográficos). (Que es la mar de respetable, solo faltaría). Así, el carácter exclusivo del cine de culto, la complicidad que se establece entre los entusiastas de estas películas, siguen, a mi juicio, intactos.

(En Neoculto defienden la plena vigencia, aunque con matices, de la etiqueta de culto).

Quien disfrute descubriendo películas raras, directores de visiones peculiares o géneros inaceptables, encontrará en este libro una lectura tonificante.

Al final del libro, a modo de curioso divertimento, un grupo de autores escogen sus cinco películas de culto favoritas. Autores como, entre otros, Javier Calvo, Álex de la Iglesia, Eli Roth, Alexander Aja, Monica Belucci, Leticia Dolera, Jesús Franco o Rodrigo Fresán.

(Pessoa dijo que escribir cartas de amor es ridículo; yo creo que escribir listas es lo verdaderamente ridículo. Son arbitrarias, pero divertidas. Un poco morbosas, pero divertidas. Digo morbosas porque, cuando llegamos, por ejemplo, al final de El canon occidental y vemos esa lista, La Lista de Harold Bloom, nos centramos principalmente, creo, en dos cosas: primero, por mera curiosidad, buscamos a nuestros autores favoritos (para ver si están), y, segundo, también por curiosidad, vemos cuántos títulos reconocemos).

Animado por esas listas, he hecho lo mismo. Son películas que cumplen a mi juicio con la exhaustiva definición que hacen los autores de la famosa etiqueta.

Así que mis cinco películas de culto favoritas son: Cut Throats Nine, El gran silencio, Just Before Dawn, Zombi 2 y Detroit 9000.

Varias veces he mencionado la primera, traducida al castellano como Condenados a vivir (Joaquín Luis Romero Marchent, 1972). Se trata, como dice Ángel Sala, de un canto a la muerte del propio género. Nihilista e implacable, la película es arrolladora y aúna con naturalidad las gracias del spaghetti junto con las del terror de serie B para lograr una obra perturbadora y lindante con las realidades borrosas de las pesadillas. (Miedo me da el remake que están planeando).

El gran silencio es una de las mejores películas de Sergio Corbucci. La película es una agresión constante a la estética idealizada del western clásico. Le han dado la vuelta. Y Klaus Kinski consigue dar vida a, seguramente, el villano más temible del género. El contraste entre los exteriores nevados y los interiores iluminados por la cálida luz de la chimenea, la violencia desbordante y el cargado silencio de los personajes hacen que esta película se acerque peligrosamente, cuanto a excelencia se refiere, a las de Sergio Leone.

Just Before Dawn, de Jeff Lieberman, es una película olvidada. Slasher de principios de los ochenta, es una de las más atípicas cintas del género. Transcurre en un bosque. Unos jóvenes con ganas de divertirse desoyen el consejo de un lugareño (George Kennedy), y se adentran en la espesura (al son de "Heart of Glass", de Blondie). Y cuando parece que va a ocurrir lo de siempre, vemos que estamos ante una obra distinta, ante un director que planea con detalle cada plano y revienta uno a uno los lugares comunes del subgénero por antonomasia del terror.

Zombi 2, de Lucio Fulci, cuenta con algunas de las escenas más gore (y más homenajeadas) del cine de zombis, a la vez que con una música sublime de Fabio Frizzi. Quentin Tarantino y Robert Rodríguez sienten un afecto especial por esta película.

Detroit 9000, de Arthur Marks, es una película blaxploitation que, como las anteriores películas mencionadas, rompe con las convenciones del género al que pertenece (el policial), incomodando las expectativas del público más militante, forzando una lectura más incisiva de la película.

Igual que Neoculto, estas películas plantean un estimulante reto al espectador.

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